Teatro urgenteEn ningún país se discute ni se escribe tanto de teatro como en Cuba. Los cubanos amamos nuestro teatro, sea con actores o con títeres, o con los dos. Lo dicen los llenos de público en algunas funciones de incierta eficacia escénica, pero con anclas para atrapar a los espectadores que no fallan, o las de buena disposición teatral junto  a la referida ancla que no se malogra nunca en su tirada, y las de buena calidad, sin anclaje alguno, tan solo levantadas sobre el riesgo de crear y polemizar acerca de temas no siempre dulces o con una visualidad o expresión dramática otra, inquietante, nada común, pero con algo que llama la atención.

Los teatrólogos -esa palabra que allende los mares, algunos entes del medio teatral mencionan aterrorizados, como si no existieran los filólogos, los psicólogos, o los cosmetólogos- también son parte de ese amor entero, pero a diferencia del público, garabatean, a veces, en blanco y negro o en colores sus ideas, preferencias, impresiones y recomendaciones a los que se suben sobre el tablado.

Ciertamente la cuestión actual del teatro hoy en Cuba, ya sea con actores, con títeres, o con los dos, no es solo argumento de cuantías mayúsculas o minúsculas o de calidades demostradas, el asunto tiene muchas aristas y preguntar, inquirir sobre esto o aquello en los temas escénicos siempre será un ejercicio saludable de los amantes del género, ya dije que nuestra Isla es una apasionada en estas lides. Puede armarse una batalla campal de conceptos estéticos acerca de un tema, una decisión o una elección (los festivales, concursos y muestras llevan la voz cantante en este apartado, espero que no sea solo una problemática cubana, tengo fe en que no), y al final no todos quedarán conforme, pero por lo menos los responsables de dicha decisión o elección deberían asumir su responsabilidad con juicios al respecto, sino precisos -el teatro es un paisaje de subjetividad- al menos comprometidos o coherentes.

El privilegio de estar en esas selecciones festivaleras se vuelve un podio de visibilidad, no solo para los asistentes nacionales, sino para los colegas del mundo, del género o no, que nos visitan.  Siendo así las cosas, lo del asistir para saborear una parte del teatro que se hace en Cuba es pura invención de quienes escogen y una entelequia de quienes van buscando saber que se produce en el mapa nacional con solo ver esa muestra, eso es algo totalmente imposible, mucho menos si el evento de marras no se concentra en una especialidad o género específico.

El último Festival Internacional de Teatro en La Habana no estuvo exento de esta disquisición sobre quienes sí y quienes no, que atañe a teatrólogos, al público y sobre todo a los propios teatristas que dan la cara en el escenario. Pero de ahí a conformarse con una multiplicidad triplicada con respecto al festival anterior, hay enorme trecho a recorrer. Puedo decir personalmente que en el caso del teatro de títeres, la selección era discordante con el lema que promovía la cita, algo no imputable a los elegidos. Ya lo dije, somos un país que ama el teatro por encima de todas las consecuencias, lo cual no implica que seamos siempre consecuentes.

En la muestra de teatro para niños y de títeres nacional hubo de todo, producciones pequeñas, medianas y más o menos grandes, nunca mega-espectáculos. Me pregunto releyendo aquí y allá los comentarios acreditados, si fueron siempre eficaces en todos sus aspectos escénicos los espectáculos unipersonales o en dueto que estuvieron en la muestra de nuestro amado festival. Tengo dudas sobre a que llamaran los teatrólogos aspavientos sobre la escena. ¿Tendrá que ver con ademanes en demasía o afectaciones escénicas como se deriva de la palabra aspaviento en los diccionarios de sinónimos y antónimos? ¿Será la sencillez, como expresión de lo ingenuo y lo simple lo que hace prevalecer un montaje teatral que siempre debería tener diversos valores escénicos y no solo el de su llaneza o candidez? Cuando se usa teatrológicamente el término jactancioso, sinónimo de fatuo, vanidoso, petulante y presuntuoso, siento que es una designación preñada de agresividad, que intenta contraponer inútilmente criterios teatrales acerca de lo sencillo y lo elaborado con otra concepción dramática. Me pregunto también si una producción teatral es grandilocuente por su rápida conexión con el público o por el uso de otros recursos escénicos ajenos a la llamada sencillez, y si por ello es sinónimo de pomposidad, pedantería, afectación o ampulosidad. ¿Será una verdad absoluta para algunos teatrólogos que el enlace de algunos montajes con el público y hasta con los especialistas, está avalada solo por algebras espectaculares ideales? Un espectáculo es mucho más que un nombre, que un título, que una fórmula aprehendida. Es búsqueda, ansiedad, consagración hacia lo creado, insatisfacción perenne y perfectible, valores parciales y necesidad de comunicación. Nunca la agresión verbal a mansalva sobre quienes conforman el rostro visible de nuestro teatro será el camino a seguir, y la selección para participar de un festival no debiera ser un saco en el que caben espectáculos disímiles, justificados solo por el afán hacedor de sus creadores, o por la deseada representatividad territorial. Otros debieran ser los criterios, otras las aspiraciones, otras las metas, en definitiva ¿no somos un país que ama el teatro? Demostrémoslo con un tanto de compromiso respecto a lo elegido para conformar una muestra teatral, mediante el conocimiento real del espectáculo que estamos presentando como producto nacional.
 


Por: Rubén Darío Salazar