Por: Tony Piñera

En muchas ocasiones, su casa matancera se abrió a nuestra amistad. Allí, en su Matanzas natal, de la cual era su novia favorita, esta mujer de transparente mirada/vida y verbo fluido/lírico que convocaba siempre al amor, en todas sus dimensiones, regresa.

Carilda Oliver: Tirry 81, la casa de... la vida

De aquellos diálogos al azar y encuentros fortuitos quedaron memorias, rastros de palabras que se reúnen para recordarla. Entre plantas, tejas, gatos, amistad —a granel—, guiños al ensueño, más allá del tiempo —que por ella parecía no pasar por su alma siempre rejuvenecida—, vigilados por su hermosa presencia, matizadas siempre de recuerdos, anchas sonrisas, poesía y ese amor por la tierra que la vio nacer, se fueron construyendo estas memorias de letras y papel que ahora, en la distancia del tiempo y de la vida, traen de nuevo a la inmensa creadora que se fue, dejándonos su estela infinita. Aquí nos vuelve a conjugar entre palabras certeras, su vida.

Hay poetas a los que es imposible desvincular de su obra. En el caso de Carilda Oliver esta correspondencia es tal que vida y escritura conforman un mismo cuerpo, una sola biografía: Carilda son también sus poemarios. Es y será siempre un sortilegio, con su corriente subterránea de enigmas, la aventura de la poesía y como tal, el poeta.

Tocar a la puerta de Tirry 81, en Matanzas, es dialogar con la poesía, esa que llega desde una mujer (en mayúsculas) que es también sinónimo de su ciudad. Más bien, la novia de Matanzas...  En una tarde de primavera, hace años, ella abrió no solo las puertas de su antigua casa, sino las de su vida, y paseó por sobre las palabras. Excelente momento para regresar sobre un diálogo siempre abierto, fresco, juvenil, repleto de deseos de vivir.

¿En esta casa hay fantasmas? Carilda mira a su alrededor y comenta: “En todo caso de la poesía porque casi toda mi obra está realizada aquí, en esta casa. Vine desde muy pequeña” (un silencio largo, una pausa para recordar…). Y entonces regresa con bríos, cabalgando sobre esas amigas (las palabras), con las que ha recorrido toda su vida… “Creo que es peor, el fantasma soy yo para la poesía. Ella puede asustarse un poco conmigo. Pero !ojalá que hubiera!, porque me encantan los fantasmas”.

Siempre está disponible la poesía. Nunca ha cerrado su matrícula. Por eso hay tantos en ella aspirando al laurel, solo que muchos están cursando sin antes haber cumplido un requisito fundamental: tener primero el alto valor de ser hombre como estimaba Antonio Machado, lo que supone una premisa de orden mayor: identidad y conformidad del ser. Porque si algo deja en evidencia la poesía, apartando el candor, la desesperación, el error, es que proviene de un trance maravilloso: el encuentro y el contacto del ser humano con su atavismo.

Con las manos todo se puede, dice el hombre. Con las manos se alcanza el cielo, dice el artista, se toca de cerca la poesía. Y en el camino encontró a Carilda Oliver, la mujer más bella que ojos humanos han visto, la cristalina, la de verdad. La que descubrió los poemas eternos…

¿Poesía? “Es un tema largo, porque nació conmigo, o por lo menos el intento de hacerla, esa salud prodigiosa que es de buenas a primera, sentirse uno embargado de algo que no se puede traducir en palabras, y sin embargo quiere uno hacer ese camino. La poesía es indescifrable, indescriptible, imponderable, por lo menos estoy agradecida a la vida de intentar su compañía, y que por lo menos alguna que otra vez me haya seguido”.

A partir de palabras que regaron la tarde, en su casona colonial matancera, fue armándose el diálogo. Esa que guarda fantasmas, la cuna, el refugio, el nido... teñido de tiempo. ¿Casa? Sus ojos claros viajaron por los adentros, se sumergieron en historias tejidas por años en esas paredes y volvió a la superficie. “La casa es casi todo. Digo casi, porque no voy a ser tan concluyente, pero indudablemente que no puedo escribir si no es aquí. Nací en Tirry 70, dos cuadras más abajo. Aquí debo haber venido a los tres años. Pero es esta, la de Tirry 81, la que más amo. Pues nacieron otros de mis hermanos, me desarrollé. Esos nacimientos, bautizos, matrimonios, las muertes, la ida hacia el exilio de mis hermanos y mis padres, mis tres matrimonios... Ha sido vida reflejada en esta casa, y como es tan peculiar —tiene más de 100 años—, todo habla de historia, de pasado. Aquí hasta yacen enterrados mis pequeños animalitos. Todas esas cosas repletas de poesía y sentimientos hacen esta casa”. En ella, Carilda fue niña, adolescente, se enamoró “y me sentí triste por primera vez, lloré mi primera pena, y espero llorar la última también. Además de que han desfilado amigos, desconocidos, personas como Pablo Neruda, Nicolás Guillén y,  tantos otros que nunca olvidaré como Dulce María Loynaz. Entre estas paredes han latido muchos corazones de artistas: Alicia Alonso, Rosita Fornés, Miguel Barnet, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Abel Prieto…, músicos, teatristas, ¡no sé cuántos! ¿Qué cómo no voy a amar esta casa? Si es la de la vida. Por eso, aunque pasen muchos años o muy pocos, y yo desaparezca, ¡nunca será la casa de la muerte!”.

Otro término que ha rondado mucho por el diccionario personal de Carilda, cuatro letras que conjugadas pueden dar Roma, mora, esas que uno las mueve y siempre dicen algo diferente es… ¿Amor? “Todos estamos llenos de amor y ¡pobre del que no lo esté! Solo que algunos sabemos expresarlo más que otros. Pero hay mucha gente que ama, yo las he conocido y, sencillamente, de amor vivimos, no creo que en él exista la mezquindad. El amor no se puede economizar, es una fortuna. Creo que muchos somos ricos (una enorme sonrisa invade su rostro). El asunto es enseñar a los demás, a aquellos que no han aprendido a repartirlo, que sepan que es un oficio dulce, eterno, una profesión de fe. No hay dudas, debemos movilizarnos hacia la consecución de ese propósito”.

Y confesó que antes no se daba cuenta. “Quizá amaba por gusto y sin explicación. Ahora amo con gusto y no necesito explicaciones. El sentimiento no entiende de palabras, no es un rompecabezas, es un todo. Y ese todo que hacemos con la naturaleza, lo hacemos con los animales, las plantas, objetos —aparentemente inanimados—. Tal vez se descubra un día que tienen sensibilidad.

El mundo no es más que un misterio que algún día descifraremos. Si queremos amarlo todo, y en realidad podemos hacerlo, cómo no amar a nuestros semejantes. El amor de la pareja no es el todo, aunque traiga como consecuencia la propagación de la especie, aunque la procreación sea un objetivo muy importante de la unión entre hombre y mujer. Por supuesto, es importante el amor de pareja, aunque no solo de eso debemos vivir”.

UNA PALABRA CLAVE EN SU GEOGRAFÍA

Un vocablo también se repite en su obra, y que ha sido para usted, vida, vena, sangre: Cuba en primer lugar: (Cuando vino mi abuela, / trajo un poco de tierra española,/ cuando se fue mi madre llevó un poco de tierra cubana./ Yo no guardaré conmigo ningún poco de patria:/ la quiero toda sobre mi tumba, sentenciaba en el poema “La tierra”). Pero dentro de la Isla, hay un pequeño rincón que es especial, a tal punto que su nombre cambia. No se sabe si Carilda es Matanzas o a la inversa... Es algo con raíces como el valle del Yumurí, como cualquier lugar de esta tierra.

¿Matanzas? “Es mi casa mayor. Amo mucho a mi patria, todo. He estado en Santiago, donde la gente es maravillosa y sus paisajes inolvidables, hay tanta cubanía, hospitalidad, heroísmo. Y qué decir de mi Habana, donde estudié y he pasado tanto tiempo con personas estupendas. Podría hablar de todas las provincias y todos los sitios... Lo que pasa es que este es mi patio, donde me desarrollé. Hasta pudiera andar a ciegas por sus calles, y los ríos son lugares muy favoritos, pues he caminado por sus márgenes, no ahora porque casi no hay tiempo, pero sí cuando era joven. Entonces paseaba por el San Juan, el valle del Yumurí, subía y bajaba desde Monserrate hasta el río (yo nunca he sido alpinista ni muy deportista) pero, sin embargo, para tener la experiencia lo hice varias veces”.

Carilda recuerda entonces que esos lugares donde se respira una atmósfera acuática tienen una especial connotación para ella, “están llenos como de espiritualidad. No sé si es el agua, porque ya no es el fabuloso mar de Matanzas que tiene como un sortilegio, sino el agua de los ríos que tienen sus propiedades. Es que todos no son iguales. El más sereno es el San Juan (el que más quiero porque nací casi a su vera) y porque es el más humilde, el más pobre. Este se está volviendo cada día más triste. Después el Yumurí —es muy manso también—, pero es más azul y puede estar turbio en determinadas oportunidades. El Canimar, es el más revoltoso, el que más se parece, para mí, a un hombre. Por lo tanto es el que más me gusta en cierto sentido (risas). Es el más rebelde, anda dando saltos y le tengo un poco de terror. Esos ríos los llevo muy adentro, son ríos de sangre, sabes, no son de agua”.

Están también las cuevas —sentencia en voz muy baja—, y hasta tengo un soneto no publicado, en el que refiero que tengo agua de las estalactitas en las arterias (lo digo más poético, aunque de todas formas es un poco cursi el soneto), pues estas cosas de la patria a veces llegan a serlo, porque con el sentimiento uno se vuelve tan hipersensible… “Allí digo que si un día muero lejos de Matanzas —lo hago en verso que es más pasajero que en prosa—, regresaré como un sinsonte agónico para ser solo el polvo de Matanzas. Eso lo escribí hace tiempo. En Bulgaria, en el 87, donde estaba yo aterrada porque no conseguía asiento en el avión para regresar, y me veía tan lejos de Matanzas que escribí eso que linda con la tontería” (volvió a sonreír hasta con sus hermosos ojos).

¿Libros? “Ellos guardan poemas, recuerdos. Entre los que he escrito, Al sur de mi garganta obtuvo el Premio Nacional de Poesía (para mi propia sorpresa), en 1950. Aunque no es el primero, para mí podría serlo porque me trae alegrías, es más logrado. Con el que me inicié en este terreno fue Preludio lírico (del que yo digo que ni siquiera una libreta de adolescente, sino de niña torpe).

Y refiriéndome de nuevo al título de la obra galardonada, hay personas que al vocablo sur le atribuyen un sentido físico-erótico. No es así, yo quise decir el corazón, no otra cosa. Ese libro no es que sea el preferido, pero es el que más quiero. No diría que es el mejor, porque si en 1950, casi en mi primera obra, dijera es lo máximo que he escrito..., hace años que me debía haber retirado de esto. Si lo hubiera creído no habría adelantado mucho. Ha habido un tránsito, es romántico, pero había cierta influencia de la vanguardia. Se encontraba algún que otro atisbo del coloquialismo. En aquella época referí: el perro que se orina, el cigarro caído en mitad de la acera..., eso en aquel momento no se podía decir. El libro se puede encasillar en el neorromanticismo, es que se veía otro giro en él. Pero el que más novedad le aporta a mi obra es Desaparece el polvo. Solo que es publicado en los 80, aunque lo escribí en los 60. ¡Salió 20 años después! Él me sitúa no en el coloquialismo, pero dentro de la corriente de la generación del 50, que es la primera de los poetas de la Revolución: Rolando Escardó, Fayad Jamís, Fernández Retamar, César López, Pablo Armando Fernández, Luis Suardíaz, Rafaela Chacón Nardi, Luis Marré, Rafael Alcides... Hay una constelación realmente de poetas. Esta generación tiene una base de poesía directa”.

Se huyó de la versificación —dice con tono serio—, se trató de hacer poesía. En esta rápida charla se pueden olvidar nombres. Ya Cintio y Fina, Lezama, Eliseo Diego y otros, que más o menos coinciden con esta generación, pertenecían al movimiento de Orígenes, “aunque en sus raíces había estas coincidencias en lo histórico, pero tenían un modo de expresarse diferente. Sin darnos cuenta todos estábamos envueltos en lo mismo. Al extremo que con el tiempo que ha pasado, estas generaciones, en lugar de diferenciarse se han acercado. Casi es la misma. Están muy contiguas, pero se han emparentado con el transcurso de los años. Estoy introduciéndome en un tema delicado que requiere de una mente crítica y avezada en estudios de esta naturaleza. Es decir, que estoy hablando intuitivamente”.

¿Inspiración? Repite la pregunta. “Una maldita que corre, vuela, y a veces no se puede atrapar, y hay que darse por vencido. Indudablemente que aunque Hemingway decía que la inspiración debía tomarlo trabajando, eso desde luego es una gran lección, pero a veces uno está en cualquier parte y tiene que levantarse para ir a escribir, porque es algo que está dentro de nosotros y debe salir. Así le pasa a todos los artistas: pintores, músicos, poetas, inclusive a los periodistas. La inspiración existe. Es imposible que Heredia haya escrito su “Oda al Niágara” sin tenerla, eso no se puede hacer. Creo en ella firmemente. Cualquier cosa puede moverla. A veces lo más sencillo y hasta lo horrendo nos despierta un rayo de luz, por contraste y nos toma la inspiración. Es un poco huidiza. Creo que cuando nos sentimos demasiado bien no nos inspiramos. Sin embargo, tenemos una circunstancia desfavorable, algo muy triste —no sé si será que soy un poco elegíaca y mi poesía tiende a eso— pero cuesta trabajo no sentarse en la máquina y escribir. No en el instante, porque el dolor tiene que sedimentarse y toda experiencia, para llevarla al papel, no puede estar demasiado viva, debe tener un poco de muerte. Pero en ese hálito final hay que atraparla. Se podría hablar mucho de inspiración pero hoy no estoy inspirada” (risas).

Como no existe nadie mejor que usted para conocer a Carilda Oliver Labra. ¿Quién es en realidad, Carilda? “Ay muchacho, ni hables de ella, yo no quiero ni oírla. Siempre estoy inventando que soy Carilda Oliver Labra, así que no te puedo decir quién es. Si a ti te gusta una Carilda que hable de una forma, así es. Me gusta complacer a los demás. Claro hay cosas que no puedo inventar, o no quiero inventar. Eres un periodista muy maldito, de esos que sacan lo que quiere de uno”.

Hay vocablos que se repiten mucho en su obra. Dicen que “azul”, “ala”, no sé qué otra. Quisiera observar eso. “Tengo un montón de estudiosos de mi obra que es maravilloso, y quienes me dan unos razonamientos rarísimos de mi trabajo. No sé a veces lo que quise decir con una palabra determinada, pero no es lo que ellos dicen”. ¿Palabras? “Las adoro, hasta las malas (risas). Sé que el silencio puede estar lleno de palabras, pero tengo tres condiciones: mujer, abogada y maestra, imagínate. Todas somos muy habladoras. Así que me disculpo con ellas, porque después de vieja me estoy volviendo silenciosa. Eso tiene su encanto, y hay que acudir a todas las armas. Tengo que buscar recursos nuevos porque se me acabaron los antiguos”.

¿Premios? “Los que más me han conmovido son: el recibido por “El canto a la bandera” (el primero en el año 50) donde estaban en el jurado nombres como Marinello, Guillén..., un poema que no es excelente, sencillamente bien hecho. Es la sorpresa del premio, con una obra que se hizo para ganar, hasta con una malicia que ya no tengo. Después otro que era mejor, un premio a la poesía con Al sur de mi garganta, que obtiene el Premio Nacional de Poesía, que es más sólido. Y luego el Premio Nacional de Literatura en el 97, al que había sido candidata nueve años. Eso me pareció un regalo inefable, nunca lo olvido. Pero he tenido otras alegrías muy grandes en la vida que son de pronóstico muy reservado, y las hace más alegres por eso”. Pero tiene el premio del pueblo (un largo silencio) “A ese debería aspirar pero no me atrevo”.

Hoy tiene además el de la inmortalidad, Carilda vivirá siempre en esta Isla, con residencia eterna, en Tirry 81, Matanzas.


Tomado de: http://www.cubarte.cult.cu/