Elena Poniatowska“Un problema de la vejez es abotonarse mucho”. Elena Poniatowska, la Princesa Roja, sonríe. No puede desabrochar los pequeños botones de las mangas de su vestido rojo. Extiende su mano izquierda con extrema delicadeza, como si el súbito percance encendiera una llamarada de pudor, y pide ayuda a Página/12. En la íntima distancia que va del silencio a la palabra, sonríe. En el trampolín de su rostro, ese modo de reír, suavecito y risueño al mismo tiempo, despunta como la claridad de la luz de la mañana que asoma por las calles de Jalisco. “Como me han dicho que use rojo para todo, obedezco: hasta tengo piyamas rojos”, revela con ese acento inconfundiblemente mexicano. 

No es fácil llegar al stand de la editorial Planeta. Atravesar parte de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) a pie implica cruzarse a cada paso con un abrazo, una felicitación, comentarios que invariablemente empiezan con un “hola, doña Elenita...”, sigue con “la queremos mucho” y cierra con la demanda de un autógrafo o una foto. Esa corriente de afecto creció exponencialmente desde que se convirtió en la primera escritora mexicana en obtener el Premio Cervantes. 

Una joven le pide que le dedique un libro: El universo o nada, la biografía sobre su esposo, el astrónomo Guillermo Haro, que acaba de presentar en la FIL. “Salvador lleva 65 años leyéndola”, informa la muchacha, orgullosa de la inoxidable fidelidad de su padre. Hay que observarla cómo escribe despacio, reconcentrada en la dedicatoria a don Salvador. Cuando termina y se despide de la joven, apoya las manos sobre sus rodillas y suspira. “Estoy muy destemplada, sorprendida, asustada. Este premio es algo inesperado, sucede tan rápido como un relámpago: apenas se anuncia y tu vida cambia por completo. En la casa hay periodistas, se asusta mucho el perro, se esconden los dos gatos ―Monsi y Váis, bautizados así en honor a Carlos Monsiváis―. Todavía no entiendo muy bien lo que sucedió”.


¿Por qué? ¿Cree que no lo merecía? 


―Siempre pienso que nunca merezco nada, pero estoy muy agradecida. Lo que he hecho toda la vida ha estado ligado al periodismo. El periodismo fue mi escuela porque me eduqué en un convento de monjas en Filadelfia, Estados Unidos, que no tenía más relación que con Jesús y la Virgen, con los golpes en el pecho y con los pecados que no se podían cometer (risas). 

¿Qué reglas le enseñó el periodismo respecto de la escritura? 

―Tienes que escribir a como dé lugar porque no puedes estar esperando la visita del ángel (risas). Estás en una redacción y se oye también el ruido de otras máquinas. Ahora ya no. Antes oías, cada vez que terminabas un renglón, el ruido de las máquinas, que era muy bonito, la música de fondo de tu vida. Y luego los compañeros te decían que fueras a tomar un café y todo ese tipo de cosas, pero no te echaban los perros. Decían que a (Ryszard) Kapuscinski lo reconocían en la literatura. En México, la literatura y la cultura son de pocas gentes. 

La estrella fugaz de otro silencio vuelve a extraviarse en el aire. “El Premio Cervantes es conclusión de una vida. Tengo 81, en mayo cumplo 82. Si vivo diez años más, es una dádiva enorme. Hasta los 92 años es muchísimo vivir. Pienso en la muerte y en dejar todo en orden. Estoy haciendo una fundación. La cosa es crear una instancia cultural para mujeres y jóvenes, un espacio de talleres donde haya muchos, muchos libros. Voy a dar mi biblioteca. Quiero un espacio de apoyo para que incluso jóvenes que vengan de provincias tengan dónde dormir, una recámara. Y que haya una cafetería. El intercambio es muy importante”, explica la autora de La noche de Tlatelolco (1971). 

Su último libro, la biografía sobre Haro, incluye cartas sacadas del archivo de su marido astrónomo. “Era maravilloso y romántico estar casada con alguien que observaba y tomaba fotos del cielo, de la inmensidad. Yo hice un primer libro que sacó el Premio Alfaguara de Novela, La piel del cielo, y todos me dijeron: ‘Es tu marido, tu marido...’. Sí, está basada en su niñez y en su juventud, pero la segunda parte de la novela es invento, pura ficción. Quise resarcirlo y rendirle un homenaje, sobre todo porque mis nietos lo conocieron poco”. 

Hay una frase que dice uno de los amigos de Guillermo Haro en El universo o nada: “El libro es un acto de fe, hay que apostarles a los libros”. En esos años de formación de su marido, él era más escéptico o menos optimista respecto del libro. ¿Qué opina usted? 

―Creo que los libros te salvan la vida. Te hacen aguantar y tolerar las grandes injusticias. Si te proteges, si te parapetas con los libros, puedes tolerar todo. La realidad se confronta siempre con tu vida personal, y con la decisión y el compromiso que tienes que tomar. No sé en la Argentina, pero aquí los escritores mexicanos son poco militantes... Bueno, lo único que importa es que sean buenos escritores. Si es militante y un pésimo escritor, no le hace un favor a nadie. 

Aunque todavía no sabe qué dirá en su discurso de recepción del Premio Cervantes, el próximo 23 de abril en la Universidad de Alcalá de Henares, Poniatowska destaca la “enorme responsabilidad” que tiene por delante. “No lo puedo tomar a la ligera ―aclara―. Los periodistas tenemos tendencia a decir ‘esto va a durar poco tiempo’ y no más. Lo que pasó hace diez días se pone amarillo como dientes viejos. Por eso estoy preocupada desde ahorita por el discurso, por lo que voy a decir. Voy a hablar de las mujeres de América latina. Hay grandes escritoras en la región. Quisiera hablar de Diamela Eltit. Me duele mucho que no haya ganado el Cervantes Clarice Lispector. Claro que escribía en idioma portugués, pero cuando la lees en español te das cuenta de que es una escritora mayor. Ana María Shua me parece una gran escritora”. 

A un año del regreso del Partido Revolucionario Institucional, con Enrique Peña Nieto a cargo de la presidencia, la escritora subraya que ese partido es “poderosísimo” y advierte que para ganar las elecciones el PRI “regala una serie de cosas para gente muy pobre que no pudo estudiar y que cambia su voto por una despensa llena”. “No sé qué vaya a suceder con la oposición en México, pero casi siempre la oposición ha estado encarcelada; son héroes. Los viejos comunistas lo eran, sus imprentas eran destrozadas, sus periódicos también. A pesar de eso, soy fundamentalmente optimista, siempre estoy sonriendo”, admite. 

“Quiero que todos los mexicanos tengan las mismas oportunidades. Hay mucho talento en este país. Si se descompone el coche en la carretera, alguien lo arregla. Claro que el arreglo dura sólo un ratito. Creo que en la cabeza de los mexicanos se enchufan cosas que funcionan. Por eso es importante que tengan todos oportunidades, porque hay gente formidable. Como hay en todos los pueblos. Estoy segura de que también hay en la Argentina gente extraordinaria que sale adelante. Pero cuando alguien se encuentra con la puerta del ‘a ti no te va a tocar’, es una tremenda injusticia”. 

¿Cuál fue su “a ti no te va a tocar”? 

―Siento muchísimo no haber hecho estudios académicos. Es una de mis tristezas. Después del convento de monjas, era difícil revalidar mis estudios. Y me metí y seguí en el periodismo. El periodismo es como una droga: sigues, sigues y no puedes parar. Y sigues a lo largo de la vida. Es uno de los oficios más fieles, más leales. He visto médicos que no practican la medicina, pero pocos periodistas dicen: “Soy periodista pero no escribo”. Me inicié cuando ni siquiera había escuelas de periodismo. Ahora tú no puedes entrar a un periódico si no tienes título. Y dicen que el periodismo se dirige a los medios electrónicos, porque escribir en un papel ya no sirve para nada y a nadie le interesa. Pero en mi época, me hice periodista de un día para otro. 

¿Le gusta el periodismo que se está haciendo en este momento? 

―Me gusta mucho, hay grandes reporteros. Cuando me inicié, no podías hablar ni de la injusticia ni de la pobreza. A mí me mandaban invariablemente a una sección que creo que estuvo en toda América latina y que vino de Cuba y que se llama Sociales, donde tú reseñabas que apareció Paparruchita con su precioso vestido de siempre... (risas). Una mujer que entraba a un periódico iba a Sociales. 

¿Cuál fue la primera entrevista o crónica que sintió orgullo después de escribirla? 

―Recuerdo haber hecho con muchísimo gusto una entrevista al pianista Arthur Rubinstein; además, él era de origen polaco. También me gustó la entrevista a Diego Rivera y a María Félix, personajes de mi época. Ahorita ya no serían esos los personajes, supongo que serían Thalía o Maná. Me gustaría entrevistar a Maná, pero me tendrían que ayudar muchísimo mis hijos y mis diez nietos. Soy una vieja señora que necesita ponerse al día (risas). 

Algo atraviesa el periodismo y la literatura que escribe: la irrupción de las voces periféricas, excluidas, marginadas, voces que no tenían posibilidad de decir. ¿Cuándo apareció este interés? 

―Creo que fue apenas en el primer o segundo año de El Excelsior que vi mucho rechazo hacia los pobres. Para mí, era un mundo nuevo, sorprendente. Mis amigas hablaban de sus vestidos, o de tal o cual champú o crema, o de tal muchacho guapísimo. Las necesidades y las palabras de los pobres eran muy distintas. Pretendí penetrar en un mundo que no conocía, un mundo totalmente inesperado. Fue el mayor aprendizaje que pude tener. Recuerdo que una mujer me dijo: “Ayúdeme a recoger estos ladrillos, me los voy a llevar a mi casa porque con eso voy a sostener... no sé qué cosa”. Y también me dijo: “Estos periódicos no los tiren, dénmelos”. Sus necesidades no eran las nuestras; por eso se volvieron esenciales para mí. Esta es una creencia sumamente importante: descubrir las necesidades de los demás, las tragedias de los demás, los temores, las inseguridades; cosas con las que no estaba familiarizada porque vengo de un mundo sumamente protegido. Además era meterme en algo muy poético, porque el lenguaje de los pobres es muy poético. 

¿Cómo impactó en su mundo ese lenguaje y qué tensiones generó? 

―Piensa que el español ni siquiera era mi idioma. Aprendí el español en la calle. Mi idioma era el francés. Fui una niña francesa hasta los diez años. Descubrir otro idioma, memorizarlo, amarlo, tratar de hablarlo bien fue pues muy aleccionador. Descubrí a través del idioma el modo de pensar y las cualidades de los demás. Cuando eres chico, no te das cuenta de eso. Pero cuando eres más grande dices: yo aprendí su timidez, su manera de pedir permiso. Los mexicanos para todo decimos “¿no?”. Por ejemplo: “Me gusta mucho tu camiseta, ¿no?”. “Espero que nos veamos otra vez, ¿no?”. Siempre estamos preguntando para que nos den una seguridad que no tenemos. 

No hay en la ribera de las entonaciones de la autora de Hasta no verte Jesús mío y Tinísima rastros de su educación francesa. La llama de la lengua de Poniatowska es mexicana “¡a güevo!”: mexicana desde que se levanta hasta que se acuesta. “Hay tantas palabras bonitas que nos vienen del español”, señala. Entonces se estremece en el tintineo de unos versos de Carlos Pellicer que vienen a su mente. “‘Que se cierre esa puerta / que no me deja estar a solas con tus besos’ ―recita―. También uno muy bonito de Ramón López Velarde: ‘Dame todas las lágrimas del mar / mis ojos están secos y yo sufro / unas inmensas ganas de llorar’.” Los repite como si estuvieran adheridos a las palmas de su memoria. 

La sonrisa en sus labios quietos eclipsa las sombras de un fantasma: ¿cómo será Elena abatida? “Me pongo triste ―confirma―, pero en general tú no lloras frente a todos. Por pudor, uno guarda la tristeza para sí. Cuando mi hermano de 21 años murió en un accidente de automóvil, en diciembre 1968, yo lloraba hasta cuando iba manejando”. 

Ciertas palabras, frases o expresiones mexicanas son bellísimas, pero hay una que puede molestar: el “mande”. Aunque intenta ser amable, el “mande” supone que esa persona le está pidiendo a la otra que le ordene algo, que la “someta”. 

―Ahora que lo dices, de chica mi abuela me pedía que no dijera “mande”. En el único país de América latina donde se usa el “mande” es en México. Nunca lo he oído en Buenos Aires. El sometimiento también implica a veces la venganza de que te vas a reponer de cualquier humillación, ¿no? 

Tomado de Página/12


Por: Silvina Friera