(Mis viernes con Cecilia)

Por: Amarilys Ribot

Fue el viernes 8 de junio de 2007 por la noche. Hacía quizás una hora había llegado a casa tras una expedición a la cueva de Martín Infierno, en el Escambray, y pensaba que no podía sumar una gota más de felicidad a la de estar de vuelta con mi niña. Entonces sonó el teléfono.

Cecilia Sodis

“Es Cecilia”, se identificó enseguida −como si la voz de la directora del teatro Sauto pudiera confundirse con otra− y comenzó a agregar gotas nuevas a mi alegría. Se preguntaba si me gustaría asumir el proyecto de un libro de testimonios acerca del teatro. A empezar desde ya.

“Ya” fue el lunes siguiente. Cecilia esperaba en su trono de directora, tras el hermoso y siempre atiborrado buró bajo el cuadro de Servando Cabrera. Mandó a por Daneris Fernández, el historiador del teatro −para mí un total desconocido−y comenzamos la primera de muchas reuniones que con ella resultaban fáciles, pero no sencillas. Duraron hasta hace un año.

Apoyo, comprensión, valoraciones… todo me ofreció mientras el libro progresaba. Amiga, ¡pero directora! A toda costa quería rescatar cada valor patrimonial, y la memoria le preocupaba por su fragilidad extrema. Pronto respiramos con alivio: artistas, técnicos, investigadores, público asiduo, todos aceptaban testimoniar para Vidas en plural (Ediciones Matanzas, 2012). Lo que no esperaba es que, además de compartir recuerdos sobre Sauto, la inmensa mayoría quería elogiar a Cecilia.

Enrique Pérez Mesa, director de la Orquesta Sinfónica Nacional, fue el primero en enviar sus memorias –las cuales, paradójicamente, quedaron para el segundo tomo. En su emocionado recuento, el Maestro escribe que “sería injusto dejar de mencionar a quien es un ejemplo de sensibilidad y altruismo: la incansable, la que encontró en el Sauto su casa y su vida, defendiendo con honestidad y pasión cada representación, cada proyecto. ¡Ojalá Cuba pudiera tener frente a cada institución una directora como Cecilia Sodis!”

Con él coincide enteramente Salvador Fernández, diseñador y subdirector del Ballet Nacional de Cuba; cuando menciona las causas de la estrecha unión del Ballet con Matanzas, agrega una: “Cecilia, corazón del Sauto, con su afán de mantenerlo vivo, buscando siempre soluciones para que no dejemos de asistir. ¡Ojalá hubiera muchos como ella dirigiendo los teatros cubanos!”

Ulises Toirac la evoca llamando “a las once mil vírgenes” para remediar un apagón y pidiéndole, nerviosa: “Haz algo”. Ese algo fue una función con dos lámparas fluorescentes a teatro lleno…

Por motivos editoriales bien obvios, la mayor parte de los elogios a su persona no fueron publicados. Pero hoy, sin el editor-amigo, doy fe de que Lourdes Fernández Valhuerdi rememoró que en sus tiempos como asesora de la Orquesta Sinfónica aprendió de ética al lado de Cecilia, quien “siempre busca que el trabajo sea impecable”, y aprendió de sensibilidad “pues pocos como ella ven la cultura en un marco tan grande”. Carlos Ruiz de la Tejera también la llamó “sensible” y, además,“receptiva”. Para Omara Portuondo y Carilda Oliver fue “formidable” y “maravillosa”.

Viernes 2 de diciembre de 2016. Otra vez de noche. Pero no sonará el teléfono. Revuelvo notas y escribo para espantar el adiós de Daneris: “Duele su partida”. De golpe, se me echa encima la inquietud de Cecilia por la conservación de la memoria humana: entre los testimoniantes para el proyecto, algunos ya no están con nosotros. Afortunadamente, por una vez ella decidió salir de su aparente sombra y compartir para nuestro libro sus vivencias como directora desde 1989. Por su repaso de una época y procesos trascendentales para el Sauto, por su contenido hondamente humano, su testimonio fue elegido para cerrar el primer tomo, que con palabras suyas termina: “me siento realizada como directora, y como persona también: lo reafirmé hace unos días mientras hablaba con Carilda Oliver y ella elogiaba cómo luchamos por mantener vivo nuestro teatro. Y eso es lo que seguiremos haciendo, sin parar, «por unos días» más”.

Esa entrega inteligente y feliz, la convirtió en la persona de responsabilidad y mérito que el Maestro Frank Fernández consagró en sus palabras: “Cecilia Sodis (…) además de dirigir, se ha convertido en un símbolo de promotora cultural de tan altos valores de espíritu de sacrificio y entrega, que ya forma parte, junto con la construcción arquitectónica, de la historia de la cultura matancera”.

Así la recordamos. Por eso este viernes, en el aniversario de su despedida, no habrá velas por su memoria, sino una luz mayor cuando por fin sea izada a su lugar la gran lámpara de araña del teatro: “La más linda de Cuba” –como aclaraba siempre. Ese día, el teatro Sauto de Matanzas honrará a su directora con un sueño cumplido y el lujo único de sus lágrimas de cristal.