Damaris Calderón camposRompiendo la - breve- tradición del concurso de poesía "Premio Revista de Libros", el jurado de esta cuarta versión distinguió a una mujer y, lo que es más sorprendente, cubana. Así, a los nombres de Adán Méndez, Marcelo Rioseco y Juan Cameron se suma ahora el de Damaris Calderón, reconocida por su obra "Sílabas. Ecce Homo.Estos años en Chile pueden haber templado el carácter de esta joven poeta nacida en La Habana en plenos años sesenta. O quizás la realidad una vez más echa por tierra nuestras ideas preconcebidas. Lo cierto es que su hablar pausado, la mesura que revela en cada opinión y un dejo de tristeza que la envuelve, hacen de Damaris Calderón la antítesis de la caribeña alegre y extrovertida que habita en la imaginación de quienes no nacimos en la isla.

Sí se reconoce en ella, en cambio, la tradición literaria de Cuba, con nombres tan importantes como el de Eliseo Diego, Alejo Carpentier, Cabrera Infante, Lezama Lima, Fina García Marruz, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas ... narradores y poetas mayores que la acompañaron desde la infancia, entre los cuales destaca a Virgilio Piñera como renovador de la literatura cubana de este siglo y pieza fundamental en su propia historia. Una historia donde vida y literatura empezaron tempranamente a fundirse, primero de manera intuitiva y caótica y luego con el orden que imponen los estudios. Licenciada en Letras en la Universidad de la Habana.Cuba, cursa actualmente el magister en Lengua y Cultura Clásicas en la Universidad Metropolitana. Y también tiene libros que avalan esta simbiosis: autora de Con el terror del equilibrista (1987), Duras aguas del trópico (1992) y Guijarros (1994) -reeditado en Santiago en 1997 por RIL-, hace un par de meses presentó Duro de roer , uno de los primeros títulos publicados por el sello editorial Las Dos Fridas , que acaba de formar con una amiga.

Toda una red construida en país ajeno, donde después de seis meses de haber llegado recién decidió deshacer las maletas. Amigos chilenos y cubanos residentes le habían hablado de este lugar, pero su conocimiento, una vez más, se debía a los libros:
-Para mí -señala-, Chile era la poesía que había leído.

Y fue precisamente el nombre de uno de sus más altos cultores lo que la indujo a participar en el concurso de "Revista de Libros":
-Aunque en general soy bastante escéptica respecto de los premios, me estimulaba el jurado. Dentro de esos nombres que había leído, yo admiraba mucho a Gonzalo Rojas. Cuando llegué aquí, pensaba: "me gustaría que alguna vez él leyera mis poemas; ¿me atreveré a mostrárselos?"
Saber que había sido elegida fue una de las cosas más gratificantes.

-¿Cómo fueron sus primeros acercamientos a la poesía?

-De niña, era una lectora omnívora; leía todo lo que caía en mis manos y también escribía mucho, quizás por una necesidad de crearme un mundo autónomo. A los 12 años fue mi encuentro con Gabriela Mistral: yo había participado en un concurso y el premio era una antología excelente hecha por Eliseo Diego. Abrí el libro y entré a ella por dos versos, algo así como "mi madre era pequeñita como la menta y la hierba /y las cosas la tocaban pero las cosas apenas". Quedé impresionada. Luego vinieron los nombres de Neruda, De Rokha. También Lihn, que vivió allá; Nicanor Parra ...

- ¿Por qué quiso construirse ese mundo?
-No sé. Desde que cayó un libro en mis manos sentí el gusto por aquello que me proponía la lectura. Me parecía seductor. Y al final ya no era otro mundo, era tan real lo que vivía como lo que leía. Como poeta no puedes hablar de las cosas que lees si no te dejan algo, si no pasan a formar parte vital tuya, de tu flujo sanguíneo. Las cosas que he leído las he incorporado de esa manera, como también las que he vivido se han ido vertiendo a la página. No puedo escindir entre uno y otro.


Uno está hecho de intersecciones

-¿Y de dónde proviene este fervor literario?
-Creo que siempre estuvo en mí el deseo de escribir y de leer. Quizás es una pasión que viene de mi familia. Mi abuela paterna era una gran lectora; imagínate que vivía en el campo y cuando no había luz, era capaz de llenar un pomo de luciérnagas y con eso se alumbraba y leía en la noche. Además era una mujer de un talento privilegiado. Murió cuando yo era bastante chica pero alcancé a darme cuenta de todo lo que sabía sin haber pasado nunca estudios. Yo hurgaba los libros en su biblioteca, comentábamos cosas, era admiradora de Carpentier, de García Márquez. Mi abuelo materno, por otra parte, hacía décimas y además tenía una sabiduría espontánea, campesina, que viene del contacto con la naturaleza. Ese ambiente fue muy importante para mí.

-¿De qué manera se ha relacionado con la poesía chilena más reciente?
-En Cuba había leído a Elvira Hernández, a Verónica Zondeck y a otras poetas chilenas que no conocía; también la Antología de poesía contemporánea de Erwin Díaz. Ya estando acá, traté de aprehender lo más posible el país, pero lo que más me interesaba era la poesía: los nuevos nombres que se me fueron develando, qué tipo de trabajo se estaba haciendo, los periodos que desconocía de ciertos poetas que había leído. Siempre he estado con una actitud muy atenta a todo lo que está pasando. Pero mi llegada significó un encontronazo con el Chile que yo conocía. No es lo mismo un país armado literariamente, con la grandeza de una Gabriela Mistral, un Neruda, una Violeta Parra. Piensas que eso casi fluye en las calles, pero en cambio te encuentras con que en realidad es muy arduo para el poeta, para el artista, poder hacer su trabajo.

-¿Cómo ve en ese sentido a Cuba, desde la distancia?
Uno se mira a sí mismo para atrás, al país, y ya no ves lo mismo. Ves los localismos, lo constreñidas que estaban determinadas cosas; cambia tu perspectiva de vida, de lectura. Uno revaloriza absolutamente todo.

-Y después de esta revalorización, ¿En qué pie queda la tradición cubana respecto de su literatura?

-Yo creo que uno está hecho de intersecciones, como un camino. Confluyes con autores y en determinados períodos lees a algunos, luego a otros, vuelves sobre los primeros. Naturalmente yo empecé leyendo a los que estaban más cerca, que eran los cubanos, primero por vocación, por fervor; luego hice la especialidad en literatura cubana y ahí leí a los pequeños y a los grandes autores. Pero todo te va dejando algo. Y no sólo las lecturas, sino las conversaciones, la gente ...

-¿Y los clásicos, realmente no turban sus sueños, como lo dice en el primer poema de su libro?
-En este momento estudio a los clásicos, y lo hago con bastante disciplina y aplicación para leerlos en su lengua original. Pero yo trataba de parodiar un poco a Pound. Creo que uno debe conocer a los clásicos, que la literatura es universal, y en ese sentido hay un sentimiento de apropiación, pero también es cierto que en este momento la fuente nutricia de la literatura está en América Latina y los mayores especialistas lo saben. Creo que sin perder de vista esas lecturas, uno debe remitirse también a cómo se ha ido conformando lo que es Latinoamérica, los inmigrantes, la lengua que hablamos, el latín vulgar que heredamos ...

El poema es un campo de batalla

- Su libro está lleno de referencias explícitas y también sutiles a autores muy diversos, desde Virginia Woolf a Eduardo Anguita. ¿Cómo se unen esos nombres en su poesía?
-Más que referencias yo los asumo como un fluido vital. En ese sentido siempre me remito a la idea de Severo Sarduy cuando dice que hay que volver al texto pero con el sentido original de la palabra tejido: como un estroma. Desde que nacemos estamos haciendo ese texto infinito. Es decir, propone la literatura sin fronteras genéricas ni históricas. Incluso dice algo muy hermoso: ver la influencia de El Castillo en El Quijote y de La muerte de Narciso , de Lezama Lima, en Las Soledades de Borges. La misma idea de Borges de que uno se crea a sus precursores.

- ¿Y existió también el propósito de rendirles un homenaje?
-Si, por supuesto. Es difícil definir o hablar de la propia poesía y mucho más en términos anecdóticos, pero creo que específicamente este libro es un poco la constatación de la precariedad de la condición humana a través del lenguaje, y en ese sentido hay homenajes a muchos autores. En principio a Nietzche y a todo lo que su filosofía para mí representa. Hay un homenaje a la locura como lo que se escapa a la norma, a lo que el hombre no conoce y teme nombrar. A los grandes locos geniales de distintas épocas, Van Gogh, Hölderlin, y en general a todos esos personajes que han modificado con un pensamiento distinto el comportamiento aplastante y masificador de las épocas.

-¿De ahí surge aquel verso en el que opone "el sueño de la razón" al "insomnio de la locura"?
-Sí. En el libro no sólo está la relación con los poetas sino con la filosofía. Lo considero un homenaje a esas posturas que se salen de lo que uno ha visto como la razón de la Ilustración que nos ha hecho creer que somos diferentes, superiores cronológicamente. En el fondo todos esos mitos de la modernidad los encuentro endebles y escarnecedores para la grandeza del hombre. Por eso, claro, "el sueño de la razón engendra monstruos y el insomnio de la locura, titanes ..."

-¿Y de qué manera se engendran sus poemas?
-En el proceso de la escritura puedo pasarme un tiempo largo sin escribir, durante el cual se van gestando los poemas. Eliseo Diego decía que un poema no es más que algo que convive largamente con uno. Y por lo menos a mí se me da de ese modo, o sea, no es la disciplina de sentarme todos los días a escribir ni me entra angustia porque me pasé un año o dos sin crear una línea. No, en ese tiempo estoy haciendo otras cosas, estoy leyendo, dibujando. Y espero, estoy al acecho; sé que soy el receptáculo de algo que va a pasar. Costoso, por supuesto, porque tienes que acumular toda una experiencia. Y cuando me siento a escribir en realidad es bastante rápido, fluido.

-¿Cómo trabaja con el lenguaje que en sí mismo es límite y posibilidad?
- Arduamente, sabiendo que hay una zona de hiato entre las palabras y las cosas. En el momento de la escritura, el poema es una especie de campo de batalla: trato de atravesar la frontera, de dinamitar la zona. Sé la diferencia y la distancia que hay entre el poema y la poesía. Finalmente uno escribe el poema pero la poesía lo desborda, lo excede, y estás luchando por fijar aunque sea un fragmento de esa poesía mayúscula.

-En uno de sus poemas alude al haiku. ¿Cree que en la brevedad hay más posibilidades de acortar esa distancia?
-Pienso que hay opciones. Uno trata de conjurar esa barrera de algún modo. Hay poetas o escritores que lo intentan a través del exceso verbal, entonces se van al barroco o al neobarroco. Y otros lo buscan con el retraimiento, el silencio de las formas sintéticas. En este poema del haiku vuelvo a la misma imposibilidad de las palabras de retener la poesía. Todo poema es inconcluso porque se está escribiendo perpetuamente, y uno sabe que hay que "darle a la caza alcance", que estás en esa búsqueda de un imposible y que ese imposible es el que le da sentido a la poesía.

-De alguna manera eso es lo que recorre estos poemas, ¿como vivió este proceso de creación?
-Este libro en particular no sólo fue el resultado de un ciclo normal o vital que se da entre un libro y otro, sino que me pasaron experiencias existenciales fuertes, desde el cambio aquí hasta cuestiones muy bruscas ... Es un libro salido del más profundo dolor. Tuvieron que sacudirme como a un árbol, que se me cayeran todos los frutos.

-Usted dedica un poema a Marina Tsvietaieva, una poeta bastante trágica, incomprendida y finalmente suicida. ¿Fue un acercamiento más allá de lo literario?
-Ese es un punto importante para mí, que tiene que ver otra vez con las palabras y las cosas, y es la condición de exilio perpetuo, considerar la condición humana como un destierro de la palabra y como un destierro existencial. En ese sentido me atraen las figuras trágicas, suicidas, pero que han llegado a eso por una búsqueda tenaz de ese imposible y en ese caso, por supuesto, Marina Tsvietaieva reúne esta condición de exiliada de su poesía. Había muchos motivos que me hacían sentirla muy empática, no sólo literariamente, sino de modo existencial. Me atraen mucho los poetas que llegan hasta la pared de enfrente de la vida, como diría Vallejo. 

 

 

Por María Teresa Cárdenasç
en Revista de Libros de El Mercurio.