Por: Laura Ruíz Montes

Para hacer palpable lo sagrado, Damaris Calderón no se detuvo a susurrar ante las puertas de la catedral de San Magno porque sus dioses eran otros. En cambio, hincó sus rodillas en el camino hacia El Rincón, en un diciembre cualquiera, en una Habana cualquiera, aun  sin esperar que San Lázaro, superando el gentío, la alzara en andas, por sobre obispos y embajadores.

Las Pulsaciones de la Derrota. Portada Damaris Calderón

Para hacer palpable lo sagrado, Damaris Calderón hizo de la poesía una res y la prensa divulgó la noticia del rumiante en fuga, de su hocico bebiendo agua salada creyendo que se trataba de un mero charco. Fue la primera vez que una noticia de esa magnitud pudo ser escuchada en la FM y en la AM, en las bocinas a viva voz y en  los radios enmudecidos por el  ácido. Fue la primera vez que una res vivió el don de la ubicuidad. Vivirlo como se vive una larga dolencia: sin comprender, batallando, entre la esperanza y el olor a muerte. Cuentan que la res apareció en dos sitios al mismo tiempo. Primero se le descubrió reseca en algún recoveco de Jagüey Grande, tendida sobre la tierra. Dicen los que la vieron que del fondo de las pupilas marchitas salía un extraño brillo que a ratos parecía el reflejo de un rayo caído hacía miles de años.

Damaris Calderón acarició al animal enfermo y lo acunó en medio del vértigo y la sospecha de los otros. También en medio de la envidia de los otros. En la cadencia de su gesto, en su manera de hacerlo, bajo sol y sereno, sin descanso, pasando los trabajos y los días, ocurrió el milagro: una mañana, sin haber abandonado el suelo arenoso de la llanura naranja, también fue posible ver al animal en un pliegue de la cordillera andina. La res marchita y sin comprender el sentido del viaje, de la ubicuidad y de la vida, optó por suicidarse a lo bonzo pero algo pasó y el fuego arrasador la convirtió en poesía. De esa materia animal y espiritual está hecho Las pulsaciones de la derrota,  libro que acaba de publicar Ediciones Matanzas y que antes obtuviera el Premio Altazor en Chile y fuera engullido con fruición por otras bestias más o menos inocentes, más o menos cálidas.

Las Pulsaciones de la derrota no pueden ocultar su origen porque sigue asomando un extraño pelaje por entre sus páginas. Y si se observa atentamente se verán el morro agrietado y las costillas pegadas al espinazo, de la misma manera que si se mira bien se descubre la piel de becerro en la textura de la maleta del escolar y en los bordes de las sandalias del monje.

En este cuaderno, dedicado a Raquel, su madre, Calderón comienza diciendo "Todo es sagrado. Lo tremendo no era ser Dios sino ser humano"[1]. Y ese ser humano que la poeta ve es tan venerable como la res, como el recuerdo de la res en una callejuela de la India donde se acumula basura y hambre desde la Compañía de las Indias Orientales hasta hoy. Con esa misma hambre está escrito este libro. Apetencia de adentrarse en lo concreto de las derrotas, en la honestidad de llamarlas por su nombre. Por eso, para decir dolor, la poeta va a lo preciso: escribe Valparaíso y convierte en bendito el “ronquido de los hombres soñolientos”[2], la ausencia de suspiros de los niños pobres y el mercurio congelado en la columna vertebral de una mujer/hermana en la mesa de disecciones. Para decir dolor inaugura una cascada de terror sin llanto, de herida que ya no sangra pero tampoco sana, de cicatriz que nadie ve pero imposible de olvidar porque la poeta sabe, sin duda alguna, qué fue, qué es, todo aquello que provocó el tajo.  

Cuando Damaris Calderón pretende lavarse el rostro en las aguas del Aconcagua y se reclina, es en el Almendares a donde va a parar el asombro de sus ojos. En ese momento, el lector, inevitablemente, se acuerda de Lezama. Lezama Lima diciendo: “dichoso Mariano que ha podido ver los cuatro grandes ríos: el Ganges, el Sena, el Amazonas y el Almendares”… “La tierna humildad del Almendares lento…”[3], continúa el gordo de Trocadero, con quien ya en un libro anterior Calderón dialogó, llamándole “gran embaucador”[…] “que alcanzó el tokonoma/sin otro ácido que la poesía”[4]. Y como desfila por estas páginas un extraño atlas con otros Nortes y otros Sures y como se recuerda a Lezama, el lector, pobre, improvisado, ingenuo, siente deseos de decir “dichosa Damaris Calderón, que ha visto la caldera del Chaitén, el cielo panza-de-burro de Lima, el extraño donaire de Machu Picchu…” Y esa es la lectura más errónea que se puede hacer de este volumen; porque sí, estamos ante un diario, poesía-diario, poesía-bitácora, como siempre ha sido la de esta mujer pero no es un diario de viaje, es, en verdad, un diario de campaña, un recuento del peregrinar del juglar que canta a “la mujer que pare sus hijos”[5] y a la que “los pierde”[6]. Un diario escrito bajo las balas que no agujerean ni huelen a pólvora pero que también.

La poesía en estas páginas se proyecta en dos dimensiones del dolor. Sutil, como el filo cortante del sobre que contiene la carta no enviada y contundente, como el túmulo cuyo hechizo nos impide alejarnos porque no sabemos si el cadáver oculto será el nuestro o solo una montaña de piedra sobre piedra, de soledad sobre soledad que espera que el rostro se voltee para convertirlo en un “puñado de sal disperso”.[7]

Calderón asevera que “la muerte es otra camaradería”[8] y quizás eso signifique que la relación entre soldados, la comunión, la familiaridad, los grandes dolores y las grandes preguntas son compartidos como el pedazo de pan negro, como el sabor metálico de la última gota de agua en la cantimplora. De ahí que los crujidos de puertas de la maestra rural, los de Neftalí y los de Delia del Carril puedan ser reconocidos en la poesía de esta cubana que mudó su extranjería de Jagüey Grande para Isla Negra, cambiándola de coordenada geográfica pero dejándola bien atada a la tierra, como se hace con el caballo listo para la batalla, con la pistola para la defensa o el suicidio, bien encajada en el hueso de la cadera.

Las pulsaciones de la derrota son un “bestiario personal”[9] que a ratos se mezcla con el bestiario generacional de quienes también andábamos descalzos y comiendo mangos cuando vimos irrumpir el “Ejército Rojo en el patio de la casa”[10]. En Las pulsaciones de la derrota se oculta un cadáver enigmático, un canto de gallo, la violencia del deseo, el miedo -raya sobre raya- en la piel del tigre y el arañazo rojizo de la escritura. Es un libro archipiélago con todo tipo de lecturas, incluida la del braille; incluida la del fondo de la taza del café árabe. Es un camino que pasa por el  Mapocho, el Quibú y el Almendares, rodeando frágiles palafitos. Es una ruta escrita en las palmas de las manos de Marcia Quirilao[11] que ofreció las suyas a cambio de un taller literario. Las pulsaciones de la derrota es el libro que Damaris Calderón no debió escribir jamás si en verdad, como ella misma afirma, se había ido del pueblo para ser nadie[12]. Hay torpezas así, deslices de tamaña magnitud que cambian el rumbo de una vida, de una rumiante, de una cultura, de un país. Las pulsaciones de la derrota es el libro que Damaris Calderón no debió escribir jamás si en verdad se había ido del pueblo para ser nadie. Es una auténtica pena pero debemos reconocer que su error, su acto fallido, nos alegra profundamente, para miseria de nadie, para resurrección de todos.

Notas:                                                          


[1] Damaris Calderón: “Palabras que me repito en la noche cuando me golpeo la cabeza contra un muro”. Las pulsaciones de la derrota. Ediciones Matanzas. Colección Los Molinos, Matanzas, 2017. Pág 11. Todas las citas son de esta edición.

[2] “Aconcagua”. Pág. 31.

[3] José Lezama Lima: “Mariano llega a la India”.  La visualidad infinita. Letras Cubanas, La Habana, 1994. Pág. 206.

[4] Damaris Calderón: “José”. El infierno otra vez. Ediciones Unión, La Habana, 2010. Pág. 192.

[5] “A una mujer en la mesa de disecciones, sin paraguas ni máquina de coser”. Pág. 17.

[6] Ibídem.

[7] “Descendimiento a Lima, la horrible”. Pág. 35.

[8] “No nací para el dinero”. Pág. 39.

[9] “Mi bestiario personal”. Pág. 54.

[10] “Una música una patria”. Pág. 55.

[11] “Las pulsaciones de la derrota”. Pág. 112.

[12] “A ti que me tenías fe”. Pág. 42.