Nicolas GuillenMucho se ha hablado o escrito sobre El gran zoo, en páginas que reconocen en este libro de madurez de Guillén, elementos de continuidad y ruptura, con respecto a su producción poética anterior. Textos que perciben en estas 35 piezas zoológicas, como las llamara el propio poeta, una propuesta estética que nuclea tanto aproximaciones temáticas de otros momentos creativos, como acentos peculiares de su estilo que sostiene la voz poética de El gran zoo, así como una obra traspasada por el espíritu de la vanguardia.Visitar este cuaderno sin al menos mencionar de manera general estas lecturas, sería desconocer las investigaciones de grandes voces de nuestra ensayística y también la atención que suscitó y suscita este libro en el conjunto de la obra guilleneana.

Este recorrido por el espacio de El gran zoo pretende registrar de algún modo, algunos acentos peculiares que dotan a este poemario de un altísimo nivel estético y que se asientan en la afirmación de que, tras las puertas de este particular zoológico (al que somos invitados a visitar), subyace un universo simbólico que constituye la clave del reordenamiento del universo, una propuesta itinerante plena de ironía, madurez, malicia y aprendizaje.

 La concepción del cuaderno, en torno a la poética del viaje, en torno al espacio simbólico del zoo, es el primer recurso que asoma en sus páginas. Un recurso cuya funcionalidad va mucho más allá de trazar un curso, un camino a seguir de la mano de una voz autorizada, la del DIRECTOR (Aún cuando es posible detenerse en este orden, esta disposición de las “criaturas que se exhiben”, que por supuesto, sostienen también una lectura simbólica).

Estamos frente a un poemario que opera de un modo peculiar en el diálogo con el lector. Sus páginas conforman un “espacio” que se incita a visitar. Su primer texto “Aviso”. Mucho más que un anuncio promocional del zoo, es un poema que contiene varios niveles de lectura, los cuales están en función de tentar a los diferentes receptores. Así, el espacio señalado con mayúscula “Gran Zoo”, es  una frase que insiste en la “suficiencia” del lugar y que está a tono con los versos que nombra a los ejemplares de más mérito, sin lugar a dudas, dirigidos a despertar la curiosidad por la rareza de la selección:

Entre los ejemplares de más mérito
están los animales de agua y viento
(como en el caso del ciclón),
también un aconcagua verdadero,
una guitarra adolescente,
nubes vivas,
un mono catedrático y otro cotiledón.

El Gran ZooHay otros versos como estos que inician el poema “Por un acuerdo del ayuntamiento”, que ponen de relieve matices, que luego el cuaderno corrobora, del estilo del hablante lírico. Un sujeto que tiene el dominio, que resulta ser el conductor de este periplo y como voz autorizada insiste en señalar que también este es un espacio autorizado. En el tercer verso de “Aviso” se aclara que este es un espacio “para nativos y extranjeros”, de modo que además se marca como un sitio abierto, que no limita la entrada y que como si fuera poco, constituye orgullo de nuestra nación. Esta última idea se completa con la consigna de ¡Patria o Muerte! con que culmina el poema y que antecede a la firma del director. Este preámbulo, esta puerta de entrada al cuaderno, se convierte en una especie de provocación y de llamado de alerta sobre la singularidad del camino que vamos a seguir.

No podemos obviar, la señalada narratividad presente en esta concepción poética. Este periplo que se presenta a modo de “narración” y que contiene un orden preconcebido, está en función de potenciar ese recurso de distanciamiento que la obra propone. Un extrañamiento de la realidad que lejos de suponer una ruptura, introduce una mirada crítica. La selección del espacio del zoo garantiza que es un sitio sujeto a reglas que se deben cumplir, por ello el lector- visitante debe limitarse a percibir el universo que se nos presenta, desde la mirada, y esta distancia supone una postura estratificada entre lo que se exhibe y el visitante, entre el objeto que se muestra y el sujeto que examina. Sin embargo, notemos que aún cuando se insiste en que solo nos es permitido acceder a la “exhibición” a través de la mirada (eso implica “no acercarse”, “no tocar”, como indica el poema “El hambre”, por solo citar un ejemplo), las presentaciones  de las “criaturas” que el zoo alberga, apelan a toda la gama de los sentidos, al punto de que es posible afirmar que otro de los recursos que sostienen la concepción del poemario gira en torno a una presentación desde lo sensorial.

“El Caribe “, por ejemplo:

…tiene una blanca cresta de cristal,
el lomo azul, la cola verde,
vientre de compacto coral,
grises aletas de ciclón…

La “Guitarra” por su parte es “pálida, fina, esbelta”, con “ojos de inagotable mulata” y “cintura de abierta madera” y su canto surge cuando “Oye en otras jaulas/aletear sones y coplas”; o recordemos que “El Hambre”, ese animal insaciable, tiene la capacidad de rugir como un león y apretar como una boa. Así es posible notar a través de todo el cuaderno, que la presentación de estas “criaturas” se configura en torno a una recepción del hablante lírico desde el universo sensitivo. Por ese camino llegaríamos también al “Quiróptero/de una paciencia extraordinaria”, el “Reloj”, criatura que “es cordial a las 3 menos ¼ tanto como a las 9 y 15, los únicos momentos/ en que estaría dispuesto a darnos un abrazo”.

La trascendencia de ese recurso poético podría constituir elemento esencial de múltiples lecturas, una de ellas, quizás la que más se pone de relieve es el hecho de contribuir a la configuración y al reordenamiento del cosmos. La propuesta guilleneana precisa atribuirle a sus “criaturas” un lugar de procedencia, un hábitat, un modo de vida y hábitos alimentarios y en este sentido, la presencia de tres de las materias primigenias (el agua, la tierra y el aire), resulta extremadamente relevante en su concepción. Una presencia que constantemente dialoga con el registro sensorial.

De las criaturas de la tierra, tienen el dominio los seres humanos caricaturizados: los políticos y hombres públicos, por ejemplo, de cuyos comportamientos se pone de relieve la arista más primitiva. Además, todos estos seres son obligados por la voz lírica a significativas transformaciones. También está el caso de “Los usureros”, que se ven obligados por la circunstancia del encierro y para continuar dándole un sentido a su existencia, a realizarse los préstamos entre ellos mismos:

En el ocio forzado
de sus enormes jaulas negras,
los usureros cuentan y recuentan sus plumas
y se las prestan a interés.

Sin embargo, la mayoría de las “criaturas”, “fenómenos” y “sensaciones” que exhibe el zoo son de agua y viento, como ya adelantaba el poema “Aviso” entre los ejemplares de más mérito. Una de las más singulares criaturas de agua es “El Caribe”, cuya descripción nos lleva de la mano a una imagen de poderío, fuerza, defensa “Cuidado: muerde”; singular presentación cabe también para los ríos, “criaturas sagradas” que tienen la facultad de engullir todo un universo y continuar su curso; pero también cabe en esta materia “La sed”, que no solo es capaz de devorar un río, sino de absorber todo un aguacero. Formando parte del aire caben “Los vientos”, que a pesar de su furor y poderío, tienen la capacidad de enamorarse y esta circunstancia fue la que permitió su captura, “cuando vagaban pensativos/junto a un campo de dalias”; allí también estaría el ciclón, que ya formaba parte de las aletas del Caribe y ahora convertido en un poema, aparece como una criatura recién nacida (Edad: dos días), sin embargo, su poder de destrucción resulta inapresable.

Nótese que en este sentido cosmogónico del universo simbólico, las “criaturas” o “fenómenos” son obligados a numerosas transformaciones. Esa “metamorfosis” se constituye en el recurso que rige el reordenamiento del universo. Un nuevo orden que supone también una nueva lógica y en la que aparece significativamente señalada la “condición de crecimiento”.

El crecimiento de la “Guitarra”, por ejemplo, no se registra en el plano físico, sino en el espiritual, la guitarra “Sueña”; sin embargo, los ríos albergan todo un universo; la señora es inmensa; la sed es capaz de devorar un aguacero; el hambre resulta un animal insaciable y el territorio de los monos va en aumento. Esta lógica del crecimiento que conduce a muchas criaturas, justifica el adjetivo de “gran” zoo que sirve de título al cuaderno y añade otros matices a la condición singular de este espacio, un lugar que por si un lado limita del movimiento a los seres y fenómenos que exhibe tras las rejas, estos son presentados bajo el signo del crecimiento.

Si hacía referencia al inicio a la marcada narratividad presente en la concepción del poemario, es innegable que el propio estilo empleado por Guillén, el extraordinario nivel de síntesis que revela estas páginas, garantiza el imperio de la metáfora como recurso poético privilegiado, y por supuesto, la metáfora también está en función de conformar ese universo simbólico: “Blanca cresta de cristal” y “vientre de compacto coral” es el Caribe; “ojos de inagotable mulata” y “cintura de abierta madera” es la Guitarra; “vientre de terracota y alas de fieltro azul” son los Escarabajos, y así la lista resulta inmensa.

Tras la mirada irónica y penetrante de estas páginas, tras la denuncia y la sátira, es posible percibir también una lectura de aprendizaje. Por eso preferí hablar de este viaje o recorrido como “itinerario”, para anotar esta condición esencial del libro. Obviamente, el periplo al que somos guiados por este sujeto lírico-director, propone una nueva mirada sobre las cosas, un nuevo orden del universo y nos lleva  a reflexionar sobre lo conocido y en ocasiones sobre lo evidente, en otra dimensión. Acaso esta condición de El gran zoo motivó a Eliseo Diego a escribir estas palabras:

La gracia, el toque mágico y delicado a que no saben resistirse las palabras, han sido dones magistrales de Nicolás Guillén. Con sólo él pedírselo, los solemnes vocablos castellanos acomodaron sus ritmos a traviesos compases criollos, aviniéndose además a servirle, no de mandobles como por sí prefieren, sino de estoques agilísimos según el gusto más fino de las islas. En este libro de su madurez salta enseguida a los ojos cómo los ensalmos obran con su inaudita frescura de siempre, plegándose el idioma a serlo esas criaturas entre risueñas y trágicas que nos muestra El gran zoo, cada una alentando en su jaula, para nuestro regocijo y- como en todo zoológico de respeto- también para nuestra edificación y enseñanza.

Si como apuntamos hace un momento, es posible percibir tras la propuesta estética de este cuaderno, la visión de criaturas y fenómenos en crecimiento, en ocasiones la circunstancia de la captura y del traslado del “espécimen” al espacio del zoo, condiciona su deterioro. Así acontece con el escarabajo de oro (donación especial de Edgar Allan Poe) que murió; así sucede con el cangrejo cuyo “Destino (es) limitado, pues no tiene/ carne de estreno que morder”; pero la imagen más sobrecogedora es la de “La Estrella Polar

” que “se descongela sin remedio” y a quien el equipo restaurador del zoo va rellenando con masas de algodón. En los versos finales de este poema, un mensaje que cierra con broche de oro este camino de aprendizaje: “El animal que más nos cuesta y el que menos se puede conservar”.

Sin embargo, el gran zoo tiene el mérito de albergar toda una gama de sensaciones, todo un registro de sucesos y fenómenos; y si la estrella polar se está descomponiendo, aún permanece vacía la jaula del ave Fénix, en espera de sus cenizas que llegarán durante el mes de diciembre. El gran zoo también es el sitio de la resurrección. Y es el espacio al que siempre se regresa. El poema que concluye el libro “Salida”, sugiere una lectura circular, la condición del regreso, de la revisitación.

Eso simplemente es lo que hemos pretendido hoy, si acaso no sería demasiado usar el vocablo “pretender”, al revisitar este libro de Guillén y acaso revivir lo que atesora tras ese fabuloso universo de símbolos, mensajes y criaturas. No quisiera extender más mi comentario, además creo que como estamos todos ahora impregnados del espíritu del Gran ZOO, sería posible que entre tanta ida y vuelta y tanta conclusión que no acaba de serlo enteramente, podrían ubicarme en el registro de los oradores que se exhiben en el gran zoo, me refiero a los no muy afortunados, aquellas criaturas que para Guillén, cuando no tienen más nada que decir, “enronquecen y hacen gárgaras con las palabras que les sobran”.

(*) Texto leído en el coloquio que se celebró en La Habana, en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el 20 de diciembre
del 2007, organizado por la Fundación Nicolás Guillén, en homenaje al 40 aniversario de la publicación de El gran zoo.


Por: Yanelis Velazco