Mae RoqueEl frió metiéndose en el cuerpo desnudo me provoca la sensación de desamparo, como el alcohol del último vaso. Ambos recuerdan el abismo y yo lanzándome a el para buscar los límites, el vació llenándome.
 
El cuerpo ha sido destinado para hundirse, amanecer en camas desconocidas con mujeres también desconocidas, que hacen un esfuerzo por limpiarme de abismos anteriores, mientras yo permanezco con los ojos abiertos a otro lugar y otras manos que temblaban al tiempo de dibujarme un alma.
 
El frío me recuerda que he sido el loco poseso, el irreconocible llegado que se alza delante de ti dejando un beso entre el pelo y la espalda de otro-cuerpo-tuyo que se estremece a pesar del dibujo de las manos.
 
El cuerpo-otro y el poseso llegado tienen la complicidad.

 

 

El poseso toma una flor y te lame con sus pétalos, lengua y flor confundiéndose. Te penetraba  a intervalos y el tallo-pené-flor se va agrandando infinitamente. El pétalo-lengua te desnuda y las manos-tuyas siguen dibujando el alma poseída lejos del lugar donde el tallo-pené-flor juega  sobre tu cuerpo-otro. Este se retuerce, jadea, se quema, estalla quemándose y el pétalo-lengua, ahora con dientes; te muerde las nalgas; saborea las pequeñas gotas de sudor que se acumulan en el pubis. La punta de la lengua se divierte hurgando entre los labios húmedos. El pétalo  queda expectante, observa con envidia los líquidos, cada vez más abundantes. Mientras el tallo-pené-flor cumplía el mandato agonizante de tu boca: ¡Tengo sed!, y te doy mi saliva, la humedad de mi sexo. El pétalo-lengua también te penetraba, se clava en tu vientre hasta el fondo. – Si paras te mato-, y el pétalo-lengua sonríe enajenado, tragándose los líquidos del cuerpo-tuyo-otro.
 
Las uñas clavadas en la espalda del poseso es casi un ritual comunicativa para decirme que te gusta. Tu vagina hirviente gotea y se estremece la aparente tranquilidad de la noche.
 
- Dámela-, dice el pétalo-lengua que te muerde y el tallo-pené-flor va escapando, muy despacio, pegajoso  de entre tus piernas.
 
En mi piel arremetida por dientes, uñas y sudor termina por calmarse la tormenta.
 
Todos los líquidos convergen.
 
Después de un rato el frío  vuelve a imponer su presencia punzante. Vuelven a tentarme los abismos, sus límites. El cuerpo ha sido destinado para hundirse y caigo, irremediablemente, cuando los pedazos regados de una flor comienzan a germinar sobre la cama.      
 

Mae Roque
1972. Poeta y Narradora