Ernesto Pérez ChangEn El arte de morir a solas, de Ernesto Pérez Chang (Premio de Cuento Alejo Carpentier, 2011, publicado por Letras Cubanas), uno de los personajes dice: Cuando la negación encierra cierta gravedad se oye cantar un gallo... Cito esta frase por considerarla en verdad útil para la comprensión del cacareo y la agitación de carúnculas que pudieran escucharse al recorrer estos textos, aún cuando debajo de ellos lo que hay, ciertamente, es un penetrante silencio que puede alcanzar tal profundidad porque es muy parecido al mutismo que sucede a la muerte del ahorcado cuando por fin el pataleo se apaga. Un silencio que dura solo un momento, el tiempo que transcurre entre el instante en que el forcejeo termina y alguien llega, abre la puerta y grita.

Sin embargo, el silencio en este libro de Pérez Chang es aún más impresionante, catastrófico y dramático porque aquí nadie entra. Aquí nadie llega. La muerte no va a tener interrupción, la soledad no tiene aplazamiento o suspensión, la angustia no tiene receso. La maestría de este manojo de cuentos estriba fundamentalmente en esa carencia de pausa, en la imposibilidad de tregua. En el arte con que su autor logra que el exterior se convierta en un interior donde siempre se está solo, como condición humana.

Los personajes de este conjunto son seres que han salido todos por la puerta trasera. No atravesaron el escenario de la vida, no estuvieron colocados bajo los seguidores ni se maquillaron para salir a escena. Se han marchado por la puerta del fondo, solos, sin un alma afuera que les espere con una ramo de rosas o un bofetada en ristre. La angustia de sus vidas es más patética y aterradora porque es una agonía vivida a solas, no hay público que aplauda, llore, incline la cabeza, sugiera, acote o abuchee, no hay cerca seres humanos solidarios ni paliativos. No hay flores que se marchitan cuando el muerto ya no puede regarlas, ni perros que expiran bajo la cama del dueño desaparecido. Lo que hay es una soledad total, que ni siquiera puede ser compartida con otros solos. Pero aún así, en medio del silencio sepulcral y rotundo de esta escritura, a ratos, insisto, puede escucharse el cacareo y la agitación de las carúnculas. O el lector cree que los escucha porque ve los picotazos sobre la piel, la carne lacerada, la sangre y alguna explicación necesita encontrarle.

Si bien hay un texto titulado “Sucedió en La Habana...” y que remite a esa latitud, lo que prima en este libro es el no lugar como símbolo de la ausencia de futuro posible para estos seres. En “Escaleras de servicio”, el cuento que abre el conjunto, es visible uno de esos espacios. Hay una suerte de tormento condenatorio que no desciende ni forma espiral sino que se constituye en una escalera por donde ascienden vecinos que convierten los escalones en círculos del Infierno donde protagonizan una muerte grosera, nauseabunda.

Hay un caos definido a partir de posturas que vistas de lejos parecen adentrarse en el absurdo y que miradas con lupa se asemejan mucho a una cotidianidad punzante. La bruja, los sedientos que se lanzan al vacío, la puta, el solterón, la pitonisa, la profesora de piano, el abogado se mezclan con el militar, el cornudo, el maricón y los niños gritando que pueden lo mismo haber salido del grotesco de Los Caprichos o Los Disparates de Goya que del edificio vecino. Pero da igual lo uno o lo otro, lo que impacta es el tablado donde todos estos personajes existen, lo que impresiona es el atroz campo de batalla, la lucha a solas por la subsistencia.

Las metáforas de la creación, los discursos y tesis sobre la misma no escasean en estas páginas. Una embarazada puja, berrea y el esposo la abofetea para que lo haga en silencio porque si ella desea parir, puede hacerlo, pero siempre sin llamar la atención. Ese parto en medio del caos, bajo miradas vigilantes, corriendo riesgos, haciendo equilibrio entre la cotidianidad y el absurdo, se erige en símbolo evidente de toda creación humana y el arte, la literatura ya sabemos a veces a qué puede estar condenado.

Un ejercicio carísimo a Pérez Chang en este grupo de historias es el trazado de vidas paralelas. La vida real y la vida que se vive en permanente angustia habitan un mismo cuerpo, lleno de deseo y a la par carcomido. Y esa maniobra exitosa del autor saca fuera de nosotros toda la ironía de la que podemos ser capaces. Sino, ¿cómo explicar eso que sucede cuando el autor al final del cuento “La promesa del inocente” dice del viejo protagonista: cerrando los postigos se dirigió al espejo y murmuró: “Y ahora, a esperar el largo invierno” nosotros los lectores, en cambio, mascullamos “o soportar el atorrante verano”.

La promiscuidad de la angustia hace que de estos cuentos emanen situaciones contaminantes, absurdas, aterradoras que encuentran eco seguro en el lector, a la par que hace guiños cómplices y llenos de hilaridad para desmitificar la muerte y mostrarla solo como el paso de comedia que hace que un día vayamos a estar para decirlo en palabras de su autor: enterrados y haciéndole compañía a nuestros colegas, la harina de Castilla y el talco. Llegado ese momento, como estos personajes, tampoco tendremos compañía. Lo mejor es aprovechar este instante donde autor y lectores nos juntamos para disfrutar el cacareo, el ruido que hace el pico grueso y arqueado, para seguir de cerca el ritmo de los espolones... Para hacerlo más simple: aprovechemos el instante en que aún en compañía celebramos con  ligereza y a la vez con gravedad eso que cada día pasa, que escuchamos de lejos y de cerca, bajo el sol o en medio de la madrugada y que para no complicarnos agitamos la mano para creer o simular que creemos que no es nada, solo el desafinado canto de un gallo.


 Por:  Laura Ruiz Montes