Leonardo Acosta Sánchez

Leonardo Acosta nació un año antes de que yo viniera al mundo, y en la misma ciudad; ambos respiramos los mismos olores que podían despedir la fábrica de chorizos o el matadero, diferenciamos, desde niños y mucho antes de conocernos, ciertos sonidos ignorados para muchos de los habaneros  que quedamos hoy día en nuestra ciudad: el frote del tranvía contra las líneas, el inclasificable tin tín del “cordelito de guagua” que halaba el “conductor” cuando le avisábamos que nos quedaríamos “en la esquina”, el cencerro del carbonero, la sirena que marcaba los tiempos de labor para los obreros pero, sobre todo, quedamos marcados para siempre por un invento que ya se iba adueñando de las casas: el radio. Así se le llamaba –en masculino– al aparato receptor que iba poniéndose ya en aquella primera mitad de los años treinta del siglo XX al alcance de los bolsillos más modestos,  gracias a las llamadas “facilidades de pago”, Así nos fueron llegando a la vez, aunque en barrios distintos, la furia del tango, el repertorio amplísimo y la voz timbrada de Pedro Vargas, el asombroso deje de la orquesta de Antonio María Romeu, que jamás he  comprendido por qué me ponía melancólica; tantas y tantas maneras de decir “aquí estamos” y “esto somos” y “cómo nos queremos”.

Fuimos estudiantes universitarios en las mismas fechas y, a no ser por mi empecinada y bien defendida vocación, por poco coincidimos en la carrera que él estudiaba, a la que habían pretendido destinarme. Comenzaba la década de los cincuenta y, no sé por qué misteriosas razones que constantemente la lectura de sus libros me invita a descifrar –desde el primero en orden cronológico, y en los sucesivos, de forma cada vez más alocada y vehemente los resortes que se han ido configurando y moviendo  en todas direcciones para modelarme hasta ser quien soy, tienen que ver con acontecimientos musicales, con personajes y maneras de enfrentarlo todo, de ponerlo todo en claro, que entran y salen en las páginas escritas por Leonardo Acosta. Desde hace más de tres décadas disfruto del privilegio de poder leerle, copiar a mano sus hallazgos y relacionarlos entre sí como agarraderas portadoras de razones cada vez más fuertes para sobrevivir con la obra a cuestas en medio de ese constante e insistente fluir de fórmulas, esquemas y disparates a los que él (con tremendo swing, como buen jazzista) se ha encargado de ir desarmando, uno a uno, por el camino de la claridad. Bien podríamos llamar elegancia o donaire, a esos atributos de Leonardo, hondamente arraigados en el privilegio de haber nacido de un hombre de cultura, un cubano de la talla de quien fue su padre,  José Manuel Acosta (a quien se refiere, en las ocasiones en que nos da noticias suyas, como “dibujante, ilustrador y fotógrafo”)  y en el trato familiar, de por vida, con un personaje como Alejo Carpentier, un par de modelos hacia donde –para nuestra fortuna–  nunca  ha dejado de mirar[1].

Leonardo y yo ignorábamos –cada uno en su barrio– la existencia del otro, cuando aquel jazz de los 40,  aquellas canciones americanas tan preciosas que hoy reconocemos con el sobrenombre de standards, comenzaban a entrarnos en el gusto. Leo sus escritos y me conmueve saber que, con esa candorosa puntualidad característica del radio-oyente,  sintonizábamos Radio Kramer y la Mil Diez para escuchar la misma música; me pongo a pensar que, simultáneamente –o para decirlo de una manera más musical, al unísono–, entraban por nuestros oídos las poderosas señales de Arcaño con su “orquesta radiofónica” y el arte multifacético de Frank Emilio, por una estación u otra, culminando en un programa donde nunca –por cierto–  se mencionaba la palabra “feeling” pero cuyo tema para comienzo y final  era Hasta mañana, vida mía, de Rosendo Ruiz Jr., cantado por Pepe Reyes.

Releo los libros de Leonardo y me siento cercana a él de tantas maneras, que no paro de encontrarle gracia a aquella simultaneidad al lado del aparato de radio, en barrios diferentes de la misma ciudad, nutriéndonos del mismo alimento para llegar a ser quienes luego fuimos. Repaso, admiro, anoto a mano los argumentos diseminados en sus formidables arremetidas contra  el capricho, los esquemas, slogans y demás fórmulas históricamente encargadas de enturbiar la percepción de la verdadera naturaleza y la consistencia de algunas expresiones humanas relacionadas con la música (pongo como ejemplo al feeling) cuya nobleza y autenticidad aparecen iluminadas por la vocación de claridad que distingue a este músico cubano, pensador cubano, escritor cubano incapaz de dejar entre frase y frase, entre palabra y palabra, la menor fisura por donde pueda volver a filtrarse la inconsistencia, una vez que cualquiera de sus párrafos se detiene en el punto final.

 Sus revelaciones pueden asumir la forma de ensayos, comentarios, notas discográficas, intervenciones empeñadas en aclarar frases hechas proferidas a la ligera; ellas consiguen desbaratar todo el arsenal de disparatadas etiquetas e ingenuas  apreciaciones formuladas, tantas veces, con aire doctoral  Me pregunto cuándo Leonardo Acosta empezó a verlo todo tan claro; a lo mejor debería preguntarme cómo pudo, por entre tanta maleza, abrirle paso a la yerba lisa. Vuelvo a preguntarme cuándo aprendió tantas cosas, es decir, a manejar tan eficaz y preciso sistema de medidas; cómo se entrenó en esa especie de destreza para ir cambiando los lentes a la manera de los optometristas, con esa desaforada voluntad de hallar la medida justa aplicable a los orígenes, al acontecer, a los elementos que configuran una expresión. Sólo en el transcurso de esta cuarta o quinta vuelta de lecturas,  me dispongo a descubrir y contar a ese Leonardo que se explica por sí mismo y que nos exige, para darse por leído, una exploración por entre las señales de vida nada autobiográficas diseminadas en el curso de sus escritos

Leonardo Acosta nació en la tercera década del siglo XX, exactamente el año en que cayó la dictadura de Machado, a diez años de que su padre figurara entre los protagonistas de la histórica “protesta de los trece” y entre los miembros del Grupo Minorista[2]. Haciendo gala de una dosis de pudor bien administrada, el crítico elige los momentos exactos, imprescindibles, por dónde filtrar la información acerca de este factor personal tan determinante en su configuración como estudioso e iluminador de tantos procesos repartidos en el transcurso de tres décadas hasta llegar al  momento actual, a partir de la aparición de Música y descolonización[3].  

En algún momento, cometí  el desliz de prestar el primer texto suyo[4] donde había podido  conocer y apreciar, más allá del músico, al hombre de pensamiento que llegaba a mis manos, en una “talla extra”, a partir su afirmación como martiano de primer orden[5]. La llegada de Leonardo al universo de mis lecturas resultó impactante. Aquellos nuevos y frecuentes acercamientos con motivo del lanzamiento de algún título suyo, sembraban en mi ánimo una invariable sensación de sorpresa ante el salto descomunal del saxofonista (a quien había empezado a admirar en las sesiones dominicales del Club Cubano de Jazz junto al pianista Frank Emilio allá por el año 1958) hacia el ámbito del pensamiento escrito. Es ahora cuando veo claro que mi parecer había venido proyectándose permeado por un increíble margen de error. Atando cabos acerca del músico, veo que su condición de estudioso, vocación por la reflexión certera, buen uso de la razón y poder de iluminación  a través de la palabra aplicados a algo tan urgente como el análisis de los procesos, la precisión en las apreciaciones y la fidelidad al dato exacto, tienen su origen en un hogar presidido por aquel padre[6] entre cuyos amigos de juventud, en los años 20, encontramos nombres como los de Fernando Ortiz, Rubén Martínez Villena, Amadeo y Alberto Roldán, Alejandro García Caturla y, por supuesto, Alejo Carpentier. El hijo nació músico  entre libros y dibujos; creció entre discos e ideas; desprovisto de prejuicios hacia la diversidad en el mundo de la música, armó su manera de sonar y soltó al aire con júbilo sus primeras improvisaciones (de esto no me cabe la menor duda) a la par que conjugaba sus deberes de estudiante teniendo siempre a mano papel y lápiz para escribir y un libro por leer. Es decir, el escritor que recibiríamos de golpe con aquellos impactantes hallazgos que él mismo nos convida a interiorizar en los capítulos 7, 8 y 9 y en el correr de las páginas de Música y descolonización o en Del tambor al sintetizador, no era más que el Leonardo siempre vivo aunque todavía desconocido para sus futuros estudiosos o simples lectores, abriéndose, de manera irreversible, a una trayectoria que continúa marcando las pulsaciones de su tiempo en esta segunda década del siglo XXI.

No por casualidad Alejo Carpentier –hombre de grandes intuiciones y un virtuoso en el arte de contextualizar- una tarde que Leonardo fija alrededor de 1951, tomó la justicia por sus manos y, a la manera del joyero que engarza una pieza en el justo sitio desde donde mejor podrá proyectar sus luces, colocó al joven de apenas 18 años al cuidado del compositor Julián Orbón. La historia que comenzó a partir de aquel instante entre maestro y discípulo, es una de las lecturas más aleccionadoras que he encontrado en mucho tiempo. Quien se acerque al texto Homenaje a Julián Orbón[7] podrá  formarse una especie de retrato de un Leonardo Acosta con la mirada vuelta hacia aquellos años, desde la altura que ha llegado a  alcanzar en un camino signado por la vocación hacia la verdad y el amor a la música, con las raíces firmes en su tiempo y en su mundo y una generosa –casi palpable—necesidad de compartir cada pequeño hallazgo, cada pieza rescatada en el rompecabezas de una historia donde, por partes iguales, las cosas, a fuerza de tanto cruce. Intercambio, préstamo y vaivén, se funden y/o se confunden con la mayor naturalidad.

El Leonardo que se acerca, en 1951, al universo de Orbón, al volver la mirada hacia aquel entonces se autodefine como “un saxofonista de jazzbands, musicante nocturno de La Habana y a la vez estudiante de arquitectura para quien el jazz resultaba más vital que Le Corbussier o Vitrubio, pero al mismo tiempo ávido lector y oyente, aprendiz de todas las artes…” Ya en ese momento          –según nos permite entrever en uno de los párrafos donde deja asomar su historia propia– ha contactado, en el ámbito universitario, con jóvenes jazzistas, también estudiantes y afines a los cultivadores del feeling[8], de la talla del guitarrista Pablo Cano (por limitarme a un ejemplo) con quienes ha compartido sesiones; ha tratado a Bebo Valdés, ha  comenzado su fecunda y larga amistad con el pianista Frank Emilio y anda a punto de conocer a José Antonio Méndez y enrolarse en un grupo comandado por el compositor para tocar en una fiesta de fin de año que  describe para nosotros con pelos y señales[9].   

En el curso de mis lecturas, jamás me he tropezado con una imprecisión, con un relato donde Leonardo le haya fallado a la verdad de los acontecimientos, al perfil de los seres humanos  a quienes decide desenterrar o reanimar en la memoria. Este cuidado se observa de manera muy especial           –como antes he anotado–  en las introducciones de sus libros, donde su honestidad ejemplar nos extiende constantemente una mano firme en qué apoyarnos para acceder a la mejor comprensión de sus enfoques, una vez en camino hacia sus planteamientos y conclusiones. Impuesto de nociones que le han aportado, posiblemente, sus estudios de arquitectura, Leonardo cuida el equilibrio, la trabazón de fuerzas, la solidez de las estructuras. Por alguna razón muy precisa, prefiere presentarnos las páginas iniciales como “Introducción”, “Nota introductoria”,” A manera de aclaración”. Pienso que es una cuestión de estilo, un detalle sintomático de alerta, orientado desde y hacia su constante preocupación por la coherencia. En lo personal, me asiste la certeza de que vale mucho la pena no pasar por alto este elemento en sus libros. En dichas páginas iniciales se encuentra la clave que dará consistencia al hilo conductor destinado auxiliarnos hacia la comprensión perfecta de puntos de vista siempre novedosos, dirigidos hacia donde, en muchos casos, no habíamos mirado antes. Las palabras introductorias a cada libro de Leonardo Acosta ponen en constante evidencia la honestidad del autor. Párrafo a párrafo, van haciendo entrega de un juego de llaves  que nos permitirá apropiarnos de cada hallazgo, abrir cada puerta, cada postigo; libro a libro, vamos recibiendo la combinación exacta para poder penetrar en esa caja fuerte donde el buscador no esconde sino protege la prenda más preciada, la clave que da sentido y acceso, como condición imprescindible para una buena lectura de las páginas que vendrán a continuación, a ese  algo que nos invita a tener muy claro: lo que cada libro “no es”. Beber en la fuente de Leonardo Acosta, proporciona alivio a quienes sabemos que cada uno de sus análisis, cada apreciación, cada intento por desenmarañar los más complicados procesos, se deben al esfuerzo y el talento de quien se nos ofrece en lo que él mismo precisa como su “doble condición de testigo y  participante…”, premisa que le ha asistido desde que tomó esa decisión de poner sus pensamientos por escrito que –a mi juicio– alcanza su mayor altura en una pieza maestra: Un siglo de jazz en Cuba.[10]

Desde su llegada a mis manos en el año 2000, esta obra se ha mantenido, en el quehacer amoroso hacia todo lo que tiene que ver con mi identidad –en tiempo y lugar– como un punto de apoyo insustituible para resistir esos embates capaces de aflojarnos las piernas; a la manera de un afinador de guitarra, los conceptos vertidos por Leonardo en sus páginas me proporcionan –permiso para pecar de absoluta– la herramienta idónea en el  empeño de acceder, desde mi condición creadora, a un conocimiento dinámico, no lineal, de acontecimientos y  procesos que han marcado la  vida  cubana a partir de 1898. Firmemente anclada en los planteamientos esenciales de Música y descolonización y Del tambor al sintetizador, enriquecida en los esfuerzos memoriosos diseminados en compilaciones como Elige tú, que canto yo[11], sazonada con análisis que se apoyan en la garantía de lo absolutamente verificable, en su Introducción al primer tomo de la edición que he decidido  tomar como referencia[12], el autor afirma: …“de ninguna manera pretendemos haber escrito una historia del jazz, sino apenas un bosquejo de la misma en nuestro país; una especie de mapa o croquis a partir del cual puedan desprenderse investigaciones más exhaustivas y que por otra parte contribuya a liquidar ciertos fáciles esquemas repetidos hasta la saciedad”. Por ese camino podremos echar a andar, al amparo de su imprescindible voluntad de estructura.

Todo es claro y verdadero en este libro; todo es singular. En el primer capítulo de ese mismo Tomo I, se refiere a los primeros contactos entre la música cubana y el jazz y su tránsito a través de dos siglos, colmado de “intercambios y préstamos recíprocos entre ambas músicas”… (hasta llegar a)… “una verdadera fusión que hoy conocemos como jazz latino”. Más allá de estos “préstamos e intercambios”, el crítico, en su análisis, decide entregarnos un aporte válido –a mi juicio-- para el acercamiento a cualquiera de los múltiples procesos repletos de matices, presentes en la intrincada maraña que anima a esa manifestación cada vez más pujante de la cubanía: nuestra música. Así, al fenómeno de las “inter-influencias entre una y otra música, que en ocasiones podemos considerar como confluencias”, añade “el paralelismo en el desarrollo de ambas formas de expresión ligado a cierto paralelismo histórico…” Esta afirmación, abarcadora de fenómenos y expresiones entre dos países, puede resultar perfectamente aplicable al análisis entre dos músicos, dos variantes musicales, dos intérpretes, dos períodos, sobre todo por la amplitud de visión que aporta.

A título de lectora, de estudiosa de estos temas, con el derecho que a mí también me asiste en calidad de “testigo y participante”, me atrevo a asegurar que la consideración estos dos factores –las inter-influencias y el paralelismo que les sirve de soporte– como elementos válidos en el enfoque hacia cualquier problemática que se desprenda del devenir de nuestra música o de un merecido estudio a conciencia acerca de los gestores de ese proceso, puede conducirnos  por caminos acertados hacia una apreciación que esté a la altura de esos mismos fenómenos objeto de nuestro análisis. Me estoy apropiando, con énfasis especial en la consideración de los “paralelismos” presentes en las vidas de  creadores e intérpretes, en los procesos que dan forma a las diversas manifestaciones cuya interpretación a  partir de estos presupuestos, les pone a salvo del lastre que han arrastrado a causa del empleo facilista de la anécdota como factor de entretenimiento, transformada, a todo lo largo de este libro, en elemento ilustrador o contextualizador, siempre verificable.

Algunos capítulos me depararon sorpresas como la de tropezar con un Félix Guerrero guitarrista de jazz, o alegrones como rememorar en detalle el paso por el cabaret habanero Sans Souci, en enero de 1957, de la jazzista norteamericana Sara Vaughan así como la resonancia de  un histórico jam session en una casa particular, donde la cantante y sus músicos compartieron con jazzistas cubanos. Emociones compartidas desde mi luneta o mi silla de espectadora, me remontan, desde estas páginas, al insólito concierto de Chico O’Farrill dirigiendo una banda gigante en el teatro de la CTC (hoy Lázaro Peña) o a las sesiones del Club  cubano de jazz los domingos por la tarde en el cabaret Habana 1900, en los que comencé a admirar por igual al saxofonista Leonardo Acosta y a Frank Emilio. En las páginas de este libro dedicadas al feeling (tema abundantemente tratado en sus escritos) no hay sitio para miradas de reojo, de aquellas que se desataron como una plaga en los años sesenta bajo la premisa de una culpabilísima influencia americana, en una arremetida que llegó a agredir hasta al inocente acorde de novena, a proferir acusaciones donde el oído enclenque confunde la búsqueda de caminos con la utilización de “el acorde por el acorde”, sin contar con el vaciado de la palabra con que se identificaba a aquella manifestación por razones de su esencial emotividad, símbolo de “blandenguería” mediante el gesto airado de extirpar sus dos letras “e” interiores y dejando para siempre colocado el escuálido engendro filin en lista de espera, dispuesto a ocupar un sitial de honor en los  anales del grotesco tropical.

No hay sitio, en la entrega de Leonardo, para ignorar a músicos como René Hernández o Mario Bauzá, presentes en este libro desde las páginas dedicadas a los tiempos de la Mil Diez; la historia de muchos grandes a quienes, entre nosotros, rara vez se menciona, entra, sale, alcanza protagonismo en procesos que hacen justicia a la verdad. No hay olvido para el guitarrista Isidro Pérez, para la cantante y vibrafonista Doris de la Torre o el tresero Neneíto (cuyos dúos con el Niño Rivera fundiendo jazz con feeling, pude recibir como regalo de la vida, en un patio de Párraga, a finales de los cincuenta). No hay descuido en el tratamiento a procesos donde –una vez más– se pone de manifiesto el paralelismo, a propósito del sano intercambio  entre músicos norteamericanos y cubanos que se opera de manera simultánea en tiempos del bop, hasta desembocar en el cubop (un episodio que el crítico saca a la luz, para conocimiento general[13] en todos sus pormenores, con la maestría y originalidad que, invariablemente, le asisten). El libro Un siglo de jazz en Cuba, de Leonardo Acosta, es, desde su entrada en mi mundo, uno de los más preciados  puntos de apoyo de que dispongo para estudiar y explicarme cualquier proceso de la vida cubana en el siglo XX.

Por entre la maraña de alegrías y sinsabores que en los veinte años transcurridos entre 1960 y 1980,  sacudió a quienes, en plena juventud, cumplíamos con la sagrada tarea de dar sentido y consistencia a la obra que estábamos creando, asoma la cabeza de Leonardo Acosta en su muy activo desempeño como jazzista tocando en pequeños grupos. Testigo del fenómeno que entre 1967 y 1968 dejó su rastro con el nombre de Orquesta Cubana de Música Moderna, la trayectoria de esta formación instrumental aparece juiciosamente analizada por él y colocada en un sitio aleccionador entre las páginas del libro que venimos revisando. La creación –a las puertas de los setenta– del Grupo de Experimentación Sonora, entre cuyos integrantes figuraban algunos excelentes jazzistas (incluyendo al propio Leonardo Acosta) da origen a un capítulo digno de estudio al abordar el tema de la vida musical en buena parte de esa década, acerca del cual recibimos la atinada, insuperable, visión del autor.  Momentos de incalculable valor en los capítulos dedicados al último cuarto de siglo, sitúan al fenómeno Irakere en su justo sitio, a partir de sus valores y de la resonancia internacional que consiguió ganarse. Fijo en esas páginas,  queda configurado el tema de la aparición de innumerables grupos que surgieron en los años ochenta así como las diferentes tendencias representadas en ellos. Al finalizar esta década, lo vemos formar parte del grupo de músicos que, encabezados por Bobby Carcassés, fundan los ya tradicionales festivales Jazz Plaza, a los cuales se mantendrá vinculado de por vida.

A partir de 1983, fecha de presentación de sus obras Música y descolonización y Del tambor al sintetizador,[14] comienza una etapa en la que vamos a verle volcarse, cada vez con mayor intensidad, hacia la creación y entrega  de su obra escrita. Crece y se expande, en los ámbitos nacional e internacional, la resonancia de su labor. Reconocido ya con el Premio Nacional de Literatura, el año 2014 le reverencia con el Premio Nacional de Música. En el presente año figuró, junto con la historiadora Olga Portuondo, entre los escritores a quienes estaría dedicada la Feria del Libro, lo cual ha motivado la presencia, a disposición de los lectores, de una apreciable selección de sus obras.

Me hubiera gustado que esta puesta en palabras tuviera el vuelo de un primoroso “dibujo a mano alzada”. Verdadero timonel de la travesía emprendida por mí al comienzo de  estas páginas en un rastreo incesante por entre los episodios desde donde reparte sus múltiples mitades, tengo la impresión de que a este Leonardo Acosta inenarrable lo admiro más de lo que lo quiero.

Respiro profundo, devuelvo a su sitio los siete ejemplares manoseados, llenos de papelitos y marcas amarillas, “testigos y participantes” de mi propia historia, compañeros de la cola y de la guagua en otros tiempos y protagonistas, por estos días, del reguero que ha invadido mi rincón de trabajo. Paso por alto las interrogantes que se desprenden  del ansiado y temido punto final. Toco puerto.


 Por: Marta Valdés


      

Notas

[1] Véase Música y épica en la novela de Alejo Carpentier, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1981, pag.5 / Descarga Cubana: el jazz en Cuba (1900-1950) Ediciones Unión, 2000) Tomo I, págs. 51 y 52

[2] Max Henríquez Ureña/ Panorama histórico de la Literatura Cubana. Editorial Félix Varela, La Habana, 2006 (Tomo II, págs. 418, 419

[3]  Música y descolonización. Editorial Arte y Literatura. Ciudad de La Habana, 1982.

[4] José Martí, la América precolombina y la conquista española. La Habana, Casa de las Américas, 1974. (Cuadernos Casa, 12)

[5] Debo aclarar que desconocía la existencia de su libro de cuentos que, con el título Paisajes del hombre, Ediciones Unión publicó en 1967.

[6] Hermano del poeta Agustín Acosta e ilustrador del poema La zafra; considerado por Alejo Carpentier como “prácticamente, el iniciador de  la nueva plástica en Cuba” (véase El fermento minorista, pág. 233 de Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier, por Ramón Chao, Editorial Arte y Literatura, Ciudad de La Habana, 1985)

[7] Móviles y otras músicas / Leonardo Acosta. Ediciones Unión, 2010

[8] Movimiento musical que agrupaba, en torno a la canción popular cubana y el jazz,  a jóvenes cuyo punto fundamental de reunión estaba radicado muy cerca de la Universidad de La Habana (véase pág. 157 en Móviles y otras músicas)

[9] Recordando al King, en Elige tú, que canto yo, Letras Cubanas, La Habana, 1993, pág. 118

[10] Ediciones Museo de la Música. La Habana, 2002

[11] Editorial Letras Cubanas, 1993

[12] Ediciones UNIÓN (2002 pág.5

[13] Descarga cubana: el jazz en Cuba (Tomo I) Capítulos 4 y 5. Ediciones Unión(2000)

[14] Obras citadas