Por: Laura Ruíz Montes

Gisèle Pineau nació en París pero no es parisina. No creció en la Guadalupe pero es antillana y plenamente asumida como tal ha elegido la recurrencia diaspórica caribeña antes que la asepsia metropolitana; la cartografía del alma antes que la geográfica; la “impureza” del idioma, su “contaminación” con el creol antes que la “incorruptibilidad” de la lengua gala. Desde esa posición, durante años, esta narradora ha reconstruido y representado el Caribe, el nuestro. Ese que se levanta entresacando piedrecitas de los frijoles mientras chacharea a través de la sabiduría proverbial; el que teje trenzas y parlotea sobre sortilegios y realidades, dolores y magias. El que se reúne a ratos los domingos en torno a la mesa familiar para hablar de noticias que atraviesan los mares, de exilios y nostalgias; de las partidas y el impacto de la lejanía. Y justamente de partidas y lejanías da fe El exilio según Julia, novela que ofrece la Editorial Oriente y para cuya edición su autora ha tenido la gentileza de donar los derechos de su circulación en Cuba.

Del exilio y otras yerbas venenosas

Aquí, ahora, tenemos entre las manos páginas que narran un exilio extraño pues pareciera, solo pareciera, que siendo Departamento de Ultramar los guadalupeños cuando marchan a Francia no están saliendo de su país. Pero que alguien venga y le cuente eso a la niña protagonista de este volumen. Que alguien intente explicarle eso a ella y a sus hermanos, marcados por la huella del racismo, con los oídos lastimados de oír improperios y conminados constantemente a volver a su casa de paja en África. Que alguien ose decir a estos niños que la Francia metropolitana de los años sesenta del siglo XX es su país, que alguien intente convencerles de que no han atravesado todas las fronteras de la vida. Que alguien le comente a la protagonista que no significa nada que ella sea la única niña negra del aula, que alguien venga y le cuente que sus padres guadalupeños no hacen la diferencia y que ella, por haber nacido en París, es europea. Y sobre todo, que alguien le explique a la abuela de esos niños que el idioma que ella conoce de toda la vida, ese creol de la intimidad y la familia, esa voz del interior, de las pasiones, de la religión e incluso del silencio no le sirve para nada ante los franceses, no le facilitan la vida ni le ayudan a defenderse. Que alguien venga e interpele y como esto no será posible, entonces habrá de callar para siempre.

En El exilio según Julia, una niña relata la partida de su abuela hacia Francia, la relación de aquella con los nietos, su no inserción en el país de acogida y los avatares de la familia. Julia encarna el símbolo de la discriminación sufrida por el color de la piel y el no conocimiento del francés, la invalidez del creol como lengua y la ausencia del país natal vivida en el encierro de un apartamento donde el dolor se entremezcla con el rescate de ese propio país a través de la memoria afectiva. Ese es el espacio narrativo de esta magnífica novela. El espacio de pugna entre el cotidiano parisino y la memoria de la isla caribeña.

Recetas de cocina, cocimientos de yerbas para distintos males, cuentos y leyendas pueblan estas páginas. Francia y su cultura entran en contrapunteo con la savia antillana. La ciudad luz deja de ser bella postal turística y se convierte en el lugar de la batalla. El único paliativo al frío invierno es intentar la reconstrucción del espacio insular, el viaje íntimo al país natal, el cimarroneo espiritual. Julia, encerrada en el apartamento francés, desata en su nieta la nostalgia por la isla desconocida a partir de las historias que le cuenta. La ausencia del país pasa por cada angustia de la abuela. De la nostalgia se construye el presente y se fundará el futuro porque El exilio según Julia es una zona sinuosa y agitada que se ha convertido para siempre en presencia y memoria.

Esta escritora -nacida en París, hija de emigrantes guadalupeños, que cada noche durante algunos años durmió en la misma habitación de su abuela negra y analfabeta, oyendo sus historias, pegada al calor de su cuerpo en la intimidad familiar y viviendo en el afuera la exclusión por el color de su piel- se ha convertido, ella misma, en espacio emergente y sensible.  Esta importante narradora caribeña, primera mujer en obtener el Premio Carbet, que alternó durante muchas horas la escritura con su labor como enfermera psiquiátrica en Guadalupe, ha decidido, a través de esta autoficción que hoy llega al lector cubano, compartir sus experiencias de infancia vividas en la metrópoli, sus marcas personales, las huellas de dolores y también de regresos y hermosos aprendizajes y habremos de coincidir que ante eso, sin lugar a duda, no hay silencio posible. Gracias, Gisèle Pineau, por darnos      -desde esta novela que inicia la publicación de sus libros en Cuba- la posibilidad de asistir al acercamiento de espacios culturales y de libertad personal, al descubrimiento de nuevos signos identitarios. Gracias por compartir la oportunidad de insertarnos en esa realidad intra y extratextual que a ratos también es la nuestra. Una realidad que se sostiene desde el rincón luminoso donde están nuestras abuelas trasmitiéndolo todo en el olor de las especias y en la delicia de la natilla caliente en el fondo del jarro.