Cecilia Sodis Carrillo

El día primero de diciembre desapareció físicamente Cecilia Sodis Carrillo, quién durante varios años se mantuvo al frente de la dirección del emblemático Teatro Sauto, Institución que es hoy Patrimonio Nacional y que fuera  uno de los escenarios teatrales más celebres de la isla durante el siglo XIX.

Su desaparición física -muy sentida en los medios culturales del territorio-  ha sido reflejada por diversos creadores, artistas e intelectuales matanceros. La revista Mar Desnudo ha recopilado un dossier en el que se recogen  algunas de las manifestaciones de este dolor agradecido.

Dossier


Una ovación final para Cecilia (Por: Rubén Darío Salazar)

Un Sauto sin Cecilia (Por: Amarilys Ribot)

Una mano tendida (Por: Daneris Fernández)

Por unos Días (Por: Cecilia Sodiz Carrillo)


Una ovación final para Cecilia

El mes de diciembre de 2016 intenta acumular toda la tristeza posible, y casi que lo logra. Desde hoy, día primero del último mes del año, el  Teatro Sauto, de Matanzas,  ha perdido a Cecilia Sodis Carrillo, su directora desde hace más de dos décadas. Cecilia, mujer con nombre de canción y de zarzuela, entregada en cuerpo y alma a la actividad sociocultural de un coliseo que ya reconoce en su historia, los  pasos y el pensamiento de esta guerrera nata, que soñaba mediante acciones la  recuperación constructiva del centenario teatro de la Plaza de la Vigía.

Cuantas anécdotas, recuerdos, testimonios y energía se van con Cecilia. Todo el que la conoció de cerca y hasta de lejos, sabía de su entereza como persona, como trabajadora, como cubana, pero sobre todo conocía de su inmensa pasión por el Teatro Sauto. No va a ser fácil  ocupar ese espacio. Todo su espíritu ha de andar por los pasillos que otrora recorrieran Anna Pavlova, Sarah Bernhardt, Enrico Caruso, Rita Montaner o Bola de Nieve. En su escenario, desde donde se dirigió alguna vez al público con discreta comunicación, también se le podrá recordar, aunque lo de Cecilia era ver a Sauto funcionar, que estuviera activo, lleno de gente y de buen arte, que estuviera bonito, limpio y sobre todo se mantuviera fiel su arquitectura original. Lo que más duele de su pronta e inesperada partida es que no va a ver terminada su principal inspiración, el principal motivo que, además de su familia, la hacía vivir.

La visité recién en su oficina llena de materiales, papeles, órdenes y objetos de arte; fui a hablarle sobre mi idea para el espectáculo de inauguración, aún sin fecha posible. Ya estaba enferma, pero su sonrisa, entre apagada y optimista se me clavó en el corazón. Dicen que Cecilia quiere decir  pequeña ciega, patrona de la música, fuerza, voluntad, valor, alguien comunicativo, sociable, dinámico, intuitiva y responsable. Parece que es verdad, porque esas cualidades y otras tantas adornaban a una mujer grande físicamente e inmensa como luchadora por la cultura cubana.

La vamos a extrañar por mucho tiempo. Cuando el Sauto abra nuevamente sus puertas, una brisa de Cecilia bañará nuestros rostros, las luces se encenderán y los ojos de Cecilia nos estarán mirando complacidos, aplaudiremos felices, y en el sonido de aceptación aprehendido por los humanos durante siglos, habrá un sonido especial para Cecilia, un aplauso de evocación y de vida, una ovación cerrada de respeto, admiración y amor.

Por: Rubén Darío Salazar

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Un Sauto sin Cecilia

Este jueves, 1 de diciembre, la cultura matancera sufrió una gran pérdida con el deceso de Cecilia Sodis Carrillo, quien fuese desde 1989 directora del Teatro Sauto, Monumento Nacional.

Durante más de un cuarto de siglo, fue Cecilia persona imprescindible y sumamente activa en el quehacer escénico nacional, respetadaentre artistas y autoridades por su consagración a la defensa del teatro en su doble condición de edificio histórico e institución de estos tiempos. Con suma seriedad y exigencia impulsó estrategias para garantizar una programación balanceada como sala polivalente, arreglándoselas para sortear escollos económicos y socioculturales, cobijando todas las manifestaciones y apadrinando proyectos. Promovió la creación del Día del Trabajador Escénico y los encuentros de Teatros Principales y de Teatros Coloniales. Alentó la investigación y publicación de libros. Siempre pudo contarse con ella.

Por si fuese poco, afrontó la titánica misión de restaurar del Sauto, y logró que se iniciase, gradualmente, en 1999. En su transcurso, estimuló la creación de un equipo de investigación, el rescate del patrimonio, la reservación de todo cuando pudiese tener valor informativo o museable. En 2010 asumió la difícil decisión de cerrar este teatro de, por entonces, 147 años, ante las exigencias de esta compleja reparación que administró y cuidó celosamente día a día: su obra mayor, ya próxima a culminar. Sin ella.

Nacida en la ciudad de Colón en 1952 y maestra de profesión, Cecilia Sodis supo convertirse a fuerza de trabajo y dedicación en una personalidad de las artes escénicas cubanas. Su nombre queda unido por siempre al del teatro Sauto y a la historia de la ciudad de Matanzas.

Por: Amarilys Ribot

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Una mano tendida

A finales de 1989 llegó Cecilia al Teatro. “Por unos días nada más”, dijo entonces y se quedó por 27 años.

Era una extraña entre nosotros, una funcionaria de la FMC, alguien que mandaban “de arriba”, pero demostró tantas ganas de hacer y saber, tanta integridad y capacidad conciliadora, que fue común escucha a nuestros artistas decir: “Si Cecilia me llama, yo voy”. Y es que ante su convocatoria se limaban asperezas, se mitigaban los escarceos escénicos y de otra naturaleza.

Se dice que a quien debuta en el Sauto le espera un futuro de éxito: Cecilia quizás es el ejemplo más entrañable. Personalidades como Abelardo Estorino, Elena Burke o Alicia Alonso ponderaron su quehacer, y las experiencias de su magisterio marcan pautas para el trabajo de los Teatros Principales en todo el país.

En esa urdimbre de cariños que en ocasiones había que saber desentrañar, estuvieron siempre sus trabajadores. Quién de nosotros no experimentó de nuevo ese cachumbambé de emociones que se desataban cada vez que –como cuando chicos– nos avisaban: “Baja a la Dirección”. Cada regaño de Cecilia, más que una lección, era una mano tendida.

Su familia creció en el trabajo, su hija y su nieta durmieron en los hombros del escenario, en la oficina devenida espacio cotidiano, casi doméstico. Ella también dormitaba, en tales ocasiones parecía vencida, pero la exigencia para con ella misma no le impidió cuidar de su esposo, asistir en el dolor a sus hermanas. Se la veía salir de un ensayo para el hospital, de una reunión para la cocina. Incansable.

Los avatares y desatinos de la reparación los enfrentó como antes había asumido el liderazgo escénico: con entendimiento. Primero preguntó, luego supo, entonces defendió a ultranza cada centavo, cada saco de cemento, la tonalidad de un cortinaje.

Duele más su partida cuando se sabe tan cerca la reapertura del teatro, mas no seamos ingenuos, era una mujer que despertaba cada mañana para bregar en una batalla antigua que sabía ya ganada a fuerza de constancia. Fue maestra –no lo olvidemos– y ese magisterio queda como su legado más auténtico.

Pensemos entonces que Cecilia se fue solo por unos días –quizás a toma ese descanso que nunca se dio– y al descorrer las cortinas del teatro la tendremos de vuelta, lista para quedarse un día más entre nosotros.

Palabras de Daneris Fernández leídas en la despedida de duelo

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Por unos Días [1]

A finales de 1989 vine a trabajar a Sauto... “por unos días”. Eso fue lo que le dije con toda sinceridad a un compañero del Partido que me pidió dirigir el Teatro. Aquello me preocupó porque yo sólo era maestra, y estame parecía me parecía una responsabilidad inmensa que no podría asumir. Disciplinadamente realicé una visita y llené una libreta con las que pensé que podrían ser líneas de labor, pero decidí no quedarme. En el Partido insistieron y al final acepté: “Sólo por unos días”, les recordé bien claro.

Cecilia Sodis CarrilloAl parecer yo no era la única en pensar así: “No va a estar ni tres meses”, anunciaban muchos, pero como no me gusta quedar mal me metí en los montajes y los ensayos para tratar de entender qué es y cómo funciona un teatro lleno de cosas que nunca había oído mencionar: bambalinas, rasantes, varales, y unas calles, puentes y patas que no tenían nada que ver con los que yo conocía. Casi sin que se dieran cuenta fui aprendiendo.

En aquellos momentos tan difíciles recibí un apoyo precioso de Albio Paz, que era presidente de las Artes Escénicas en Matanzas. Siempre tenía tiempo para mis preguntas: ¿Qué cree de estas normas de disciplina? ¿Qué digo si no me gusta una obra?... Cuando necesité saber sobre música, me apoyé en Lourdes Fernández, Ileana Pinedo, Enrique Pérez Mesa, Elena Herrera... También me ayudaron Mercedes Fernández, José Antonio Méndez y Lilian Padrón, que me animaba: “No te preocupes, el Teatro te atrapa”. Tenía razón. Ya llevo aquí 20 años, los momentos difíciles parece que no van a terminar y yo sigo enamorada de Sauto. Y no sólo yo.

En primer lugar –si se me admite un orden de prioridades– están sus empleados, con quienes he pasado aquí ciclones que nos han levantado piezas del techo o abierto ventanas, y ellos, con inteligencia y valor, han solucionado la emergencia; han cubierto los pianos con mantas para protegerlos de las filtraciones; han venido con fiebre alta para que no se suspenda una función; han luchado para que este lugar no se cierre… Por eso hemos instituido aquí un Día del Trabajador Escénico para celebrar a esos luminotécnicos, sonidistas, carpinteros, tramoyistas,acomodadoras, maquillistas y otros que constituyen la garantía del hecho artístico. Lo festejamos cada 6 de abril, en el aniversario de la apertura del teatro.

En segundo término debo mencionar a los artistas. El Sauto, por ejemplo, siempre fue subsede del Festival Internacional de Ballet de La Habana, pero el Ballet Nacionalno se presentaba porque el pago del talento era demasiado costoso. Entonces, Mercedes Fernández y yo pedimos un despacho a Alicia Alonso y ella se asombró: “¿Por esa razón no bailamos en Matanzas? ¿Cuánto podrían pagar ustedes?” “Bueno, mil pesos”, le contesté con pena. “Mil estará bien”, respondió Alicia… Todavía hoy esa cifra mínima es lo que nos cobra el Ballet.

Otra prueba que recibimos fue al perder la posibilidad de alojarlos en los hoteles de Varadero y nos quedamos con el Guanima, que es más modesto. Yo me preguntaba: “¿Cómo alojar al Ballet ahí?” y le pedí a su diseñador, Salvador Fernández: “Venga a verlo conmigo y después me dice”. Así se hizo, y Salvador nos apoyó como siempre: “Alicia estará de acuerdo”… Y miren si lo estuvo que los bailarines hasta traen la leche de su dieta cuando no hay en el hotel.

Ese amor hacia nuestra institución lo hemos sentido en cada presentación deOmara Portuondo, Elena Burke, Rosita Fornés, con sus palabras cariñosas hacia el teatro; después de eventos meteorológicos serios como el ciclón Michelle recibimos montones de llamadas con las mismas preguntas: “¿Cómo está el Sauto y qué podemos hacer?”… Ese sentido de pertenencia me acuerda una de las últimas presentaciones aquí del cómico Chaflán que me dijo: “Ponga Usted la fecha, que ya la maleta está hecha”. Y las cosas bellas que Dora Alonso nos dijo poco antes de morir. Y las lágrimas de Carucha Camejo después de tantos años fuera de Cuba…

La otra gran amante del teatro es esta ciudad. Eso se comproba en situaciones complicadas. Cuando hemos tocado a alguna puerta y decimos: “Es del Sauto”, hay disposición a colaborar. Si falta una guagua nos dicen: “No suspenda, vamos a buscarla”; si hay un apagón durante el espectáculo, la Empresa Eléctrica responde a nuestro llamado. Y las personas: Mario Argenter, que me ayudó muchísimo y nos hizo invaluables donativos, Teté Gómez Albuerne, quien nos apoyó hasta sus últimos momentos, René Fernández, Ildefonso Acosta, Iraida Trujillo, Raúl Ruiz, Urbano Martínez, Juan Francisco González, y tantos, tantos…

Debo admitir que, como me dicen algunos, el teatro es faena de esclavos, y como yo soy obsesiva le dedico prácticamente todo mi tiempo. Pero para que este antiguo teatro del siglo XIX se mantenga abierto el trabajo es duro: a veces no aparecen el combustible o el hospedaje; hasta he debido hacer de programadora o jefa de escena.

También se presentan incidentes variadísimos: apagones a teatro lleno; artistas que han trabajado enfermos o con problemas personales, como aquellos músicos trillizos que acompañaban a Mirta Medina y les avisaron que su mamá falleció: después de la función regresaron a La Habana para velarla y vinieron al día siguiente para no suspendernos; accidentes como el de un artista de circo que se cayó de una plataforma; bailarines que se han lesionado y sus compañeros han terminado por ellos…Incluso hemos tenido que correr con espectadores enfermos. Indisciplinas, casos aislados: durante un recital de Carlos Varela alguien tiró una silla desde lo alto de la sala e hirió en la cara a una señora; otra vez, los que se quedaron sin entrar a un concierto de NG La Banda arremetieron patadas contra las puertas… y nosotros preocupados por el teatro.

Después de días como esos, llego a la casa y me pregunto cómo pude con todo: “Porque tengo un buen colectivo”, me respondo. Lo otro es la voluntad: buscar soluciones, crear, hasta pedir prestado…

Así, paso a paso, hemos cumplido algunos sueños: conformamos un equipo de conservadores para este museo viviente que es Sauto; rescatamos nuestra propia publicación,El Cartel;creamos la Sala de la Fama; remodelamos espacios; promovimos los Encuentros de Teatros Principales, el primero y el segundo de los cuales se efectuaron aquí. Y tengo que hablar sobre lo que era una vieja ilusión: un libro sobre el teatro, obra de nuestro historiador, Daneris Fernández, joven brillante y emprendedor. Él ha dado un gran impulso a la conservación del edificio y sus elementos, porque de nada sirve reparar si no mantenemos o rescatamos lo que todavía existe.

Ese es uno de los temas más complejos que asumí como directora: el deterioro de esta joya arquitectónica. Ya en 1990 había solicitado a la comisión técnica de Patrimonio un dictamen sobre el estado del Teatro,alerta ante las filtraciones y mil problemas más. Desde entonces se han hecho algunas cosas, pero todavíainsuficientes. Hasta que en 2010, después de mucho posponerlo, fue obligatorio cerrarlo. Eso siempre nos preocupó, porque implica nuevos peligros: por un lado se les sirve la mesa a las termitas y otros agentes agresores de la madera; por otro,es complejo recuperar el público después que este se aparta de la escena.

Ahora se amontonan materiales de construcción en mi oficina; el cuadro de Servando Cabrera que la adorna se retiró para conservarlo; ya no veo un entra y sale de artistas, sino de constructores: es mi nueva misión. Pero me siento realizada como directora, y como persona también: lo reafirmé hace unos días mientras hablaba con Carilda Oliver y ella elogiaba cómo luchamos por mantener vivo nuestro teatro. Y eso es lo que seguiremos haciendo, sin parar, “por unos días más”.


Por: Cecilia Sodiz Carrillo

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[1]Testimonio publicado en el libro Teatro Sauto. Vidas en plural, de A. Ribot, Ediciones Matanzas, 2012.