Sergio PitolMi mamá llamó hace un rato para decirme, que un paisano, un “vecino” podría decirse, acaba de ganar el más importante premio concedido a la literatura (a sus cultores) escrita en lengua hispana. Ella a su vez lo supo por mi tío, el Doctor José Roberto Galán, que cuando escribe, desde Córdoba, Veracruz lo hace para darnos una noticia excepcional, como ésta por la que vibró de buen orgullo mexicano, presintiendo el que desde esta isla verde, nuestra patria segunda, compartiríamos con él y con todos aquellos cordobeses que saben suyo- ahora más que nunca - a Sergio Pitol.

En espera de la nota obligatoria que debe publicarse en los principales periódicos de esta nación y del mundo entero, me apresuro a buscar información en la muy práctica Enciclopedia Encarta. Pronto aparece su nombre acompañado de unos cuantos datos. Nació en Puebla, aunque lleva años residiendo en Xalapa, capital del estado veracruzano. Para mí, sin embargo, sigue siendo el ilustrado “vecino” de mi abuela Soledad, personaje éste (mi abuela) de una tremenda riqueza humana, cuyas vivencias y fortaleza espiritual bien pudieran ser recreadas en una historia de ficción extraordinaria. Sé que ya no es la mujer única que conocí.

El tiempo y la nostalgia por lo que fue y dejó de ser, no saben de protagonistas ideales y ahora está como aislada en otra dimensión, ignorando quizás que la amamos y que Sergio, el escritor que es sobrino de su vecino, el Doctor Agustín Deménegui, ha ganado el muy respetable Premio Cervantes. Cuánto le gustaría saberlo. Perdonen mis digresiones y la compartida añoranza por mis mayores. Para el Señor Pitol las gracias por hacer grande (más de lo que ya lo es) a México, que es lo mismo que decir a los mexicanos.

Hace unos meses mi mamá alentada por “Tomasita”, quien cuida hace años del Doctor, pensó saludar al escritor, entonces de visita en Córdoba, en la casa del venerado tío y hasta pedirle que le autografiara uno de sus libros. La timidez, que como tantas actitudes, emociones y virtudes de la vida no tiene edad, pudo más que la intención y así regresó a Cuba sin estrechar la mano del intelectual, sin libro y sin autógrafo...

Diplomático mexicano, escritor, cuentista, novelista, ensayista, crítico de arte y traductor de varias lenguas, entre ellas, el ruso, el polaco y el inglés. (Ha traducido a Antón Chejov y a Henry James). Premio Juan Rulfo 1999. Estas son las señas que brinda la Encarta, conjuntamente con los títulos y argumentos de algunas de sus obras. Poca información para el que desee indagar profusamente, pero suficiente para comprender las buenas razones que se tuvieron en cuenta para otorgarle tan alta distinción.

A propósito del rol del escritor y de su capacidad para crear mundos fantásticos, que nacen no obstante de la realidad, más o menos próxima, se me ocurre pensar en paralelismos que acerquen más al archipiélago cubano con aquella parte de la Tierra Firme americana. Imagino a una mulata matancera paseando por Los Portales su anatomía perfecta, ante la atónita mirada de los buenos señores que se apresuran en beber su aromático café cordobés. Entonces creo que es posible que las palomas de la magnífica Catedral La Inmaculada lleguen en bandada hasta nuestro parque (zócalo) de La Libertad, que no conoce de esa diaria tertulia de palomas, aunque sí del coqueteo de los adolescentes de hoy y de los que lo fuimos hace casi veinte años, cuando dábamos cien vueltas al cuadrilátero para encontrarnos con la mirada del primer muchacho que logró estremecernos.

Creadores como Pitol, asistidos por ese don que sólo pueden ofrendar los Dioses a sus elegidos, hacen posible la idea del sueño y también, por qué no, su realización. Los académicos de la lengua española han acertado una vez más al conferir este premio a ese hombre singular que es Sergio Pitol, cuya silueta apenas conozco por el recuerdo de mi madre. Cuna de artistas y de escritores notables, México ya ha sido distinguido con el Cervantes en más de una ocasión, después de que éste fuera instituido en 1975. Octavio Paz (“nuestro” Nobel de Literatura) y Carlos Fuentes forman parte de la escogida nómina con la que se honra el premio. Poéticas portadoras de lenguajes e historias disímiles que confluyen en la esencia humanista que inspira a cada una.

La Biblioteca Nacional de España atesora incunables, centenarios manuscritos e inapreciables tesoros bibliográficos que hacen de la institución una de las más importantes de su género en el mundo, al punto de que su hermoso edificio, de estilo neoclásico, resulta ya insuficiente para albergar tanta sabiduría escrita. A la entrada, en los descansos de su escalinata, San Isidro, Patrono de Madrid, Alfonso, “el Sabio” y otros paradigmas de la cultura española (en forma de esculturas pensantes) reciben a los eruditos del siglo XXI.

Una vez atravesada la puerta principal del inmueble, situado en el céntrico Paseo de Recoletos, y de “saludar” a Menéndez y Pelayo (otro de los monumentos ilustrados del lugar), el visitante comienza a toparse en los salones de la biblioteca con los retratos al óleo de los escritores que han sido distinguidos con el premio. Allí encontramos a Alejo Carpentier, el del maravilloso “reino de este mundo” y a Dulce María Loynaz, alma sensible, como arrancada de otra galaxia. Sus imágenes nos remiten de inmediato a Cubay este fonema nos hace pensar en significados miles.

Lo mismo nos provocó el encuentro con los “Cervantes” mexicanos. Sobradas son las razones que me asisten para connotar a los compañeros mis dos orígenes: el insular y el continental. Con los amigos cubanos comparto hoy el orgullo y un poco la vanidad de esta feliz elección y recuerdo – con mucho de añoranza - el majestuoso Citlatépetl, de las nieves eternas, los vendedores ambulantes que van cargando con sus pregones y su miseria, la pertinaz lluvia del invierno cordobés, el hormiguero del Kinder Nazaret, situado a un lado de la Parroquia de San José y al que asistí de niña. Ya no hay hormiguero. Tampoco kinder. A pesar de estas ausencias, escucho a Pedro anunciar sus exquisitos dulces caseros. Casi los puedo saborear. Cuentan que hoy se venden más allá de México. Y, entre tantos recuerdos, veo los rostros de las personas que amé y que amo, en un interminable “desfile de amor” con ese ya lejano universo de mi infancia.

Perdóneme Usted, Sergio Pitol (si alguna vez lee estas parrafadas, inconexas tal vez) por ser de alguna manera el pretexto de estas evocaciones y gracias por ser el portador de esta alegría nueva. En poco tiempo, su retrato de poblano - veracruzano y de hombre universal formará parte de esa galería de genios literarios que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. Cierto es que su ingenio le ha acompañado siempre. Este no es más que el reconocimiento a la obra consumada de un autor maduro. Solo usted sabe de las noches sin dormir, de su complicidad con la pluma y del agotamiento que preceden el nacimiento, a menudo difícil, de un personaje, de una idea, de una historia. Solitaria profesión la suya, que ahora lo lleva, por la gracia de este premio a ser el conocido de tantos desconocidos (formo parte de la lista) que buscarán sus libros en las librerías o donde sea para luego pedirle humildemente un autógrafo. Comportamiento, por demás humano, que Usted aceptará con la humildad de los hombres de su estatura y también con cierto sabor a gloria.

Por ahora es suficiente. Enhorabuena para el galardonado, para México y por supuesto para el Doctor Deménegui, tío del escritor y vecino de mi añorada abuela.

Matanzas, principios de diciembre del 2005.


Por: Mireya Cabrera Galán. 1963
investigadora y museóloga. Graduada de licenciatura en historia de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Labora como investigadora y museóloga en el Museo Provincial Palacio de Junco, de Matanzas. Ha publicado varios artículos sobre temas de historia y arte en la prensa provincial de Matanzas. Pinos Nuevos, 1999, por su libro El Ateneo de Matanzas.
Reside en Matanzas. Bibliografía activa: El Ateneo de Matanzas.