Por: Lázaro Efrén Álvarez de Ávila

El 12 de enero de 1924, en la casa de Valentín Cané, situada en la calle Salamanca número 41, entre Jovellanos y Ayuntamiento, en el barrio de Ojo de Agua de la ciudad de Matanzas, se efectúa una reunión de músicos y amigos. Este encuentro marcó la génesis de una de las agrupaciones musicales más afamadas de Hispanoamérica. Tras varias denominaciones, es bautizada con el nombre definitivo de Sonora Matancera[1]. Además de Cané, director y tresero, sus miembros fundadores fueron Domingo Medina, guitarra y timbal, Manuel Valera, guitarra y voz segunda, Juan Bautista Llopiz, guitarra, Pablo Govín Vázquez (“Bubú”), contrabajo, Ismael Governa, cornetín, Julio Govín, cantante y Rogelio Martínez, claves y cantante.

La sonora Matancera

Tres años después de la fundación, la fama toca  a sus puertas, el miércoles 12 de enero de 1927, fecha en que se trasladan para la capital. Los siete músicos matanceros emprendieron entonces la aventura de sus vidas, acompañados de sus respectivos instrumentos, su bagaje musical y unas ansias por mejorar el nivel socioeconómico de sus familias. De inmediato comienzan a presentarse en salones, cabarets y teatros, a la vez que se vinculan a la radio, realizando presentaciones en vivo para importantes emisoras como Radio Atwater Kent y posteriormente (1930) para El Progreso Cubano, actual Radio Progreso, a la que se mantuvieron vinculados por  tres décadas. El apoyo de esta  central radial a los músicos matanceros fue definitorio para la internacionalización del conjunto. Todas las noches, una hora de programación con lo mejor de su repertorio, colmaba las ondas radiales como un cañón musical por toda la cuenca del Caribe.

En torno al movimiento de los músicos y, principalmente, a la entrada de nuevos instrumentistas y voces el musicólogo Radamés Giro ha expresado:

En 1935 ingresó al conjunto el trompetista Calixto Leicea; en 1939, el compositor, pianista y orquestador Severino Ramos, quien le dio con sus orquestaciones el sonido distintivo a la Sonora; en 1941, ingresó Bienvenido Granda Aguilera, y en 1942, Ángel Alfonso Furias (“Yiyo”), quien sustituyó a Valentín Cané, y ese mismo año pasa a formar parte de la Sonora el trompetista Pedro Knight, que con Leicea fue el dúo de trompetas más interesante en la historia de los conjuntos cubanos; posteriormente ingresó Celia Cruz, quien en poco tiempo se convirtió en la estelar cantante que fue puntal de los éxitos de la Sonora Matancera; en 1944 pasa a formar parte de esta agrupación, en sustitución de Severino Ramos, el pianista y compositor Lino Frías; en 1948 se incorporó el cantante puertorriqueño Daniel Santos, quien junto a Bienvenido Granda inició lo que los críticos han dado en llamar la época de oro de la Sonora; en 1950, pasa a formar parte del conjunto el cantante Celio González; en 1952 Raimundo Elpidio Vázquez, sustituye en el contrabajo  a su padre, Pablo Vázquez; y en 1953 entra Estanislao Sureda (“Laíto”), con el que se refuerza la línea vocal.[2]

A tono con los tiempos  la agrupación asimila los nuevos ritmos de la llamada música tropical, razón por la que incorporan a su formato inicial instrumentos  como el piano de cola, que fue interpretado  por vez primera por quien llegaría a ser otro matancero universal: Dámaso Pérez Prado, el futuro creador del mambo. En 1938 Pérez Prado sale de la agrupación y el mencionado Severino Ramos ocupó la vacante del piano y devino, como se apuntó, orquestador insigne de la Sonora.

Entre 1945 y 1947 las más importantes y prestigiosas disqueras latinas y norteamericanas se disputan el contrato exclusivo para grabar los éxitos de la agrupación matancera: Panart, Cafamo, Ansonia, Stinson, RCA Víctor y Seeco. Esta última firma estadounidense, distribuía su sello en todos los países  de América y logró firmar, en 1950, con el director Rogelio Martínez un contrato de exclusividad, deviniendo su propietario Sidney Siegel, promotor  determinante para el salto internacional de los matanceros.

Enmarcada entre 1947 y 1959, la llamada época de oro de la Sonora Matancera coincide con el período de igual auge de la música cubana. Son los años del florecimiento de voces femeninas y masculinas y del apogeo de  quintetos, orquestas y conjuntos. Aparece la televisión y se reafirma la radio como una de las mejores del continente. A La Habana llegan constantemente estrellas internacionales del canto, la danza, el teatro, el cine, la radio y la televisión. Es el momento en que  emergen novedosos géneros musicales como el mambo, que inmortalizó el citado Pérez Prado, el cha-cha-chá y otros que invadieron masivamente teatros, cabarets y casinos logrando que las más variadas empresas disqueras mantuvieran su producción a tope  lanzando al mercado miles de discos.

La Sonora Matancera no tuvo en cada instrumento al más virtuoso solista de Cuba como para conformar una sinfónica tropical, en cambio, es innegable que en su  mejor momento había estilo en todos sus integrantes, quienes comulgaban en una suerte de hermandad musical que los hacia insuperables. La fuerte cohesión de estos factores contribuyó al surgimiento de una identidad que sería el pasaporte a la consagración universal. En pocos años se ganarían una simpatía sin precedentes en todos los ámbitos bailables de la sociedad antillana.

La numeración del elenco de  cantantes, algunos ya mencionados, constituye suficiente carta de presentación para pasar eternamente a la cofradía musical de los elegidos. Los vocalistas de plantilla fueron Bienvenido Granda, Celio González, Raúl Planas, Estanislao Sureda (“Laito”), los puertorriqueños Daniel Santos y Myrta Silva, Alberto Pérez Sierra, Babbye Willie, Eladio Peguero,  (“Yayo el indio”), Welfo Gutiérrez, Jorge Maldonado, Rodolfo Hoyos y Justo Betancourt. Figura icónica de la Sonora. Celia Cruz debuta en agosto de 1950. Durante los quince años que se mantuvo en la agrupación (1950–1965), la llamada “guarachera de Cuba” llegó a grabar alrededor de quince éxitos, entre los que destacan  “Burundanga”, “Caramelo”, “El Yerberito”, “Tu voz”, “Ritmo, tambó y flores”, “Pa' la paloma”, “Nuevo ritmo omelenkó”, “Vallán vallende” y  “La sopa en botella”. Otros cantantes inolvidables del conjunto fueron los también cubanos Vicentico Valdés, las Hermanas Lago, Miguelito Valdés y la haitiana Martha Jean Claude hasta llegar a una lista de cerca de una veintena de vocalistas.

Entre las numerosas giras protagonizadas por la Sonora Matancera deben citarse las emprendidas a  Perú, Chile y Uruguay, en 1957. A inicios de la década de 1960 viajan a México previo contrato que se extendió hasta 1962. Posteriormente actúan en Caracas  y de ahí parten a New York, donde se establecen de forma definitiva sin perder nunca el sello musical que los distingue hasta hoy. Como dato curioso no puede obviarse su actuación en México con la gran cantante veracruzana Toña “la Negra”, quien en 1974 grabaría con la agrupación cubana los boleros–son “Lamento jarocho”, de Agustín Lara y  “Mentira Salomé”, de Ignacio Piñeiro.[3]

Hacia esta época el formato de la Sonora Matancera lo componían dos o tres trompetas, guitarra, piano y percusión –representada por bajo, congas, bongóes, güiro, maracas y claves-, además de los cantantes que se turnaban o unían sus voces para hacer coros, especialmente en los estribillos. Sus intérpretes impusieron un peculiar estilo  que los diferenció  de otros conjuntos, convirtiéndose en su carta de presentación e identidad que ha perdurado hasta hoy.

En su larga y fructífera carrera el conjunto ha grabado más de mil temas musicales. Doce sellos disqueros han preservado su registro en géneros diversos y sus integrantes intervinieron en ocho películas. Asimismo sobresalen sus actuaciones en más de treinta países del mundo. En el amplísimo repertorio de la Sonora Matancera, a la par que los ritmos más “pegajosos”, los boleros contribuyeron a enfatizar su bien ganada fama. En las voces de varios de sus cantantes se hicieron mundialmente famosos títulos como “Dos gardenias” que en la voz de Daniel Santos devino un himno; “Piel canela”, “Total”, “Los aretes de la luna”, “Tu voz”, “Desesperación”, “Todo me gusta de ti”, “Caribe soy”, “Así es mejor” y “En la orilla del mar”, por citar los más reconocidos.

A partir de su consagración, numerosas agrupaciones surgieron a lo largo y ancho de la isla adoptando el exitoso formato, que se convirtió en paradigma de estas hermandades musicales. Entre ellas, La Gloria Matancera[4], fundada el 3 de junio de 1927 por Juan Manuel Díaz Clemente, quien era cantante y tocaba las claves. Entre la Gloria  y la Sonora se estableció una estrecha colaboración, cuando cantantes de ambos conjuntos actuaban y grababan juntos para el mismo sello disquero.

De semejante formato y estilo se había fundado en 1924 la Sonora Lira Matancera nacida en el barrio de Pueblo Nuevo y que hoy constituye un verdadero patrimonio de la música popular cubana[5]. Por su parte, desde la década del sesenta el Conjunto Caney de Cuba debe su éxito musical al hecho de haber interpretado parte del catálogo de la Sonora Matancera  que han cultivado a través de los años con asombroso estilo propio.

Durante la década del noventa del siglo XX proliferaron en la isla las agrupaciones tipo Sonora como la fundada por Estanislao Sureda[6], otrora cantante de la emblemática orquesta y que posteriormente se convertiría en una de las voces insignes de ese fenómeno musical que es el Buena Vista Social Club[7].

La Sonora Matancera ha dado lugar, según César Miguel Rendón, a la matancerización, pues otras agrupaciones adoptaron no solo su estilo de interpretar la música bailable del área, sino hasta el nombre: Sonora Tropical, Sonora Silver, Sonora Antillana, Sonora mexicana, Sonora Ponceña, y en Cuba, el grupo Caney es, en cierta medida, una réplica de la Sonora matancera. Este es el legado de este singular conjunto, que aún no acaba su historia[8].

A la distancia de más de noventa años de fundada, la Sonora Matancera, es uno de los  conjuntos tipo sonora más importantes y de alcance internacional que ha dado Cuba a la música del mundo. Estimada por acreditados musicólogos como “el decano de los conjuntos cubanos”, la Sonora matancera llegó para permanecer, marcando pautas en el quehacer musical de la llamada música popular. Lejana está la fecha de sus orígenes, pero la vigencia y la herencia legada por cada uno de sus miembros nos provocan evocar la conocida frase de “Cañonazos, sonaron los cañonazos/Ay, cuando toca La Sonora/la rumba del cañonazo, bonita/Cañonazos, sonaron los cañonazos/”

Citas y referencias


1. En su Diccionario Enciclopédico de la Música en Cuba, Radamés Giro ofrece información precisa sobre esta agrupación y afirma que sería en 1932, cuando a iniciativa de Rogelio Martínez, el conjunto comenzó a ser llamado Sonora Matancera.

2. Radamés Giro: Diccionario Enciclopédico de la Música en Cuba, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007, Tomo 4, p.169.

3. La Sensación Jarocha”, Disponible en sonoramatancera.com/tona-la-negra-.html, Revisado en febrero de 2017.

4.Fundada tres años después que la Sonora Matancera, la Gloria Matancera ha sido también protagonista de una amplia trayectoria dentro de la historia de la música popular cubana. A lo largo de su existencia ha grabado con numerosas compañías. Entre los músicos y cantantes que la han enaltecido se cuentan los internacionalmente reconocidos Estanislao Sureda (“Laito”), Severino Ramos y Celia Cruz, ya citados; así como Merceditas Valdés, Pepe Meriño, Cheo Junco, Felo Martínez, Nelo Sosa, Rolo Martínez, Roberto Sánchez, Juan Manuel Díaz, Rafael Ortiz, Carucito y  Alberto Beltrán.

[5] A sus más de noventa años de creada, por la Lira Matancera han pasado más de cuatro generaciones de músicos sin variar su sonoridad y estilo propios. Así lo han patentizado en importantes y emblemáticas presentaciones entre las que se destacan el Onceno Festival de la Juventud y los Estudiantes, en el que participaron como Orquesta Exclusiva o en festivales del Danzón, Benny Moré y Adolfo Guzmán.

[6] Su producción musical más renombrada es el C.D “Sonaron los cañonazos”, que contiene temas tan notables como: “Idilio”, “Sonaron los cañonazos” y “Ay, cosita linda”, que fueron rotundos éxitos de la Sonora Matancera en la década del cincuenta del siglo XX.

[7] Embajador de la música tradicional cubana, Buena Vista Social Club surgió en 1996 a partir de la unión de emblemáticos soneros cubanos que habían llegado al clímax de sus respectivas carreras musicales entre las décadas de 1930 y 1950, aproximadamente. En conjunto confirieron nuevos bríos internacionales a la música de la isla: el son, el bolero, el danzón y la salsa. Sus grabaciones y presentaciones por gran parte del mundo le merecieron, entre otros premios, el Grammy y la nominación en el 2000 a un Oscar al mejor documental sobre la agrupación. Entre sus músicos más reconocidos se cuentan Eliades Ochoa, Omara Portuondo, el laudista Barbarito Torres y Estanislao Sureda Laito, cuyo mítico “Chan Chan” dio la vuelta al mundo

8.Radamés Giro: Ob., Cit.; p. 169.