Agustín Acosta y BelloEra el doce de diciembre de mil novecientos setenta y dos y se me nublaba el día en aquel viaje tan real como absurdo. No acababa de comprender que el poeta de recio carácter, erguida pluma y afanes libertarios, era el mismo hombre a quien estaba acompañando ahora al Aeropuerto de Varadero, para no verle jamás: pero sí: era, en verdad, mi Agustín Acosta, el mismo de la carta retadora al Presidente Gerardo Machado   -gesto de valor y rebeldía que lo llevó a la cárcel- ; era el propio autor de La Zafra (1926), primer gran poema político nuestro, lírico y audaz, reconocido por Martínez Villana, Fernando Ortiz y José Antonio Portuondo por su demanda social a favor del campesino y en denuncia contra la explotación norteamericana.

El poeta miraba hacia fuera del automóvil el cortejo de palmas, con hambre espiritual de comerse el paisaje, sin embargo, a cada kilómetro recorrido, Cuba se le perdía un poco más. Quise derrotar aquel silencio donde apostaba una lágrima y le dije con disimulo'.

¿Usted ha notado que tres de los cantores nacionales de la bandera - -Byrne, usted y yo- - hemos nacido en la calza­da de Tirry, en Matanzas?

Respondió humildemente:

Lo que sí he notado es que precisamente ahora, cuando nunca más rechinarán las carretas, es cuando me voy.

Todos enmudecimos durante el resto del trayecto.

Al bajarnos se apoyó en el bastón y en mí, delicadamente. Un temblor muy fino abusaba en sus labios. Dejó de ser él. Pareció de repente más viejo que la muerte. Entonces me susurró, como pudo, el secreto: "Ruegue siempre porque yo muera en Cuba" Su último beso se apagó en mi frente.

Luego de su desaparición física, sucedida en marzo de mil novecientos setenta y nueve, me confesó una anécdota muy sentimental cierto profundo poeta cardenense, profesor de la Uni­versidad de Miami, que había asistido a las exequias.

Me acerqué al féretro, había desolación en torno. Sus atributo naturales despedían una rara soledad, le hallé tan huérfano dentro de aquella caja, a pesar de que su familia lo acompañaba, que me quité el botón en oro que siempre llevamos los exiliados y que consta de una palabra: Matanzas, y lo prendí en la solapa de su traje. No sé, me sentí mejor. Le había dado el único pedazo de Cuba que yo tenía. Fue un gesto romántico el exceso, ridículo quizás, pero digo de su cubanía.

Por mi parte, no pensé que a los treinta años de nuestra des­pedida, a medio siglo de Revolución, haría esta nota inspirada por la escritura inteligente y tierna de un trabajo investigativo. signado por la exactitud en el dato biográfico, la depurada discreción, el buen juicio crítico, la sencillez formal y, sobre todo por el fervor justiciero.

Gracias. Mireya Cabrera Galán, porque, si bien Agustín Acostó no logró el sueño de morir en la patria, te ha correspondido el privilegio milagroso de resucitarlo después de tanto tiempo y silencio. Resucita nuestro poeta dentro de la camisa que le zurció su madre, entre los puentes mojados del San Juan y una sombra enamorada: José Jacinto Milanés, que bien pudiera repetir para él una línea profética. Apoyado al timón espero el día.


Por: Carilda Oliver Labra
 

* Este texto aparece en las páginas iniciales –una nota a modo de prólogo- en el libro “Agustín Acosta Bello. Aproximación a su vida y obra” de Mireya Cabrera Galán, publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2009. Con esta investigación la autora ganó en el 2008, el premio Biografía y Memorias.


Mireya Cabrera Galán.
(México, 1963)  Investigadora y especialista en Arqueología Histórica de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Matanzas. Ha publicado libros sobre temas históricos y artístico-literarios.