Calzada de Tirry

Como cualquier niña de barrio mataperreé a mis anchas. Pese a ser hija única no estuve demasiado sobreprotegida. Esto me permitió andar por diferentes barrios con otras niñas y niños. Nos mezclábamos todos: quienes vivíamos en la Calzada –que entonces tenía cierto glamour– con quienes moraban más hacia el interior, aquellos cuya casa podía estar en barrios que se llamaban, por ejemplo, “la yuca agria”. Nos mezclábamos y formábamos una deliciosa pandilla, sin sospecharlo siquiera. La Calzada, además de sus árboles no tenía otros muchos atractivos. Quizás solo la idea de que era inmensa. Grandeza que disminuía directamente proporcional a la medida en que crecíamos. Los otros barrios, sin embargo, parecían contener todo lo fascinante del mundo, así continúa siendo: allí está lo verdaderamente interesante. La Calzada, en cambio, ya perdió su glamour. Los altos árboles de nuestra infancia devinieron arbustos y si bien es muy grato despertar con el piar de los pájaros que a veces anidan en ellos, ya no es posible jugar a los escondidos o recostarnos a los anchos troncos para gritar “un, dos, tres, pasito inglés” tratando de espiar con el rabito del ojo. Así crecí. Esa vida y el recuerdo de ella me han salvado de adversidades y zozobras. Y no hablo solo de los vaivenes emocionales, sino también de las inclemencias de la vida práctica. Mis amigos de entonces, mis iguales mataperros y yo, seguimos teniendo una especie de pacto silencioso. Un algo que nos hace reconocernos en lo igual: la infancia de callejeo y sudor. 

Con ellos perseguí perros para acariciarlos, apostando a quién morderían y a quién no. Con ellos busqué hojas extrañas, robadas de patios ajenos para colocar con cuidado y concentración en una prensa de madera que mi abuelo me había construido y que haría pensar a cualquiera que yo sería una botánica célebre o una microbióloga… nada más alejado. Con mis amigos mataperros me enfangué y busqué calandracas. Con ellos comí cundeamor y me destrocé las rodillas en las caídas, de manera tal que mi abuela, a una cuadra de distancia, me reconocía al volver de la escuela por los rosetones oscuros que sobresalían por encima de las medias blancas, sujetas con una liga a la altura de la pantorrilla.

No sé si todo aquello define la persona que soy, me gustaría pensar que sí. Me hace bien creer que sigo siendo aquella niña que solo mataperrea sin darle muchas vueltas al asunto, a cualquier asunto. Mi hija también mataperreó y aún conserva amigos en esos mismos barrios. Mi madre, sin embargo, mataperreó más lejos y se fue a las lomas de Oriente a recoger café. Somos, hemos sido, una familia de mataperros. “Y a mucha honra”, decíamos los de entonces.

No nos vemos a menudo, pero a veces en cualquier esquina, en un momento de necesidad, alguien aparece. Soy atea, no obstante no vacilo al decir que en esas ocasiones siempre pienso: Dios lo mandó. Así sucedió hace unos meses cuando tras días buscando unos clavos especiales para reparar el techo de mi casa, de repente encontré a Oscar y ¡claro! tenía los clavos y un negocito que parecía ir bien. Fue como una aparición y en un pestañazo ya yo estaba de regreso en casa con lo que necesitaba para la reparación.

El golpe de aire fresco que siento al encontrar a los mataperros no lo cambio por nada. En principio por la alegría de volver a verles, luego por la ilusión de creer  que nada ha cambiado y que ese sabor clandestino que siempre está latiendo detrás no es otra cosa que el cundeamor, y luego por algo vital e imprescindible: esos reencuentros me centran, devuelven mis pies a la tierra, espantan el peligro de olvidar quién soy y de dónde vengo.

La última bocanada de aire fresco vino hace unos días. Por un delicado regalo del destino –que me gustaría multiplicar y ofrecer (ojalá todo fuera como desear algo)– pasé unos días en la playa, esa que nos empeñamos en nombrar la más linda del mundo. Y no está tan mal que lo creamos. Puede sonar vanidoso y egocéntrico, quizás lo sea, pero es hermoso darle valor a lo que aún, siendo permanente e inamovible, seguimos encontrándole la gracia sin acostumbrarnos hasta el punto de no tenerlo en cuenta.  Allí, de pronto, se abrió una de las puertas y vi aparecer a uno de aquellos mataperros. No tuve coraje para preguntarle cuál de los dos hermanos era él, si Arielito o Luis Alberto. Grande hubiera sido la afrenta, me dije parafraseando al Maestro. Yo comía y él lucía su flamante gorro de cocinero, nunca hasta entonces me había dado cuenta de su hidalguía y su belleza. Nos saludamos y todo lo que pude explicar luego, con voz entrecortada, fue: crecimos muy cerca, jugábamos juntos cuando éramos niños. Arielito (o Luis Alberto), ese mediodía, me regaló la posibilidad de no alejarme del barrio mientras me rodeaba una irrealidad de aguas azules y límpidas, turistas por doquier y un “todo incluido” que intentaba –sin lograrlo– hacer creer la idea de que allí todos éramos iguales.

“Mi dosis de realidad”, le llama la “cocóloga” que a ratos soy a los encuentros con los mataperros de mi vida, los mismos que me ponen a temblar como una hoja y hace que me salten lágrimas cuando tras perder Brasil 7 a 1 en humillante derrota frente a Alemania, en la Copa Mundial de Fútbol 2014, muchos brasileños posaban ante las  cámaras de las televisoras del mundo, insultados, porque Argentina estaría en la final y deseaban con rabia furibunda que ganaran los germanos. No lo puedo entender. Los mataperros que éramos, cuando alguien no podía tirar la piedra más lejos, se alegraba de la puntería del otro; cuando alguien no tenía fuerzas para sacudir los gajos o trepar a la mata a tumbar los mangos, simplemente esperaba abajo para recoger los que iban cayendo o vigilaba al dueño del tesoro para que nadie fuera sorprendido in fraganti, pero nunca, jamás, never, jamais, dejamos de alegrarnos del bien del mataperro de al lado. Y eso sí creo que define quién soy. Por eso lamento tanto que la “mataperrunería” no se convierta en plaga, se extienda por campos y ciudades y al final solo quede en pie aquello de “¡mataperros de todos los barrios, uníos!”


Laura Ruiz MontesPor: Laura Ruiz Montes
Poeta, editora, crítica de arte. Directora de la Revista del Vigía y de Mar Desnudo

Sección de Laura en la Revista: Laura Ruiz Montes