Por: Norge Céspedes

Pese a que la palabra, el concepto “testimonio” no parece ser del agrado de Arturo Arango Arias (Manzanillo, 1955), resulta poco probable que alguna otra defina mejor el aporte de su variada y orgánica obra. Sus cuentos, novelas, ensayos, artículos, crónicas, guiones de cine e incluso su amplio quehacer como editor de revistas, y su postura como intelectual, conforman, y pueden leerse, como una especie de libro de nuestra realidad. Acaso para que este artista dé su brazo a torcer, o al menos conceda en algo, resulte necesario delinear con precisión lo que pensamos al decir “testimonio”, para lo cual acudiríamos a su propia respuesta cuando lo interrogaron acerca de este género: “El testimonio... ¿de qué estamos hablando? ¿De la Ilíada?”.

Arturo Arango y los pasos de Sísifo

Convencido de que la Historia es una construcción humana, y de que “la sociedad necesita estar abierta a discursos diversos, a interpretaciones multifacéticas, multilaterales, contradictorias entre sí”, Arturo Arango ha asumido una obsesiva y cuestionadora búsqueda en el devenir de nuestra sociedad. Se trata de un empeño especialmente complejo no solo por los obvios bamboleos que implica el decursar del tiempo en la existencia humana en general, sino además porque, como él mismo presupone, nuestro proyecto de nación, de vida, ha sido “un proyecto permanentemente inconcluso, que cuando va a alcanzar su esplendor, tropieza con nuevos obstáculos, y debe volver atrás, recomenzar. El nuestro es el destino de Sísifo”.

En esta ocasión, me han pedido que brinde un panorama de su obra narrativa, de sus cuentos y novelas, que han sido utilizados por él como instrumentos de investigación acerca de su tiempo. En general, este autor ha rehuido tomar como centro de su prosa de ficción al “mero hecho”. No va él tras “la última”, tras lo que, parodiando el decir de los viejos periodistas, podría dar el “palo literario”, tras esos intersticios de la cotidianidad o de la historia poco tratados o silenciados, una opción que si bien ha producido algunos buenos paradigmas ha conducido por otro lado a muchos callejones sin salida, como en los noventa, por ejemplo, ocurrió con las sagas sobre los balseros o con aquellas narraciones, aún persistentes en nuestro panorama editorial, a las que el hijo de Arturo, joven narrador, hijo de gato…,  ha llamado de pingas y cojones. La operación escritural de Arturo Arango va hacia otras esencias. Asume el contexto como pretexto, el contexto como materia prima a la que altera, remodela, tensiona, recorre desde “los caminos de la duda, del desconcierto, de la intuición, por encima de la razón, la seguridad, la precisión”, hasta encontrar  las marcas que quedan más allá de la superficie, y se expresan en los comportamientos humanos.

En su primer libro de cuentos, La vida es una semana, premio Uneac 1988, publicado por Ediciones Unión dos años después,  no se hallan tan definida esta voluntad como en su siguiente cuaderno de narraciones breves, La Habana Elegante, Ediciones Unión, 1995.  No obstante, La vida es una semana contiene algunas señales en ese sentido.  El acercamiento a un pasaje capital de nuestra historia en “Diario de campaña”,  donde aborda la muerte de Martí. La referencia a otros elementos, también capitales para nuestra idiosincrasia, como puede ser el concepto de la amistad, del grupo, apreciable en “El viejo y el bar”, o el papel de la pelota en el día a día del cubano, en “El estadio”, inquietante texto que dialoga con  El pabellón de oro, la gran novela de Mishima.

Pero además de estos atisbos, digamos que temáticos, La vida es una semana muestra las inquietudes formales que justamente le permiten al autor alterar, remodelar, tensionar el “material” que tiene entre sus manos. Desde la intertextualidad, y en general los rejuegos con la cultura cubana y universal, hasta la preocupación por las estructuras y por el trabajo cuidadoso con la palabra.  Pueden incluso vislumbrarse esas citas juguetonas de su espacio real, de su existencia real como individuo, que incorpora a sus textos, sea el nombre de sus amigos, referencias geográficas u otros elementos que reafirman esa voluntad de recordar, de hacer ver las marcas de su tiempo. Habría que añadir, a manera de anécdota, el significado personal de este cuaderno para su autor. Poco antes de que saliera a las librerías, el escritor manzanillero era catalogado como vago por sus propios compañeros de generación, y él mismo experimentaba cierto complejo de inferioridad al ver cómo sus amigos daban a la imprenta sus primeros libros, mientras su bibliografía activa seguía en blanco.

La Habana Elegante es un libro más completo, más cerrado, más maduro. El inicio indiscutible de un camino de búsquedas más precisas. Incluía los textos: “Lista de espera”, llevada al cine por Juan Carlos Tabío; el que da título al volumen; y “Bola, bandera y gallardete”, premiado en el concurso internacional “Juan Rulfo”. Estos tres relatos, marcados por un trabajo exquisito con el llamado nivel de realidad, el absurdo y la ironía, entre otros recursos, establecieron pautas en los años noventa y, a pesar de la sustancia a la que se enfrentaron, la volátil  sustancia del día a día de aquella etapa terrible, lograron trascender.

Leí este volumen acabado de salir a  las  librerías, mientras cursaba la carrera de Periodismo en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba; recuerdo el entusiasmo que a mis compañeros de estudios y a mí nos despertó el relato “La Habana Elegante”. A diferencia del ya mencionado “Diario de campaña”, y del conocido “Figuras en el lienzo”, de Francisco López Sacha, ambos inspirados en Martí, y ubicados en un espacio temporal del pasado, “La Habana Elegante” conseguía que Julián del Casal apareciera y coexistiera como uno más, en la Cuba de los noventa, departiendo con los escritores del momento, cogiéndole botella al propio autor de esa narración en ese mismo Lada que todavía sigue siendo el fiel medio de transporte de este.

Paradójicamente, después de este excelente tomo de narraciones, el autor no volvería a dar a conocer ningún volumen de cuento hasta más de dos décadas y media después, el también logrado volumen Vimos un árbol arder, presentado en México en 2013, y el pasado año en la Isla por Ediciones Unión. En cambio, en ese lapso, publicó cuatro novelas: Una lección de anatomía (Letras Cubanas, 1998), El libro de la realidad (Tusquets, 2001, Premio Casa de Teatro), Muerte de Nadie (Tusquets, 2004) y El cuerno de la abundancia (Ediciones Oriente, 2012).

El libro de la realidad  y Muerte de nadie han sido las más promocionadas de sus obras, no solo por el obvio hecho de su salida por Tusquets, sino también por su polémico contenido.  La primera hace alusión a un grupo de jóvenes que se preparan, en los años 60, para formar parte de un contingente guerrillero que extendería la Revolución por América Latina; la segunda, que puede ser asumida como una novela policiaca, describe el desasosiego probable ante la probable muerte del líder histórico de una comarca insólita, hecho que desencadenará, o desencadenaría, una profunda y dramática revisión de lo que ha implicado su prolongación en el poder. En ambos casos, el autor tiende “mantos” para tratar de separar los mundos que narra del mundo que le ha inspirado; en la primera desdibuja, diluye fronteras; en la segunda llega incluso a fundar un mundo imaginario, utópico, al que llama Calicito. Pero, más allá del simbolismo, de la universalidad que pueda franquearle este recurso a las obras, lo cierto es que el lector rápidamente acaba vinculándolas con la Isla, con sus circunstancias. Según declaraciones de Arturo, ambas novelas forman parte de un ciclo denominado “No estaba el futuro”, al que pertenecerían también una novela ya terminada pero aún inédita, “Después de todo” —una saga familiar, de la que salen los personajes principales de las otras obras del ciclo— y otras dos aún en proceso, así como el ya mencionado volumen de cuentos Vimos un árbol arder.

En una reseña dada a conocer en el sitio digital Cubaliteratia, Marilyn Bobes ha elogiado este último libro que reúne “verdaderos textos a los que yo daría el calificativo de universales puesto que, más allá del entorno en el que se desarrollan, están cruzados por la presencia de lo insólito o la aparición de sucesos inesperados que consolidan cada relato como una pieza única, sin perder esa verosimilitud chejoviana donde lo común se transforma en una historia pletórica de significados estrictamente literarios”. La también narradora no ve tan clara la relación de estos cuentos, marcados por un universo digamos que más estrecho, más íntimo, con las dos primeras novelas del ciclo, cargadas de una abierta crítica social.  Creo, sin embargo, que nuestro contexto juega también su papel en estos relatos. Si en el anterior libro de cuentos, La Habana Elegante, el contexto se exponía abiertamente y se le sacaba partido desde el absurdo, la parodia, la intertextualidad, en esta ocasión son puestas muy a lo lejos nuestras precariedades, pero están, y están diciendo muchas cosas. Primero que más allá del apagón, de las colas donde sea, de la falta de transporte, de la falta de lo que sea, hemos seguido teniendo nuestras “vidas universales”, como pudiera decir Marilyn Bobes. Pero no solo eso. Ha cambiado aún más la relación de los individuos con su tiempo. Hay como un desencanto, como una silenciosa, una nostálgica resignación a ese futuro al que han llegado.

Arturo Arango, a lo largo de su carrera, ha hablado de su país, de sus circunstancias, sin ningún complejo. A la pregunta de por qué escribía sobre su Isla, respondió que porque vivía aquí, porque era la realidad que lo agredía o no, que lo salvaba o no, y la que además lo estimulaba. Dijo además: “Salvando las diferencias, es como preguntarle a Woody Allen por qué casi todo su cine ocurre en Nueva York. Las novelas de Faulkner son del sur de los Estados Unidos, las de García Márquez no suelen extenderse más allá del ámbito del Caribe, y Rulfo no salió de una región de un estado de México”. Por otra parte, Arturo ha asumido el mirar sobre su tiempo como un deber cívico, intelectual, consciente de que “la peor actitud del ciudadano es ver la paja en el ojo ajeno, no pensar que sus actos, ya sean mínimos, tienen una participación en los destinos de una sociedad”.

Su obra narrativa, siguiendo los códigos propios de ese género, ha respondido a esta posición activa del autor como individuo.  Ha sido una de sus maneras de manifestarse. De hacerse escuchar. De dejar testimonio. Quizás a la manera de la Ilíada. Testimonio desde las esencias, desde lo trascendente. Pero testimonio. Manifiesto de sí mismo. Y, por tanto, de su tiempo. Manifiesto desde las letras. Arturo Arango ha dicho: “nunca he creído que un libro pueda cambiar el mundo, ni un sistema ni un gobierno. Incluso si un libro pudiera cambiar un gobierno, de seguro sería un mal libro. Un libro puede dejar una huella en las personas, en los individuos. Fíjate que no hablo de cambios sino de huellas: una marca mínima, un recuerdo, apenas consciente”. Arturo, con su consecuente postura cívica e intelectual, y con sus textos artísticos, literarios, ha dejado esas huellas, esas marcas, auténticas y fecundadoras.