Frida KalhloA mis colegas mexicanos Bernardo García y Horacio Guadarrama       

A principios del siglo XX México se debate entre ideas y grupos políticos que desembocan, en 1910, en la primera gran revolución democrática del mundo contemporáneo. El problema agrario y las abismales diferencias clasistas debían ser solucionados por aquel movimiento. Pero, tras mutaciones indudables en la posesión y el reparto de las riquezas naturales del país y en las condiciones de vida de los grupos menos favorecidos, muchos de los abanderados de la democracia devinieron poderosos caudillos, al estilo del protagonista de La muerte de Artemio Cruz, novela en la que Carlos Fuentes hace una encomiable interpretación de la génesis y frustración del proceso revolucionario. Habría que reconocer, a pesar de esas imperfecciones, que a partir de su revolución el México que avanza con el siglo XX ya no será el de antes. En el orden espiritual las transformaciones apuntan a una modernidad desembarazada de los anquilosados moldes heredados de la colonia. La revolución constituye una revelación a partir de la cual y, según el poeta y filósofo Octavio Paz “México se atreve a ser”.

 Tres años antes de iniciado el conflicto, el 6 de julio de 1907, nace en Coyoacán, Ciudad de México, Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, figura emblemática de la plástica mexicana y universal de esa centuria (1). Deudora por parte de sus padres (la mexicana Matilde Calderón y el alemán Guillermo Kahlo) de dos culturas tan ricas como distantes, Frida no puede sustraerse del contexto geográfico y social en el que crece su talento y durante toda su vida se manifiesta como una mexicana genuina, tanto en su apariencia y costumbres, como en su poética. Como artista de su tiempo, la revolución con sus connotaciones sociales y culturales constituirá un tema inevitable, si bien no el esencial,  en su evolución como pintora (2). Las historias de los héroes del movimiento y las estampas épicas que legan narradores, compositores, fotógrafos, cineastas y pintores terminan por atraer a la muchacha, a pesar de que es una niña cuando a sus oídos llega el ruido de las balas y las anécdotas de los conflictos entre los rebeldes y las fuerzas militares instituidas. A su vez, el término revolución es probablemente el que más se ajusta a su propia historia. Ya sea en su rol como mujer, en el de pintora o en el de activista política, Frida rompe esquemas y se adelanta a su tiempo.

   A través de su abuelo materno, Antonio Calderón, de ascendencia indígena y de su padre Guillermo Kahlo, ambos de profesión fotógrafos, había comenzado a acercarse al mundo del arte. Con el último aprende a descubrir los misterios de la pintura, el grabado y la escultura en las fastuosas decoraciones de las iglesias virreinales de la capital (3). El contacto diario con la rica y vasta artesanía popular del país y su temprano manejo del dibujo y los pinceles, así como su inserción en el taller del grabador Fernando Fernández despiertan en la joven un interés que deviene en vocación de toda una vida.

    Además de esa influencia inicial recibida de manos del padre, considerado el primer fotógrafo oficial del patrimonio cultural mexicano, Frida no puede resistirse al impacto del movimiento muralista. En el orden artístico, el muralismo, que alcanza su máxima expresión entre los años 1920 y 1950, es considerado el logro más alto generado por la revolución. Es con sus figuras más representativas: Juan Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Sequeiros, que la plástica del país se internacionaliza. Estimado el mayor exponente del expresionismo en América, el muralismo se nutre de lo más auténtico del arte universal, de las vanguardias europeas específicamente y del primitivismo de las culturas prehispánicas, pero deviene a la postre un movimiento con voz propia. Estéticamente marca pautas que se desbordan más allá de las fronteras nacionales, planteándose un discurso conceptual en el que lo popular y lo histórico ocupan una dimensión privilegiada. Insertado dentro de la segunda generación de muralistas, Rivera (1886-1957) reside largo tiempo en Europa, contactando en París con Modigliani y Picasso. Recibe los influjos del postimpresionismo y del cubismo, si bien se estima como decisivo en la construcción de su poética, su “descubrimiento”, en Italia, de los frescos del Giotto. Paradigma de creador, los cientos de murales que pinta en los principales edificios públicos de México “están concebidos como grandes cuadros de historia destinados a la rehabilitación de la raza india y a narrar, en simbólicas e ilustrativas epopeyas, el pasado, el presente y el futuro de su pueblo, bajo la advocación de los ideales democráticos revolucionarios a que estuvo adscrito el artista.” (4)  Cuando Rivera llega a su país natal e inicia, hacia 1922, su proverbial obra muralística “empieza a pintar a México” (5). Así lo expresa Alejo Carpentier, quien conoció al artista, en 1926, durante su primer viaje a la vecina nación. En tanto testimonio de la época resultan esclarecedoras las impresiones del escritor cubano acerca de ese México que se descubre ante el mundo y que es el contexto en el que tanto Rivera, como Frida Kahlo desarrollan sus respectivas obras. 

  Convencida de su predisposición para la pintura, Frida piensa en Rivera cuando decide que es ese su camino. Es muy conocido el episodio en que hace bajar al creador consumado de los andamios de la Secretaría de Educación Pública, donde pintaba uno de sus murales, para mostrarle sus trabajos y pedirle su valoración. “Soy simplemente una muchacha que necesita trabajar para vivir” (7), le dijo entonces. Era el año 1928, fecha para la cual ella había padecido la poliomielitis y sufrido el accidente (1925) que la mantendría gran parte de su vida en cama y sometida a dolorosas operaciones que nunca lograron mitigar del todo su sufrimiento físico.

  Aquel encuentro marcó el inicio de una relación que no terminó sino con la muerte de ambos. Casados en 1929 y nuevamente en 1940, después de un divorcio pasajero en 1939,  la pareja Rivera - Kahlo colmó toda una época  del arte y la cultura nacionales. A su alrededor se convocan artistas, actores, líderes políticos y gran parte de la bohemia del período. En su vida, como en su arte, el matrimonio burla convenciones y tradicionalismos pacatos, por lo que es mella de toda clase de comentarios. Desafortunadamente las enfermedades de Frida y su comportamiento despojado de tabúes han recibido más atención de parte de algunos escritores que su propio arte. No obstante, tanto en la literatura como en el teatro y en el cine se han realizado obras meritorias que subrayan, sobre cualquier elemento insustancial, el mérito de su creación.

   El estudio más serio en torno a la creadora es el realizado por la investigadora, polemista y crítica de arte Raquel Tibol, de la que se ha tomado una parte considerable de los hechos aquí citados. En 1954 entrevista a Frida, quien moriría el 13 de julio del propio año, días después de participar en una manifestación pública contra el derrocamiento, en Guatemala, del gobierno progresista de Jacobo Arbenz. Las confesiones realizadas por la pintora a la estudiosa argentino-mexicana han servido de material histórico a muchos escritores, interesados en abordar aquella vida singular.

    Frida se suma al grupo de artistas que integran Carlos Mérida, quien desde 1928 incorpora la doble imagen a su pintura, Agustín Lazo (muy dado al neorrealismo fantástico y a trabajar el collage), “Chucho” Reyes Ferreira, Carlos Orozco Romero, Julio Castellanos, Guillermo Meza, María Izquierdo y Antonio Ruiz “el Corzo”, entre otros. Ellos “dan su versión del encuentro entre la nueva tradición pictórica de Europa y el repertorio entrañable de imágenes y colorido de México. Se combinan atmósferas primordiales con la búsqueda de formas y armonías […]” (8)

   Aparte de su admiración por el trabajo de su padre y por la obra de Diego, Kahlo fue una acuciosa lectora, que gustaba de sumergirse lo mismo en las disquisiciones filosóficas de Carlos Marx, al que llega tal vez por inducción de Rivera, que en el renovador credo psicológico de Sigmund Freud. Ama la poesía y entre los versificadores distingue al antiguo poeta chino Lao - Tai - Po,  que con su sabiduría taoísta la ayuda a sobrellevar su destino. El dolor físico no disminuye su gusto por la vida y por los placeres que ella le brinda y su entusiasmo por la poesía acentúa su afición por escribir versos, frases, dedicatorias y hasta canciones. Con un estilo muy propio y si se quiere popular sus letras quedarán plasmadas en una parte considerable de sus cuadros, como testimonio de la mujer que supo trastocar sus fatigas en un universo de imaginería, formas y colores y de expresar a través de su yo interior lo más auténtico de sus raíces.

   Acerca de sus deudas con el surrealismo se ha afirmado que conoció a André Breton, acuñado como el padre de esta corriente pictórica, después de que su obra fuera catalogada de surrealista. El 15 de noviembre de 1938 se inaugura, con veinticinco pinturas,  su primera exposición personal en la Julián Levy Gallery, de Nueva York. El catalogo de presentación fue redactado por el propio Breton, quien no llegó a comprender la grandeza de su poética. El texto incluido, sin corrección alguna, en el libro El surrealismo en la pintura, de 1968

En cuanto a la autodefinición que Frida propone, se transpira cierto rechazo a las etiquetas. Varias tendencias confluyen en sus cuadros, que a menudo son de un primitivismo, casi ingenuo,  para llegar en las más de las veces, a un surrealismo descarnado, sujeto a los avatares de su existencia. Rivera solía asociar el conjunto de su obra a un gran autorretrato. Autorretratos, al fin, a Frida le cuesta deslindar realidad de pesadilla. “Me retrato a mi misma [expresó alguna vez] porque paso mucho tiempo sola y porque soy el motivo que mejor conozco” (10). Su mirada coronada por tupidas cejas que simulan en su unión el vuelo de un ave, constituye el soporte visual de muchas de esas pinturas  en  las  que  tiene  la  valentía de mostrarnos su dolor con paradójica serenidad. “Realmente no sé si mis pinturas son surrealistas o no son surrealistas, pero sí sé que son la más franca expresión de mí misma, sin tomar jamás en consideración ni juicios ni prejuicios de nadie. He pintado poco, sin el menor deseo de gloria ni ambición, con la convicción de, antes que todo darme gusto, y después poder ganarme la vida con mi oficio.  […]. Mi pintura lleva dentro el mensaje del dolor.  […]   La pintura me completó la vida  […]” (11)

  Aunque se le reconocen ciertos intentos, su condición física impide que se dedique al muralismo con la intensidad que hubiera deseado. Desde el accidente  que la imposibilitó de llevar en lo adelante una vida completamente normal, su madre hizo colocar en su habitación espejos, de manera que ella pudiera pintar la imagen reflejada en ellos. Y el reflejo que aprecian sus ojos es el de su propio rostro, de una belleza no convencional y tremendamente expresiva. Esta es la razón por la que gran parte de su producción está conformada por autorretratos de pequeño y mediano formatos, encargados generalmente por el ingeniero Eduardo Morillo Safa, su mayor comprador y coleccionista.

  En 1931 pinta el óleo Frida Kahlo y Diego Rivera. Ambos artistas aparecen de cuerpo entero en un ambiente desprovisto de decoración, uno de los rasgos que frecuentan su poética y en el que aún están presentes los códigos de la pintura primitiva y de la tradición retratista del México colonial. Inspirado en una fotografía de su boda, Frida  aparece ataviada con un vestuario típico del país y con los colores verde y rojo de la bandera. Entre los cambios que se incorporan a su vida después de su unión con el muralista está justamente el de su indumentaria, opuesta a la que usó, por ejemplo, en Autorretrato con traje de terciopelo, de 1926. “Rivera admiraba la señorial vestimenta de las tehuanas, y […] convenció a Frida para que luciera prendas de mestiza o de indígena. Difícil resultó a partir de entonces imaginarse a Frida sin sus vestidos mexicanos. El de tehuana supo usarlo con la más soberana elegancia […]” (12)

    De adolescente Frida, apasionada de la libertad y reacia a las estrictas normas religiosas que se afanaba en trasmitirle su madre, se engalanó en más de una ocasión a la usanza masculina. Así la captó su padre en varios retratos de familia, en los que su madre y hermanas aparecen vistiendo trajes femeninos. Pero será la Frida “concebida” por Rivera la que, imperturbable, observará al espectador desde los autorretratos que la dieron a conocer en el mundo entero. Tanto en su imagen externa, como en aquella más íntima, la pintora privilegia su mexicanidad y con ello contribuye a la reafirmación de la mujer indígena y a la de todo su pueblo.

   De la década de 1930 es su cuadro La cama volando, testimonio crudo y metafórico de su primer aborto, ocurrido durante su primera visita a Estados Unidos (1930-1932) adonde marchó con Rivera (13), después de la expulsión de éste del Partido Comunista. (14). La pintura muestra, en primer plano a Frida sobre la camilla de convaleciente y sosteniendo hilos rojos (sangre) de los que penden un feto, un caracol y otros objetos, sin conexión aparente. La imagen está contextualizada en la ciudad industrial de Detroit, cuyas torres se levantan al fondo. Si bien los trasfondos urbanos no son recurrentes en su obra, éstos aparecen en pinturas como El camión (1929) y Autorretrato en la frontera entre México y los Estados Unidos (1932).  Nueva York o Mi vestido cuelga ahí es otra de las anécdotas de su estancia en Estados Unidos, país en el que frecuentó galerías y museos y donde se documentó profusamente sobre el arte de su época.

   A su regreso a México, continúa pintando sin descanso. Entre sus trabajos memorables deben citarse Mis abuelos, mis padres y yo o Árbol genealógico, concluido en 1936 y sucedido por Mi nodriza y yo (1937). En este se representa con rasgos de adulta y cuerpo infantil, mientras que el rostro de la nana-diosa está cubierto por una máscara teotihuacana, en franco homenaje a sus antepasados prehispánicos. A finales del decenio firma Autorretrato con mono (1938), El suicidio de Dorothy Hale (1938-1939), uno de los pocos en los que no aparece como protagonista, Lo que vi en el agua (1938), adquirido por su amigo Nickolas Muray y el emblemático Las dos Fridas (1939).

    Tras los muchos tratamientos a los que debió someterse y de la imposición de aparatos ortopédicos que debían corregir los padecimientos de su columna, los rasgos que confluyen en la poética de Kahlo se redimensionan en estas piezas. La doble imagen presente en Las dos Fridas (tomadas de las manos, la sangre de una Frida es trasfundida a la otra, mientras que ambas miran, serenas, hacia el frente), la confrontación entre el ser y el no ser, las perspectivas fantásticas, el enfrentamiento de cosas incongruentes, la animación de lo inanimado y como centro de todo ello, la autorreferencia, sustentan su narrativa pictórica. Los temas del dolor físico, la maternidad frustrada, las nanas-diosas son recreados incansablemente, con obsesión. Para la construcción de sus cuadros se vale de un repertorio de símbolos y alegorías que son apropiados de las culturas indígenas. Imbuida por su devoción de la historia y tradiciones precolombinas, sus cuadros son una suerte de tributo a la artesanía popular de los exvotos (15) y a toda la imaginería de los primitivos dioses mexicanos. Ambientes indefinidos, desolación y aridez sirven de telón de fondo a sus retratos, en los que invariablemente se mantiene altiva.

   Por estos años participa en innumerables exposiciones colectivas. Una de las más sobresalientes es la abierta en septiembre de 1937 para la inauguración de la Galería de Arte del de la Universidad Nacional Autónoma de México. Estimada un suceso en el medio artístico y universitario del país, la trascendencia del acto queda manifiesta en su discurso inaugural, pronunciado por el escritor y profesor Salvador Azuela. Éste expresó: “La Universidad Nacional Autónoma de México, entrega esta galería a la generosidad, al rango moral de los artistas mexicanos. Al inaugurarla debo decir, en nombre de la institución, nuestro voto por que la obra de los artistas de la República sea más mexicana, en la medida que sea más universal y humana”. (16)

   Las muestras individuales que se le dedican a Frida son contadas pero contribuyen a su legitimación en circuitos primordiales del arte internacional como París o Nueva York. Después de la referida exposición en la Julián Levy Gallery viaja, en 1939, a Francia para participar en una muestra personal organizada por Breton. En carta dirigida a su amigo, el fotógrafo Nickolas Muray, declaró: “[…] cuando hace unos días todo más o menos estaba arreglado, Breton de pronto me informó que el socio de Pierre Colle […] vio mis cuadros y consideró que solo será posible exponer dos ¡porque los demás son demasiado “escandalosos” para el público! ” (17)  En la Ciudad Luz contacta con las grandes figuras del arte europeo. Distingue, entre todos, al dadaísta Marcel Duchamp, que colabora con ella en la organización de la exposición, (18) inaugurada finalmente en la Galería Pierre Colle y a la que asisten Joan Miró, Wassily Kandinsky, Yves Tanguy y Pablo Picasso, entre otros. Impresionado, Picasso escribirá a Rivera elogiando la tremenda capacidad artística de Frida y la superioridad de su pincel para pintar rostros.

La pintora, que a la par que su obra desarrolla una activa lucha a favor de la República española (en 1936 es parte, junto a Rivera del Comité Pro-ayuda económica a los milicianos españoles) y de otras causas democráticas, participa, en febrero de 1940, en la Exposición Internacional Surrealista, con la que se inaugura el nuevo local de la galería mexicana de Inés Amor. Decenas de dibujos, pinturas, grabados, reproducciones, collages, frottages, rayogramas y calcomanías dan una visión de conjunto del movimiento y de los diversos estilos que en él convergen, más allá de los presupuestos comunes de sus exponentes. Participan en la muestra figuras como las de Dalí, Kandinsky, Klee,  Picabia, Tanguy, René Magritte, Joan Miró y la española-mexicana Remedios Varo, exiliada ese año en el país. La mayoría de los creadores nacionales fueron agrupados en la Sección de Pintores Mexicanos. Sólo Frida, Rivera y Rodríguez Lozano son incluidos en la Sección Internacional. Kahlo participa con Las dos Fridas, conservado en el Museo de Arte Moderno de México y con La mesa herida (extraviado en la Unión Soviética), los de mayor formato de todo su catalogo. También en México integra un gran proyecto curatorial, que es auspiciado por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Se trata de 45 autorretratos de pintores mexicanos que incluyó lo mejor del género desde el siglo XVIII hasta 1947. En el suceso plástico sólo participan cuatro mujeres. Además de Frida, Isabel Villaseñor, Olga Costa y María Izquierdo.  

  En medio de su labor como creadora y de su filiación al Partido Comunista, desarrolla un encomiable desempeño como formadora de las nuevas generaciones de artistas. Desde 1942, en que es creada, hasta 1945 aproximadamente, forma parte del claustro de profesores de la Escuela de Pintura y Escultura

  A la par que sus logros como pedagoga, su pintura atraviesa un momento de gran fecundidad creativa. Los rasgos que la definen se consolidan por esta época, alcanzando su más alto vuelo. Tras más intervenciones y tratamientos médicos, su salud se hace más frágil. Así lo expresa, con desgarramiento, en sus cuadros, en los que la sublimación del dolor y la fortaleza aparente integran un extraño binomio. A la década del cuarenta corresponden Autorretrato dedicado al Doctor Eloeseer (1940), La columna rota (1944), Árbol de la esperanza mantente firme y  El venado herido. Los dos últimos datan de 1946, año en que es sometida, en los Estados Unidos, a una complicada y exitosa operación de columna que alivió temporalmente sus dolores y después de la cual tuvo que usar, durante cerca de un año un corsé de acero. Nuevamente se le prescribe reposo y una vida sosegada. Cansada de tantos intentos, solo sigue las recomendaciones unos meses, después de los cuales su salud y su estado anímico se deprimen más.

    Reconocida por prestigiosos médicos de México, Estados Unidos y Francia, con Eloeseer llega a establecer una intensa amistad, a partir de 1931, en que es atendida por él durante su estancia en San Francisco. Aquel diagnosticó entonces deformación congénita de columna, lo que provocaba a la artista dolor y una constante sensación de cansancio. La somete a tratamientos novedosos y en 1940, después de sufrir varias operaciones le indica reposo absoluto, sobrealimentación y terapias reconstituyentes. El soberbio Autorretrato... es la forma que tiene la creadora de agradecer tanto afecto. Sobre un moño trenzado: flores de vivos colores y espinas alrededor del cuello. La abundante vegetación circundante delata su devoción por la naturaleza y por sus ciclos. Algunas ramas están marchitas. Otras nacen a la luz. Flores-vida, espinas-dolor. Como en otros cuadros, México está presente en el color café, que es el color del mole (plato tradicional del país) “y de la hoja que se va”. “Con la mano cortada que le sirve de pendiente […]se remite a la mitología azteca. […] Pese a las espinas, Frida se mantiene erguida, con una inquebrantable expresión de orgullo. La obra fue realizada al estilo de una ofrenda votiva mexicana como lo señala la banderola, en acción recibida en la aflicción”. (19)  

   En La columna rota se autorretrata semidesnuda, con las caderas cubiertas por un paño. A sus repetidas alusiones del arte popular mexicano, incorpora sus referencias de la tradición cristiana, en elementos como los clavos, las lágrimas y en ese paño, sinónimo de martirio. El corsé acentúa sus formas de mujer, mientras que sustituye su columna vertebral por una columna jónica, símbolo de equilibrio. En Árbol de la esperanza mantente firme apela nuevamente a la doble imagen. Sobre un suelo árido y al borde de un precipicio estructura ambas imágenes. A la izquierda y de espaldas, en una camilla de hospital, muestra las heridas de su operación y es iluminada por el Sol, representante de lo masculino. A la derecha, la Luna-Madre ilumina su cuerpo, ataviado con un llamativo vestido tradicional y sosteniendo en sus manos el corsé de acero y un banderín con la leyenda “Árbol de la esperanza mantente firme”.

    De 1947 data uno de los murales más conocidos de Rivera, Sueño de una tarde dominical en La Alameda. (20) En este retrato de grupo, coloca a Frida al centro del discurso, connotando el rol que la pintora desempeña en su vida. En el “sueño” se dan cita las grandes figuras de la historia mexicana. Todo género de personajes interactúa con el pueblo y con las damas aristócratas que pasean su abolengo por La Alameda. En el monumental fresco, el artista se coloca, con figura de niño, tomando la mano de la Calavera catrina (homenaje al grabador José Guadalupe Posada) y delante de la Frida-Madre, representada con atuendo mexicano y situada junto al universal José Martí.

    A principios de 1952 la fotógrafa y promotora cultural, Dolores “Lola”, Álvarez Bravo le brinda a Frida su galería para ofrecer, por vez primera en México, una retrospectiva de su obra. El entusiasmo lleva a la artista a cooperar en la búsqueda de pinturas y la motiva a componer unas rimas para acompañar la invitación. Inaugurada el 13 de abril de 1953, la pintora asistió, pese al empeoramiento de su salud y saludó a los concurrentes desde una cama que se colocó en el centro de la galería.

  Contrariamente a las ataduras que su cuerpo sufrió, el espíritu de Frida fue de los más libres que refiere la historia del arte. No conoció límites a la hora de asumir el acto de crear o el de amar. Prueba de su  credo es su relación abierta con Rivera, el hombre que la ayudó a confiar y a elevarse por encima de lo adverso. La Frida madre, hija, esposa, amiga, discípula canta desde las páginas de su Diario su amor por el Diego-Universo y con ello también nos ofrece un autorretrato de su personalidad mística y singular.  

     El 13 de  julio de 1954 Frida se despide del mundo terreno en su casa de Coyoacán, donde transcurriera buena parte de su difícil y fecunda existencia. Rodeada de sus cosas más íntimas y custodiada por sus perros Capullina, Xólotl y Kostic, México  pierde con su partida a la más grande de sus artistas Sus amigos y compañeros de lucha entonan La Internacional y los corridos populares que tanto disfrutó en vida. En el crematorio el entrañable David Alfaro Sequeiros apreció cómo se hacia polvo en “su maravillosa elegancia de tehuana”, mientras Rivera, manifiestamente afectado, auguró que pronto se le uniría (22).

   En julio de 1959, por iniciativa de Dolores Olmedo y del poeta Carlos Pellicer es inaugurado el Museo Frida Kahlo, en la residencia de Coyoacán. Obligada a estar recluida en su cuarto por largas temporadas, esta suerte de habitación - taller y, en general, la construcción han quedado como el más fiel testimonio de aquella presencia única. En ese espacio creció su historia y se entronizó su pintura. Según Diego Rivera, la obra de Frida es “ácida y tierna, dura como el acero y delicada y fina como el ala de una mariposa, adorable como una hermosa sonrisa y profunda y cruel como la amargura de la vida”(23). Testigo de su evolución, vislumbró tempranamente al genio y supo comprenderlo en medio de su grandeza y de su agonía.

    Aunque su pintura no se extienda sobre las grandes superficies de nuestros murales, por su contenido en intensidad y profundidad, más que el equivalente de nuestra cantidad y calidad, Frida Kahlo es el más grande de los pintores mexicanos y su obra esta llamada a multiplicarse por la reproducción. Y si no habla desde los muros, hablará desde los libros  a todo el mundo. Es uno de los mejores y mayores documentos plásticos y más intensos documentos verídicos humanos de nuestro tiempo. […]   (24)

 

CITAS Y NOTAS.

 

(2)     Ilustrativos son al respecto sus cuadros Pancho Villa y la Adelita y Si Adelita…, ambos de 1927, inspirados en el personaje del famoso corrido revolucionario.

(3)     Fotógrafo legitimado dentro del quehacer artístico de su época, a Guillermo Kahlo se deben las ilustraciones fotográficas de Las iglesias de México, monografía publicada en seis tomos por Gerardo Murillo, (el Doctor Atl), pintor, vulcanólogo y teórico del muralismo mexicano. Algunas de estas imágenes, en blanco y negro, fueron expuestas, en el verano del actual 2009, en espacios expositivos de La Habana y Camagüey. El depurado oficio de Kahlo, queda manifiesto en el magnífico conjunto, donde luz y sombra y planos que van desde lo monumental hasta el detalle, para mostrar la magnificencia de los exteriores e interiores de las emblemáticas iglesias virreinales  rubrican  el antológico quehacer del padre de la pintora más notable de ese país.

(4)     Karl Woermann. Historia del Arte. Barcelona: Montaner y Simón. 1963. T. VI p. 441

(5)     Alejo Carpentier. Entrevistas. La Habana: Editorial Letras Cubanas. 1985. Compilación, selección, prólogo y notas de Virgilio López Lemus. p. 202

(6)     Ibídem. pp.  303 - 304 y 361

(7)     Tomado de Raquel Tibol. Frida Kahlo en su luz más íntima. México. Debolsillo. 2007. p. 9

(8)     El Alma de México. Serie documental.  México. 2000. Capítulo X. Revolución y Revelación. Escrito por Carlos Monsiváis y comentado por Carlos Fuentes.

(9)     Raquel Tibol. Ob. cit. pp. 154-155

(10) Historia del Arte. España: Océano Grupo Editorial - Instituto Gallach. 1999. Tomo. 8. Siglo XX.  p. 2768

(11) Raquel Tibol. Ob. cit. pp.  9 y 90-91

(12) Ibídem. p. 35

(13) Durante su permanencia en Estados Unidos Frida crea  incesantemente, mientras que Diego pinta, por encargo, murales en San Francisco, Detroit y Nueva York. En esta ciudad el muralista pinta los frescos del Rockefeller Center.

(14) Muy comprometido con la ideología marxista, Diego Rivera dirigió El Machete, órgano de prensa del Partido Comunista de México (P.C.M) y a principios de 1929 fue uno de los primeros en llevar sobre sus hombros a Julio Antonio Mella, durante la gran manifestación de protesta que sucedió al asesinato del líder cubano. La expulsión de México de Tina Modotti, compañera del líder comunista cubano y la posición de la Internacional Comunista ante Rivera, tildado de demócrata revolucionario y pequeño burgués, motivaron su expulsión del Partido y un escándalo que concluyó con su salida a Estados Unidos. Rivera, sin embargo, se mantuvo fiel  a su filiación política, llegando a entablar estrechas relaciones con la entonces Unión Soviética y reincorporándose más tarde a las filas del partido. Para profundizar en el tema véase de Adys Cupull Reyes. Julio Antonio Mella en los mexicanos. La Habana: Editora Política. 1984

(15) Historia del Arte. España: Océano Grupo Editorial - Instituto Gallach. 1999. Tomo. 8 Siglo XX.  p. 2768

(16) Tomado de Raquel Tibol. pp. 135-136

(17)  Ibídem. p. 102

(18) Ibídem. p. 102

(19)  La pintura de milagros, de carácter anónimo generalmente, realizada sobre metal o madera y destinada a agradecer el favor de algún santo es de una fuerte tradición en la historia del arte mexicano. Frida es consciente del mérito de esos creadores desconocidos, a quienes tributa, construyendo su propio cuadro milagroso, en el que agradece los cuidados del Dr. Eloeseer. Véase Koether, Jutta. Kahlo. 6 Posters. Impreso en Alemania. 1998. s.p

(20) Creado para el Hotel El Prado, de la ciudad de México. Carlos Fuentes. El Espejo enterrado. México. Fondo de Cultura Económica. 1992. p. 312

(21) Tomado de Raquel Tibol. pp. 98-100

(22) Diego Rivera muere el 24 de noviembre de 1957. En ese momento su esposa oficial es Emma Hurtado. De su primer matrimonio con Lupe Marín tenía dos hijas: Guadalupe y Ruth Rivera Marín. Pese sus relaciones amorosas, fue Frida la compañera de su vida y a ella se mantuvo unido durante veinticinco años.

(23) Raquel Tibol. p. 94

(24) Estas reflexiones de Rivera fueron ofrecidas a Raquel Tibol en entrevista realizada en Chile. Reproducida en Frida Kahlo en su luz más íntima. pp. 163-164

la Catedral de Puebla, basílica de Guadalupe, conjunto conventual de San Francisco Javier y santuario de Nuestra Señora de Ocotlán.

Esas 21 fotos forman parte de los resultados de un recorrido realizado de 1904 a 1909 por una gran cantidad de localidades, para reunir testimonios previstos para publicarse en 1910, con motivo del centenario de la independencia mexicana.

La publicación ocurrió en 1923, con 22 álbumes de 50 fotos cada uno.

Guillermo Kahlo, hijo de un húngaro emigrado a Alemania, nació en 1871, y a los 19 años de edad arribó a México, donde falleció en 1941


Por: Mireya Cabrera Galán.
1963.investigadora y museóloga. Graduada de licenciatura en historia de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Labora como investigadora y museóloga en el Museo Provincial Palacio de Junco , de Matanzas. Ha publicado varios artículos sobre temas de historia y arte en la prensa provincial de Matanzas. Pinos Nuevos, 1999, por su libro El Ateneo de Matanzas. Reside en Matanzas. Bibliografía activa: El Ateneo de Matanzas

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