José Ramón Sánchez Leyvadel libro Aislada noche, 2005
AJEDREZ

En jaque mate comienza la partida.
Y en todo disminuye por el tablero
su enigma interrogado. Y a su contacto bicolor
no me sustraigo, que su contacto fija la mano
a otro descanso si el adversario no me coincide
y va a otro extremo en el tambor batido
por la seca colmena de mi oído.
    Y en vano el eco florece en otro centro,
pues la palabra contraria del ajeno va resultando odiosa
donde habitar los giros del tablón expresivo
que se atrapa y concilia por las esquinas
respiradas del aire sujeto a los cuerpos
y cubierto de palabras hasta el techo
y hambriento casi por el suelo y las hormigas
y las dispersas sombras que se suceden invariables
como objetos cerrados como el cerrado olvido
de cuanto falta para tener el despido que agita.

     Por entre horas no rehúso por el juego la sorpresa,
volver a mí que expulso de la partida sin ocasiones
(que no concluye) la solución que se da como triunfo.
     Están con otra luz las piezas para un barniz de polvo.
Marcadas sin huellas no responden al desastre asumido.
Y para luego el verde de sus frutos tiernos
con su deleite comedor que posesiona lo agresivo
de los cuerpos en tales ramas y en los intentos perdidos
a cada paso de la jugada entregada y posible,
si yo la arriesgo al dictado que me impulsa
colgado en el revés seguro y su madera.
    Descuelga por gotas el alero su denuncia en las mejillas
acariciadas al llover para abrigar rendiciones y desearlas
mintiendo el apetito de mantener lo vivo porque crece.
    Que la partida acabe es mi pregunta. En un peón está
y avanza de nacer finales.

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Murciélagos

Hay murciélagos. Supuestamente existen:
Yo los creo.
Giros erráticos. Desligada procedencia
los apresura.
Baten. Baten las alas
y puede tejerse el viento como idea
que se inclina a mis espaldas
y de pronto volverse perpetuo
el deseo de la palabra.
......Una. Diez vueltas más y no terminan.
Cualquier paloma es bella imagen
pero ellos siguen.
                       ¿Adónde?
De vuelta siempre y cierran un círculo mayor.
Están y el aleteo prohíbe el incendio de los sentidos.
Enlazar el espacio con el grito que me pertenece.
O solamente que mis manos marquen el papel.

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Cubierto el Lobo

El lobo: cordel veloz que por mi odio pasa,
Me admite. Estoy asistido por la baba que gasta.
Me supone el vestigio que lleva soportado.
Colmillada fiel y regustada en fuego tenaz.
Fuego que seduce y recibe los rojizos copos de bronce.
     Del lobo, la pelambre miente cañaveral de liebres.
     Mastico personajes que me iniciaron y habitan.
Entiendo sólo a este. Su trabazón y el banquete.
Ronquido voraz como un idiota tenido en el sabor
que el gusto concede.
      Hablado el sol deshace su éxito. Artesanal voz
y redonda. Obispado que interpretan los vivientes
mientras la punta de pelo gris se repite en formas
de agotarme para sentirse avergonzado. Yo fui
avergonzado. Para imitarme, desnuda lengua del valle,
barriendo este animal en juego que recita la luz
(marino en años) de un puerto que interroga.
    Pero al otro estío vacilaba, más allá de la cabeza
guardiana, su peso comprendido. Y el lobo, que no me piensa,
alerta de músculo colmillazo. Y en el gruñido,
fuertes las patas tiesas: todos así.
    ¿Diré que el lobo es un ácido corruptor y combativo?
    El miedo con la garganta hundida.
Su harto estómago asimilable. Letanía del cuerpo
que me acompaña en resistencia, puesto a no morir
mientras me alcanza llevar el rastro con párpados cerrados,
la trompa herida.
    Las hojas tenaces del lobo son yemas cultivadas
en el bastón tuberoso. Su fiebre asoma confundida
con el hombre de rodillas servidas en caer,
y maniatadas para su aliento que es odio tímido,
no abierto, errante por sudorosos cuartos
traseros y golpeados.
     De veras el hambre da su acento en el lobo.
     Y en la guarida al patio nuestro, de veras basta
despojarse por el otoño y re-crearse, ser rebasado.
     En cántico por el sonido oscuro
extrañamente anuda los azules juguetes de la tarde.
Luego sentado se incorpora al perro y lo seduce
con las rojizas gotas de su lengua, por el cuero lamidas,
y más adentro engorda, maduro por el tronco,
quizá perfecto bajo la sombra que entrega.

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Caballos y en la Crin de la Noche

Caballos que la noche llevan a sus crines
y habitan de trotes la piel de la memoria
con chispas, coces, sudores al espacio,
se viran a mí. Sus marcas la pregunta abren.
La forma se pierde. Un largo quehacer de árboles
embosca el templo, y la oración suspende el trote
que deshace y le bebe piedras.
Soltarse de la mano caída que el pelo roza,
suspende un trote largo, extendido aún más.
Parece algo que el miedo dibuja sobre la blanca sombra
y disipa en agujeros de sombra densa
que existe cuando escucha un temblor
en ecos sostenido, y al límite color deriva:
Aquí, donde la forma cambia para tener
la taciturna condición que espera, que ofrece.
¿Qué regreso ofrece? si yo no evito (y lo parezco)
que atrás quede un desnudo cubierto por la hierba.

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del libro Marabú, 2009 (inédito)
MARABÚ

Escribo como quien alza
hornos de marabú:
cada letra una espina
pues ya la inocencia
me sirve de poco. (Las vacas
que se lo comen
dan leche buena).

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Lavarse las manos

Acostado en la calle hay un hombre
que convulsiona con dolores en el pecho.
No se queja. Está sucio y maloliente.
Lo agarro por las piernas. Ayudo
a subirlo a un coche. Los caballos parten
al hospital. Cuando llegue a mi casa
me lavaré las manos cuidadosamente.

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Belmonte

Cuidaba animales en una granja del ejército
y una noche (veinte o treinta metros)
les disparé con mi carabina a dos hombres
que robaban encerrados en un rectángulo
de intensa luz amarilla. El impulso de matar
fue tan grande que no pude contenerme.
Cuando el humo y el fragor se disiparon
ya corrían por lo oscuro rompiendo miles
de ramas secas. Loma abajo. Como un incendio.
Los llamé y no se detuvieron. Volví a disparar.
Días después supe que eran hermanos.

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El pozo

Me ordenaron buscar agua
pero no confiaban en mí
y decidieron que uno de ellos
me acompañaría. El pozo
era circular y ancho
con el brocal de ladrillos.
Tuve que meterme dentro
agarrarme del borde
inclinarme y sacar el agua
con una lata sucia de conservas:
hasta que el bidón estuvo lleno.
Entonces para divertirse amenazó
con tirarme al agua. Paciente y asustado
le pedí que me ayudara a salir.
Por fin lo hizo. Me dio la mano y gritó:
¡Sube! Yo moví el torso fingiendo la subida.
Era el impulso que necesitaba para enviarlo
al fondo. Después le tiré el bidón a la cabeza:
a veces tengo buena puntería.

Tomado de: http://alascuba.blogspot.com/
 


José Ramón Sánchez Leyva
(Guantánamo, 3.11.1972)
Poeta y editor.Graduado de Técnico en Geodesia y Cartografía, actualmente se desempeña como Instructor literario y es editor de la revista literaria La Noria. Es miembro de la UNEAC.Ha publicado el poemario “Aislada noche”, Letras Cubanas, 2005; y ha obtenido el Premio “Regino E. Boti” de Poesía, 1998.