José Kozer

Premoniciones para finalizar el siglo
        

En lo más crudo del invierno de 1981 encontramos en el único tiesto
              vivo que quedaba en casa
una violeta
minúscula que en pleno día sin sol de sí arrojaba unas sombras
              numerosas que se esparcían por el techo y por todas
las paredes
de la sala, desaprecian por las cuarteaduras y la hendija de las
              maderas, nuestras
niñas
dijeron que se fugarían a los manantiales: no era vivamente todavía la
             voz del hambre ni el diácono de las horas
que llegabanen su yegua con sus numerosas navajas barberas a raspar las cabezas
             o cepillar algún mueble cuyas virutas
traerían
a la memoria los años e abundancia en que el caracol echaba de sí
               grandes
multiplicaciones
y la luz nos confundía con aquellos limones grandes como vejigas de
              oro: mucho
nos desalentó
aquella flor y más aún la luz que caía sobre el plato rebañado con sus
               vestigios de otra luz
a la que sucumbieron
las grasas dulces de nuestras mujeres en sus faenas, la cópula dorada
              de nobles panes a la mesa y el enredo de cuatro peces quietos con
          su ojo de techo
en los platos.

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Noción de josé kozer
 

No es el hijo, ni del lobo ni de la cordera, de ahí su sentido de la
            organización.
“Acabo de contar 28 gaviotas rumbo al poniente.” No es capaz de
bajar las escaleras corriendo como si hubiera visto un alma en pena
            para comunicar a su mujer Guadalupe la noticia: 28 gaviotas
            le recuerdan la fecha de su nacimiento, se retiene,
algo sombrío y que no remite de pronto lo apremia.
Pero pasa a la diversidad, así se zafa: cierto que está a merced
            de la literatura pero quién no.
Graneros, kvas. Pushkin, Levín: no hay novela del siglo XIX que por
            uno u otro motivo no le impresione.
Impresionable: las manzanas lo dejan boquiabierto.
Mucho más, el azul.
Su ambición es una: todo el vocabulario.
Describir el uniforme del teniente primero de húsares, la ambientación
            de un rostro en una casa con establos y troikas,
            olor dulcísimo a boñiga de los caballos.
Los vuelos y las telas (bromas) de los vestidos de Mademoiselle
            Kaushanska.
Quizás, sus lecturillas no han sido del todo inútiles: ha dejado de
            pensar en aquella reina suprema de las tablas aún sin historiar,
            la actriz Olga Issamovna en cuyo amor, ocho años,
            jamás hallará un pañuelo de cabeza ni un parasol.
La noche de la separación encontró en la sala un zapato, una
            boquilla.
Noche de bodas.
Podía haber escrito una novela: sin embargo, son otras las escenas
            que lo atraen.
Así, para 1974 (homenaje a Guadalupe) recompuso como en un juego
de bujías y tarjetas postales sus primeras contemplaciones habaneras.

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Del Gran Teatro del Mundo

Acopios del día: cerrar postigos, no sea que
Selene se atore en la
ventana, conmigo se
desespere, la demencia
en las pupilas se me atore.

En el diván, sin escucha, ni locución, ni locomoción
(floja la dentadura) estar
echado todo el día sin
alcanzar un ampo de
esplendor entre una
sarta de dioses
menores, o de
pescadores, o de
indigentes en sus
harapos (macerados)
acicalados.

Apenas tolero ya alimentos blandos, del día majados,
soy semoviente,
me suplanta otro
contorno, otra
sombra, me
aflijo por unas
funciones vegetativas
descomponiendo los
flejes de un reloj.

Apoyada la espalda a cuatro almohadas, en pleno
verano el edredón de
plumones a la altura
del pecho, miro unos
libros de Calderón en
la repisa, cuánto dejo
atrás sin leer (de lo
leído casi todo está
desleído, poco se
ha segregado): es
provechoso que Marta
y María anden juntas,
Morada séptima de
Teresa.

Todo acopio en mí contiene una hormiga (no fui
mirmidón) un plátano de
Indias (tiemblo de sólo
pensar que deambulo
perdido a solas por un
bosque espeso sin
claraboyas) un cuaderno
de apuntes, la portada
de un libro rojo recién
retomado, por una
rendija escucho
lecciones de tinieblas
de Couperin, yo me
lavo las manos.

En este acopio la materia no me atañe: nada retengo,
no hay cruz ni estrella,
carezco de interior
espectáculo, me
contento con unas
bambalinas para ver
pasar galas, árboles
de fuego, paramentos:
un osario las carteleras
del mes pasado, arias
que silbara, motetes
que canto, me apego
a un manto de cristal
(sin reflejo) barahúnda
de debajo no me
alcanza.

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Silogismo de la infancia
 

Y se preguntan, cómo produjo aquel sauce

manzanas. Y

para qué, azules. No obstante, el salmón
de la alberca llegó del mar

y los niños

hablan de unas dalias mínimas que crecen en
sus agallas. Y qué piden: bocanadas

de aroma

y el viejo subterfugio inmóvil de las piedras.
            Y el pájaro
inconcebible

que abrevó en el más tiempo légamo de los
pozos. En sus bosques

inversos

reposa aquel pájaro y su ave inunda el
            paladar azul de los niños que
            retozan
y braman

como una fuga de órganos altivos entre
            la arborescencia
de los viveros.

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Acta est fabula

La exprime, y ni una gota. Ni dulce ni agria. Y la
ubre, seca. El pecho de
la madre, odre repleta,
nunca lo sació.

Y
ahora
qué.

La hora no termina. De diez a once de la mañana,
un siglo. De diez a once
de la noche, en la
oscurana, el cuervo
en el alféizar de la
ventana, pasadizos,
vuelta y vuelta de
los silencios del
cero, cero adyacente
al silencio cero, deja
de un salto la cama,
está sudado, un sudor
frío, la frente perlada
de un gélido rocío, su
corona de espinas la
noche. Meses que
no puede leer, de
escritura ni hablar,
conversar de qué
y con quién, y menos
a estas altas horas,
busca entretener la
hora, enturbiarla para
no verla, y la hora

no
transcurre.

Obras quiere el Señor, así la comadre Teresa: y él
obra de mañana en el
retrete, se limpia, se
lava a fondo, refresca
con polvo de talco la
pudenda, la baja zona,
delante, detrás, se
queda en pijama
(¿para los restos?):
iba a hacer calistenia,
a leer el libro que
abandonó sobre la
tapa del piano hace
meses, rebusca una
hoja de papel de
contabilidad que
dejó a medio escribir,
iba que iba, quería y
quisiera, y por sus
ojos cruzan de derecha
a izquierda, de viceversa
a viceversa tachaduras,
chapones, un borrón
a la revocación de su
existencia. Las once
según la hora en tres
relojes de la mañana,
se acerca al teléfono,
no descuelga, ánimo
se infunde, baja la
vista, los pies afinca,
una malva un ciempiés

su
somnolencia.

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Ánima

Me siento alarmado, la mano al costado, un objeto rapaz (verdinegro)
señala el camino del orín, no sé si en el reflejo de la ventana o en el
vientre: la noche está oscura, confundo significados,
puedo repetir en voz baja algunas palabras (zarco)
(epístola) se me revelan anversos, y el blanco
hospitalario de los cuartos de baño alicatados me
revela sus metales inoxidables, espejos ovalados
(no quepo) la barba en su segundo día (carmelita)
hálito, algunas pomadas, el hamamelis, agua
boricada (amdre) una playa, golondrinos (frotar) las
axilas: alarma el color vino, el tiro del pantalón que
parece buscar (rebuscar) el subsuelo, gabardina o
casimir, mezclilla o dril, oruga no, verme tampoco,
no es gusano de muerte o de seda, hoyo fijo, pantalón
a todas luces, trabillas, portañuela, y a tu oficio: alarma
del aire ennegrecido en la oscuridad total de esta noche,
lo veo rebrillar buscando riberas, pétalos oscurecidos por
el lustre amarillento de la luna requemada por luces de
neón, alarma verdadera la luz fría (externa) de la luna
(me refiero a esta noche: ninguna otra): nada impide la
oscuridad, nadie identifica el color vino en cuanto color
vino ni la potencia en los tobillos de mi madre plantada
de piernas abiertas en la arena de una playa (Guanabo) en
las afueras (1948) de La Habana, nada más necesario que
ella, afincada, una torunda de algodón en rama, tiene
dimensión, fronda, arboleda, la empuña, me frota las axilas,
coloca un emplasto, estoy limpio, estaré curado, buen
puerto, a buen recaudo: no temo. No padezco. La alarma
no es más que un alambique, tropiezos de pies al cruzarse
entre meandros del camino, dunas altas, macaos, más allá
de la luna una efigie, los pies enredárseme con trebejos,
trípodes, un tibor al pie de la cama, búcaros de hojalata,
soy de azófar, de crisolita soy, el crisol me rehace para un
padre para una madre, doy gracias al Altísimo por el estero,
guía de mi mirada: una mesa redonda, dos sillas de curvo
respaldo, el asiento ovalado, la carcoma precisa, ánimo de
un reloj de arena la carcoma precisa, y mi mujer (quizás sin
querer la he alarmado) sus cabellos cortos (sargazo) un corto
brazo en alto (nácar) deposita el pan devenido espiga sobre
la pequeña mesa al fondo del estero, y sirve el café, café
revertido luz a la espera de la pupila de la luz, efímeros,
tras el último buche, su regodeo, reconocer más allá de la
mirada la tajante función de la aurora.

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Gramática de mamá

En mayo, qué ave era
la que amó mamá: o habló de las mimosas.
Dice que no recuerda el nombre de los ríos que circunscribían
su pueblo natal: aunque
siempre se ahogaban
un varón y una hembra en verano un varón y una hembra
en verano. Menciona
una conversación
crucial con sus hermanas: son como amigas entrelazadas
por el meñique, se irán. Cuánto desánimo, aunque
en los camarotes,
haya un centro de mesa con frutas tropicales, sobre cubierta
hermosas meretrices que hablan un idioma gutural, no
les asombra
la aviación
ni el cable trasatlántico (letras) que atizan los gorriones
boquiabiertos o despiden
mariposas de luz. Llegarán
entre muchachos entalcados y con guedejas aromáticas que irán
diseminándose por Apodaca Teniente Rey Acosta,
acabarán
por adquirirun chiforrobe de caoba con unas iniciales tibias en la ropa interior
y que sirva
a la vez de caja fuerte. Se habrán establecido, pronto irán a
tutearse en los seminarios de sionismo, mamá
en un esmerado castellano.


José Kozer La Habana,  1940. Poeta y traductor cubano, considerado como uno de los más prolíferos de su generación en Hispanoamérica; representante del neobarroco, aunque su obra ha esquivado con desconcierto las tendencias por definirla.  Radica en los Estados Unidos desde 1960.