Venía de Santa Clara en ómnibus y el adolescente que iba a mi lado estuvo pegado a su tablet unas cuatro horas, rebanando cabezas a troche y moche en el videojuego que tenía encendido. Mi joven compañero de viaje no le prestó la más mínima atención a la madre, que iba en un asiento cercano, ni al resto de los pasajeros, incluido yo, y por nada del mundo le pasó por la cabeza entregarse a la contemplación del más allá que pasa raudo ante las ventanillas, típica costumbre del típico viajero. Como tenía en mente el libro de cuentos Esperando por el sol (Ediciones Matanzas, 2015, Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas), de Raúl Flores, pues tenía pensado que tan pronto llegara a la casa me pondría a escribir estas líneas, de pronto me vi relacionando el comportamiento del muchacho con las páginas de este volumen, donde quizás haya mucho de su actitud.

Esperand el Sol. Raúl Fores Iriarte

Junto con un grupo de narradores cubanos como Jorge Enrique Lage, Abel Fernández Larrea y Legna Rodríguez, el autor de Esperando por el sol ha realizado búsquedas acerca de una especie de sensibilidad contemporánea, a la que se llega luego de un desasimiento, de un retraimiento o distanciamiento social, que acaban conduciendo al individuo a un callejón espiritual sin salida, sinsentido, absurdo. Un individuo que entonces desde el mero aislamiento, el hastío, el cinismo, la violencia u otras manifestaciones acaba testimoniando, quizás involuntariamente, su incertidumbre, su desconcierto.

Esperando por el sol tiene un breve cuento llamado “Grito”, el cual habla sobre una familia que no acostumbra a salir a la calle sino que permanece en casa y grita: “Hasta que nos estallen los pulmones. Hasta que los vecinos se levanten protestando. Hasta que vengan los policías, los bomberos y los paramédicos… Después nos quedamos dormidos. Pero antes, por supuesto, gritamos un poco”. El dramatismo del texto no proviene solo de tan extraña costumbre familiar, sino además del hecho de que no aparece por ningún lado la prosapia de ese grito. ¿Por qué gritan? ¿Qué los angustia? No lo sabemos. No nos es dado más que una sensación de lo que está pasando.

Nos encontramos en presencia de otra de las características de este grupo de narradores, que marca muy particularmente a la obra de Raúl Flores, y dentro de esta Esperando por el sol. Hay algo de rizomático en esta escritura. Tal vez de ejercicio que pudiera parecer meramente lúdico. Hay una pérdida de la historia, del concepto aristotélico del arte. Hay solo una impresión. ¿Pero hace falta algo más? Y por otro lado, ¿podrían estos individuos proyectarse de una forma distinta? ¿Podrían ellos tratar de explicarnos, de explicarse? De hecho, ¿tienen algo que explicar? ¿Hay algo en ese vacío al que los han conducido, o hacia el cual han ido de manera voluntaria, que les permita hacer una historia, contarse, contarnos?

En 2014, durante un panel de opinión en la Uneac matancera, donde se hizo referencia a esta nueva generación de escritores, y en la que intervinieron Heras León, Dazra Novack y Yoss, este último dijo algo que me llamó la atención, dijo: “en sus textos no no existe una frontera entre lo correcto y lo que no lo es, no tienen buenos y malos; simplemente son”.

Esperando por el sol cuenta cosas terribles: toda una comunidad humana instalada en el interior de animales muertos lanzados en un basurero; una muchacha que viaja en un ómnibus Yutong con los restos trucidados del ex novio en el equipaje; un restaurante donde a pedido del cliente le es servida la pierna de la camarera; un hombre que al cumplir sus 31 años se propone como regalo el acto de salir a la calle a matar bolivianos, no sabe por qué; una chica que después de morir en el juego de la ruleta rusa es lanzada a la calle, para que Dios se encargue de ella, precisamente a la hora en que supuestamente Dios pasa por allí.

Sorprende que a pesar de tratarse de sucesos tan drásticos, Raúl Flores acude a una especie de distanciamiento, una asepsia  emocional para hacerlos llegar hasta nosotros. En los textos hay algo que me lleva a recordar otra vez a mi joven compañero de viaje en ómnibus, de Santa Clara a Matanzas. Específicamente a la manera desenfada con que cortaba cabezas en aquel videojuegos. Las narraciones de Raúl Flores son así. Y funcionan exactamente porque son así. De hecho, acaso sea este el elemento que las haga trascender como obra literaria. Es el detalle que singulariza estas narraciones. La conmoción no llega por lo que sienten los personajes sino por lo que no sienten. La conmoción llega por el testimonio que nos brindan de esa sensibilidad distinta donde las emociones ya no cuentan, o al menos no cuentan como contaban antes.


Por: Norge Céspedes