Por: Claudio Dobal

Ecos. Recuerdo que de la última vez que escuché a Cristián Gómez Olivares leyendo sus poemas me quedó resonando la imagen del final de uno de ellos: la de un padre derrotado por una enfermedad que no para de avanzar, de un padre sentado en lo que yo imaginé como una silla de rueda sin saber muy bien qué hacer frente a todo eso, y que al final de todo intenta prenderse un cigarrillo con un encendedor (o con un fósforo, no recuerdo) que se transforma en la única luz que lo ilumina antes de que acabe el último verso.

Butterfly. Cristian Gómez Olivares

No recuerdo más que esa imagen, porque para cuando quise darme cuenta, salir del eco que en serio me había dejado clavado en la silla, e ir a conseguir el libro que contenía ese poema para volver a leerlo, el libro ya se había agotado. Así que a partir de ahí, de esa primera impresión, toda mi apreciación y comentarios (que fueron muchos) sobre ese poema y esa lectura fue, para bien o mal, producto o producción de ese acto mismo de recordar. De recordar esa imagen, además, en la voz de su mismo autor, de ese que la había escrito y descrito en el papel y que, en este caso singular, vino a ser, a mi entender, la cadencia que actuó la letra de manera precisa, y le hizo justicia al clima de lo que el texto estaba relatando. Y así, entonces hoy ya no recuerdo sino esa imagen y la sensación de estar escuchando algo que no se homologaba del todo al ritmo, a las formas, y a las representaciones que se habían estado poniendo en juego a lo largo de todos esos días del Festival de Poesía Latinoamericana Bahía Blanca . Eso es lo que recuerdo. Y con esos recuerdos, que tal vez funcionaron como prejuicios, es que ingresé la semana pasada a leer BUTTERFLY, el último libro de Cristián Gómez Olivares, publicado por la editorial bahiense Colectivo Semilla y que Romina Arena y Fran Rovira van a presentar en el Ciclotímico de este sábado, a las 20:00 horas en Factor C Espacio de encuentro.

Preguntas. Después de leerlo individualmente, en solitario, intentando recuperar la voz de Gómez Olivares, surgió la posibilidad y llevé algunos de los poemas de BUTTERFLY a una de las escuelas en las que trabajo, para charlar sobre ellos con algunos alumnos. Alumnos grandes, de quinto, con muchas ganas de leer, pero todavía con esa imagen romántica de la poesía. Llevar algunos de estos poemas, algunos de los más cortos tal vez, y ver qué preguntas salían a partir de ellos. Y sumar yo, que hace rato ya me alejé del ideal romántico, también mis preguntas, por supuesto, y juntos, entre todos, porque de eso se trata dar clases, empezar a revisar de qué iba este libro. Y así pensamos en cómo hablar de una experiencia individual, cómo describir un espacio puntual y a la vez atravesar la vivencia de todos. En cómo crear un montón, una parva de imágenes distintas y a la vez también proponer una revisión sobre la actividad de crear esas mismas imágenes, muchas veces mentirosas. ¿Cómo hacerlo y a su vez dar cuenta de una orquestación precisa del lenguaje, del ritmo, de la estructuración casi maquinal de cada uno de los poemas? ¿Cómo destrozar, de acá en más, cualquier metáfora o imagen poética que se atreva, siquiera, a pensar en usar a la mariposa como tópico? Todas preguntas, claro, que el libro de Gómez Olivares responde. A su manera, sí, de forma práctica, sin alardes teóricos, y sin dejar interpretaciones únicas. De acuerdo, claro, pero todas preguntas que el libro sí, al final, también responde.

Relatos. Y tal vez por aquellos recuerdos/prejuicios, y estas preguntas/respuestas es que el poemario en cuestión me resultó un tanto distinto a lo que yo podría esperar del mismo. Es cierto que el libro presenta situaciones e imágenes potentes, de esas que quedan haciendo eco en la cabeza. Pero en este libro las imágenes creadas son muchas, muchísimas, (y creo que a eso hace referencia también la tapa ilustrada por Luciana Lamas) y, además, responden a orbes diferentes que no están jerarquizados: así, la cuestión familiar, personal del yo, se confunde en la expresión de modos de vida, de hechos reconocibles o incluso de lugares comunes al y del resto. De espacios de convivencia, de simultaneidad en donde lo público y lo privado, la ciudad y la naturaleza, las historias y la Historia, desdibujan todos sus límites preestablecidos. Así, también, las imágenes se presentan en comparaciones/oposiciones que les agregan perspectiva; o incluso se les borra la singularidad, para que así refieran a lo que, tal vez, todos imaginamos, pero que al evitar nombrarlo, permite la posibilidad de que en ese silencio el lector incluya mucho más. Que sume, que complete los espacios vacíos. Pero mientras esto sucede, BUTTERFLY también da cuenta de un recorrido espacial, a medio camino entre lo turístico, lo familiar y lo laboral. De un mapa que nombra Cracovia, Chernobyl, Portugal o Canadá, y distingue a cada uno en una imagen, una postal minúscula tomada al azar en el gatillar de un obturador, en un detalle de ese cuadro inmenso, en ese punctum, si me permiten, que los rescata y resignifica del resto. Lugares que se presentan, también, siempre desde esa sensación de quien sabe que su patria está en aquel acento que dicen perdido, y en ese estar y ver como un extranjero su lugar de residencia. Lugares e imágenes que se dibujan, finalmente, desde la certeza de que hay cuestiones, como los sonidos por ejemplo, que en una imagen cualquiera siempre van a quedar irremediablemente afuera.

Voces. Por último, el libro termina con una traducción. Digo, además de que, al interior, el recorrido incluye reescrituras de, por ejemplo, Luis Guzmán, o referencias a Gonzalo Millán, por nombrar los más relevantes, el libro culmina, una vez que se le terminó el rollo, con un poema del libro Lustra de Ezra Pound que antes aparece en un epígrafe (yo resistí la tormenta / yo derroté mi exilio). Y leyendo esa versión, esta otra forma de apropiarse y hacerlo nuevo, es que uno, como mis alumnos o como yo, no puede dejar de pensar que eso, al final, está ahí por algo. Que se trata de es un revés, una volea, o algo así, con la que Gómez Olivares llama la atención del lector, y le quiere decir algo. Tal vez, reconocerse como traductor. Quizás, dejar las herramientas necesarias para recuperar el texto completo de aquel epígrafe central. O a lo mejor, esa traducción esté allí para proponerle una vuelta al lector, una señal que le indique la posibilidad de leer, ahora a contrapelo, su propio BUTTERFLY. De volver a leer, repito, revisando la precisión de las formas, las voces de los otros, las historias de exilio, las advertencias a la juventud, los lugares vividos desde la intimidad, los acontecimientos Históricos vistos a lo lejos, o las prácticas artísticas que fueron apareciendo, juntas con tantas otras, a lo largo de los poemas. De volver a leer, porque eso también es lo que tiene ese poemario, una multiplicidad de lecturas, haciendo caso al pedido de escuchar esa “derrota” final, esa misma “derrota” escrita en el epígrafe, que ahora, pienso, tiene otro sabor, otra presencia, otro significado muy pero muy distinto, a aquella que me resonaba en la cabeza cuando empecé a escribir esta reseña que aquí mismo termina.


Tomado de : Nexo Artes culturas· jueves, 27 de abril de 2017


 

In memoriam Derek Walcott

 

Las enfermeras saben a la perfección su trabajo.
Y el verso dónde terminar. La épica que te mantiene
atado a una silla de ruedas no opaca lo mejor

de esas playas donde se forjó el que mejor
de todos sabía que la lluvia lo esperaba
una vez alcanzara el final del surco

arado bajo el yugo por los bueyes.
No fue perjudicial reconocerte
entre los que estaban en aquella

fiesta. Si un anciano y venerado extranjero
podía escapar de la veneración que lo rodeaba,
la puerta estaba abierta de par en par

y entramos a la que no era nuestra casa.
Dicen que estás muerto, pero no se me olvida
la bronca que te mandaste entre ese montón

de aspirantes que te escuchábamos
como esas noches en que subíamos hasta la Virgen
y jurábamos de guata haberla oído: Kalafquén

y la Daniela amanecían en el pasto del Santa Lucía
tres días después de haber abandonado sus aposentos.
Los usuarios del transporte público no pueden apartar

su mirada: una pareja se está besando el mismo día
de tu muerte. Una pareja se está besando a los pies
de Gabriela Mistral y los indios involuntarios

que la rodean. Una veneración cayendo
con lo que sea que ilumina aquellas playas
donde la mitología reemplazó a los pescadores

y la pobreza no fue menos pobre. Cada uno se siente
libre de encerrarse como monjes de clausura
al interior de su propia celda. Orar

está fuera de discusión. Pareciera que estoy
escribiendo en inglés. Te pido disculpas
por no haberlo comprendido, pero

el día de acción de gracias otra vez nos
pilló lejos de nuestro hogar y las luces
de aquellos edificios eran incapaces

de calmar el frío de aquellos meses.
Los botes varados en la arena no son
parte de un ejército que no ha sido nunca

derrotado. Pero sí están a la espera
de que alguien los empuje mar adentro
para echar las redes en el agua y pescar

un par de zapatos que nadie se quiere
poner. Eso tampoco es una derrota.
Ni tuya ni de los pescadores. El día

que vuelvan con los peces alguien
los habrá multiplicado y habrán
navegado sobre el vino porque

alguien tenía que casarse y
alguien tenía que beberlo.
La silla de ruedas seguirá

girando. Estés o no estés
sobre ella. El círculo
se completa solo.

Ninguno de los dos es necesario.

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Ven y coge
 

Yo quiero escribir como Gastón Baquero
y dármelas de inocente. Saludar a las montañas
como si fueran compañeros de lucha y una vez que estemos

instalados en el poder traer a los violinistas
para que a alguien le nazca la inquietud
de asistir a algún concierto.

Dejar de lado las rimas interiores, hacer
cuantos sacrificios sean necesarios
para dar por terminadas esas

murallas que nos permitan hablar
de los escombros. Yo quiero
tener un as bajo la manga,

escuchar los gritos destemplados de mi hija
cuando está ensayando con el chelo
y los conciertos de Brandemburgo

sean ese nombre escrito sobre la arena
que las olas se niegan a borrar. Quiero
verla sonreír cuando inclinándose

después de la última nota salude al público
que no quiere dejar de saludarla.
Todavía se escuchan algunas

notas que no han abandonado este teatro.
Cómo se dice en este idioma
que los parrones están

preñados de uva, cómo se dice cauceo
con tomate y cebolla picada finitica:
la abuela Ana tenía un restorán

pero no era mi abuela
y mucho no conozco de esa historia.
Cómo se dice en este idioma

palomas de carbono catorce, amigos
como juncos en el agua, cómo se dice
las montañas nos rodean a propósito

    para que el aire que respiramos
    sea el mismo que dejamos de respirar.

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Renga

Quisiera dar las gracias
por este pan sobre la mesa.
Si me llevara la vida entera
agradecer este desayuno

espérenme, por favor:
espérenme leyendo en los escaños
de una escalera que dirija a otra
escalera, divagando sobre
la calidad de los alimentos

recibidos –y su relación
irrenunciable con la lengua.
En el intertanto

pueden practicar lecciones
de dibujo o algún instrumento
musical, pueden practicar
el camino del guerrero

-Gorin no sho, de Musashi-
y estudiar la forma en que
el enemigo intenta aprovechar
tus debilidades (saca ventaja

de que intente aprovechar
tus debilidades), escribir con
tinta invisible un mensaje
que lo confunda: el kanji

donde su muerte venga escrita.
Aprender la caligrafía de los hiragana.
El tono con que se dibujan las sombras
cuando el bambú se corta para usarlo

como un remo para defenderse contra el agua.
Aprender a esquivar los golpes
y la tinta demasiado gruesa.

Aprender a aprender a respirar.

                                       San Agustín Etla, 30 de Abril, 2013   

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Alfabeto para nadie

La insoportable avaricia estival de los insectos

ha contagiado a mi mujer. Suele pasearse por la pieza

exhibiendo con desdén un portaligas, relamiéndose

 

en la erección de sus pezones. Apenas si puedo estudiar.

Las niñas juegan arriba, en el comedor, donde la abuela

las reprende porque no la dejan escuchar su teleserie.

 

Los pájaros siguen con su habitual estruendo dentro de

la jaula y el calor le sirve de excusa a Damaris para quitarse

además las medias como última prenda. Cierro un libro

 

que habla sobre la peste negra que asolara Europa durante

el medioevo, en el cual se detallan algunos de los tratamientos

a que eran sometidos los pacientes, en cuanto se les detectaba la

 

enfermedad: aislamiento, amputaciones, sangramientos que

solían llevarlos a la muerte de manera mucho más rápida e

involuntaria. Aquellos que lograban sobrevivir durante más

 

de una semana, solían ser abandonados a su propia suerte en

medio del campo, con la absoluta prohibición de acercarse a las

ciudades. Se les veía vagar como encarnaciones de la muerte,

 

pidiendo cualquier cosa para comer, los ojos salidos de sus córneas

producto de la fiebre y la desnutrición, acosados asimismo por el

verano, insaciable como la avaricia de los insectos

 

que pululan entre las llagas de sus heridas.

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No se equivocaban los maestros

(museo de bellas artes, versión libre)

 

Alguien cree estar escribiendo en el fin del mundo,
pero no puede negar que el camión de los helados
está pasando nuevamente por el parque donde
los niños se arremolinan a su alrededor y la

descripción del paisaje no ha cambiado
porque el ojo del que mira no ha cambiado:
confía impertérrito en que el mundo es una
catástrofe tranquila, una reunión de nubes

diríase que de paso por el cielo
sería el único argumento convincente
para encerrarnos a conversar en un café
:de cualquier cosa, menos de las nubes.

Nadie tiene ganas de salvarse de nada
pero sí de tomarse un par de chelas, de
las últimas profecías sobre algún remoto
apocalipsis las palabras tienen poco que

decir: las danzas de la muerte, un anillo
en el dedo de los que no alcanzan a apretarse
el cinturón, aunque nada tengo en ello que
ver la improbable falta de presupuesto:

y es cierto que no sabemos distinguir
como le gusta enrostrarnos a los catedráticos
de las plazas más preciadas entre el cierzo
y el mistral, ok: touché. Así decía mi hermano

cuando hacíamos esgrima con palos de escoba
y terminaba sacándome cresta y media cuando
a los dos se nos pasaba la mano con el ardor de
los guerreros: él moriría poco después, tendido

en una cancha de fútbol, mordiendo no sé
si con desesperación el pasto, de seguro
ya inconsciente, producto de una falla en
el ventrículo derecho del conjunto arterial.

El camión de los helados pasa haciendo sonar
la sirena, los niños están a punto de alcanzarlo y
el conductor sólo piensa en lo fácil que será entregarle
las planillas al supervisor del turno de las mañanas.