Muchos jóvenes, y algunos no tanto, desconocen que en la calle de Medio -frente a la tienda La Reina y a la izquierda de la miniplanta de helado- se encuentra el Centro Coral. Hace ya varios años que los niños y adolescentes no acuden allí a aprender del canto, ni los amantes de la música asisten a algún memorable concierto.

 El viacrucis de una casa

Difícil se torna imaginar que tras esa puerta ensaya el prestigioso Coro de Cámara de Matanzas (CCM), negado a abandonar su sede en las aguas de la desidia; porque como bien cuenta su director, el maestro José Antonio Méndez Valencia, “todo empezó con un pequeño hueco que se fue haciendo grande”.

Y LA ABERTURA CRECIÓ          

En 2008, el Coro partió a Venezuela como parte de la Misión Cultura. Durante su estancia, dos ciclones azotaron la Isla. El último levantó por una esquina la manta que recubría el techo y dejó un resquicio por el que penetraba la lluvia.

“Mi esposa me contó por teléfono lo que pasaba, y yo se lo comuniqué a la entonces directora provincial de Cultura; quien contestó que para cuando regresáramos estaría resuelto. Nunca se arregló”, relata Méndez. Así inició lo que él califica como un viacrucis, porque la abertura creció y los estragos de la humedad sobre paredes, carpintería, vitrales y muebles, también.

Alrededor del 2010, una brigada de la Empresa Provincial de Mantenimiento y Construcción del Poder Popular intervino en el edificio. “No llegaron a feliz término, decían que el Centro de la Música no pagaba.

“En 2015, cuando se dedicó el Festival Cubadisco a la música coral, hablé con Orlando Vistel, presidente del Instituto Cubano de la Música, entonces se destinó dinero a la reparación y contratamos a una brigada de cuentapropistas”. Luego de problemas con la moneda de pago, lograron que se cambiara la cubierta de la parte delantera de la casa.

En la actualidad, aguardan por capital para culminar las labores; una espera matizada por encuentros con la Uneac, representantes gubernamentales, y promesas de chequeos al avance de la obra que nunca tienen lugar.

LA CASA DE LOS COROS

Centro CoralEn la edificación radicó el Conservatorio de Música Señoritas Cóndor Ruiz de La Torre, cuya familia la donó al gobierno, y este, a su vez, se la otorgó a la Dirección de Aficionados de Cultura en la segunda mitad de la década de los 80, con el fin de establecer el Centro Coral para Niños.

El objetivo no era convertir a los infantes en músicos sino que pudieran cantar. “Venían dos veces a la semana, llegaron a ser alrededor de 300. Así se consolidó un movimiento del que surgieron el Encuentro Provincial de Coros, el Seminario Nacional para Instructores de Arte, discos, documentales; y la misma experiencia de enseñanza se extendió a las municipios. Como para entonces yo dirigía el Coro Profesional, también vino para aquí”, relata Méndez.

De tal forma, aquella comenzó a conocerse como la casa de los coros. Allí tuvieron su espacio las cantorías infantiles, coros aficionados de centros de estudio e, incluso, la Cátedra de Canto y Dirección Coral de la Escuela de Nivel Medio de Música.

Líber Lora Carballo, quien se inició en el Coro del Pedagógico y hoy integra el CCM, recuerda lo hermoso y confortable de la institución. “Había una sala de conciertos bien conformada, y presentaciones todas las semanas”.

Tal labor menguó debido al detrimento del inmueble. “No podemos traer a ningún niño porque cualquier perjuicio sería responsabilidad nuestra. Las cantorías buscaron espacios alternativos y la mayoría ha desaparecido”, afirma Reynaldo Montalvo Carreras, integrante de la agrupación coral.

No obstante, aunque en determinados momentos ensayó en locales ajenos, el Coro se mantiene en el lugar y ha trabajado bajo el influjo de la lluvia, el viento y la pobre iluminación, dispuesto a defender su sede.

Montalvo comenta que en tales condiciones tragan polvo y su colega José Miguel Alfonso Campos habla del calor, el peligro y de cómo las paredes vibran con el sonido. Aunque reafirman la incidencia negativa sobre el rendimiento y la motivación, coinciden en que ello no les ha impedido participar en eventos e intercambiar con otros coros.

Diosdado González Granda, uno de los miembros de mayor experiencia, opina que ahora resulta muy difícil encontrar un cantor. Y en realidad, la falta de un relevo que se forme desde la infancia se halla entre los saldos negativos. “La sala White no funcionó por muchos años, el Teatro Sauto continúa cerrado, no teníamos donde presentarnos y el público se perdió”, añade José Miguel.

La música coral constituye una faceta del patrimonio intangible de la provincia; y varias generaciones de matanceros solo han disfrutado de un escaso contacto con ella. Este Centro no merece el destino de las reparaciones indefinidas. Ojalá su esplendor y vitalidad regresen pronto.


Por: Yeilén Delgado Calvo

Tomado de: https://delupasycatalejos.wordpress.com/