Por: Ulises Rodríguez Febles
 

Hace 30 años del estreno de El Gato de Chinchilla y la locura a caballo por El Mirón Cubano, escrita y dirigida por Albio Paz. Veinte años en los que recordamos la idea inicial que hace que nazca esta obra para la dramaturgia cubana: la necesidad planteada por el primer secretario del PCC en Matanzas Esteban Lazo de investigar la problemática de los centrales azucareros y llevar esta experiencia al teatro. Este es el motivo esencial por el que llega a la ciudad yumurina Albio Paz, autor, actor y dramaturgo con una reconocida trayectoria en Teatro Escambray, Moa y Cubana de Acero. Llega y nunca más se marcha. En esta ciudad se queda para siempre y transforma de alguna manera el acontecer teatral matancero dejando su huella.

Hace 30 años del estreno de El Gato de Chinchilla y la locura a caballo por El Mirón Cubano

La historia de El Gato de Chinchilla o la locura a caballo, la génesis de la obra, se produce cuando Ana María Peña, como asesora de investigación llega con El Mirón Cubano al ya desaparecido Central Fructuoso Rodríguez, para realizar una importante labor sociológica que constituía un rastreo de las problemáticas del central: encuestas, entrevistas y el encuentro con el contexto del central, de sus trabajadores.

Este fue el motor inicial para comenzar el proceso creativo de un texto que cuando se estrena constituye una obra de gran actualidad para aquella etapa y aunque circunstancial, también de alguna manera para este que ahora vivimos. El Gato de Chinchilla o la locura a caballo, es una obra donde el absurdo es su cuerpo imaginal siempre a través de las situaciones y de las aproximaciones analógicas con la realidad.

Aún recuerdo las funciones en la sala Milanés de El Mirón Cubano o en los centrales, con sus protagonistas. Aún recuerdo los debates que a partir de ella se producían con obreros azucareros, con intelectuales, con dirigentes, con los estudiantes universitarios. Albio Paz apeló a elementos de la cultura popular para conformar códigos artísticos con un gran sentido metafórico donde estaban las problemáticas de los trabajadores del azúcar, resuelto con un rico y sugerente juego escénico. Homenaje al teatro a través del saltimbanqui, actor de todos los tiempos que interpretaba Adrián Morales y también a la gran tradición económica de la nación: el azúcar. El Gato de Chinchilla regresa en la memoria a nosotros.

La locura a caballo, el gato, que ahora no sé si iluminaba con sus verdes ojos los techos del central y el personaje de Florecita, que interpretaba Miriam Muñoz, la caja de muerto, Brocha Gorda y Corrientazo, Casimiro, con su ceguera política. Chiquitico y Atravesao son recuerdos de la puesta. Todos vienen desde la escena para inventarnos un imaginario, donde el olor a azúcar y sus problemáticas invade la historia. Un recuerdo para los actores, para el grupo musical del Teatro Mirón, para el diseño de Rolando Estévez, para la música de Julián Fernández y la coreografía de William Horta. Mi recuerdo desde la Casa de la Memoria Escénica, para los técnicos y especialmente para Albio Paz, quien fuera el líder de El Mirón hasta su muerte.

Yo recuerdo muy bien a los actores trabajando en el Fructuoso Rodríguez en el proceso de investigación, recuerdo las palabras de los azucareros admirados ante la llegada del teatro a su espacio cotidiano. También recuerdo la puesta en escena, sobre la que hice un trabajo de curso en mi carrera universitaria. Cuando escribí la obra teatral Adiós, inspirada en el tema de la desaparición de algunos centrales azucareros entre ellos el Fructuoso Rodríguez que formó parte de mi infancia por razones personales, se la dedique además a Luis Felipe Rodríguez por Cañaveral, a José Antonio Ramos por Tembladera, pero sobre todo a Albio Paz, por su Gato de Chinchilla y la locura a Caballo. Él quería dirigirla en el Teatro Escambray, pero la muerte se lo impidió. Fue uno de sus sueños no cumplidos. Y también uno de los míos. A treinta años del estreno de su obra, me gustaría mucho hacer una lectura de mi texto, en homenaje a él y a todos los creadores, técnicos e investigadores, que lo acompañaron en aquel proyecto que en este 2017 cumple treinta años. Y me gustaría hacerlo en las ruinas del Fructuoso Rodríguez, que antes olían a melado y bagazo con la compañía de la luz verde de los ojos del gato de Chinchilla. Es un sueño por cumplir y esta fecha, es ideal para lograrlo.