Traducir en palabrasDe jóvenes promesas se comenta en la narrativa matancera contemporánea. Si peco de exclusiva no es por derecho propio: cito a Danerys Fernández, Norge Céspedes, Isnalvys Crespo, Karel Bofill, Néster Núñez. Tomándote como referente ¿hablamos de buena disposición de ánimo ante el género o pretensiones sólidas por el oficio más solitario del mundo? 

Buena disposición de ánimo no, si a mí escribir me altera. Creo que esforzándome un poco, siempre encontraré una forma más efectiva de traducir en palabras lo que estoy viendo en mi cabeza. Entonces le cambio el orden a la oración, sustituyo el adjetivo, el verbo… Sucede muchas veces que no encuentro la perfección de una escena, de un diálogo, y no avanzo al siguiente. Me estanco. ¿Y eso qué? ¡Me altera el ánimo!En cuanto a pretender algo sólido con el oficio, no sé. No soy un tipo pretensioso, y mucho menos sólido. Es decir, no tengo la fuerza de voluntad necesaria para tomarme lo de escribir con la constancia que merece. No todavía. Muchas veces me he quejado de eso y termino pasándome la mano a mí mismo para no terminar alterado, porque no vale la pena. La alteración, digo

Ediciones Matanzas publica en el 2009, bajo la colección Abra, tu primer libro. ¿Cuáles otros elementos en cuanto a tu trabajo en la narrativa señalarías como antecedentes a Abismos privados?

Antecedentes en la narrativa… ninguno. Porque no se puede tomar como tal el par de cosas medio cómicas que escribí en el Pre, más que todo para congraciarme con mis compañeros. Después vinieron los cinco años de la Universidad, más dos de servicio social, más otro como promotor en la AHS de Santa Clara… En todo ese tiempo ni me pasó por la mente que yo terminaría escribiendo. Siempre supe que quería crear, pero no precisamente literatura. Yo quería hacer cine. Documentales. Tenía veintisiete años, un niño, un matrimonio que no había funcionado… y descubrí que yo no estaba para promover la obra de otros… descubrí que yo podía hacer mi propia obra. ¿Un poco tarde? Quizás. De todos modos comencé a estudiar para hacer las pruebas de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de Los Baños. No entré; pero lo aprendido, sobre todo de dramaturgia, sí se puede contar como un antecedente.

A la par, realicé varios guiones de Mensajes de Bien Público en el Telecentro Cubanacán, uno de los cuales alcanzó el primer premio en esa categoría en el festival nacional de telecentros de aquel año. Ello me abrió las puertas en ese Telecentro y me permitió realizar otros guiones que tenía en mente. Un desastroso video clip y esos spots se pueden contar, creo, como mis primeros pasos en la creación.

Después regresé a Matanzas, mi lugar de origen, y me presenté en TV Yumurí. Hice la prueba de oposición para una plaza de periodista, que no era esa mi aspiración pero algo era algo, y me aceptaron. A falta de pan, casabe, me dije. Y me sirvió muchísimo. Talento natural como que sí tenía, y Aurora López, jefa del Informativo en aquel entonces, se encargó de pulirme. Mas al cabo de unos meses yo ya sabía que no era ese mi rumbo. Yo seguía queriendo hacer documentales, y se me presentó una cierta oportunidad cuando me propusieron que dirigiera el programa Lente Histórico. Quise darle un cambio radical sin apartarme de los objetivos para los que estaba concebido el programa, lo cual no era fácil. Por el conservadurismo imperante, por las limitaciones técnicas y porque yo no soy historiador, y de eso se trataba. Llegué a realizar cinco o seis programas, dos de ellos en el Castillo San Severino, que son lo que más se acerca a lo que pretendía hacer. Uno de ellos fue escogido para integrar la Muestra de Jóvenes Realizadores de ese año 2004, lo cual ya era un reconocimiento. La verdad es que el medio audiovisual me apasionaba.

Entonces ocurren un par de cosas que marcaron un punto de giro en mi vida, como me gusta decir. La primera, y muy positiva, fue un taller que impartió Juan Madrid, el famoso guionista de Brigada Central, en la EICTV de San Antonio de los Baños. Fantástico. Fue él quien me metió el bicho de la escritura en el cuerpo. Salí convencido de que sí podía, y quería, escribir. Más que todo, guiones de cine.

Pero tuvo que suceder otra cosa para que me decidiera: cerraron mi contrato laboral en TV Yumurí, luego de que saliera al aire Malamaña, un documental mío sobre el tren de Hersey. La etapa que vino fue yo en un bicitaxi, ganándome honradamente la vida mientras de cierto modo intentaba hallar una explicación lógica a aquello. Utilizaba parte de mi tiempo en ganar dinero, y el resto escribiendo. 

Pero antes de eso había cursado el taller del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ellos exigían tres cuentos para evaluar y aceptar o no el ingreso. Esos tres cuentos, o versiones de versiones de versiones de ellos, aparecen en Abismos Privados.
Yo acostumbro a decir que esos tres cuentos, más otros pocos, quizás dos más, fueron con los que aprendí a escribir. Fueron mi taller particular durante casi cinco años. Y cuando los reuní en un cuaderno y lo presenté en Ediciones Matanzas, ya no quería saber más de ellos, los odiaba. Hay uno que todavía me duele cuando lo leo: Con cara de inválido. Es como un resumen del sufrimiento, de la ansiedad, de la alteración que yo cogía cuando me sentaba a escribir. Y, por supuesto, de todas las implicaciones para la nueva familia que yo había formado, familia que incluía a esas alturas a una hermosa bebé: Olivia, que resultó ser una tremenda pamplinosa.
Esos son mis antecedentes en la creación, y mis orígenes como aprendiz de escritor.  

Precisamente ya está en proceso de publicación Olivia la pamplinosa. ¿Cómo describes el tránsito entre la literatura que proyectas para un público adulto y lo que concibes para los niños?

Yo no proyecto nada, la verdad. Escribo porque no me queda más remedio. En principio, tengo que sacarme de adentro un par de preocupaciones que me rondan, que insisten en alterarme, y como no puedo hacerlo por medio del audiovisual, meto mano a las palabras. Ya hasta le he cogido el gusto.

En este punto te digo que me interesa, por encima de todo, contar historias atractivas. De gente de pueblo, digamos. “Bicita-ceros”, uno de los cuentos de Abismos Privados, se acerca a este propósito. ¿Y dónde quedan las preocupaciones que me rondan? Nunca al margen. La magia, el talento, según creo, está en insertarlas en la trama. Que no sean el eje central, digo yo; pero entre col y col, las preguntas, las dudas. Porque la verdad es que no tengo respuestas. Todo es una especulación, una vía entre miles posibles. Que los niños aprendan eso, me gusta. Nada es absoluto. Es la razón de porqué escribo para ellos.

Olivia la pamplinosa es un libro que yo no quería escribir. Te explico. En la Feria del 2009 se publicaron Lo que sabe Alejandro, y El libro de Teresa. Ambos me alteraron. En una conversación con una amiga santaclareña le dije que era un facilismo escribir las cosas cómicas que hacen los niños, así tal cual, que mi hija tenía mil salidas graciosas como esas, y ella me respondió: pues escríbelas. Y encima añadió: léeles a tus hijos esos dos libros y mira su reacción. Lo hice, claro, y les encantó. Y atrás fui yo a recopilar todo lo que nos parecía gracioso de Olivia, y lo pasé a la computadora, condimentado ya con mi punto de vista sobre el mundo y la vida, con mis preocupaciones, y lo que salió le gustó al jurado del Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, cuyos integrantes me concedieron el primer lugar. Por eso ahora en el mes de Julio sale ese mi segundo libro, que más que mío es de Olivia, pero bueno.

Entonces te digo, no hay tránsito, no hay un plan preconcebido de una literatura para niños y otra para adultos. Quiero contar historias y punto.

Claro que no todo es en blanco y negro; también hay otras motivaciones… Estando en el Centro Onelio una vez me acerco al mural y veo una convocatoria para el concurso El Barco de Vapor, en España, de literatura para niños y jóvenes. La suma monetaria que recibe el ganador asciende a doscientos mil euros. Ahí mismo se me aflojaron las piernas, claro que sí. En ese momento me dije que yo quería, y que querer es poder, ¿no dicen eso? Y salieron las primeras historias. Historias que todavía no he terminado (oh, mi inconstancia), pero que pienso matar este año. Ya las odio como mismo llegué a odiar algunos cuentos de los de Abismos…

Por último, tener que dormir a tres niños ayuda mucho. No solo dormirlos, ¡entretenerlos mientras esperamos una guagua para ir a Varadero, o mientras esperamos que nos atiendan en un restaurante! En esos casos hay que inventar algo que los alegre. A veces jugamos al veo-veo (Veo veo, ¿qué ves? Una cosa…), pero con mucha frecuencia se me ocurren historias. A veces las anoto mentalmente, después le doy taller y a veces termino escribiéndolas. Me gusta, además, que en el proceso mis niños aprendan; que inventen también.   

Me gustaría retornar a este tema ¿Hasta dónde ha influido en la hoja en blanco tu labor en televisión?

Tendrías que preguntarme cuánto influye haber estudiado psicología, cuánto influye haber escrito guiones para la radio… Ah, no había mencionado eso. Gracias a mi madre, o por culpa de, estuve en eso un tiempo. Escribí durante algunos meses Lechuga Fresca, un programa juvenil de corte educativo que salía por Radio 26. Y también escribí guiones para el espacio cuentos de misterio; y para Radio Arte, en La Habana, escribí el programa ¿Qué piensa usted? En la televisión ejercí como periodista y como realizador… Fuera de estas profesiones relacionadas con la creación, fui, como te dije, bicitaxista, y antes y después he hecho mil cosas que igual han influido en lo que soy, o en lo que no soy: desde vender perros de raza y hornillas eléctricas en los años 90, mientras estudiaba en la Universidad, hasta ser corrector y luego editor en Ediciones Matanzas.

Tendrías que preguntarme cuánto influye tener tres hijos. Cuánto influye tener que mantener una casa. Cuánto influye mi relación de pareja. Cuánto influye mi infancia, la relación con mis padres… ¡Cuánto influye vivir en una isla! No en cualquiera, sino en esta particular: Cuba…
Todo está aquí adentro, en mi cabeza, y cuando me siento frente a la pantalla en blanco de la computadora (lo de la hoja en blanco por suerte ya no tiene que ver conmigo), cuando me siento frente a la computadora todo sale. De una forma u otra, sale; por suerte, porque si no me reviento.

Antes de reventar háblame de los temas que no obvias cuando escribes…

En esencia, los temas son comunes para todos los escritores y para todo el que se dedica a la creación: el amor, la muerte… la felicidad… Son comunes los ¿para qué vivo?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? La existencia humana, en resumen. Cada cual trata de abordar estos temas desde un punto de vista novedoso, o con elementos técnicos diferentes, pero nadie va más allá. No se puede.

Si hay algo en Abismos Privados que no me gusta del todo, es que está cargado de preguntas. Muchos de sus protagonistas intentan buscar su lugar en el mundo. De hecho, el libro abre con el minicuento Orígenes, que increíblemente, me sé de memoria:

Con los siglos, filósofos, poetas, religiosos, hicieron sus interpretaciones.
Pero la historia es sencilla: El hombre–mono vio una fruta en lo alto. Despegó la pata del suelo para alcanzarla y una serpiente que estaba en la rama lo mordió. La mujer–mona, atraída por el aullido del hombre–mono, acudió en su ayuda.
Eso, y aquel refrán de mono–ve–mono–hace, fue todo.
Mas sucede que el género humano no acepta orígenes tan vulgares.

Y el libro termina con algo similar:

(Si nos extirparon los ojos al enrolarnos en esta expedición fue porque sabían que no hallaríamos baobabs, ni reyes ni zorras. Habrá que continuar buscando).

Es decir, la búsqueda de respuestas, la inconformidad con las que ya tengo, el planteamiento de nuevas interrogantes, es lo que me caracteriza. Me desborda. Sale aunque no quiera. No es que esté mal, pero me he propuesto contenerme un poco. Quizás en el próximo libro hable de una invasión de extraterrestres, o de fantasmas, para alejarme lo más posible de esa tentación de cuestionarme cosas. 

¿A quiénes tomas como referencia literaria?

Mira, cuando me levanto por la mañana me paro frente al espejo y me digo a mí mismo: Mimismo, ¿tú quieres ser mi referente literario? Entonces Mimismo se espanta por lo feo y despeinado que estoy y se va corriendo sin decirme una palabra y yo me quedo solo frente al espejo, que ya no es un espejo porque no me devuelve imagen ninguna. Es solo un cristal vacío.

Con esto quise decir que aunque no me gusto (sobre todo por las mañanas) y tengo muchos defectos, no me quiero parecer a nadie vivo, muchos menos a uno que esté muerto. Esto va con los autores literarios y con todo.

Ahora, cuando te digo que tengo muchos defectos no exagero. (Quizás con lo de no gustarme, sí.) Uno de esos defectos  que me altera, es no tener mucha memoria. Imagínate que se me queden grabados los nombres de todos los autores y de libros que he leído. Imposible. Ahora mismo te puedo decir que recuerdo Rompetacones, por ejemplo, pero el nombre del autor tendría que pensarlo… y no vale el tiempo perdido. Y si me preguntas por qué me impresionó que hasta lo recuerdo… te diría que ni idea.

Te estoy siendo absolutamente sincero… Es más: muchas veces pensé que debía memorizar a un par de autores relevantes, de los que todo el mundo conoce y menciona cuando les hacen esta pregunta… pero desistí por dos cosas: porque no sería yo el que daría la respuesta, y por mi falta de memoria.

Como te decía antes, yo confío en que todo lo que leo, bueno o malo, se me queda en el subconsciente y cuando me siento a escribir, sale. 

¿También inclinaciones por la dramaturgia? ¿Otros géneros en la mirilla?

Mientras tú me vas preguntando yo voy poniendo orden en mi cabeza y más desordenadas salen las respuestas.

Ya que mencionas la dramaturgia, te cuento que una de las primeras cosas que escribí estando todavía en TV Yumurí fue una obra de teatro. La presenté en el concurso Milanés y pasó sin penas ni glorias. Durmió un sueño breve, y más o menos cada seis meses la retomo y la arreglo. La arreglo y la retomo. Hasta que decidí, por cansancio, deshacerme de ella. No es que piense que ya es perfecta, que no se puede arreglar más. Simplemente, me altera. Así que la presenté en Ediciones Matanzas para que sea valorada y su comité de expertos diga si vale la pena publicarla. De paso te digo que ese no es el fin último de una obra dramática: es un paso necesario para ver si a algún director de teatro le interesa llevarla a escena.

También hay otra obra que debo arreglar por enésima vez para determinar luego qué rumbo darle. Pero eso es más adelante. Ahora son los proyectos infantiles lo que me ocupa.

La dramaturgia me facilita un poco las cosas. Los diálogos se me dan relativamente fácil… sé –más o menos- cuándo hay que desarrollar una escena o cuándo hacer un resumen… sé cuándo narrar en primera o en tercera persona, en pasado o en presente… cuándo va una elipsis temporal… Las descripciones me matan, y por suerte en la dramaturgia sobran. Por otra parte es lo más parecido a un guión de cine, cosa que me gustaría hacer si tuviera la constancia necesaria… Así que pensándolo bien… la dramaturgia es un género que promete. Me encantaría ver una obra mía en escena porque yo me mezclaría entre el público para ver sus reacciones. Con la literatura es otro asunto. El consumo es privado, las reacciones son internas y aunque después algún lector te haga llegar sus opiniones, no es lo mismo, estarán mediatizadas por el pensamiento, por la palabra. La reacción no es espontánea.

Además de cuentos y obras dramáticas… novelas. A eso aspiro también. Los proyectos para niños o jóvenes en los que trabajo, y uno que ya anda concursando por ahí, pertenecen a este género. No sé… poco modesto de mi parte, pero creo que yo podría dar algo relativamente bueno en cualquier cosa menos en poesía. Soy hasta mal lector. No entiendo ni la mitad de la poesía que se está escribiendo, o al menos de la poca que yo leo. Es una lástima.

¿Cuánto influye, o no, tu labor como editor en la Casa de las Letras Digdora Alonso?

Primero fui corrector, y me gustó. Ello me obligaba a leer todo lo que publicamos en Ediciones Matanzas. Bueno, malo o regular, todo pasaba por mis manos. Yo daba mis sugerencias y allá va eso. Así un libro tras otro. Alrededor de treinta. Pero Zaldívar, nuestro director, vio en mí condiciones de editor, y me puso a prueba. ¡Y qué prueba! Domingo del Monte y su tiempo, de Urbano Martínez Carmenate, fue mi primer libro. ¡Más de quinientas páginas! Ahí me hice un hombrecito. Te puedo decir que ese libro lo leí cerca de diez veces. Siempre encontrando posibles cambios, mejoras, erratas… establecí muy buenas relaciones con Urbano. Algunos cambios él los aceptaba, otros no. Comprendí cuán difícil e ingrato es el trabajo de edición. Sobre todo para alguien que además de ser editor, también escribe. Me leía un párrafo escrito por Urbano, y me decía: esto yo lo pusiera así, o le daría otro orden a las oraciones… no sé. Entonces tuve que aprender que yo tengo mi estilo o mi forma, y el resto de los autores tienen la suya. Aprendí a respetar. En eso Zaldívar ayudó: dejó bien claro que el editor es solo un intermediario entre un autor y el público. Que la última palabra la dice el autor. Que nuestra función como editor es intentar mejorar el libro en la medida de nuestras posibilidades y conocimientos… y hasta donde el autor desee.

Por ejemplo, ahora estoy editando un libro de narraciones de Daniel Chavarría. Él es un autor que se caracteriza por escribir novelas. Estos cuentos, si pudiéramos llamarlos así, son los únicos que hasta el momento salieron de su pluma. (Mentira, él también escribe en computadora). Ya habían sido publicados por una editorial de provincia, en una tirada casi insignificante. Entonces, inmediatamente que los leo, pienso que el orden en que aparecía no era el más correcto. ¿Qué hacía? ¿Decírselo? ¿A un autor de tanto renombre como él? ¿Yo, un principiante? Pues me dije: a la mierda, no tengo nada que perder. Y qué me respondió: que sí, que perfecto, que gracias por ser tan acucioso y bla bla.

¿Qué quiero decir con esto? No sé. Me perdí. Pura vanidad mencionarlo, creo yo.

No, de verdad. El trabajo de editor obliga a estudiar, a ser bueno. En todo: en gramática, en historia, en dramaturgia… Hay una cosa que no te dan en ningún curso ni taller: ¿cómo formar un libro? Si es de cuentos… ¿cuáles sobran, ya sea por el tema que abordan, o por el estilo en que están escritos? Y en un cuento, o en un capítulo de novela… ¿dónde cortar, qué no decir, qué dejar entre líneas para que el lector inteligente llene con su experiencia de vida, con su subjetividad? Además, hay que tener recursos de comunicación, hay que ser persuasivo para convencer a un autor de que su obra es perfeccionable. Eso es difícil. Para cada autor, su obra, la criatura que engendró, es lo mejor que se haya inventado. A ver, ¿tú has leído algo mejor que Abismos Privados?

¿Detectas que el narrador requiere de cualidades específicas para consolidar su obra?

No sé qué cualidades que deba tener el narrador. Yo, Néster Núñez, necesito ser más ersistente. Es lo que te decía. Y paciente conmigo mismo. Quizás no tan exigente. Y meterme en los vericuetos humanos de la mente, evidente, redundantemente. Proyectos entre mamparas…Proyecto llevar a mi familia de vacaciones a un hotel en Cayo Coco, viajar en avión y ponerme dos muelas que me faltan, nunca de oro. Del resto, Todo es eventual, como dice Stephen King, un autor que difiere de mí en eso de estarse preguntando cosas y que tal vez sea la razón del éxito comercial que ha alcanzado su obra.


Por: Maylan Álvarez