Por: Derbys Domínguez

Un poema debe parecerse al rostro de la persona que lo escribe. ¡Qué singular es el rostro de la poeta que me ha regalado esta página! Se parece con irremediable fatalidad al rostro de su padre. Se parece al rostro de su madre. Se parece, según afirma una voz, al rostro de la abuela. Se parece al rostro de la madre de la madre que le dio el ser a su progenitor: Amelia Vento. Se parece, por obligación, a quien debe parecerse: a ella misma.

La Fragmentada memoria. Yanira Marimón

Su rostro, más que un capricho genético o una elección entre los demás, es un rastro, una marca, una responsabilidad, un destino manifiesto. Su fisonomía, me refiero al semblante que usa para comunicarse con el resto de los mortales (aunque en ocasiones le entrega palabras a los más célebres muertos del siglo XX), es el resumen de su familia: una especie de eco sedimentado por los años y la forma que la cara alcanza cuando es modelada por el silencio abrumador de los siglos, mientras cae su peso inmutable, rotundo, sobre el mismo círculo de pensamientos, aunque podría decir, sobre las mismas heridas o agujeros, manías o palabras, sobre las mismas costumbres o significados.

Claro que mis palabras son una metáfora. Si algo quieren decir, es que los poemas deben parecerse no al rostro de quien escribe, sino a los de cada una de las 7 300 000 000 de personas que habitan el mundo. Sé que es sumamente difícil proponerse o merecer esa meta; sin embargo, sí creo que cuando un grupo de palabras reunidas alcanza su condición de poema y se instalan allí, en el reino de la poesía, se parecen irremediablemente al rostro de los muchos alguienes, o nadies que habitan la complejidad del universo en su concreta abstracción. 

La autora de este libro no solo se acerca al rostro humano de cada uno de los habitantes del mundo, sino que, al haber nacido en la ciudad de Matanzas por razones muy particulares, en el año 1971, se regodea en esa zona de lo matancero que le permite alzar su voz, ser en definitiva una mujer- poema que escribe para denunciar el color escondido en los gestos humanos de las cosas fragmentadas, perdidas o rotas; incluso desbaratadas o descuartizadas por el paso continuo de los minutos o el azaroso resplandor del agua sobre la superficie que aparentemente protege las cosas, su envoltura, mientras subvierte de manera sumamente elegante el significado de lo matancero dentro de esa ínsula únicamente posible en la irrealidad del poema. O en la patria secreta de la poesía que es en definitiva Cuba: una especie de nación guarecida en lo más profundo de otra nación, aquella sobre la cual amamos, caminamos, dormimos, comemos, odiamos, escribimos, ordenamos unos cuantos objetos, y creemos ser personas, herederos directos de la noche, el agua, el amanecer, la luz, el horizonte, la sangre, el aire, el ser, el infinito refulgente de ilimitados resplandores que permiten acercar el año 1492 a nuestras narices como si fuera el año 2016, o el ominoso futuro, sin que por eso deje la autora de sentir la influencia amplia del mundo. Y también lo real, la presencia milenaria de la realidad en el más allá, su necesidad de sentir a Cuba como metáfora del mundo, y al mundo como metáfora de Cuba, casa, patio, ciudad en la que alguien (conocido o desconocido) camina por una calle perdiéndose como sombra en la sombra, sin dejar de ser él mismo, siendo multitudes, muchedumbre sin raza, género, edad, color, o lenguaje.

Quizás por eso la autora de estas fragmentadas memorias se detiene con voz propia, de mujer finisecular e inauguradora de siglo a la vez, y recrea    -para que no se pierdan-, el rostro de cada una de las once millones de personas que habitamos el llamado “archipiélago musical del caribe”. 

Su obsesión por el espacio geográfico en el que nació-, La Patria, le llama   en algunos poemas- es tal, que se puede afirmar como la sustancia más importante de sus versos, el fondo sobre el cual planea el trazo de las fotografías o retratos que nos entrega. Con seguridad puedo afirmar entonces que la autora es una retratista de palabras idénticas a sí mismas, palabras que por obligación abrazan en el centro, acunan o protegen a un marginado, a un rechazado o excluido social, a un insomne, a un incomprendido.

Seré más exacto aun: la autora quiere ser, y lo consigue de la manera hermosa en que escribe, una fotógrafa de la sustancia interior que conforma el país y, por lo mismo, lo hace diferente al resto de los demás archipiélagos del mundo. Su obsesión es captar la dulce aspereza de que está confeccionada la sustancia histórica de la isla, retratándola desde adentro con una cámara de palabras sin flash, automática. Sin embargo, para la confección lírica de esa gigantesca foto insular que es su delicada y minuciosa obra poética, la autora elige la cara, digamos el rostro simbólico de muchas personas que habitan su Patria secreta. Será más adecuado decir su Patria personal, su Patria íntima, su Patria mujer, su Patria madre, su Patria Marimón Rodríguez Vento Tápanez. El espacio dentro del cual caben de manera adecuada cada una de sus más importantes obsesiones, el espacio discretamente oculto en el que Cristo, Céline, Milena, Franz Kafka, Antón Arrufat, Jorge Ángel Pérez, Jaime Gil de Biedma, su propio hijo David, su madre Miriam Rodríguez, su padre Luis Marimón, Gelsomina, Bukowski, Alejandra Pizarnik, entre otros, son la misma persona y ninguna, son el mismo rostro y máscaras sin nombre alguno, son Dios en persona y Nadie a la vez, el único, el auténtico, el infalible rostro de la autora Yanira Marimón Rodríguez, siendo este rostro el sedimento de un magma personal que cultiva a diario, en cada instante, a fuerza de miedo y alegría; rostro múltiple a través del cual la autora puede respirar el aire supremo de la aurora, puro como el primer día, reconociéndose a sí misma en su propia sombra, brote de luz a la inversa, mientras consigue de esta manera reinventar el mundo y la realidad en cada paso que da, agarrándose de aquellos fantasmas reales que por muchas razones sostienen su ser.

En esa, su ensoñación más real, sublime acaso, Franz Kafka puede ser perfectamente cubano, y Antón Arrufat, el poeta checo que sin embargo escribe Los siete contra Tebas, un día de 1968, en Praga.

Esa confusa disociación que no coincide con lo objetivo científico, no es lo más importante, pues aquí está perfectamente permitida. En su más concreta alucinación es posible cualquier digresión con lo real.

Siento el modo especial en que la autora, con el residuo de esas metamorfosis, arma y desarma cada pensamiento que la acompaña, construyendo diariamente el mundo desde una calle de Matanzas: Ayuntamiento número 6708, entre Salamanca, y Santa Isabel, en su barrio de La Marina, donde el sol, como en cualquier Patria del Caribe, raja las piedras, y el invierno, aunque no llega, en ocasiones produce un frío que espanta, mientras la nieve ausente corroe la realidad, convirtiéndose en la nieve de las cosas.

Lo curioso es que para sus fotografías hechas con palabras, la poeta elige el momento preciso en que el mundo sube, se encarama encima de la cara de alguno de sus elegidos para oprimir sus rostros con suficientes fuerzas hasta que aplasta a la persona Cristo, Gelsomina, o Miriam Rodríguez, dejándola sin aire alguno que respirar, completamente asfixiada, cortándole el aliento, y obligando a la superficie de su rostro a dejar de ser cara para convertirse en mueca.

Lo que realmente le interesa a la autora de estos poemas fotográficos, o fotografías poéticas (de palabras), es la deformación del rostro humano, el fin del semblante social, el borramiento de la cara en el aire cotidiano de las circunstancias (modernas o posmodernas, ahora significan lo mismo), ese momento preciso, quizás oculto, secreto e inesperado en el que la cara deja de ser rostro y alcanza por obligación su condición de mueca, ese momento en que el atropello del mundo borra la risa, desampara de alegría al marginado, entonces desaparece cualquier expresión facial, humana, quedando solo ausencia de caracteres, desafuero, opresión, abuso de la fuerza del mundo sobre la fragilidad inocente de la mirada.  

El desdibujamiento o borramiento de las mejillas, el fin de la fisonomía como forma estable o humana, la mounstrificación de los sujetos a partir de la influencia de la historia sobre el semblante que fue cara o rostro, el fin de la persona, y lo que será a partir de ese momento: ausencia de singularidad o rasgos distintivos, masa de carne amorfa sin sentido alguno o definible, el acabamiento de la identidad trasmutada en reducción agónica al grado cero de reconocimiento consigo mismo, o los demás componentes de la especie humana, es el objetivo central de las fotografías que esta Marimón construye con palabras.

Su foto más importante, su momento especial, su disparo ideal sin flash, el riesgo y la gloria de su minuto perfecto consiste en que sabe captar el instante preciso en que la cara se convierte, por la influencia atroz del mundo, en un objeto más, anodino, común, sin otro interés que no sea el de la poesía.

Con frecuencia me gusta comparar los poemas con objetos. Seré directo, prefiero en ocasiones comparar los poemas con determinados artilugios de la vida cotidiana. Algunos pueden ser piedras, árboles o ríos, sin que otros dejen de ser zapatos, un par de medias, un abrigo, incluso un automóvil, un balón de fútbol, un bigote o un peine. Los de Yanira Marimón se parecen cada vez más a la foto de una familia Cubana de finales del siglo XX (en especial del año 1994), sobre la cual cae diariamente una gota pequeñísima de agua que con los años deforma el rostro puntual de sus integrantes, borrando para siempre la memoria de esas vidas (la vida presa, resumida, concentrada o detenida allí), convirtiéndolas en algo diferente a lo que en principio fueron o querían ser; son también patos copulando en el río Manzanares, mientras el hombre que los mira quiere dejar de ser;  postales suizas de invierno; el olor anodino del mundo como un perfume sin color; una mano frágil de mujer que, desprendida de su cuerpo, redacta una carta infinita sin destinatario; una carretera sobre la que corren miles, cientos de piernas de hombres a la desbandada, desasidas de sus cuerpos; una bala de aire; una mariposa roja incrustada en la pared; una pistola de goma en el momento en que dispara cien poemas escritos; unos párpados cerrados; el agua; una foto del día; el más allá y el más acá entrelazados encima de la realidad, mientas se besan, se abrazan, quizás se amen siendo lo mismo, la misma cosa, la misma sustancia imperecedera, obstinada, molesta, la arena, el mar, el zapato de una anciana extraviado en la playa. Sin embargo, a lo que más se me parecen estos poemas ahora mismo, es a una flor que muere por desidia en el agua, dentro de un jarrón plástico ubicado al centro de una mesa que forma parte, o simula ser la composición de una naturaleza muerta, una flor que muere en el momento en el que la miramos.

Creo sin más, entonces, que el embrujo y el poder magnético, casi arrobador de la poesía de Yanira Marimón, radica en que sabe narrar, o puede narrar (como pocos escritores contemporáneos), con esplendor suficiente, el momento exacto en que las cosas mueren, no la muerte en sí misma, sino el momento preciso en que la muerte llega, se apodera del alma inasible de las cosas y desaparece despacio, dejando en su camino, en silencio, la fijeza de un aura gris, intensamente melancólica, intraducible, eso que en ocasiones llamamos -sin saberlo (y que la poeta consigue nombrar con la pureza de un alma que regresa del más allá)- espanto.