Por: Roger Fariñas Montano

Primera impresión

Pareciera que los postulados del teatro más elitista, el realista, el conservador, y hasta el más arribista, político o primitivo se anclan en la modernidad sobre las inestables arenas de una mercantilización que nos empeñamos en llamar: cooperativas. En el teatro cubano se ha vuelto una moda que a veces molesta. Por cierto, a algunos grupos que se dan a la aventura les queda bien –como se dice popularmente- el chaleco, a otros les queda excesivamente ancho.

Brete lorquiano para tres actores y un cachiporrazo

Teatro de las Estaciones hubiera pecado  al arriesgarse en montar un espectáculo con este tipo de presupuestos, tan excesivos y artísticamente frívolos e incipientes.  A Rubén Darío Salazar, líder de Las Estaciones, le he conocido como un creador ambicioso, elegante, talentoso y muy arriesgado.  ¡Pero nunca descabellado! Quizás por eso, y por generosidad, le dio la oportunidad de «lucirse» a una compañía de títeres, bajo su manto y responsabilidad "pero sin compromisos", llamado La Tarumba.

Penélope de la Fontaine es la directora artística y general de esta cooperativa que lleva a escena Retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita, obra titiritera del poeta Federico García Lorca. Los integrantes de La Tarumba son gente que económicamente recaudan buen dinero y venden un producto divertido haciendo teatro de títeres para adultos, por lo que el líder de Las Estaciones gana un porciento de estos reembolsos, así que funciona como un personaje más dentro de la trama: especie de productor de la compañía.

Alrededor de esta divertida parafernalia, que comienza desde que Penélope da la bienvenida al público en la puerta de la sala de teatro y les invita a pasar, se crea como pretexto un juego del llamado «teatro dentro del teatro» en el cual se intenta "gozar" la archiconocida historia del Retablillo de Don Cristóbal….

"Esperamos que el público culto de esta noche sepa recoger con inteligencia y corazón limpio el delicioso y duro lenguaje de los muñecos", advierte la Directora con tono altisonante mientras anuncia que la representación va a comenzar.

Aleluya a Lorca

Con Retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita, una puesta en escena de Rubén Darío Salazar, Las Estaciones re-visitan a Lorca, después de su primer acercamiento a la literatura del andaluz con La niña que riega la albahaca, un espectáculo de hace dos décadas. En pleno 2017 nos sorprende con este relajo de títeres para adultos que coquetea con los males internos del gremio teatral, interioridades ignotas, que se toleran tras las bambalinas o en este caso el retablo, y se omiten a la vista del público. Aquí el reto está en que se muestran a la luz estas relaciones luctuosas entre los actores y la directora, se desentrañan y a la vez aporta cierta actualidad descarnada a la representación. Además, aborda tramas sociales y humanísticas que no pretenden ser reflexionadas, sino que se disponen polifónicamente para ser disfrutadas al ritmo de estas jergas farsescas y jocosas al estilo de Las Estaciones.

El argumento de la obra que escenifica La Tarumba no tiene demasiadas variaciones en su esencia. Don Cristóbal es un adinerado grosero, ávido de repartir cachiporrazos a cualquiera que se le atraviese en sus propósitos. Busca a una moza para casarse con ella y se encuentra con la madre de Doña Rosita que aspira a acertar un pretendiente para su "santa" hija. Sin el conocimiento de Doña Rosita, el acomodado y la madre de la joven firman un contrato irrevocable de venta. Una vez Doña Rosita pertenece a Don Cristóbal, dígase porque han consumado el matrimonio, no por tener relaciones sexuales, la joven impúdica saca sus uñas poniéndole los cuernos al "viejo azul" con sus amantes imberbes. La historia sucede de una manera infortunada dando a luz cinco hijos que se le achacan a Don Cristóbal. Este es solamente un indicio de la trama de absurdos, bretes y cachiporrazos que nos cuenta La Tarumba.

Brete lorquiano para tres actores y un cachiporrazo

Así como Lorca compendia el sumo y la esencia del títere –breve, conciso, jodedor, culto, encantador, sublimizar-, de acuerdo con su época, con las políticas de la época, el director de la puesta en escena obvia momentos importantes de la obra original, pero que concretamente no aportan al diseño global del espectáculo. Rubén Darío Salazar quiere hablar de los problemas de su tiempo. El Retablillo… habla también sobre la economía, el «cuentapropismo», los cambios políticos y estructurales del país en la contemporaneidad, las diferencias de clase, el abuso de poder  y, aunque es un texto clásico no se puede poner tal cual al siglo XIX o principios del XXI porque no dialoga con la actualidad. El director lo entiende como un "homenaje a Lorca desde el conocimiento de Lorca, partiendo del propio homenaje del autor al flamenco y al andaluz". Sin perder de vista los contextos, las esencias del original ahondando en un riguroso trabajo de investigación y vetando cualquier superficialidad.

En la representación se fusionan la música y los bailes en la piel de estos personajes tipos. Música típica de la época andaluza que vivió el autor, adornado resueltamente con efectos digitales que aportan una actualidad criolla. Localizamos, al mismo tiempo, la inserción de un bolero al repertorio sonoro del espectáculo y  los bailes andaluces y flamencos en una mezcla picante y axiomática con bailes populares cubanos como la rumba para crear una armonía que disloque mejor al espectador.

Como "títeres de cachiporra" se le conoce a los muñecos de guante del teatro de guiñol en España, siendo el representado por Lorca en el Retablillo de Don Cristóbal uno de los más populares. En el espectáculo de Las Estaciones los creadores se agarran fielmente a las tipologías tradicionales: un muñeco de tela, del arquetipo "títere de guante", que en el argumento (espontáneo, recurrente e inocente)  se torna como un modo arraigado, dirigido a lograr un desenlace hilarante provocado por una buena paliza, a cachiporrazo limpio, por lo general, al personaje negativo de la obra. Recurso que Rubén hiperboliza –también lo hace de manera inteligente con la realidad-, y lo metaboliza en función de la puesta, junto a otro grupo de elementos y objetos escénicos animados como la plancha visiblemente ardiendo, el dinero, la luna realizada con fragmentos de espejos, la correa como elemento de poder y un tanto sádico; hasta con el definitivo diseño de los muñecos a manos de Zenén Calero, insuperable en su lectura fresca y alegórica de los personajes lorquianos. Si a ello se le atribuye el diseño de escenografía y las luces entenderemos la armonía casi mágica que cobra el sentido global de la representación. 

Así es, pienso yo, como Rubén actualiza su Retablillo… sin necesidad de ilustrar, de acudir a un lenguaje vulgar o incluir a la banda sonora de su espectáculo, por decirlo mal y rápido, un "reguetón", enseña -por unanimidad- de la simpleza nacional.  Y aprovecho estas líneas siguientes para compartir la banda sonora compuesta por las piezas musicales "Alegría", de A. Solera, "Allegretto", de la Sonatina de Moreno Torroba, "Toreador", "Habanera", "Preludio" y "Aragonesa", de la ópera Carmen, de Bizet, y "Soleá", de Turina, por Tena-Rodrigo, seleccionada por el propio director e intervenidas sonoramente por Ernesto Perdomo.

El elenco integrado por María Laura Germán (Directora y la Madre), Iván García (Hombre, el Poeta y Don Cristóbal), María Isabel Medina y en el doblaje Karen Sotolongo (Muchacha, Señá Rosita y el Enfermo) es sensible a la hora de interactuar de manera elocuente con los estímulos del público. Actores capaces de cantar y bailar en vivo, además de sus destrezas vocales y gestuales o simplemente de la manipulación mostrándonos un espléndido conocimiento y dominio del arte titeríl. Y lo justo es referirme a las interpretaciones actorales en su colectividad porque existe en Retablillo… una verticalidad y cohesión en las interpretaciones que es ciertamente difícil extirpar de él un desnivel, por muy exigente que hubiera querido ponerme.

Retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita, estrenado en noviembre del 2016 rebasa hoy las treinta funciones, y a medida que la temporada avance seguirá descubriéndose un perfeccionamiento ineludible, anótese en todos los sentidos escénicos que conforman la puesta en escena. Estas variaciones del títere de cachiporra y el retablillo lorquiano que Rubén personaliza a modo de homenaje espontáneo no buscan ser originales, sino inspiradores para las nuevas generaciones de creadores que desandan el penetrante arte de los títeres. Coincido con el director matancero en que parecer originales es desatinado, nunca se es nuevo del todo, "vivimos para ser superados constantemente, o al menos evolucionados". Lo que importa no es inventar nada.  La cachiporra ya está concebida, también estos personajes que desandan sus esencias en el retablo de Las Estaciones, pero sí lo es vivir la experiencia desde tu tiempo y el hacerlo dignamente.

Desde la transposición de la farsa guiñolesca y un añejo gustillo a la poesía de Lorca, Retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita por Teatro de Las Estaciones, se agradece en un momento en el que el teatro de títeres para adultos en la isla es alarmantemente escaso. Este brete lorquiano para tres actores y cachiporrazos resulta otro lance titiritero sensible y auténtico. Es, en conclusión, la certeza de otro grupo que labora desde provincia –para los más escépticos-, con la capacidad de proponer una puesta tan suculenta, lejos de los privilegiados estadios capitalinos.