Escribir para jóvenesLa literatura para jóvenes en Martinica sufre enormemente la suerte de cualquier literatura, en particular la pérdida de lectores atrapados por el desarrollo exponencial del multimedia y el poco interés y, por supuesto, compromiso de los políticos por este pariente pobre de la cultura. A lo que conviene añadir los límites vinculados a la insularidad, a nuestra arrogante pusilanimidad respecto a los otros pueblos de la cuenca caribeña y a nuestro imaginario de siempre —colonizados y educados para dar crédito, solo a lo que se ha validado antes por Francia, el resto de Europa y los EEUU. Además, la literatura para jóvenes sufre más por ser considerada como un género menor.

En tal contexto, escoger escribir ―y continuar escribiendo― para la juventud representa un verdadero desafío.

Sin embargo, paradójicamente, a despecho de los frenos mencionados antes, nuestra literatura para jóvenes muestra una incontestable vitalidad. Vemos que para los autores de jóvenes como yo existe una innegable felicidad, un secreto júbilo cuando creamos cuentos, poemas, canciones para ellos y partiendo del niño que se obstina en encontrar asilo dentro de nosotros, entre alma y corazón, nos esforzamos en convertirnos o parecer adultos.

La literatura para jóvenes, entre impulso vivaz y clichés tenaces

    La literatura para jóvenes se encuentra en pleno desarrollo con un volumen de negocios de 526 millones de euros para 70 millones de volúmenes vendidos en el 2007 y una profusión de sitios Internet y de blogs dedicados a la misma. Pero detrás de este balance optimista que se explica en parte por el entusiasmo del público por algunos libros (Harry Potter, Twilight, fantasía francesa y anglo-sajona, etc.) se esconden disparidades importantes y una fragilidad de las estructuras de promoción y de medios del libro para jóvenes (La petite Bibliothèque Ronde)

Estas cifras suministradas por el sitio de la PBR son válidas para Francia. La literatura caribeña para niños parece beneficiar también de este desarrollo.

Conscientes de la enorme falta en cuanto a las propuestas de lecturas para los más jóvenes, autores, editores y otros actores del libro tratan de ofrecer una opción a la vez cualitativa y cuantitativa más consecuente. Preferimos no abundar en el sentido de los que consideran que el interés por esta literatura solo se justifica con motivos mercantiles, por la esperanza secreta de descubrir la gallina de los huevos de oro, de convertirse en los nuevos J.K. Rowlings. Notemos incluso a las estrellas del show biz o del deporte, que, con los nuevos tiempos, toman la pluma para escribir a los más jóvenes.

El impulso es vigoroso en Martinica, orquestado por una mayoría de mujeres. Los Alex Godard, Patrick Chamoiseau, Jack Exily, Jude Durante (y algunos otros a los que les ofrezco excusas por no citarlos) son minoritarios frente a la feliz y no obstante obstinada inventiva creativa de las mujeres inspiradas por sus brillantes ancestros, Ina Césaire, Marie Thérèse Rouil, Jacqueline Labbé, Arlette Rosa-Lamynardie. Citemos sin orden a Marie Ange Bernabé, Jala (alias Jeannine Lafontaine), autor para niños y editora, Ginoux, Nicole Noizet, Anique Silvestre, Mireille Desroses-Bottius, Béatrice Tell, Marie-Line Ampigny, ahí también, lista no exhaustiva y miles de excusas a las que sus nombres no aparecen aquí.

Esta palabra dirigida a los jóvenes posee a menudo una fuerte inspiración poética y como es el caso para la mayor parte de la literatura antillana, obtiene su savia en las raíces de la herencia del cuento, esta palabra de noche donde, protegida de los oídos y de los ojos de su amo, nuestros ancestros osaban desplegar el campo fecundo y doloroso de la nostalgia y de la esperanza.

Escribir para los jóvenes, se trata primero de escribir. Escribir es enfrentarse a la problemática del oficio de escritor, un oficio de “trabajador independiente” que sufre la vulnerabilidad vinculada al estatus de los trabajadores independientes, sin que por otro lado se beneficie en lo absoluto de las ayudas y dispositivos que pueden pretender estos mismos trabajadores. El escritor es, sin duda, el único trabajador que concibe un proyecto profesional sin salario garantizado, sin seguridad social, sin vacaciones pagadas, sin régimen de jubilación.

Escribir es ser víctima del cliché del escritor-cigarra, del sueño que vive de la escritura y de agua fresca. Ahora bien, nos lo recuerda Dany Lafferrière, “Necesitamos llegar a la idea que es la cosa más normal, más simple, más banal, como pagar a alguien por la energía que le vende”. Estamos de acuerdo con ello, ¡escribir requiere de una fenomenal energía!

El carácter sacerdotal del oficio de escritor se acentúa aún más cuando se trata de escribir para los jóvenes. Es necesario confesarlo, los autores para jóvenes sufren de una suerte de condescendencia por parte de los autores de todo público y un desinterés a menudo colindante con el desprecio por parte del gran público y las instancias culturales y políticas. Son los olvidados de las grandes misas de la literatura y de los medios de comunicación. En este contexto, la iniciativa de la pequeña ciudad del Predicador en el extremo norte de la isla, con su Pueblo de literatura para jóvenes es tanto más meritoria.Los prejuicios en este sector literario están muy presentes.

“Nunca pensé que podría escribir para los niños. Tenía siempre esta falsa impresión de que los que escriben para los niños no son verdaderos escritores”, nos confía Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel de literatura.

O, según el escritor francés Marie Desplechin:

    Los libros para niños no se consideran siempre literatura (…) En nuestros países, los Latinos, en nuestra cultura machista, la infancia, como la feminidad, se considera como un submundo, desconectado del universo masculino de la razón, de la abstracción… Los autores lo sienten regularmente: durante los Salones del libro, los escritores para adultos se hospedan en un gran hotel y se reúnen con el prefecto, mientras que los escritores para niños se contentan con un hotel de 2 estrellas y ¡comen con sus colegas profesores!

Se trata como si, inconscientemente, el hecho de escribir para los niños significara más una resignación que una opción, fuese solo la confesión implícita de una incapacidad para dedicarse a la “verdadera literatura”.

Sin embargo, cuando se ve más de cerca, los escritores para jóvenes no optan por la facilidad, ¡incluso si ellos mismos hubieran podido pensarlo antes de enfrentarse a este mundo!

“Sabía ya que los libros destinados a los lectores jóvenes son más difíciles de escribir porque exigen que el autor encuentre su imaginario de niño en un medio que ya no es el mismo. Las lenguas viajan también con el tiempo y las sensibilidades evolucionan sin que uno se de cuenta de ello. Entonces se trata de una proeza que requiere el sentido de lo maravilloso, el placer de contar combinado al lenguaje de las imágenes”, según dijo Ernesto Pépin con motivo de un premio de literatura para jóvenes en Guadalupe.

Para Meter Härting “No se trata de pequeña literatura. Es literatura, una literatura muy compleja que debe al mismo tiempo ser muy simple. Esta simplicidad, esta naturalidad es lo más difícil en arte”.

Difícil es encontrar el justo equilibrio resistiendo a la tentación de ser demasiado didáctico, simplista, previsible, de querer ponerse mucho “al nivel” del público joven. Difícil es encontrar el tono justo teniendo la preocupación de suscitar la emoción, invitar al sueño o a la reflexión, o iniciar un aprendizaje. ¿Cómo poner el barómetro del hasta dónde… hasta dónde, hasta qué punto puedo abordar las delicadas cuestiones de la religión, de la sexualidad, de la muerte, de la droga? ¿Cómo “calibrar” palabras e imágenes para no enfrentarse a las jóvenes almas o sembrar la confusión en ellas?

Entonces ¿por qué, a despecho de lo que se asemeja a un recorrido del combatiente, nos empeñamos en escribir para los niños y/o para los adolescentes?

Una opción consciente

A la cuestión de saber por qué escribe para los jóvenes, Michel Le Bourthis responde:

    Escribir para adolescentes es primero recordar su infancia. Esta temática, hay que confesarlo, necesita ante todo de una actitud: escribir es recordar. En este sentido, escribir para adolescentes es primero recodar su infancia (no he dicho “contar”) de estos años de emergencia de los que André Comte-Sponville nos recuerda que son a las vez un milagro y una catástrofe. Mejor aún, usemos el teorema: “Cualquier literatura por poco que sea honesta encuentra su origen en esta alquimia del cuestionamiento ―felicidad de tres centavos y dolor sin nombre― que acompaña la infancia”. Dicho de otra forma, escribir para los adolescentes representa para mí visitar nuevamente mis locuras de la época, para tratar de dar largos años más tarde un sentido definitivo que me ayuda a crecer, a adentrarme en el mundo adulto. Reconstruyo a posteriori un campo de los posibles de la infancia en el seno del cual, mediante personajes interpuestos, exploro las vías que hubieran podido ser las mías. Me invento así los recuerdos y los orígenes validan mi recorrido, mi trayectoria.

En cuanto a mí, escribo con la cabeza en la oscuridad, el calor, el balanceo del vientre de mi madre; escribo para tratar de encontrar este vacío que no era nada, cuando todo iba a convertirse en posible pero que “yo no lo sabía ya que”, yo “no me sabía”; en otros términos, escribo desde el lugar de la inocencia y la ignorancia originales.

Escribo para dibujar los juguetes que mis hermanos, mis hermanas y yo no tuvimos. Para tender la mano a esta inocente avidez de la infancia. Para ofrecer estos juguetes a los niños que como nosotros no los tuvieron o que ya no saben jugar con estas cosas en la época de Internet, de medios de comunicación.

Escribo desde el lugar de mi miedo al Gran Lobo Malo acechando en un bosque que tiene poco que ver con mis grandes bosques, desde los escalofríos de una Caperucita roja que, aunque lo intente, rechaza parecérseme.

Desde mi terror a las encrucijadas, la noche; ancianas que, al haber sufrido mucho, se vengan de la vida robando el alma de los niños; de los perros “cimarrones”; de los brujos que quitaban la virginidad a las muchachas por demasiado sensuales.

Escribo para los niños porque por donde voy llevo en mí este olor que persigo en vano, el de mi casi Isla franciscana idealizada, este perfume tenaz de mi mar indómito, de vegetación orgullosa bajo el sol implacable. O la fragancia de voluptuosidad de la tierra removida por las labores, fecundada por la lluvia, el sudor y la sed de mi padre y mis hermanos. Con el pueril propósito de lograr que mis pequeños lectores los sientan y amén.

Escribo para romper la cubierta espesa de los silencios que espantan, de las palabras no dichas que se hacen graves antes de la hora.

Escribo para encontrar y compartir las risas de las esperanzas fabulosas; el sabor de las nueces de caoba que papa asaba el domingo al mediodía o de los mangos bien maduros… Para hacer imaginar las plumas irisadas de los gallos de pelea o la transparencia de las perlas de rocío sobre el vientre de las hojas.

Escribo por la felicidad de ver brillar los ojos de los jóvenes lectores, ver surgir preguntas, lágrimas, sonrisas y sin importarme que al momento siguiente me hayan olvidado y no me reconozcan en la calle, con tal de que las imágenes y la música de las palabras dejen su huella en ellos.

Escribo también con mi tiempo, no se puede únicamente servir la ensalada-nostalgia de antaño. El menú debe proponer también el de los tiempos presentes, en el esfuerzo sin pretensión de delimitar mejor los contornos; y los menús saben sugerir que Mensajes, Facebook u otros textos pueden servir a la amistad, al amor, al intercambio gratuito, las palabras solo para reír, las ideas ingeniosas, las grandes causas, sin dañar la lengua.

Y en los nuevos cuentos, la tela teje lazos inconcebibles, construye puentes que se creían infranqueables y una niña palestina llena de duelo y de Intifada puede lanzar mallas de sueño hasta una minúscula isla del Caribe, con un vestido adornado de olas y de destellos de sol, hasta una niña o niño para quien el mundo árabe rimará en lo sucesivo con miel, higos, naranjas sanguinas, dátiles, olores atrayentes, asombrosas dunas, cedros majestuosos, músicas conmovedoras o rezos vibrantes.

Escribo simplemente para hacer amar las palabras cuyo gusto, color, perfume han acunado mis sueños; las palabras cuya aspereza, la sorda dureza me han costado tantas lágrimas; las palabras cuya loca insolencia me ha arrancado tantas inolvidables risas, tantos dulces gemidos.

Me lanzo a escribir un cuento o un poema para niños cuando el niño dentro de mí quiere llegar a otros niños pero también, y sobre todo posiblemente, cuando el niño dentro de mí quiere convidar a los adultos a escuchar, hablar, llorar, soñar, reír con ellos, al niño que no han dejado de ser.

Casa de las Américas, La Habana, 17 de mayo 2011


Por: Nicole Cage-Florentin


Una opción con acentos de desafío, paradoja y… júbilo • Ponencia presentada en el Coloquio Internacional “La Diversidad cultural en el Caribe”, Casa de las Américas, del 16 al 20 de mayo de 2011



Mona

(traducido por Zulema González Rodríguez)

 

El domador la encontró, Mona
―aún sonreía―
Como si durmiera, Mona
Acostada tal si fuera una niña en luna creciente arco fetal
¡Qué feliz se ve
Cuando duerme así, Mona!
Se fue sólo el instante de un sueño, Mona
A jugar al escondido entre las lianas
Correr tal si fuera una niña loca en la sabana dorada, Mona
Felicidad de ser despiojada por su mamá
Dulzura suprema de frotarse contra el vientre caliente
De una madre juguetona
Se fue el instante de un sueño, Mona
A reencontrarse con su sabana encantada
Con su querida mamá cuyo eco de risa
Se volvía cada vez más
Y más
Y más lejano
Cuántos hermanos dejó
Ya no lo recuerda
Hace tanto, ya
Ese día en que vinieron
Ese día en que se cerraron sus mallas
Sobre la imprudente chimpancé
Se fue, Mona,
Así, el instante de un sueño de África
Una vueltecita y luego se va
Se va, Mona
Parece feliz, Mona
De haberse ido, así,
Una vueltecita, no volverá
¿Por qué llora, el bello domador?
¡Se siente tan bien, Mona!