El cuerpo y sus economías, el título que nos convoca aquí, parecería eludir los sentimientos; pero desde que alguien habló de “economía libidinal”, por ejemplo, o Severo Sarduy propuso su teoría de que el barroco es dispendio, exceso, goce improductivo, resistencia a la norma, las economías son mucho más que número. Desde Lumpérica, la narrativa de Diamela Eltit ha venido elaborando una reflexión crítica, política, del entorno social chileno. Atraída por los más disímiles paisajes, sea el del espacio público durante la dictadura, los atajos marginales de un manicomio retratados por Paz Errázuriz, cuyas fotos nos acompañan en esta sala, o en tanto ruinas de la lucha política, los cuerpos narrados por Eltit quedan como detritus de una dedicación, remanentes de un ejercicio público, o son intervenidos por las fuerzas médicas, por la pobreza, o por el poder, que desconoce su integridad y termina sumiéndolos en el despiece, sea quirúrgico o accidental.

Fuerzas Especiales

Los cuerpos narrados por Eltit están siempre intervenidos, ocupados por fuerzas ajenas. En Fuerzas especiales, su más reciente novela (Seix Barral-Planea, 2013), la intervención es literal: los protagonistas habitan un bloque de viviendas sociales (como ha dado en llamarse a las viviendas de bajo costo, disponibles para quienes carecen de otras opciones) que permanece todo el tiempo vigilado, intervenido, ocupado por la policía y sus perros, la policía y sus armas, la policía y su vigilancia, la policía y sus golpes. Perros, armas, vigilancia, golpes, son también protagonistas de esta historia. Vivir en esos bloques de edificios casi abandonados, a medias despoblados, con parte de su gente sustraída por la actividad represiva de la policía; vivir, transitar por ellos, es poner a prueba cada día la capacidad de supervivencia. La vida anodina de la protagonista parece explicar su indiferencia: se limita a pasear por un espacio muy limitado, de su casa al cíber y de este a su casa, con una parada momentánea en un puesto de fricas para comer un bocado roñoso por el que tiene que pagar. La paga, el dinero, es relevante en su paisaje; la joven narradora relata cómo gana dinero: en un cubículo del cíber, mientras visita sitios virtuales, vende su cuerpo, se deja ocupar por el cliente de turno. Su entorno es totalmente inhóspito, no tanto por la vacuidad estética de los bloques o por la baja calidad de los materiales y el diseño, sino por la permanente ocupación de la policía. Su vida irrespirable transcurre en un apartamento de 30 metros cuadrados donde convive con sus padres y su hermana. Faltan, en el conteo familiar inicial, algunos miembros, los niños de su hermana y sus propios hermanos, cuyo destino solo podemos intuir (¿fueron raptados para vender sus órganos? ¿se fugaron de casa? ¿los asesinó la policía? ¿fueron vendidos en adopción? ¿se los llevaron los servicios sociales?). No hay modo de saberlo, y tampoco importa demasiado. En el asfixiante registro de iniquidades cotidianas esa ausencia es solo una herida más; allí donde los personajes deben soportar apenas la vida, desaparecer, no estar, parece ser incluso preferible a ese desgaste deslucido que es el día a día.

Tales cuerpos son una compilación de cicatrices, de dolores, de penas, de anhelo de borrarse de una vez, de hacerse invisibles, esconderse, ocultarse de las miradas siempre voraces de la policía. En esa huída permanente que es la vida, aparecen, como fogonazos, explicaciones de las heridas registradas: al padre le hundieron las costillas, a la hermana le azotaron la espalda; sus amigos también llevan marcas corporales, visibles o no, de la violencia de esa ocupación del espacio por la fuerza pública. Es por eso que el espacio virtual ofrece un paisaje sucedáneo, un espacio de fuga donde perderse, para mitigar la realidad, incluso para intentar mitigar el dolor de las sucesivas penetraciones (en algún momento, la protagonista cuenta cómo ha puesto la imagen de una mariposa aleteando para, concentrada en el aleteo, olvidar la invasión de otro cuerpo; un cuerpo, nótese, que puede ser también un cuerpo militar, identificable por su actitud: así, ella sabe reconocer la diferencia entre el pene o lulo de un policía o paco y el de un detective o tira). Su relación con ese trozo de cuerpo ajeno es, sobre todo, de intercambio económico, es garantía de la alimentación (a veces tan directamente descrita como la ida al puesto de fricas) y de la sobrevivencia familiar:

Llevo diez minutos exactos sentada arriba de un lulo que se clava adentro de mí como si recibiera el impacto de una sucesión de balas de alto calibre, [...]. Un lulo duro, marcial, terrible el lulo. (100)

[...] eso significa el lulo, unos minutos que me reportan mil pesos, los mil pesos que recibo en monedas o en un billete doblado o arrugado, mil pesos que guardo y que llevo en mis cuentas. Pero existen días medio tenebrosos en los que no puedo asegurar nada. Ahora mismo, [...] no sé bien que es lo que vale mil pesos, si el lulo o yo. Porque podría ser posible que el lulo costara mil pesos, no yo, no yo. Que yo costara menos de mil pesos. (109)

En medio del dolor y el abandono, de ese tráfico de sí misma para dar de comer a su familia, la vida transcurre como un simulacro. Es la puesta en escena de varios fingimientos: el placer fingido en el servicio sexual, la autoridad incierta del padre en la casa, el amor filial desmentido a menudo por las actitudes de la madre y la hermana, la masticación como simulacro de ejercicio vital, la entrada al mercado virtual como exploración de una realidad paralela, también descoyuntada, también mentirosa. Y siempre el dinero, o su carencia, la pobreza. Contando la plata acumulada por sus servicios, dejando parte de lo que gana en el alquiler de su cubículo en el cíber, recontando monedas para pagar su frica, que comerá sentada en un banco en medio del desastre, la protagonista se integra a la corriente de circulación monetaria.

Fuerzas EspecialesLa vida es apenas vivible en tales términos, pero la joven narradora ha decidido abstraerse de todo, caminar como autómata, a pesar de que, como muestra ese monólogo interminable que es la novela, piensa todo el tiempo. Su voz, esa voz que ocupa a su vez todo el espacio textual, también se ve ocupada, literalmente por las interrupciones de una especie de reporte de prensa que va registrando la presencia de armas de diverso tipo en la realidad del bloque habitacional. La voz de la narración se ve invadida por una afirmación recurrente donde solo cambia el tipo de armamento. Un conteo compulsivo del armamento que parece aludir a la presencia efectiva de los policías de las Fuerzas Especiales a que alude el título de la novela; esa ocupación multitudinaria de las armas que, aun cuando permanezcan ocultas, amenazan. Pero puede aludir también a un mercado de armas (son cifras grandes), a una exposición, a una página web de venta de armas, lo cual, aunque no se alude directamente, enlazaría la represión con la compulsión al consumo. Ambos gestos, el miedo y el consumo, perfilan la existencia de esa joven que narra su entorno con la naturalidad de quien no aspira a cambiarlo, de quien sabe que ni siquiera es posible huir. Más adelante, ese conteo permanente cobra sentido. Un día, explica, los policías

decidieron no vaciar los bloques. No los vacían porque es un operativo blando, inofensivo. ¿Cómo lo sabemos? Por los números de tanquetas, las balizas, las bombas de gas, los cascos, los garrotes, los gritos, los carros lanzaguas, el ritmo corporal que le imprimen a esta operación. Pero especialmente por los silbidos de advertencia que cruzan el cemento y que nos señalan el grado de intensidad del allanamiento. Había ochenta proyectiles de artillería de 280 mm. ¿Quiénes silban? Los expertos del bloque. [...] Ellos silban la magnitud de la operación. (66-67)

Ese conteo clandestino, eterno, que inunda el texto y, a su modo, interviene la vida de los personajes, y que podría parecer asfixiante una vez emprendida la lectura; podría ser también la banda sonora de una imagen, la de la vida cotidiana en los bloques; si la policía está casi siempre vigilante, “los expertos del bloque” también. Silbando ofrecen una guía para transitar ese espacio en perpetuo estado de sitio.

La novela usa como epígrafe una frase de Severo Sarduy, una de las figuras tutelares, pudiera decirse (si no sonara tan ridículo en su caso) de Diamela: “Soy una Juana de Arco electrónica, actual”, dice la cita. El martirologio virtual, el sacrificio cíber, forma parte de la cotidianidad de la narración. La traducción cultural (esa referencia a Juana de Arco) equipara a la protagonista con una figura trascendente de la historia universal (es decir, de la historia europea). Ese contrapunto irónico entre el sacrificio real y el sacrificio virtual aparece desde los primeros trazos de la historia. El capítulo inicial, “El trabajo que tengo”, explica:

Voy al cíber como mujer a buscar entre las pantallas mi comida. Todos se comen. Me comen a mí también, me bajan los calzones frente a las pantallas. O yo misma me bajo mis calzones en el cíber, me los bajo atravesada por el resplandor magnético de las computadoras. En cambio, el Omar o el Lucho solamente se lo sacan, más fácil, más limpio, más sano, provistos de la cómoda seguridad de que nada les resulte destructivo o verdaderamente insalvable. Pagamos trescientos pesos por ocupar media hora el cubículo. Me bajo media hora los calzones y dejo que me metan el lulo o los dedos adentro, hasta donde puedan. Nunca digo: sácame el lulo ni digo: sácame los dedos. No lo hago porque me concentro en el sitio ruso de modas alternativas que me absorbe tanto que mis ojos se pasean por mi cerebro clasificando las prendas de manera hipnótica. Después abandono corriendo el cíber y me voy a consumir todo lo que puedo. (11-12)

He aquí una clara representación del flujo económico. El cuerpo se vende, cobra, y gasta; se gasta, se repone. Pero también la condición femenina es un dato importante, una condición que conlleva el ahondamiento de la explotación,

Me pagan mil y hasta dos mil pesos la media hora. Yo le pago trescientos pesos al Lucho por el cubículo. Me da envidia el Omar porque es el mejor chupapico del cíber, muy famoso él por la artesanía de sus labios y por su elegante e imperceptible rapidez. [...] Le pagan hasta cinco mil, eso asegura él. [...] A mí me pagan mil porque soy mujer. (12-13)

Y el espacio. El cíber, claro (en algún momento la protagonista declama: “El cíber es todo para mí, milagroso, gentil”, 14); pero también la calle, obstruida por la presencia policial, por el ir y venir de gente que, como autómatas, cumple su rutina minuciosa sin destacarse, metamorfoseándose con su entorno; es por eso que hay niños bloques y hasta perros bloques, “los quiltros bloques ladraban su temor” (94); “una turba bloque nos ovacionaba”; “los habitantes bloques se burlaban” (95). Y a los bloques debe parecerse una si no quiere ser atacada; con sus amigos, el Lucho y el Omar, dice, “juntos formamos tres bloques”.

También se identifica del mismo modo con su madre y su hermana. “Ser un bloque” es arte de transfiguración y camuflaje, hay que integrarse al paisaje, dejarse ir de manera que los pacos y los tiras, suficientes en artes de espionaje, auxiliados por la tecnología, no puedan definirlos, establecer su individualidad, la soledad de un cuerpo.

Al juzgar los actos sin explicación aparente de los policías, su ocupación del barrio, la vigilancia, el seguimiento virtual con “programas de última generación”, la joven incluso se pregunta si la coincidencia en la fecha de su nacimiento y el de sus amigos es casual o si simplemente se trata de alguna maniobra de los archivos de la policía. Solo lo cuestiona, digamos, virtualmente. En realidad, carece de toda respuesta, no dispone más que de la información muchas veces banal de la red, a cada pregunta, a cada hipótesis, por eso mismo, afirma una y otra vez: “No lo sabemos”.

Tuvimos que reconocer, el Lucho, el Omar y yo, que existe un plan curioso de repoblamiento de los bloques, una forma ilegal de ocupación en los espacios donde ya no queda nadie, un programa que estimulan los pacos y los tiras ¿Por qué? No lo sabemos. Pero creemos que pretenden infectarnos o infiltrarnos de asombro y de inseguridad. Después de que se llevan a los vecinos, aparecen nuevas familias. ¿Quiénes son? No lo sabemos. Preferimos mantenernos lejos para precavernos y seguir con nuestras vidas. (67)

 Ese abandono del saber, esa incertidumbre permanente alimentada con ignorancia y persecución, alimentada con miedo, es su condición de vida. Y más, su condición de sobreviviente se afianza en ese abandonarse a la virtualidad de los anuncios y las modas. Otra variante del abandono, de ese darse por vencido frente a la banalidad, proviene del dominio de la imagen. Cuando la queja dolorosa de la madre y la hermana llega a ser insostenible, la única salida es fotografiarlas, hacer su sufrimiento virtual, digno de figurar en cualquier sitio de reproducción infinita, de esos que abruman con tantas imágenes que termina una por no fijar ninguna. Incomprendida, su afición al enmarque de la realidad opera como recordatorio de que toda pose es falsa, de que cualquier sufrimiento carece de autenticidad, su adicción a la red la protege, y esa protección a veces fallida terminará por ser la única salida a la opresiva realidad. El miedo, la desesperanza, la opresión vivida como un hábito también se afianzan en los cuerpos, son ellos los que podrán resistirse o no, y hacer frente al miedo,  a la desesperanza, a la opresión.

La familia, en tanto cuerpo simbólico, también ha sido mutilada. Los golpes, las cicatrices, las costillas rotas de los personajes, se traducen en la ausencia de algunos de sus miembros. Los hermanos de la protagonista narradora y los hijos de su hermana simplemente no están cuando comienza la narración. A propósito de la narración, es posible que cuente 48 horas de la vida en el ghetto infernal que son los bloques, en ese espacio mínimo donde apenas puede una respirar, circular por el mismo camino cada día, venderse clandestina en el cíber, y a veces ni siquiera, a veces servir sin recompensa. Cazada por la policía como ratas, la familia amenaza con terminar por deshacerse

¿Qué haría yo si el bloque se despeña con toda la familia adentro mientras estoy en el cíber? [...] Yo me debo a mi familia que me queda. Me debo también a los que no podemos nombrar. Entiendo lo que el bloque experimenta y calla. Conozco lo que tenemos guardado detrás de las rejas. Sé cómo esquivar la arremetida profesional de los pacos y los mordiscos de los perros que estilan sus babas. Había cuatro mil pistolas Kjw Saber P 226 Full Metal. (49)

Sabe que los policías son también víctimas, pero no los disculpa; a ellos se debe la imposibilidad de vivir en paz. Y, al final, todo se concentra en la circulación del dinero. La paga insuficiente, la cancelación del goce, deviene impulso global hacia la violencia. Mantener a la gente a raya, esquilmarlos, también es parte del trabajo con el que la policía obtiene ganancias, su modus vivendi.

[...] nosotros no sabemos qué día le pagan a la policía ni menos cuánto le pagan. No lo sabemos porque hay que sumar las coimas que acumulan en los bloques, las mismas coimas que les pagan a los tiras porque ellos también le cobran a los bloques por el maltrato. Los pacos y los tiras juntan así una gratificación completa. (50)

Esa joven es, quizás, la única opción de resistencia. Ella aún no ha sido quebrada por los golpes. El espacio que alcanza a recorrer, recortado de la totalidad urbana y ceñido a una práctica pública irrisoria, se reduce al bloque. Pero ahí está el miedo, que todo lo inunda. La desconfianza, instalada en sus relaciones con la propia familia, por no llevar todavía la distinción de algún ataque previo de la policía, ninguna cicatriz, ningún dolor visible. Y la ignorancia. No en balde cada pregunta acerca de la situación del bloque solo puede responderse con la misma respuesta: “no lo sabemos”. Esa ignorancia cobrará vida propia como expresión del miedo, pero no solo del miedo a la muerte o a los abusos, sino a la total disolución del yo:

La potencia de los ladridos de los perros me despierta con un miedo terrible a que entren los ratis o los pacos al cíber y me metan a la cuca junto con el Lucho y el Omar. Que me manoseen, que me violen, que me maten adentro de la cuca o que me mutilen en el interior de una tanqueta. Me aterra que después me saquen de la cuca o de la tanqueta y me boten a la basura o me dejen tirada, convertida en una buena para nada en una de las calles de los bloques y que si sobrevivo ya no sepa reconocer el camino, la escalera, las grietas, la puerta del departamento. Había trescientos rifles Stoeger Double Defense 20-GA 3”. Es una sensación destructiva, apabullante, que me inunda. O que me pregunten: ¿cómo te llamái?, ¿cómo te llamái? y yo no pueda contestar por la invasión de un extenso blanco cerebral que me doble la lengua en un espasmo a causa de un pánico incontrolable. Miedo a que mi propia lengua me taponee la garganta y me ocasione una asfixia macabra. ¿Cómo te llamái? Que me lo pregunten con una voz policíaca espantosa justo en un instante álgido del bloque y de su cemento mal mezclado. Un cemento delator que me entregue al tira o al paco. O que los grupos de combate vuelen el bloque, lo dinamiten en medio de una polvareda técnica, lo lleven a su fin justo cuando yo esté subiendo las escaleras y caiga como una víctima anónima desde el cuarto piso hacia ninguna parte y ni siquiera figure en el memorial del futuro o en el jubiloso prontuario de la policía. Y entonces, en el cuarto piso destruido, se selle la última intrascendencia que me arrastre y me consuma. Hace dos días que tengo miedo. Dos días totalmente improductivos. Lentos. Dos días en que la piel se me dio vueltas. (53-54)

Otra posibilidad de desahucio es el desahucio virtual. Las antenas de los celulares han sido apagadas como parte de un operativo policial, los pobladores de los bloques andan desorientados, inmersos en “un estado de estupor” que los aliena por ausencia.  Una vez los celulares sin tono, muerto el padre, el cíber casi en ruinas, tiene lugar lo que la protagonista califica como “el operativo más escandaloso en la historia de los bloques” (147-148); revisando la naturaleza de cada uno de sus amigos, asegura: “yo soy totalmente bloque y voy a terminar fundida al cemento o convertida en un ladrillo de mala calidad o me consumiré en un ladrillo anémico con la columna doblada sobre mis débiles patas.” (149-150) Juntos, permanecen atrincherados en el cíber, lidiando con la soledad y la incertidumbre: “Tenemos hambre y nostalgia, hambre y miedo, hambre y temor ante la posibilidad de que lo poco que queda se venga abajo pero todavía nos queda una forma curiosa de odio profundo, incisivo, sin el menor atisbo de remordimiento” (151).

Intentando dejar atrás “unos estériles años bloques familiares que solo arrojaron un montón de pérdidas” (160), su madre y su hermana se van. Pero ella se queda, ¿resistiendo? Allí en “Los símiles de edificios que tenemos”, dice, que “bastan, porque cabemos cientos y miles en los treinta metros que existen detrás de los pasillos enrejados. Pasillos cárceles en los que no nos amotinaremos jamás” (161). Y yo, se pregunta “Qué haré sin familia [...]. Moriré sola. Llegaré hasta una fosa común o alguien regalará mis huesos para un experimento. Lo vi en un sitio. O venderá mis huesos como si fueran restos chinos que se van a comerciar por Internet. Me convertiré en un adorno de sobremesa para una casa australiana” (161).

La idea de la muerte, su inevitable cercanía, se conjura con el regreso de lo virtual. Los policías restaurarán las antenas de los celulares, volverán a disponer de conexión. Ya no estarán “marginados”, pues los sonidos “distraen y abren un horizonte de esperanza” (162). En el apocalíptico final, la invasión del espacio bloque se narra sin evasivas (y sin una visible posibilidad de evasión): “Los pacos y los tiras se vienen con todo. Es parte de nuestra vida.” (163). Ese es el final de la historia. Ahí desaparece la voz narradora, que hasta entonces nos fuera llevando por el paisaje bloque, dibujando sus personajes, su ritmo. Parece haber terminado el sufrimiento. Pero no, la historia no concluye, queda aún un mínimo fragmento, una intervención última de la protagonista que no por azar se registra en un último capítulo titulado “Juego de futuro”:

Había doscientas mil armas de sensores fusionadas CBU-97.

Estamos parapetados en el cíber. Ya nos digitalizamos.

Navegamos el cubículo para probar el primer video juego chileno. Un veloz juego de defensa diseñado por el Lucho, musicalizado por el Omar y perfeccionado por mí. Movemos el cursor con maestría. Empieza el juego. Y entonces aparecemos en la pantalla con el título que diseñamos:

“Pakos Kuliaos”

Había cuatro mil millones de proyectiles de artillería teledirigidos de alto rango XM82 Excalibur.

La circulación de las armas, del dinero, de los humores corporales, del deseo, el hambre o el dolor, ha venido armando para nosotros un paisaje susceptible de verse habitado. Es el paisaje del presente. Un paisaje ocupado por la policía, por la pobreza, por el terror, por una sobrevivencia nimia, minúscula, digna de una vida de insectos, más que humana. Hasta el final de la historia, esa sobrevivencia bloque, esa vida a duras penas vida, transcurre dentro de la realidad, e incluso la narración doméstica, digamos, de esa joven chilena, podría leerse como metáfora de la historia nacional. Pero (y esto explicaría la idea del martirio lo mismo que de la guerra virtual, sugerida por la cita de Sarduy) la citada coda revienta toda la historia, la sumisión, la existencia en ciclos iguales, gobernados por el temor y el dolor de un cuerpo que se vende y sobrevive.

Porque hay otro espacio. El espacio digital,  la virtualidad de la red, hasta entonces solo presente como ensoñación, como espacio de evasión, como ilusión engañosa de una realidad digna de rechazo. Ahora, una vez los jóvenes se han digitalizado, emprenden la lucha. El título de su juego virtual descifra todo el relato previo: “Pacos culiaos” es el grito de guerra de los jóvenes manifestantes chilenos de los últimos tiempos. Su modo más claro de expresar la repulsa por la represión policial, al servicio de un orden injusto.

Los protagonistas de “Fuerzas especiales” vegetan en ese entorno bloque completamente empobrecido no solo económica sino también espiritualmente. Allí no hay espacio para pensar, si acaso para enervarse viendo desfiles de modas tan exclusivas como falsas, o para bajar música que permita lidiar con el ruido ambiente de la vida bloque. El circuito de circulación es mínimo, del cíber al bloque y del bloque al cíber; y mínima también la posibilidad de intervención en un territorio completamente ocupado por la policía. La asunción de ese grito de guerra en el terreno virtual en el cual se han visto impelidos a recluirse, rescata la voz de la resistencia estudiantil y juvenil, quizá ese último recurso cibernético haya causado aquella sensación de “optimismo demente” que libraba de la anulación total a la protagonista. Ya no terminará como adorno de mesa en una casa australiana, ahora ha reencarnado en los jóvenes que día a día ofrecen resistencia a la represión y al futuro-bloque, intentando programar otro futuro para la gente de su generación, que es la de esta narradora de Fuerzas especiales.

Diamela Eltit consiguió elaborar en esta trama novelesca una punzante reflexión sobre la realidad chilena. A diferencia de aquella vieja fábula china en que el pintor conseguía una representación insólitamente exacta de la realidad y terminaba perdiéndose en su cuadro para evadirse; estos jóvenes, completamente alienados, deciden perderse en el mundo de los juegos virtuales para enfrentar la realidad. En un mundo donde todo es ruina, donde ya la labor de desgaste de las fuerzas especiales ha ido acabando con la vida, desmembrando las familias, atropellando el sentirse humanos, ese grito de guerra, que los conecta con las grandes manifestaciones juveniles del presente chileno, no clausura la realidad. Para ellos la guerra no terminó con la derrota; está apenas comenzando.


Por: Zaida Capote Cruz


Leído en el coloquio internacional “El cuerpo y sus economías en la cultura y la historia de las mujeres en América Latina y el Caribe” (24 al 28 de febrero, 2014), celebrado en la sala Manuel Galich, de la Casa de las Américas, donde se exponen fotos de Paz Errázuriz como parte de la muestra “Arte chileno en colecciones cubanas”. Publicado por vez primera en La Revista del Vigía.