La brevedad de lo eternoResulta prácticamente desconocida la génesis de Ediciones Matanzas. Pasos primarios en un proyecto de investigación de la Casa de las Letras Digdora Alonso, sede de la editorial, aseguran que la autora de Bajo el hongo y Como ángel cierto, es la primigenia figura en el catálogo de las Ediciones Matanzas en la década del 80. Entre otros varios elementos rescatados del tiempo y la memoria, indican las fuentes orales que el texto La décima en Matanzas inicia la impronta del género bajo el sello de la Editorial.Por ello, este libro tiene entre sus mayores méritos, el de sentar bases a futuras publicaciones relacionadas con la décima, siempre de un autor por libro, hasta esta última entrega, La Brevedad de lo eterno, que compila 200 años del género en el territorio.

Se hace necesario entonces establecer un posible paralelismo entre ambas ediciones: La décima en Matanzas y La brevedad de lo eterno, pues representan la evolución de la décima como género literario, como expresión identitaria de la cubanía, que abarca no solamente un público restringido, menos cultista, género asumido por voces imprescindibles en el ámbito artístico territorial que es decir nacional.

Todo comentario lleva implícita la crítica. No es el centro de estas aproximaciones a las ediciones, pero resulta dable comentar que con La décima en Matanzas, estamos en presencia de un texto no man’s land, o sea, exhibe el sello de las Ediciones Matanzas (aun incluso sin su logo) pero no tiene identificados ni al editor, corrector, ni realizador.

No se registra el nombre de la imprenta o lugar donde se realizó la tirada de 2 mil ejemplares. Solo se añade que todo estuvo a cargo de la Sección de Literatura de la Dirección Provincial de Cultura.

Tampoco cuenta con un prólogo, liminar, nota aclaratoria, sino apenas unas palabras que introducen este intento de compilación y que acotan: “Las obras aquí incluidas no aspiran a conformar todo el potencial del género en nuestra provincia ya que se reciente de algunas objeciones involuntarias motivadas por la premura de esta edición; sin embargo podemos afirmar que sí responde a una amplia representación de nuestros decimistas.”

Me atrevo a sugerir que la premura de la que habla el desconocido antologador es la cercanía del VII Congreso de la ANAP, evento al que se dedicaba esta edición de 1987.

Sin dudas, este representa otro de sus méritos: apoyar desde las voces literarias de una provincia una celebración nacional. Como iniciativa del sector artístico en apoyo al sector de los agricultores cumplió su rol, pero lamentablemente el apuro editorial en nada bueno puede acabar.

Para ser este el primer libro que iniciaba la saga del género bajo el sello de Ediciones Matanzas (amén de la prioridad del Congreso de la ANAP) debía conformarse con mayor seriedad este título.

Se publicaron 2 mil ejemplares, cifra nada despreciable cuando hoy a la editorial, casi manufacturados, solo le son permitidas las tiradas de mil, y para determinadas colecciones.

Están reunidos en La décima en Matanzas 76 autores, ubicados sin un criterio concerniente a décima oral o escrita, ni por el año de nacimiento, sino por el orden alfabético de su apellido (un criterio de selección bastante poco convincente)

Salvo el año de nacimiento indicado en ¡el índice!, no se aprecian otras consideraciones que acerquen al lector al escritor de las décimas, no existen referencias a sus datos personales o literarios.

En estas palabras iniciáticas que ya había citado se indican que si bien hay omisiones, el libro llama a una amplia representación –criterio que no comparto, aun sin ser una ducha en el tema. Por ello me resulta tan inmotivado el título: La décima en Matanzas. (Mucho ruido y pocas nueces)

Entre los autores que aquí se incluyen, había fuertes voces como para invitarlos a prologar esta edición y salvarla de las terribles inconclusiones que hacen de ella, hoy, un texto con menores potencialidades de las que merecía en realidad.

Sugiero también que la edición no es feliz en diseño, pues las viñetas de Carbonell, reconocidísimo ilustrador matancero, serígrafo y diseñador escénico y gráfico, si bien representan el elemento cercano a lo campestre (se regodea en guitarras, lunas, soles, palmas) no se insertan con acierto dentro del libro.

Por momentos pareciera que adornan, por otros que separan determinados autores del resto, sin orden ni concierto.

No es definitivamente hacer leña del árbol caído, pues este libro compila excelentes autores y textos de gran acabado que garantizan por siempre una obligada consulta a La décima en Matanzas.

Luego de varios años de inquietudes constructivas hoy Ediciones Matanzas se comporta como digno representante de la literatura que se cosecha en la provincia.

Estas y otras causas en relación al seguimiento que comprende la décima, contribuyen a que esta entrega: La brevedad de lo eterno. La décima en Matanzas (1797-2008) constituya lo mejor del género en la provincia y una obra de inestimable referencia en el ámbito literario cubano.

Si la primera obra que abre el catálogo de la Editorial al verso decimista lastimosamente apenas queda en el intento, hasta este momentos la última, casi 20 años después, resulta todo un lujo en su contexto.

Un libro de esta magnitud ya resultaba imprescindible para las letras yumurinas y su compilador, el poeta Fernando García García, desde los iniciales pasos de este proyecto, así lo comprendió.

Desde el título que sugiere la inmortalidad de una composición de apenas 10 siempre conclusos versos, pasando por un trabajado diseño de Johann E. Trujillo, validado al mezclar la técnica risográfica y la serigrafía en portada a los dibujos de William Hernández, redimensionando la imagen del campesino, hasta la singular apología del género en el hermoseado y pedagógico prólogo de Carilda Oliver Labra, La brevedad de lo eterno sugiere al lector una gama de nuevas apreciaciones sobre la décima. Se incluyen grandes autores, junto a voces menores, hecho que refuerza, a mi juicio, lo variopinto de esta selección, sin los olvidos involuntarios de aquella selección de 1987.

Pensadas soluciones del editor Bárbaro Velasco Valderrama junto a Fernando García para compilar 200 años, con justicias, en el género.

Dedicado al más grande poeta de los García, La brevedad… está ordenada cronológicamente y a su vez dividida en dos secciones que ayuden al lector a distinguir de la literatura oral de la escrita, porque según el propio compilador y cito: “sus formas de comunicación son diferentes y obviar esta peculiaridad de la estrofa, atentaba contra la unidad estructural del libro y los valores propios de cada modalidad” (Fin de la cita).

Durante dos años Fernando García compiló, clasificó y seleccionó las obras de más de 150 autores, incluidos casi en su totalidad los decimistas del volumen primero de 1987.

Cada seleccionado ostenta lugar de nacimiento y muerte, en el caso de los ya fallecidos y las fechas correspondientes, así como sus sobrenombres y epítetos.

Las décimas improvisadas se separaron unas de otras con viñetas cuando no guardaban relación entre sí y solo se interrumpe al lector en dos momentos mayores –a través de la poética pictórica de William Hernández– para encabezar las dos secciones antes mencionadas.

Sin adentrarme en elementos de apreciación literaria, percibo una mayor y mucho más acabada “escogida” de cada décima, mucho más representativas las obras de escritores como Juan Luis Hernández Milián –por solo citar un ejemplo– con un calor patriótico en las décimas de 1987, que no distinguen la totalidad de la obra lírica de este genuino poeta.

Quisiera asumir como mías las palabras de la autora de Al sur de mi garganta cuando refiere que “la selección no se ha hecho con demasiado rigor ni tampoco con generosidad riesgosa y que se tuvo en cuenta la calidad o el impacto social que lograron en su momento”.

Y que allí  “comparecen espinelas cultas de verdadero lirismo y hondura conceptual junto a otras no tan expertas técnicamente, pero que en alguna ocasión fueron recados del ingenio o de la fineza popular.”

La décima no alcanza aun el ascendente necesario que indique hasta dónde ha crecido, evolucionado, incluso entre cultivadores muy jóvenes y aun más talentosos, el género que más nos acerca a las raíces nacionales propiamente.

Y este texto cierra un ciclo en Ediciones Matanzas, donde publicaron, a todo lujo, posteriormente a La décima en Matanzas, Juan Luis Hernández Milián, Fernando García (padre e hijo), José M. Espino, entre otros pocos escritores.

De La décima en Matanzas en 1987 a La décima en Matanzas 1797-2008, ambas por Ediciones Matanzas, se corre un gran trecho, sazonado con entregas de valía que preparan el camino a esta última compilación, que al decir de Carilda tiene lícito para cada composición el sexo de los ángeles y el permiso del amor.


Por: Maylan Álvarez Rodríguez