Por: Norge Céspedes

“El Caribe cuenta las luchas de las grandes potencias, tenemos esa gran Historia que nos marca inobjetablemente, pero, más allá de eso, no podemos olvidar lo que tienen en común nuestros propios pueblos”, afirmó la escritora guadalupeña Gisèle Pineau en la ciudad de Matanzas, durante la presentación de su novela El exilio según Julia (Ediciones Oriente, 2017).“Tenemos en común esa gran Historia, pero también nuestra geografía, nuestras tradiciones, los entresijos de nuestras vidas cotidianas...”, precisó Pineau, primera mujer en recibir el prestigioso Premio Carbet del Caribe, quien dijo asumir la publicación en Cuba de El exilio según Julia como “una oportunidad para traer un mensaje de amistad, de fraternidad, y seguir fomentando el conocimiento, el vínculo entre nuestros pueblos”.

Gisèle Pineau: “No podemos olvidar lo que tienen en común nuestros propios pueblos”

Precisamente al referirse a esta novela, publicada por primera vez en español, aseguró que hablaba en sus páginas de sujetos, de temas que nos eran comunes, como la discriminación, la resistencia cultural, la separación familiar a partir del exilio...: “¡El exilio! ¡Ustedes saben de memoria las historias del exilio!”, comentó la escritora.

En la sede de Ediciones Vigía, hermosa casona colonial a la orilla del matancero río San Juan, se dio a conocer El exilio según Julia (Colección Mariposa. Editorial Oriente), con palabras de presentación a cargo de la intelectual cubana Laura Ruíz Montes, quien fue asimismo la traductora de este libro, del francés al español, quehacer reconocido el pasado año con el Premio José Rodríguez Feo, concedido por la Uneac.

Como parte de la programación de la Feria del Libro Cuba 2018, la autora guadalupeña también dio a conocer su novela en la sala José Antonio Portuondo, de La Cabaña; en Casa de las Américas y en la mediateca de la Alianza francesa en La Habana.

Durante la presentación en Ediciones Vigía, Laura Ruiz señaló que durante años Gisèle Pineau se ha empeñado en reconstruir y representar a nuestro espacio insular, interés que en el caso de esta obra, marcada por la poesía, por la sensibilidad y la inocencia, adquiere un matiz especial por tomar como punto de partida un argumento de fuerte carácter autobiográfico, algo que no resulta característico en la producción literaria de la guadalupeña.

Gisèle Pineau: “No podemos olvidar lo que tienen en común nuestros propios pueblos”

En esta novela, la narradora cuenta los avatares de sus padres y hermanos en la antigua metrópoli parisina, a donde también llegó su abuela paterna, trayendo consigo una especie de foco de resistencia cultural que, sin ser percibido por ellos mismos, permitiría a la larga que su familia no perdiera sus raíces.

Gisèle Pineau, quien en Vigía contó con los servicios de traducción simultánea de Guadalupe Vento Martínez, dijo que la llegada de su abuela resultó fundamental no solo para soportar la discriminación que padecieron en Francia debido a su vínculo con los llamados territorios de ultramar y por el color de la piel, sino también para prepararse para su posterior regreso a la tierra natal.

“A los muchachos ella nos pareció muy atrasada, muy rústica. No sabía ni encender la luz eléctrica, algo con lo que no contaba en su vivienda guadalupeña. Como entonces se pensaba que el creole era algo de ignorantes, y como en definitiva estábamos en París, mi padre me pidió que le enseñara francés y yo todos días en un pizarrita me daba a esa tarea. Como me molestaba -me desesperaba al parecerme mi abuela tan torpe, tan bruta- ella sonriendo me decía que no me preocupara porque su cabeza era muy dura ya para aprender. Yo, que me lamentaba de la discriminación a la que me sometían, hacía lo mismo con mi abuela.

“Gracias a ella el creole siguió en nuestras mentes, pues si bien nosotros le hablábamos en francés, ella siempre respondía en creole. Pero además nos contaba cuentos: espíritus que volaban por los campos y cosas como esas. Nos contaba sobre nuestra tierra natal. Luego, cuando estuvimos de vuelta, en Guadalupe, yo era la analfabeta, no sabía nada…, ni los nombres de los árboles, ni los códigos, los comportamientos de las personas. Y fue ella la que me enseñó. Con la dulzura, con la paciencia que yo no tuve con ella en Francia.”

La escritora caribeña confesó además que las historias contadas por su abuela tuvieron mucho que ver con sus inicios en la escritura en esa época infantil, la cual había recordado al ver las producciones manufacturadas de Vigía, pues su primer libro había sido convertido en un libro artesanal copiado diez veces por ella misma y cuya cubierta diseñó su hermano.

Pineau declaró que por entonces escribía mucho acerca de las experiencias de su familia en Francia, donde sus hermanos y ella misma eran víctimas de infinitas burlas de carácter discriminatorio, sobre todo en la escuela. Recordó que  una oportunidad el padre descubrió su diario, ella lo veía leer pensando que nadie le quitaría la paliza de encima, pero cuando terminó “lo que él hizo fue quedarse mirando fijamente por la ventana, hacia la nieve que había afuera, pensativo, muy pensativo”.

“Desde entonces me prometí que nada de lo que escribiera estaría relacionado de manera directa con mi vida, nada de carácter autobiográfico, y esto lo he cumplido casi al pie de la letra, porque, obviamente, siempre en lo que uno escribe, allá en el fondo, hay alguna experiencia propia, pero no de una forma tan directa, autobiográfica. Solo con esta novela rompí aquella promesa, es un homenaje a esa persona tan importante para mí que fue mi abuela”.

Esa separación entre la literatura y su propia existencia cotidiana, resultaría vital para Gisèle Pineau, quien encontraría en las letras una especie de refugio, de espacio paralelo, en el que podría ser ella misma a su antojo, sin ataduras, sin convencionalismos, y, por otra parte, la ayudaría a aliviarse de esa presión que implicó su profesión como enfermera siquiátrica, hecho que la llevaba a ver a diario el sufrimiento, la angustia, la cólera, la locura... La brecha entre mundo real y mundo fictivo.

“Me hice enfermera siquiátrica por casualidad —comentó. Yo estudiaba para ser maestra de letras, pero el latín se me hacía difícil... Entonces un amigo me dijo que iban a hacer las pruebas para la carrera de enfermería. Jamás eso me había pasado por la cabeza. Pero realicé el examen y me convertí en enfermera.

“Trabajé más de treinta años en eso. De los tres turnos que había para trabajar me las arreglé para obtener siempre el que cubría de dos de la tarde a diez de la noche, así me quedaba la mañana para escribir. Me levantaba a las cinco de la mañana, y medio dormida, a pesar de haberme tomado un café fuerte, me ponía a escribir. Así concluí veinte libros.

“Las letras han sido un mundo virtual para mí. De tinta y papel. Una manera de aliviarme de los dolores del mundo real. También una oportunidad para ser más yo misma. He desarrollado una gran capacidad de empatía. Un gran respeto por el otro. Escucho y escucho. Considero válidos los criterios de cada cual. No juzgo demasiado sus actos. Pero eso llevó a que yo misma me retrajera. Y es en la literatura donde di con ese espacio que necesitaba para moverme a mi antojo. En ella hago y deshago. Premio, castigo... ¡De todo!”.

Gisèle Pineau, de padres originarios de Guadalupe, nació en 1956 en Paris. Allí estudió para luego ejercer en la nación antillana como enfermera psiquiátrica durante veinte años. Actualmente reside en Marie-Galante, isla del archipiélago guadalupano. Reconocida como una de las creadoras caribeñas más representativas de la región, fue la primera mujer en obtener el Premio Carbet del Caribe, por La grande drive des esprits, hasta el presente la única de sus novelas traducidas al español y publicada en Barcelona en 1999 por Ediciones del Bronce, bajo el título Una antigua maldición. También ha obtenido otros premios tales como: el Des Hémisphères- Chantal Lapicque, por Chair Piment y el  Prix RFO por L’Espérance–Macadam. También el Prix Carbet des Lycéens, por Folie, aller simple; Journée ordinaire d'une infirmière, siendo primera vez que ese galardón se entrega a una guadalupeña.

Además de las obras anteriormente mencionadas, también es posible leer de su autoría L'Âme prêtée aux oiseaux, Morne câpresse, Mes quatre femmes y Cent vies et des poussière, entre otras.  Así como relatos para jóvenes entre los que es posible citar Un Papillon dans la cîté  y Le Cyclone Marilyn. Sus contribuciones al ensayo han aparecido en compendios como Femmes des Antilles; traces et voix cent cinquante ans après l'abolition de l'esclavage y “Écrire en tant que Noire” en Penser la créolité. Esta lista nada exhaustiva se complementa con otros muchos títulos que abarcan varios géneros literarios.