PessoaDicen que finjo o miento cuando escribo .No.
Yo simplemente siento con la imaginación: no uso el corazón”.
                                                             Fernando Pessoa

Los acontecimientos de la vida de un poeta pueden ser significativos y pueden no serlo. ¿En qué medida esa vida es su vida, o es un compromiso en el que el poeta se deja vivir dado lo imposible de imponerles realmente su personalidad? Por lo demás, ¿no resulta en tantos casos evidentes que la poesía funciona también como la realización de aquello que no puede ocurrir, como imagen de la vida que el poeta no fue capaz de transformar en actos y que permanece en él cual una virtualidad irrealizada?

De la vida de Fernando Pessoa sabemos menos, mucho menos, que respecto de la de otros escritores más distantes en el tiempo. La proximidad no representa ningún auxilio, por lo menos con relación a hechos que pudiesen haber tenido una influencia determinante en su obra; es decir: hechos de su vida íntima, si es que es lícito designarlos como hechos. He aquí lo que nunca debemos perder de vista.

Si para cierto tipo de crítica, la pobreza de datos biográficos constituye grave óbice, para la comprensión de Pessoa, desde otro punto de vista, que es el mío, surge como una ventaja. Pues, cuanto más pobre sea la biografía de un poeta menos peligro corremos de ver en cada hecho la explicación de cada verso.No, la vida de Pessoa es, en verdad, la vida ideal del poeta; como hombre, Pessoa es la imagen de la inmovilidad. Nadie quiso ser menos aparente.

Su vida recogida, que no puede dejar de hacernos pensar en una vocación monástica, es evidentemente la de un contemplativo si la consideramos desde la perspectiva del hombre de mundo1- puesto que desde el punto de vista literario es, por lo menos en su fase más importante, la más activa, intervencionista y dinámica de su tiempo-. Lo cual en modo alguno resulta paradójico. Sencillamente, Pessoa delegó –permítanme la expresión- toda la capacidad de vida en una obra; él fue como los cimientos en que se asentaba tal obra, y se borró como hombre para dejarse ser otro, y otros, a través de esa obra.

Pessoa quiere decir persona en portugués y viene de persona, máscara de los actores romanos. Máscara, personaje de ficción, ninguno: Pessoa. Persona: Pessoa. Máscara (s), persona (s). Personajes: coro trágico, estático. Drama sin drama: en poemas, en poetas. Los otros y el mismo, el mismo y los otros: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Fernando Pessoa y cuantos más haya habido o vaya a haber. Identidad, alteridad: coincidencia de los opuestos. Ser y No-Ser. Descentramiento: del sujeto, del lenguaje. Lenguaje de lenguajes: al escribirse, al leerse. Texto plural: Polifonía.

Este texto plural, lenguaje de lenguajes, es el que ha hecho de Pessoa un poeta conocido y celebrado; o mejor, un caso que, en primera instancia, suele plantear al lector el fenómeno de la “despersonalización”  –término poco afortunado, empleado con frecuencia por el propio poeta-, el cual nos remite fatalmente a la psicología y sitúa a la poesía de Pessoa en un terreno tan abonado para la reflexión estéticamente inútil como para el anecdotario lindante con lo teratológico, porque la psicología –fiel al cristianismo- admite el dogma –y en él basa todos sus desarrollos- de que  “el alma de cada cual es una e invisible”. Pero, abandonados los convencionalismos y ceñidos a lo literario, nada nos autoriza a reducir este lenguaje (de lenguajes) pessoano a una sola clave para explicar así a un solo poeta, y repersonalizarlo en un sentido unívoco, todo lo que el texto dice lo dice del texto; sólo en cuanto texto es un (y no el ) poeta. Ya el autor nos advierte que “no hay que buscar en cualquiera (de los heterónimos) ideas o sentimientos míos, pues muchos de ellos expresan ideas que no acepto, sentimientos que nunca ha tenido. Hay que leerlos sencillamente como están, que es por lo demás como se debe leer. (…) Parece superfluo explicar una cosa en sí tan simple e intuitivamente comprensible. Sucede, empero, que la estupidez humana es grande, y que la bondad humana no es notable”2. Pues el sistema heteronímico no conduce a una entidad superior, a una especie de Supra-Heterónimo que explique a todos los demás o que, contrario sensu, por lo demás venga a explicarle a él; partir de ello es colocar por debajo de la obra pessoana la falsilla convencional que esa obra por sí misma rechaza, que constituye la negación de su primera –aunque no única- razón de ser.

El poeta es explícito al respecto: “No sé quién soy, qué alma tengo. Cuando hablo con sinceridad no sé con qué sinceridad hablo. Soy variamente otro que un yo que no sé si existe (si es esos otros) (…) Me siento múltiple. Soy como una habitación con innumerables espejos fantásticos que desvían hacia reflexiones falsas una única realidad anterior que no está en ninguna y está en todas”. 3 “No niego –apoyo, incluso- la explicación psiquiátrica, pero debe comprenderse que toda actividad superior del espíritu es, por anormal, igualmente susceptible de interpretación psiquiátrica. No me cuesta admitir que sea un loco, pero exijo que se entienda que no soy loco de un modo diferente al de Shakespeare, sea cual fuere el valor relativo de lo producido por el lado sano de nuestra locura. Médium pues de mí mismo, pese a todo subsisto. Pero soy menos real que los otros, menos armónico, menos personal, eminentemente influenciable por todos ellos”.4 Se trata de una explicación de Pessoa sobre la génesis de su obra  (por tanto, sospechosa en principio), y es natural que el lector ejerza, desde sus creencias, el derecho a repudiarla, construyendo después la crítica –coherentemente- con arreglo a sus propios supuestos. Ahora bien, ¿puede leerse realmente poesía sin creer al poeta?

La caracterización por la que Pessoa es más conocido reside en la heteronimia, es decir, “la despersonalización del autor”, en varias escrituras, escrituras que a su vez se personalizan en varios poetas: los heterónimos. “Obra seudónima es la del autor en su persona, exceptuando el nombre con que firma; heterónima es la del autor fuera de su persona; la de una personalidad completa fabricada por él, como podría serlo la de cualquiera de los personajes de cualquiera de sus dramas (…) Estas individualidades deben considerarse diferentes de la de su autor”.5

Según Fernando Pessoa, los heterónimos nacieron el 8 de marzo de 1914, aunque la concentración en una sola fecha parece discutible.

Esta aparición –según el autor- fue repentina: “me acerqué a una cómoda alta, cogí papel y comencé a escribir de pie, que es como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas uno tras otro, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no lograría definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca volveré a tener otro igual. Empecé con un título: “O Guardador de Rebanhos” y lo que vino después fue la aparición de alguien a quien di en seguida el nombre de Alberto Caeiro. Pido perdón por lo absurdo de la frase: de mí había surgido mi maestro. Fue ésta la sensación inmediata que tuve”.6

En el mismo texto, el autor señala que, a continuación, escribió –también seguidos- los seis poemas de “Chuva Oblíqua” de Fernando Pessoa, como “reacción a su inexistencia en tanto que Alberto Caeiro” al rebelarse textualmente frente al Maestro había asumido, en realidad, la condición de heterónimo. Una vez concluida por Pessoa “Chuva Oblíqua” hizo su aparición Ricardo Reis, y “derivando de dirección opuesta a la de Ricardo Reis” llegó entonces cerrando (momentáneamente) la generación de heterónimos, Álvaro de Campos con su “Oda Triunfal”. Más tarde surgirían otros: Coelho Pacheco, Bernardo Soares, Vicente Guedes, el Barón de Teive, António  Mora, Rápale Baldaia y algunos más, todos ellos con mayor o menor autonomía textual, pero sin llegar a obtener un estatuto definido de heteronimia. En el mismo caso de indefinición se encuentran Alexander Search y Robert Anon, que escribieron en lengua inglesa antes del nacimiento oficial de los heterónimos propiamente dichos.

“Afirmar que dichos hombres, todos diferentes, todos bien definidos (…) no existen, no puede hacerlo el autor de estos libros, porque no sabe qué es existir, ni quién, si Hamlet o Shakespeare, es más real, o es real en verdad”.7

Se trata de personajes auténticos que el poeta siente en sí, seres vivientes sensitivamente perceptibles: “En la visión que llamo interior tan sólo porque llamo exterior a determinado mundo, están plenamente fijadas, nítidas, diferenciadas, las líneas fisonómicas, los trazos de carácter, la vida, la ascendencia, en ciertos casos la muerte de esos personajes. Algunos se conocieron entre ellos; otros, no. A mí, personalmente, no me ha conocido ninguno, excepto Álvaro de Campos. Pero si mañana viajara a América y me encontrase con la persona física de Ricardo Reis, que según lo que yo veo vive allí, no me vendría desde el alma al cuerpo ningún gesto de asombro; todo sería exacto, puesto que antes ya todo era exacto”.8 Ahora bien, si examinamos los datos aportados por Pessoa cabe observar que los heterónimos no nacen como escritores potenciales que a posteriori se realizan en un texto; son, por el contrario, textos que por presentar determinados grados de autonomía con respecto al autor postulan la existencia –y por tanto la realidad- de un autor otro. En este sentido, las verdaderas biografías de los heterónimos sólo son literalmente sus obras; sólo en ellas o desde ellas poseen una significación los datos de sus vidas. La heteronimia es, ante todo, un sistema de escritura.

El sistema heteronímico “no representa un procedimiento nuevo en literatura, sino una nueva manera de utilizar procedimientos ya antiguos”9. Tomando como punto de partida la división aristotélica de la poesía en lírica, elegíaca, épica y dramática, Pessoa establece un proceso de despersonalización en el poeta, que culmina con el poeta dramático.10
 

En el primer grado de la poesía lírica, el poeta de temperamento intenso y emotivo, expresa espontánea o reflexivamente su temperamento y emociones, se trata del tipo más vulgar del lírico, y es generalmente monocorde. El segundo grado es aquel en que el poeta, por ser más intelectual o imaginativo, o sólo más culto, ya no posee la simplicidad de emociones o sus limitaciones, con lo cual no será monocorde, así Swinburne, tan monocorde por temperamento y estilo, pudo escribir con igual relieve, sin embargo, poemas de amor, elegías mórbidas y poemas revolucionarios. En el tercer grado nos encontramos que el poeta, más intelectual, comienza a despersonalizarse, a sentir no ya porque siente. Estamos en la antecámara de la poesía dramática, en su esencia íntima. El temperamento del poeta, sea el que fuere, está disuelto por la inteligencia. La obra sólo será unificada por el estilo, último reducto de su unidad espiritual, de su coexistencia consigo mismo. Así es Tennyson al escribir por igual “Ulysses” y “The Lady of Shalott”, y así, y aún más, es Browning al escribir los que denominó “poemas dramáticos”, que no son diálogos, sino monólogos que revelan almas diversas con las que el poeta no tiene identidad, no pretende tenerla, o muchas veces, no quiere tenerla. El cuarto grado, más infrecuente, nos lleva al poeta que, todavía más intelectual, entra en plena despersonalización. No sólo siente, sino que vive los estados de alma que no tiene directamente. En gran número de casos caerá en la poesía dramática propiamente dicha, como lo hizo Shakespeare, poeta sustancialmente lírico elevado a dramático por el asombroso grado de despersonalización que alcanzó. En uno u otro caso seguirá siendo, si bien dramáticamente, poeta lírico. Tal es el caso de Browning, etc. (ut supra). Ya ni el estilo define la unidad del hombre: sólo lo que el estilo tenga de intelectual la denota. Así es en Shakespeare; en él, el inesperado relieve de la frase, la sutileza y complejidad del decir, es lo único que acerca el hablar de Hamlet al del Rey Lehar, el de Falstaff al de Lady Macbeth. Y así es en Browning a través de los “Men and Women” y los “Dramatic Poems”. Finalmente, cumplido el ciclo de los cuatro grados alcanzamos el punto a donde Pessoa indudablemente quería llegar: “pero supongamos que el poeta, eludiendo siempre la poesía dramática, la externamente tal, avanza aún paso más en la escala de la despersonalización. Ciertos estados del alma, pensados y no sentidos, sentidos imaginativamente y por ello vividos, tenderán a definir para él una persona ficticia que los sintiera sinceramente…”11. Aquí tenemos ya las escrituras heteronómicas , el sistema poético de quien afirmó: “El punto central de mi personalidad como artista es que soy un poeta dramático; continuamente tengo, en todo cuanto escribo, la exaltación íntima del poeta y la despersonalización del dramaturgo”.12 Poeta dramático: autor de unas obras líricas “que forman, cada una, una especie de drama, y todas juntas forman otro drama. Es un drama en gente, en vez de en actos”.13

“La confección de estas obras –advierte Pessoa, hacia 1930- no manifiesta cualquier estado de opinión metafísico. Quiero decir: al escribir esos aspectos de la realidad, totalizados en personas que los han tenido, no pretendo una filosofía que insinúe que sólo es real el que haya aspectos de una realidad ilusoria o inexistente. No profeso ni esta creencia filosófica ni la creencia filosófica contraria. En mi tarea, que es literaria, soy un profesional en el sentido más alto de la palabra; es decir, soy un trabajador científico que a sí mismo no se permite opiniones extrañas a la especialización literaria a la que se entrega. Y que yo no tenga ni una ni otra opinión filosófica a propósito de la confección de estas personas –libros tampoco- debe inducir a la creencia de que soy un escéptico. La cuestión está situada en un plano donde la especulación metafísica, puesto que no tiene entrada legítima, excusa de poseer esos o aquellos caracteres. Tal como el físico no tiene metafísica en su laboratorio y no la tiene el clínico en los diagnósticos (…) Así el problema metafísico mío no existe porque no puede ni tiene que existir de cubiertas adentro de estos libros míos de otros”.14
 

Hasta aquí Pessoa parece haber deseado que la cuestión heteronómica quedase ceñida a la despersonalización literaria, a un fenómeno –o procedimiento- sin más referencias inmediatas que las relativas a la creación de textos. Pero en otros escritos muestra que vincula la heteronimia a ciertas tendencias psicológicas, algunas de ellas muy tempranas. “Desde niño tuve la necesidad de aumentar el mundo con personalidades ficticias, sueños míos rigurosamente construidos, imaginados con claridad fotográfica, comprendidos desde dentro de sus almas. No tendría más de cinco años y, niño aislado como era y no deseaba dejar de ser, ya me acompañaban algunas figuras de mi sueño –un capitán Thibeaut, un Chevalier de Pas- y otros que he olvidado, cuyo olvido, como el imperfecto recuerdo de los otros, es una de las grandes saudades de mi vida (…) Esta tendencia no pasó con la infancia, sino que se desarrolló con la adolescencia y quedó radicada al hacerme mayor, convirtiéndose finalmente en la forma natural de mi espíritu. Hoy ya no tengo personalidad: cuanto en mí hay de humano lo he dividido entre los varios autores de cuya obra soy ejecutor. Hoy soy el punto de reunión de una humanidad tan sólo mía”.15 El propio Pessoa explicaba el mecanismo por el cual la “forma natural de su espíritu” se  realiza en personajes con escritura propia: “…Como poeta, siento(…) como poeta dramático, siento despegándome de mí; (…) como dramaturgo (sin poeta), transmuto automáticamente lo que siento hacia una expresión ajena a lo que he sentido, construyendo en la emoción una persona inexistente que la sintiera verdaderamente, y por tanto sintiera, en derivación, otras emociones que yo, puramente yo, me había olvidado de sentir”.16 En realidad, “el autor humano de estos libros no conoce, en sí mismo, personalidad alguna. Cuando acaso siente que una personalidad emerge en él, pronto ve que es un ente diferente de lo que él es, aunque parecido; hijo mental, tal vez, y con cualidades heredadas, pero con las diferencias de ser otro. Que esta cualidad del escritor sea una forma de histeria o de la llamada disociación de la personalidad, el autor de estos libros ni lo niega ni lo apoya. De nada le serviría, esclavo como es de la multiplicidad de sí mismo, que asintiese a tal o cual teoría para los resultados escritos de esa multiplicidad”. 17
 

Todo lo cual parece llevar al poeta a buscar explicaciones en lo que él llama la “parte psiquiátrica”de la cuestión: “No sé si soy sencillamente histérico o si soy, más propiamente, un hiteroneurasténico. Tiendo hacia esta segunda hipótesis, porque hay en mí fenómenos de abulia que la histeria propiamente dicha no enmarca en el registro de sus síntomas. Sea como fuere, el origen mental de los heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante hacia la despersonalización y la simulación. Estos fenómenos –felizmente para mí y los demás- los he mentalizado; quiero decir, no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de contacto con los otros; estallan hacia dentro y los vivo a solas conmigo. Si fuese mujer –en las mujeres los fenómenos histéricos explotan en ataques y cosas parecidas- cada poema de Álvaro de Campos (el más histéricamente histérico en mí) sería una alarma para la vecindad. Pero soy hombre, y en los hombres la histeria asume principalmente aspectos mentales; así, todo acaba en silencio y poesía…” 18

A propósito del texto anterior, la despersonalización del poeta es, que tanto más completa cuanto que escapa ante todo a la espontaneidad de la creación y se hace más cerebral. La intervención de las personalidades heteronómicas establece una distancia entre el yo profundo, autor-espectador, inaccesible a su propia mirada, y las representaciones que nacen en él, de él, y de las cuales él se da al espectáculo y les atribuye un mí que no es verdaderamente él. Pero en este sentido podemos preguntarnos, incluso, si el Pessoa ortónimo no es casi siempre más que una “personalidad presupuesta” a la cual no ha querido o sabido dar nombre y figura, y si, por ejemplo, no tiene con el autor de “MENSAGEN” una relación análoga a la que tiene con Caeiro o Reis. Dada tal hipótesis, toda la obra de Pessoa, ya sea firmada con su nombre o atribuida a alguno de sus heterónimos, es por tanto, de doble, o mejor, de triple sentido; es decir, presenta tres planos sucesivos de coherencia. A fin de cuentas se trata no tanto de verdaderas metamorfosis como de diferentes posiciones de la conciencia ante su objeto y ante sí misma. Al multiplicar los puntos de vista, al rechazar el encerrarse en una idea sobre sí y del mundo, ha conservado en su pensamiento y su obra la personalidad que para él era el signo de la vida. “La realización es la muerte porque es el fin”. No hay obra más abierta que ésta, y ese pensamiento jamás matizado, pero siempre consciente de sí mismo, que procede por afirmaciones dogmáticas contradictorias y sin ser nunca ambiguo, crea una obra que es ambigua; y no ha terminado aún de tender emboscadas a aquellos que intentan darle un sentido, que es lo que yo hubiese querido hacer.
 

Desde otra perspectiva crítica, se ha advertido que con las prisas de encontrar una llave interpretativa en los cajones donde se suelen colocar los análisis críticos de una obra (cajones tantas veces metodológicamente en desorden) se acaba por olvidar, al fin, que la llave está bien a la vista, en la propia cerradura (o abertura) de la misma obra. En el caso de Pessoa, entre las varias pistas que no dejó de indicar –algunas tal vez para despistar a los más presurosos- encontramos elementos que permiten detectar, precisamente en el plano del lenguaje poético, la génesis y estructura de la obra heterónima. Estos elementos, dispersos no sólo en sus poemas sino en las reflexiones estéticas y críticas escritas como contrapunto por el poeta, una vez integrados en una visión comprensiva  coherente –coherencia incluso provisionalmente necesaria-, nos proporciona una llave, si no interpretativa , al menos apta para abrirnos a su lectura –y abrirnos a otras lecturas posibles-.

Entre una poesía personal y subjetiva en crisis y la poesía impersonal y objetiva de que hablaba Mallarmé, con Pessoa nos encontramos ante una poesía multipersonal, plurisubjetiva. Es ésta, en cuanto  a nosotros, su verdadera revolución poética.

..............................................................................................

NOTAS:

1 En la cronología establecida por João Gaspar Simões se advierte que durante su vida, Pessoa se mantuvo recluido en lo que le ofrecían el claustro materno y familiar. Solamente de niño es que viajó fuera de Portugal (en 1896 con ocho años a Durban, Sudáfrica, donde se instala su madre luego del nuevo casamiento, al año regresa a Lisboa). Nota curiosa la de esta biografía cuando se establece, en 1887, un año antes de nacer Pessoa (13 de Junio de 1888), el supuesto nacimiento del heterónimo Ricardo Reis. Luego en 1889, el 16 de abril, el de Alberto Caeiro y el 15 de octubre el de Álvaro de Campos. Ver: “Vida e Obra de Fernando Pessoa”. João Gaspar Simões. 3ra. Ed, Lisboa, Ática, 1973.

2 Fernando Pessoa: “Páginas íntimas de Auto-Interpretação”. Selección y Prólogo de Georg Rudolph Lind y Jacinto do Prado Coelho. Lisboa, Ática, 1996, pp. 108-109.

3 Ídem, p. 93.

4 Ídem, pp. 102-103.

5 Fernando Pessoa: “Tabua Bibliográfica”, en Presença, No. 17, Coimbra, Diciembre, 1998, p.10.

6 “Carta sobre a Génese dos Heterónimos”, en  “Poesía de Fernando Pessoa”. Introducción y selección de Adolfo Casais Monteiro. II Vols. Lisboa, Confluência, 1992, p.198.

7 Fernando Pessoa: “Páginas Íntimas de Auto-Interpretação”. Selección y Prólogo de Georg Rudolph Lind y Jacinto do Prado Coelho. Lisboa, Ática, 1996, p.97.

8 Ídem, p. 99.

9 Ídem, p. 100.

10 Cf. Fernando Pessoa: Ob. cit. p. 107.

11 Fernando Pessoa: “Páginas de Estética e de Teoría e Crítica Literaria”. Selección y prólogo de Georg Rudolph Lind y Jacinto do Prado Coelho. Lisboa, Ática, s/a, pp. 67-69.

12 “Cartas de Fernando Pessoa a João Gaspar Simões”. Introducción, apéndice y notas de João Gaspar Simões. Lisboa, Europa-América, 1997, p. 101.

13 Fernando Pessoa: “Tabua Bibliográfica”, en Presença, No. 17, Coimbra, Diciembre, 1998, p. 10.

14 Fernando Pessoa: “Páginas Íntimas de Auto-Interpretação”. Selección y prólogo de Georg Rudolph Lind y Jacinto do Prado Coelho, Ática, 1996, p. 101.

15 Ídem, p. 102.

16 “Cartas de Fernando Pessoa a Jaão Gaspar Simões”. Introducción, apéndice y notas de João Gaspar Simões. Lisboa, Europa-América, 1997, p. 101.

17 Fernando Pessoa: “Páginas Íntimas de Auto-Interpretação”. Selección y prólogo de Georg Rudolph Lind y Jacinto do Prado Coelho. Ática, 1996, p. 96.

18 “Carta sobre a Génese dos Heterónimos” en  “Poesía de Fernando Pessoa”. Introducción y selección de Adolfo Casais Monteiro. II Vols. Lisboa, Confluência, 1992, p. 196.


Por: Félix Miguel García Pérez.
1963. Poeta ,narrador y ensayista. Con este trabajo el autor ganó el Premio de Ensayo de la Revista "Cause", 2007