Encricijada política Hay una experiencia común a la de todo pasajero que arriba a un aeropuerto, a cualquier aeropuerto: y es la de seguir innumerables letreros que le avisan adónde tiene que ir, que le recuerdan quién es (si es extranjero o es nacional), que le advierten sobre la moneda a la que va a tener que adaptarse, al menos por un tiempo, o que sencillamente le dicen, en el mejor de los casos, que hay la alternativa de un subterráneo o un bus, a la del taxi impagable. Basta llegar a algunos aeropuertos norteamericanos, para darse cuenta de que la cultura de la señalización va allende a las fronteras aero-portuarias. Los letreros salpican cada tramo de la red de las autopistas estadounidenses, cosa que las han hecho merecedoras de estar entre las mejores señalizadas del mundo. De este modo, el paso entre el aeropuerto a tu hotel se da de modo muy cómodo. Casi sin darte cuenta, ya has llegado adonde te proponías llegar. Esto siempre me ha despertado en lo particular sentimientos contrarios. Por un lado, el más obvio y creo que general, es el del alivio. No hay mejor cosa para un extranjero que el de sencillamente no perderse en tierra extraña. Pero al mismo tiempo, hay en mí un sentimiento vago de haber sido secuestrado. Efectivamente, quería llegar a tal hotel o tal dirección, pero no tenían que ponérmelo tan fácil. Era YO el que quería llegar a este sitio, no quería que, bueno, me conduzcan a él, como si fuera un niño pequeño o un tarado. Yo crecí y viví la mayor parte de mi vida en una ciudad, Lima, que está probablemente entre las peores señalizadas.

Como todos los limeños, siempre odié esta ineficiencia, una más entre las fallas logísticas y administrativas de mi país. Pero la experiencia señalizadora norteamericana me hizo percatar de otra cosa: que en Lima, o en muchos lugares del Perú, uno sentía un orgullo (un tanto perverso, admito) de no sólo haber llegado al lugar de destino, sino de haberlo conquistado. En efecto, uno de los placeres del limeño que se desplaza en carro, es el de revelarles a los amigos que uno ha descubierto una nueva ruta para llegar a tal o cual sitio. En cada limeño hay así un David Livingston o un Vasco da Gama, alguien que no sólo llegó adonde quería llegar, sino que descubrió cómo hacerlo.

Una de las cosas más saltantes de Nueva York, ciudad en donde ahora radico, es la de ostentar un único decreto pertinaz: "prohibido perderse". El entramado neoyorquino casi no tiene nombres. Todos son números que van de forma longitudinal entre la avenida primera, al este, hasta la doce, al oeste, en la margen del río Hudson. Una de las avenidas más famosas del mundo es una cifra: la quinta. Las calles transversales no se cansan de su letanía guarismal desde la calle uno, paralela a Houston, hasta la calle doscientos y pico en la parte norte de Manhattan. Perderse en Manhattan es una excentricidad. Decir, "me perdí" es casi una manera torpe de llamar la atención. Mi aventura académica norteamericana se inició en esa ciudad, en una residencia estudiantil en la calle 44, entre la sexta y la séptima avenida, octavo piso. A los pocos días había ubicado perfectamente en el tablero de la isla de Manhattan, mi bodega, la biblioteca, mi supermercado, y mi café y pizzería favoritos.

El frenesí de la ubicación y etiquetación del país del norte se cuela también en los claustros universitarios, las asociaciones civiles y el foro político. Un fantasma recorre Norteamérica: el de la identidad, sea ésta racial, genérica, o de orientación sexual. El peruano que llegó a Nueva York en 1998 dejó de ser un limeño burgués de extracción medio-alta, para convertirse en hispano, y punto. Mi homosexualidad se oficializó. Todo ello obedecía a la consigna ideológico-identitaria americana, ajena a mi experiencia sudamericana. Fue así que mi persona de escritor se consolidó menos en una identidad per se, que en una herramienta para expresar cualquiera de mis esferas de identificación ideológica. Se esperaba, o así creía yo, que el escritor en mí sirviera para delinear lo más justamente posible los varios entramados de mi hispanidad y de mi homosexualidad. A la larga me encontraba en la eterna encrucijada para un escritor: ¿habré de servir a una ideología, o a mi escritura? Si considero la validez de ciertos discursos reivindicatorios (como lo hago en efecto), ¿sería justo entregar mi escritura a ello?

Antes de responder a estas preguntas, voy a suscribirme a un cliché: el que reza que en todo escritor hay un rebelde. Los clisés no son más que verdades repetidas hasta el cansancio. Pero ello no quita una certeza: el que a la larga hay una verdad detrás. La rebeldía puede en el peor de los casos convertirse en una moda, en una pose que delinea una imagen harto conveniente para la aceptación de una colectividad ideológicamente prestigiada. La rebeldía puede llevarnos, en esos términos de impostura, justamente a su contrario: a la claudicación. Por hallarte a ti mismo, para los demás, te pierdes a ti mismo, o al menos pierdes una esencialidad ética de tu persona. Recuerdo una máxima de César Vallejo, el poeta peruano entregado tanto a la causa socialista como a la poesía plena; él reivindicaba con más énfasis una sensibilidad socialista antes que una pragmática. Siempre dudó de las consignas no asumidas en la soledad didáctica de la introspección. Él afirmaba que un artista socialista iba a hacer arte socialista, necesariamente revolucionario. Pero arte no como consigna, insisto, sino como producto natural de una individualidad que ha asumido a priori, de manera honesta, una proclama política que en sus fueros más íntimos, ha considerado como justa para un colectivo humano. La individualidad responsable y sensible te habrá de llevar inevitablemente a los demás. Vallejo tenía trazado como pocos, el camino que habría de seguir cualquier escritor, en los tiempos convulsos que le tocó vivir, cuando ya integrado a las filas de la Internacional Socialista, atestiguó la censura que hiciera Stalin de los intelectuales de su tiempo. Ante la encrucijada de la libertad artística y la entrega a la proclama ideológica, él propuso la expresión natural y espontánea de una conciencia profundamente individual y profundamente política. El delineamiento ideológico irá así moldeando y negociando con las instancias más profundas de nuestro ser cuestionador, y este ser, este animal político, irá forjando una criatura social, cuyas contradicciones y posibilidades se verán reflejadas eventualmente en la producción textual.

Si la escritura es producto, en el mejor de los casos, de una individualidad responsable, abierta a los demás, ¿cómo se forja el escritor "revolucionario", en los términos amplios sugeridos por Vallejo? Detengámonos pues un momento en el escritor fuera del campo de su escritura. ¿Quién es este ser? Es sobre todo, un ser que lee (hablando de clisés). Una criatura que se nutre del testimonio de otros escritores que han plasmado de una manera directa o indirecta, pero siempre radical, sus propias vivencias. Nos encontramos con una criatura receptiva a la dinámica societal o interpersonal. O a aquella dinámica más compleja de los diferentes vaivenes de su interioridad. Pues es muchas veces en el bosque de lo interior donde encontramos rastros de la diferentes especies de lo humano. En esos parajes oscuros nos topamos con la huella del otro. Y en cuanto a su escritura, ¿podremos decir que de algún modo, ella va a reflejar su entorno, o más precisamente, la situación del escritor frente a ese entorno? ¿Sus escritos darán testimonio de ese otro que merodea en su bosque interior? Diría que sí; aun en su renuencia a todo reflejo, su identidad social (o sexual o genérica) saldrá a una luz que a veces el propio escritor no pide. Pero esa luz está para los ojos de todos. La verdad de sus escritos lo habrá de traicionar de algún modo. Talvez la etiqueta de "responsable" aplicada a todo escritor es un tanto tajante. Hay escritores que escriben con miedo, con miedo a censuras exógenas o intrínsecas a su psiquis. Pero aun así ese miedo los delatará como criaturas sensibles a su entorno y a sí mismos. Pues sí, el miedo también es señal de sensibilidad. Sólo las personas absolutamente conformes no temen a nada. Y las responsables son las que sobrepasan el miedo y ejecutan y asumen una postura ideológica ante los demás, explicitándola a rajatabla. Tenemos pues al escritor sensible, sea que haya superado o no, sus miedos. Un miedo evidente, en sociedades patriarcales y volcadas a la dictadura de la cultura heterosexual, es al de la propia (o ajena) homosexualidad. Para muchos homosexuales, la adolescencia es el tiempo en que descubrimos la huella del otro opresor. Nuestros bosques, que podrían estar poblados de parajes luminosos, de aguas claras y verdores revitalizantes, están marcados por la intrusión de una bestia censuradora que nos pide ser uno con ella. Llega un momento terrible, en que descubrimos que aquella bestia ha estado tanto tiempo en nosotros, que se convierte en un solo ser con nosotros mismos. Llega un momento de revelación en que la princesa y el dragón que la custodia son sólo uno. Nosotros somos de esta manera la princesa, el dragón, y también, por qué no, a veces, el príncipe que vendrá al rescate. Nuestro bosque contiene a todos nuestros enemigos, pero también a nuestros aliados libertarios. Recuerdo claramente cuando se me reveló el ser al mismo tiempo la princesa y el dragón custodio. Tenía veinte o veintiún años, y había una feria del libro en Lima. Estaba repasando los libros de un puesto cuando me topé con un ejemplar en español de "El retrato de Dorian Gray" (regresamos al cliché). Estaba hojeando dicho libro cuando un joven se me acercó y me sugirió comprarlo. Después de cruzar unas breves palabras con él, lo hice. Decidimos al poco rato caminar por el parque, en donde se llevaba a cabo la feria a cielo abierto. Caminamos y conversamos por espacio de tres horas. Pocas veces en mi vida fui tan feliz caminando con un chico que me atraía, y me interesaba. Conversábamos como si nos conociéramos de toda la vida (ustedes me entienden). Me habló de sus afanes musicales y de su inminente renuncia a la carrera de abogado para seguir su vocación. Todo iba de maravilla hasta que me encontré por casualidad con unos amigos de la universidad que habían venido también a la feria. Me alejé de mi compañero improvisado y me integré al grupo. Estaba hablando con ellos por espacio de unos minutos, un poco largos, mientras que de reojo veía a este chico esperarme. Hasta hoy me sorprende la bestia aniquiladora de parajes maravillosos, me sorprende su poder. Nunca regresé con él, no me digné a presentarlo al grupo. Él se topó al rato con unos amigos y se fue por su lado, resignado a que no regresaría con él, y a que no lo incluiría entre mi grupo de amigos. Han pasado veinte años desde entonces, y hasta ahora no me lo he perdonado. Cuento esto aún con amargura y una profunda tristeza. Fueron muchas ocasiones en mi adolescencia y mi primera juventud que permití a la bestia depredar mis bosques, pero ninguna me dolió como ésta. En ninguna ocasión yo mismo me herí tanto.

La conformación del bosque es mi rebeldía. La topografía del mismo está en las antípodas del jardín domesticado o de los espacios urbanos histéricamente señalizados. A los que hayan participado de esa expedición azarosa, los que se hayan visto reflejados casi por sorpresa en las aguas mansas de una fuente oculta en un paisaje agreste, les será muy difícil entregarse a la etiquetación inevitable de los movimientos organizados reivindicatorios, sean ellos los de la clase trabajadora, los de las feministas, los de las minorías, o de los homosexuales. Comparto su suspicacia, pero creo entrever una falta de perspectiva en ello. Todo movimiento revolucionario, en sus inicios al menos, reconoce la posibilidad libertaria del bosque humano. Todo movimiento revolucionario admite para cada hombre y mujer el derecho a la consecución de la felicidad, establecida ya en la constitución americana, cuando la América yanqui del dieciocho se consolidaba en los deseos libertarios de una burguesía nativa y sojuzgada. Todo movimiento social o político revolucionario tiene sus límites (como lo ha probado la realidad actual de la América yanqui de este siglo que comienza), pero hace ya tiempo que he reconocido como importante la ventilación pública del deseo individual, aunque el sistema que se inicia con ello no vaya a avalar de manera absoluta ese deseo. Al menos no el de todos. Entiendo la rebeldía ante las máximas y los letreros que nos conducen a tal o cual lugar, o que te disuaden de tal o cual deseo (pues siempre tengo presentes mis parajes silvestres). Fueron precisamente esas máximas y esos letreros los que alguna vez me hicieron daño, los que en su momento encarnaron y multiplicaron hasta la exasperación la voluntad bestial del patriarcado, del afán del dominio ciego y del materialismo más craso.

Pero los sistemas de señalización y conducción son necesarios. Y hay sistemas y sistemas. Los de larga data, los que se sostienen y argumentan con la tradición y la historia, tienden a mantener el status quo de un grupo ya largamente afincado en el poder, y como diría Michel Foucault, con todo el caudal de placer y de dolor que eso conlleva. Los otros sistemas, los aquellos incipientes, nutridos de voces disidentes, permiten espacios libertarios en donde el testimonio artístico y literario de parajes maravillosos (o terribles) puede darse. Esto al menos en un inicio, como señalé antes.

La revisión de la historia es dolorosa, y por una sencilla razón: uno ve que todo se repite. Ante este panorama, ¿qué lugar queda para el sueño y el ideal? Estas criaturas son hijas del deseo, y compañeras inseparables del artista y el escritor. Pues el espacio idóneo del deseo es aquel de la escritura, en donde se da lugar la sabiduría de la contradicción humana, tan ajena a las constricciones de la racionalidad y el pragmatismo. ¿Cómo así volcarse a la dictadura de lo real, y de sus instancias reivindicatorias que muchas veces la historia prueba como inútiles? Pues ante aquella realidad obtusa que reniega de toda reivindicación, no queda otra que la actitud quijotesca de seguir adelante, combatiendo a los gigantes que se esconden detrás de los molinos de viento, y que sólo nosotros vemos como tales, como gigantes. Si todo nos dice, "es inútil seguir", pues a seguir con mayores ímpetus. Ella es la naturaleza del héroe, del loco bueno, la de seguir adelante aunque innumerables rostros nos sonrían con sorna. Para todo héroe auténtico, toda batalla es vana, pero hallamos gloria más lustrosa en la derrota constante. Si el héroe habrá de ganar la guerra que es suma y compendio de todas las batallas perdidas, ese héroe, o loco maravilloso, no lo sabrá. No creo tener la madera del héroe, pero esa actitud vital, y política, la ubico entre los valores más altos de lo humano y lo social. En las circunstancias inmediatas de mi tiempo, son muchas cosas las que me inquietan, como inquietan a muchos, supongo. Sin embargo, procuro mirar lo que me es más inmediato. Miro a otros homosexuales, por ejemplo, miro el entorno hostil o sardónico del que muchas veces son / somos víctimas. La nuestra es una batalla singular, rara vez tratada y reivindicada en las historias y literaturas de opresión. Nadie escatima piedad, por ejemplo, ante el retrato del sufrimiento del pobre o del esclavo, del judío perseguido, o del negro fustigado en los algodonales del hemisferio americano, o del indio que se consumía en las minas de México o el Potosí. Todos nos hemos conmovido con las múltiples historias de la persecución racial o religiosa, en todos los rincones del globo, y de todos los tiempos. La historia de la piedad y de la indignación hacia la situación de la mujer es de data más reciente, al menos en el ámbito literario, y ésta se va plasmando hoy, de modo más inmediato, entre las propias mujeres, y de modo más paulatino, entre los hombres. Esos sentimientos de solidaridad se han dado lugar, con diversas dinámicas, únicamente en la consolidación política de la identidad. Estamos aquí, entre ustedes, nos dicen las mujeres, y sufrimos, y vaya que lo hacemos. Los sufrimientos de muchos no es tan evidente como creemos, hay que hacerlos explícitos una y otra vez. En la Europa y la América del dieciocho, el sufrimiento del esclavo, en tanto tal, no era tan obvio para la gente que no sabía que el mero hecho de ser libre era un privilegio. La cultura de la identidad y el activismo político precede, a mi entender, a la cultura sentimental de lo solidario. No podemos sentir indignación y piedad para lo que no vemos. Hay que hacerlo visible en el campo de lo público. La cultura sentimental de la solidaridad para con el homosexual es incipiente aún en el mundo, por la pobre consolidación de su identidad política. Si no hay indignación generalizada es porque aún no nos ven. Esto toma tiempo, sufrimiento y no pocas veces, tedio. Siempre en el campo de la introspección y la responsabilidad hacia los demás, tenemos pues, los escritores homosexuales, que suscribirnos a las máximas, a veces acartonadas, de la proclama política para hacer saber que el sufrimiento del gay o la lesbiana existe. Sabemos que colaboramos con un cambio de sistema que calibramos de antemano falible. Sabemos que somos muchas cosas aparte de ser sólo "el gay" o "la lesbiana", pero en momentos de urgencias políticas, todo ese cúmulo de marcas individuales, aislacionistas, secretas, personalísimas, no importan. Lo que importa es seguir adelante con las consignas dadas, que nos dicen una y otra vez lo que somos, lo que habremos de ser para tal o cual objetivo político. Tendremos que dirigir la mirada hacia otro lado que no sean nuestros bosques, para emprender la construcción de una sociedad en donde la recreación de esos paisajes agrestes se legitimice, aunque sea de manera perentoria. Y tendremos que hacerlo a la quijotesca, a la manera del héroe, considerando esa perentoriedad.

(*) (*) Apareció por vez primera en La Revista del Vigía.


 

Por: Enrique Bruce
Ensayista, poeta y narrador nacido en Lima. Ha publicado
el poemario Puerto y el libro de cuentos Ángeles en las puertas de
Brandenburgo.