Crimen y vendetaEn la historia de Cuba existe un hecho singular y escalofriante, no abordado en estudios nacionales, tal vez siguiendo la tendencia de pensar que los grandes acontecimientos ocurren en la capital. Se trata de asesinatos que se cometieron con la venia de las más altas autoridades políticas y militares del país: el de los hermanos Álvarez Rodríguez, acaecido el 26 de julio de 1932 y el de los ex oficiales involucrados en ese crimen, el 25 de  noviembre de 1933. Así llega esta historia de la mano del investigador Eduardo Marrero, a través de su más  reciente título Crimen y vendetta: el caso de los hermanos Álvarez, bajo el sello de Ediciones Matanzas, en su colección Aurora.En 13 capítulos (más apéndices documentales y la bibliografía), Marrero conduce al lector por una trama cargada de tragedia, dramatismo y complejidad histórica, con elementos de ficción, pero sin apartarse de la realidad de este período del Machadato en la ciudad matancera de Colón.

En el prólogo a esta edición el propio autor explica que estructura el texto desde tres niveles, en retrospectiva histórica: primero, la venganza de Santiago, único hijo que sobrevivió al asesinato de los Álvarez Rodríguez, por encontrarse en la capital; segundo, los asesinatos de José, Narciso y Ramón Álvarez Rodríguez y el alzamientote la familia contra la dictadura de Gerardo Machado, y por último, lo relacionado con el desenvolvimiento del padre José Álvarez Pérez, gallego y oficial del Ejército Libertador Cubano.

Marrero afirma que durante el trabajo de investigación redescubrió el asombroso y repugnante clima de terror en Cuba durante el Machadato: crímenes del gobierno y ajusticiamientos de la oposición se sucedían como eslabones de una cadena. Y ese es precisamente el clima que trata el autor de recrear en Crimen y vendetta: el caso de los hermanos Álvarez, para entregar al lector una obra de inusitada maestría.


Por: Maylan Álvarez Rodríguez


Más sobre el autor: Eduardo Marrero Cruz (Colón, 1962)

Licenciado en Historia y Cencias Sociales. Ha obtenido premios en los concursos Raúl Gómez García  (1989 y 1991); 26 de julio (2000); Raúl Ruiz (2005); Enrique Piñeyro de la UNEAC (2005); Patrimonio azucarero (2006); La Enorme Hoguera (2006). Premio Anual de la Crítica Científico-Técnica, 2006. Premio Pedro José Guiteras, 2009. Ha publicado El médico del Moncada, Ed. Verde Olivo, 2000; Armelio Ferrás Pellicer, Ed. Matanzas, 2002; la novela En el Imbondeiro, Ed. Baile del Sol, Canarias, 2002; De albores y caminos, Ed. Matanzas, 2006; Julián de Zulueta y Amondo. Promotor del capitalismo en Cuba, Ed. Unión, 2006 y Julio Reyes Cairo. Del umbral al heroísmo, Ed. Matanzas, 2008.

Fragmentos de La venganza, primer capítulo de Crimen y vendetta: el caso de los hermanos
Álvarez

La caravana de ocho autos avanzaba rápidamente por la Carretera Central. La madrugada propiciaba una vía despejada; solo algunos ómnibus de las rutas nacionales Los Aliados, La Mack y La Flecha de Oro surcaban el silencio de los 195 kilómetros que separaban a La Habana del lugar de destino. En cada automóvil viajaban cinco hombres que vestían ropas oscuras, armados con ametralladoras cortas y fusiles. En su mayoría pertenecían al Ejército Pro Ley y Justicia.1

Las conversaciones tenían puntos comunes: Batista estaba llamado a ser el hombre que rigiera los destinos del país. Mira que saltar de sargento a coronel. Por eso lo apoyaron en las masacres del Hotel Nacional y Atarés. Bien se lo merecían aquellos oficiales de nariz  respingada y abundante cuero en las polainas. Venirse a rendir, para luego continuar jodiendo. El Ejército debía ser protagonista y no marioneta. A la larga, los norteamericanos apoyarían; los titubeos de Welles eran momentáneos. Machado se había cagado fuera del tibor con la prórroga de poderes y solo los nuevos militares podían atajar el caos. De momento había que pescar en río revuelto.

Las piernas ya se entumecían cuando el primer auto se detuvo. Un hombre de unos 27 años de edad, cara achatada y pelo negro, descendió. Vestía un traje de muselina gris, cinto Nonato, de piel, y calzaba un par de Ingelmos. Colocó el sombrero de paño sobre el asiento delantero y tomó la metralleta.

—Escondan los autos en el callejón de la izquierda –ordenó.
—¿Crees qué vendrán, Santiago? –le preguntó el chofer.
—Por supuesto. El jefe del Escuadrón de Matanzas me dijo que saldrían diez minutos después que nosotros. Pero apaga esa radio, hay que hacerlo todo con mucho sigilo.

El chofer penetró en el auto para apagar la voz que incitaba a tomar media Tropical, bien fría. Mientras, Santiago se dirigía a los hombres que estiraban las piernas y conversaban en voz baja:

—Los soldados que vienen de escolta se dejarán desarmar. Todo está arreglado. Cuando yo dispare, ustedes me siguen. No quiero heridos. ¿Alguna duda?

Todos callaron, sabían que en el éxito de la operación estaban las prebendas futuras, los cargos públicos –las botellas–, las concesiones para negocios, los favores políticos y militares.

—Ellos vienen en una ambulancia –prosiguió Santiago Álvarez–, en cuanto doblen la curva, le cortan el paso; los hacemos caminar hasta ese monte y se acabó. No, mejor nos movemos más al este, no quiero que se mezcle la sangre de mis hermanos con la de sus asesinos...

Dos carros irrumpieron a los pocos minutos. Con rapidez son interceptados. Tras desarmar a los cuatros soldados dejaron el estrecho callejón para tomar otra vez la Carretera Central. En la ambulancia el ex primer teniente Armando Vilches Quesada repetía, ahora entre sollozos:

—Nos van a joder, se los dije desde que salimos de San Severino: no hay ningún Tribunal de Sanciones en Santa Clara, y menos a esta hora.
—No te lamentes más –le ripostó el ex capitán Sacramento del Castillo–, es posible que nos estén asustando. ¿No viste que buscan otro sitio? De ser serio nos hubieran matado y ya…
—Nada de eso –le cortó Vilches–, aquí fue donde maté a los tres hermanos. Este hombre no juega.

Miró al ex teniente coronel Abelardo Herrera que, inmutable, permanecía a su derecha:

—Ustedes son los culpables, yo solo cumplía órdenes. Moriré por sus culpas.Sacramento tiró de su muñeca a través de las esposas:
—Déjate de pendejadas… Estos soldados no permitirán que se atente contra la vida de cinco oficiales del Ejército Constitucional.
—Oigan, quien habló fue Santiago Álvarez Rodríguez, ¿qué hace aquí? Jodernos, coño. Tú eres el principal responsable porque te interesaban las tierras del viejo que lindaban con Dos Marías.Sacramento le lanzó una patada con los Bulnes:
—Era orden del Presidente… O te olvidas que se alzaron en armas con una partida de hombres.
—Sí, pero el Presidente se fue pa`l carajo y nos dejó embarcados, y ese sí tiene muertossobre su espalda.
—Bien que gozaste con sus felicitaciones y el ascenso. Hasta te pavoneabas.
—Nada de eso, capitán, siempre sentí remordimientos, y también indiqué que debía eliminarse al hermano que quedó.
La aceleración disminuyó para doblar a la izquierda, hasta internarse unos cincuenta metros.
—Vilches tiene razón –señaló Abelardo en tono resignado y tembloroso.
Los hombres armados los conminaron a bajarse. Sacramento tomó conciencia y gritó que eran oficiales, militares que cumplían órdenes superiores. Los ex tenientes Luis Nardo Noda y adislao Valido Pérez emprendieron una desesperada carrera hacia la oscuridad.
—Fuego –tronó la voz.
Los cuerpos rodaron por la cuneta. Santiago montó en el Ford negro.

—Devuélvanles las armas a los soldados –ordenó.

Rememoró las palabras de Batista el 12 de septiembre en Columbia, cuando cumplía 35 años y un nutrido grupo de hala levas –Márquez Sterling, Miguel Coyula, Manuel Mencía, Cosme de la Torriente, Casanova, Lucilo de la Peña…– concurrió a felicitarlo: “En Cuba cada ciudadano tiene fe ciega en que el Ejército es la salvaguardia, en que la esperanza de salvación  radica en el soldado. El Ejército quiere para Cuba paz y trabajo, con el consiguiente  bienestar y prosperidad. Ni las calumnias ni las pasiones ni los egoísmos. Todo tendrá  repercusión inmediata y sincera en la conducta honrada de las Fuerzas Armadas”.2 Ladeó la  cabeza. Cómo se ha espabilado este guajiro muerto de hambre de Banes, empleado de caballerizas, pensó, y recordó las últimas muertes ordenadas por el coronel: el Dr. Carlos Garrigó, director de La Voz; Manolo Salas, periodista; Guillermo Martínez, director de Ahora  y el teniente coronel Mario Alfonso, jefe del Territorio Militar de Pinar del Río:

—Bueno, mientras él continúe matando, yo sigo con las manos libres.