José Jacinto Milanés.  Estatua en el patio de la catedralQuizás el autor dramático matancero más conocido en toda la historia del teatro cubano sea José Jacinto Milanés (Matanzas, 1814), nacido en esta ciudad en un año del siglo XIX, que jamás, salvo viajes esporádicos abandonó su tierra natal.

Por lo tanto pertenece a esos poquísimos autores que nacidos y criados en el embrujo, no se sabe si benefactor o fatídico de una ciudad como Matanzas. El esplendor económico de aquella época pero también sus catástrofes inolvidables que violentan la psiquis y  la escritura de muchos, lo hizo mantenerse entre estas calles, ríos y puentes, acodado para siempre, antes de desgarrarse y seducir a muchos como personaje dramático (Tomás González, Abelardo Estorino, Virgilio Piñera), mientras grita “Isa”, lo asedian demasiados fantasmas, inventa su locura para engañar a los verdugos políticos o lo vuelven loco las circunstancias agobiantes de su irrespirable Matanzas.

Un Milanés que languidece, mientras  Carlota teje su última pantufla, la que se guardaba en  una habitación de la casa donde murió un 14 de noviembre 1863.

¿Es el más conocido?  ¿O es el que nos quedó como un símbolo  de la ciudad con sus calles vacías en las noches? ¿O es el que recordamos inmediatamente en esos despertares alucinados de poetas y artistas que a veces  emerge, como las inundaciones del mar, para recordarnos  que existimos? Lo cierto es que Milanés es para Matanzas, lo mismo que el Sauto, los puentes y los ríos, con esa visión de apego romántico, que poseemos y que Sigmund Freud debía haber estudiado, al hermoso paisaje de la ciudad y a nuestras glorias pasadas.  Lo es, también porque otros se fueron.

Milanés es un sinónimo de Matanzas. Lo es, porque vivió, sufrió, amó, escribió y murió en ella, sin marcharse. Lo es, además de su poesía, por la   trascendencia en la dramaturgia  y poesía cubana del siglo XXI, especialmente El Conde Alarcos, de 1835, que inaugura nuestro romanticismo.  

Él está en los espLa Ciudad Malditaacios físicos de los que hablan sus obras poéticas (puentes, ríos, casas…) y  en los lugares en que se fue creando su mito, las casas (donde nació y murió que no son las mismas y la gente confunde)  y la de su tío Don Simón de Ximeno, el padre de Isabel de Ximeno, frente a la de él, como un martirio a su pasión amorosa.

Es el  Milanés que sedujo a Estorino y a Virgilio desde dos perspectivas muy distintas, pero donde coincide lo atroz de su vida, permeada por las circunstancias económicas y políticas.

Milanés fue una víctima de la historia y también de la ciudad, entendiendo como tal sus autoridades, sus jerarquías sociales, el despotismo, la esclavitud, la incomprensión a su condición de poeta,  y lo que  ello puede provocar en la  frágil sensibilidad de  un  ser humano como lo es el autor de El Mirón Cubano y en su obra, que escoge como escenario la ciudad y los personajes de la Matanzas del siglo XIX.

¿Cómo vio el poeta a la ciudad en sus textos dramáticos? ¿Hay diferencias en la visión que tiene de la ciudad como poeta? ¿Acaso los dramaturgos ven la ciudad diferente a los poetas matanceros? ¿O lo interesante es lo que la ciudad provocó en el artista y ser humano José Jacinto  Milanés?

Milanés en el texto Vagos Rumores de Estorino, ofende constantemente a Matanzas y sin embargo la extraña y se ahoga, al viajar a La Habana. Parece ser cierto ese extraño embrujo que hace padecer a algunos la ciudad fundada por Carlos II, que llamaban el hechizado y que nombre tan sanguinario ostenta. Estorino hace decir a  Milanés en su texto:  

Me quedaré en esta ciudad horrible, preso entre los  dos ríos. Me consumiré aquí, en estas calles oscuras, torcidas, sin gentes. Quiero ver  siempre esa bahía asquerosa repleta de barcos que arrojan sus desperdicios en la playa inmunda. No quiero abandonar el Valle, abismo sin fondo, y hundirme, hundirme en este hueco donde me tocó nacer.

En la versión primera del Milanés, de Virgilio Piñera, Carlota también dice en uno de sus diálogos, que “Matanzas  lo está matando”; que lejos de la ciudad, quizás vería las cosas de otro modo, que “no las vería negras”. Una Carlota que le pide “se vaya a La Habana”  y sin embargo él pide afrontar su realidad y se queda para siempre. Pero Matanzas es su perdición, “el hueco” al que se refiere Estorino en sus Vagos Rumores, algo sin salida posible, agobiante. Lo negro, lo oscuro, vuelve a ser un adjetivo para definir lo que la ciudad produce en los que viven en ella.  En la segunda versión de los manuscritos de la obra inconclusa, el propio Piñera, como personaje teatral  refiere y enfatiza como características  de la familia de los Milanés,  el ser víctimas de los tabú de su época: lo provinciano y  lo católico.

El más conocido de nuestros dramaturgos es Piñera y también el más vilipendiado de todos, y solo a veces se recuerda que nació en Cárdenas en 1912. Pero Cárdenas no es Matanzas, es la ciudad de las primicias, la que compite con la capital de provincia y con toda Cuba, y por eso debe haberse inventado un ser como Virgilio, para que saliera o se lo llevaran de allí lo más rápido posible, para quedarse  –después de su periplo camagüeyano  en La Habana. 

El verdadero Virgilio, es el que va surgiendo durante su estancia en La  Habana, el que juega en la adultez lo que la infancia debía dejar como sedimento. ¿Qué queda en Piñera de su Cárdenas natal? ¿Habría que preguntárselo a sus transgresores textos dramáticos? Es interesante leer las referencias en Si vas a comer, espera por Virgilio, de José Milián, otro matancero ausente cuando se refiere a la Atenas de Cuba. Virgilio la llama infeliz Atenas, le pide a Pepe Milián que la deje descansar en paz. El adjetivo infeliz, determina lo que piensa de ella. Si descansa, es porque está inmóvil, quizás estática, agonizante. Es lo que piensa el personaje Virgilio -siempre trasgresor- con un humor corrosivo sobre Matanzas. Y esa visión de estatismo  permanece desde lo que padece el personaje Milanés en sus manuscritos inconclusos, hasta sus propias referencias, convertido él en un personaje dramático, por otra generación de autores.  ¿O es  lo que piensa José Milián de la ciudad que lo vio nacer,  con ese humor personal que se transpira como rasgo de sus diálogos en casi toda su obra dramática?

No se puede escapar de la infancia, dice el personaje Virgilio y no se sabe si quien lo dice es  Piñera o es Milián.  Pero sin dudas,  lo creo. Estoy casi seguro. De la infancia no se escapa, y de Matanzas se debe huir rápido o caes en el maleficio del que no pudo escapar José Jacinto Milanés. ¿Es una pregunta que me hago, yo que también nací en Cárdenas, me crié en el Valle de Guamacaro y vivo y escribo en Matanzas?

En Virgilio, la respuesta de los sedimentos de su memoria de la niñez están en sus personajes, en sus historias de atmósferas asfixiantes, en las familias que parece inventar; que fueron de alguna manera la suya, versiones de la suya... Diseccionadas a profundidad con su sutil sensibilidad para teatralizar la cotidianidad, desde una perspectiva distanciadora donde afloran estilos y tendencias que van desde el bacilo griego o su brillante manera de asumir lo absurdo, lo trágico,  con códigos  de  creación propia y muy particular, y de una cubanía que asumió visceralmente; que nada tiene que ver con la yuca con mojo, como dice también el Piñera personaje.  

José Milián, nacido en Matanzas 1946, lo acentúa  en su Pepe de Si Vas a comer, espera por Virgilio. Él huye de su infancia y a los 15 escribe un Vade Retro conmovedor y clásico. Un mundo espeluznante de miserias y traumas donde el personaje de La Coreana carga entre latones de basura,  a su hijo, inmerso en un ambiente de circo, de feria, de festín macabro. Una metáfora del dolor,  desde el escarnio, de quien se convierte en uno de nuestros más importantes dramaturgos y directores teatrales, después de dejar su huellas teatrales en la ciudad (hay fotos que lo demuestran) y  cursar el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional.

Premio Nacional de Teatro 2008, Milián es el  autor de La Toma de la Habana, Juana de Beciel,  y otras obras, con una dramaturgia  que se inscribe con auténtica entrega a los conflictos de una diversidad temática poco común, con rasgos tipológicos donde permanece, a pesar de su variedad de estilos, la poética que nace con su primera obra,  Vade Retro.

Un adolescente  que al llegar de Matanzas a La Habana – según lo describe Gerardo Fulleda León - tímido, retraído, de sonreír a medias, estaba espantado de la miseria, y esa miseria provenía de sus recuerdos en la ciudad donde vivía.  Porque Vade Retro, es un grito para espantar ese pasado, y esa realidad del pasado  se encontraba en Matanzas. Lo  volvemos a encontrar en otra de sus obras, La Reina de Bachiche, donde Matanzas es espacio patentizado  con sus barrios y regiones de su geografía, que analizo a profundidad en otro ensayo: Milián y la Reina de Bachiche.

¿Cuáles son las atmósferas, los personajes de ambas obras donde Matanzas es el escenario de sus alucinaciones?  

Es el de los recuerdos de Milián, ficcionados desde el dolor y la desesperanza. Son textos escritos desde el margen de la sociedad.  Del submundo. Personajes degradados, si los analizamos desde una perspectiva dramatológica.

Abelardo Estorino, Premio Nacional de Teatro, Premio Nacional de Literatura, Miembro de la Academia Cubana de la Lengua, nace en Unión de Reyes en 1925 y también se marcha muy joven. En Estorino –otro de los Pepe-  hay una relación, casi íntima con Unión de Reyes y Matanzas. Unión forma parte de sus lugares más queridos, aparece en las disdacalias de las obras El Robo del Cochino, La Casa Vieja y Morir del Cuento.

“Pueblo de provincia”, escribe, pero uno está seguro que es su pueblo natal, especialmente si se conoce ese pueblo de calles enrevesadas que él describe con amorosa pasión (su nombre, el río, la escuela, el cine, su familia, siempre su familia…) en el libro Por los Extraños pueblos: otro mapa de la Isla, de Ediciones Unión.  

Ese viaje, entre el lugar donde se crió –Unión de Reyes-  y  el Instituto de Matanzas, donde estudió en su adolescencia/juventud, instauró en su biografía personal y creativa una especial relación con los paisajes y la arquitectura  de los dos lugares, pero esencialmente, con su gente.

Estorino alcanza una profunda caracterización de las  complejas psicologías del mundo semirural en sus textos. Hay una  insondable indagación en esa realidad de pueblo del interior que rebasa el marco provinciano del espacio que él recrea, ama y del que a la vez  desea escapar, si lo analizamos indagando en las decisiones y actos de algunos de sus personajes, como el Esteban de La Casa Vieja.  

Esteban, de treinta y cinco años, se ha marchado y regresa por la enfermedad de su padre. Quiere llevarse a Laura a La Habana. También quiere ayudar a la muchacha de diecisiete años que quiere ir a estudiar a la capital. Siempre La Habana. La Habana como espacio que redime de esas depresiones provincianas contra las férreas intolerancias de toda índole.    Es La Habana hostil con Esteban, el guajirito que llega a la metrópoli, pero se convierte  con el paso del tiempo en un espacio liberador, de oportunidades que lo hacen realizarse como ser humano. Igualmente inhóspita con Milanés o con sus visiones de una ciudad, en La Habana puede encontrarse la salvación para el poeta, según Carlota, según  otros personajes de los textos que abordan su personalidad. Es lo mismo que sucede con todos los que llegan, lo que intentan conquistarla, ponerse a sus pies.  ¿No es de eso de lo que hablan Pepe y Virgilio en el texto de Milián antes aludido?

En La Casa Vieja y en Vagos Rumores, hay dos visiones interesantes de los espacios físicos, la ciudad capital y el pueblo, en el sur, muy cerca de Matanzas, pero también de La Habana.  Esteban se marcha, y su breve regreso produce en él un reencuentro con los prejuicios, las leyes de una moralidad provinciana, que lo hacen regresar a la capital, para no ahogarse, como Milanes.  

Sin embargo, Milanés, va a la Habana, pero regresa asfixiado, para ahogarse, de nuevo en Matanzas.  Unión y Matanzas se unen por carreteras y vías férreas a La Habana. De ahí  el origen del nombre: la unión de los ramales que provienen de ambas ciudades.  Hay una diferencia entre Milanés y Esteban,  el último solo regresa, para volver a La Habana. Esto es quizás lo que separa a Milanés de Estorino. 

A Estorino, le escuché contar, en uno de sus constantes regresos a su lugar de origen, de cómo los recuerdos de la infancia, persisten, afloran, viven en uno para siempre. Lo creo, un ser humano es una mutación constante donde sobreviven, aunque se quieran borrar, las huellas de su pasado.

José Ramón Brene, (Cárdenas, 1927) el popular autor de Santa Camila de la Habana Vieja, Fray Sabino,  Pasado a la Criolla y otras importantes obras, en realidad pasó su infancia y juventud en otro municipio matancero: Pedro Betancourt,  estrechamente vinculado al Central Cuba Libre, de cual su padre fue puntista. Betancourt está más al sur, se une por vías férreas y carretera a Unión de Reyes.  Mucho más alejado de Matanzas, bastante, diría yo.  Brene, que fue marinero, fue quien más lejos -y desde diferentes distancias- se encontró de Matanzas, como Virgilio durante su intensa estancia  en Argentina.  Brene tenía el espíritu aventurero, que les faltaba a los otros.

Él disfrutaba mucho regresar a su ciudad natal, Cárdenas, donde todo parece indicar que siempre lo tuvieron como hijo predilecto. Según Maité Vera, fue Brene quien contribuyó a que invitaran a Virgilio a las actividades por las celebraciones de “El cardenense ausente”, en las duras etapas del ostracismo de este último.  Según su testimonio, Virgilio estuvo  muy feliz de su regreso a la ciudad natal. Brene, obsesionado por la historia, por reinventarla escribió Fiebre Negra, una obra que sin mencionar a  Matanzas se refiere a los trágicos sucesos de 1919 durante el supuesto crimen de la niña Cecilia Dacourt.

Brene, que siempre tuvo una clara actitud antirracista, defiende la versión negra de los hechos donde la niña es llevada a España por su verdadero padre. Los acontecimientos que dramatiza culminaron con una ciudad sitiada por el ejército y  una persecución implacable al negro por sus creencias religiosas, que recuerda los Sucesos de la Escalera en el siglo XXI, donde aparece vinculado Milanés, lo que abordan Estorino  y Piñera en sus textos  sobre el  bardo y dramaturgo.  

En Fiebre Negra, están las pugnas políticas de la republica, los intereses de clases, el racismo secular, la represión política, la corrupción policíaca, con personajes que  pertenecen  a diferentes estratos sociales de la sociedad matancera, desde la burguesía hasta los  seres más humildes y marginados. 

La Matanzas que recrea Brene demuestra la reiteración de los ciclos históricos en diferentes etapas de su historia, pero con variantes según la época.  Grandes conmociones sociales y represión de matiz ideológico. Esto es lo que encontramos como rasgo común en las biografías de los dramaturgos estudiados y en sus obras, que parecen ser un reflejo de momentos o zonas de sus vidas, que los hacen interesantes como personajes dramáticos. 

René Fernández Santana, el único Premio Nacional de Teatro (2007) que vive en la ciudad de Matanzas, quedó como un emblema del teatro para títeres y niños en Cuba, en la calle Daoiz. Un autor  para niños lo hace ser diferente, dentro de este análisis. Incluso, para que alguien pregunte porque lo incluyo en este ensayo: ese es uno de los primeros elementos que lo llevan al margen, alejado de los centros. Parece ingenuo, pero no lo es: lo que no pudo hacer en los setenta fue trabajar con niños en su querido guiñol de Matanzas, porque continuó trabajando como diseñador, como director, autor  y coreógrafo para el público adulto, hasta que vuelve en la década del ochenta a su lugar de origen creativo con El Gran Festín.

Con asedios en diferentes momentos de su trayectoria desde que inicia su vida creativa en 1962, pero elevándose ante toda adversidad para no someterse, Fernández Santana, maestro titiritero, crea las bases paradigmáticas de una institución que nace con la Revolución y con el interés de esta de apoyar desde sus inicios a la cultura. Un colectivo de ejemplar trayectoria durante cuatro décadas, a pesar de las colisiones traumáticas de la década del setenta,  los retrocesos que propició la destrucción del Castillito de Los Niños y la separación del creador de su espacio de creador, en la hecatombe que provocó la década del sesenta para  el Guiñol de Matanzas y que la historia recoge como el fenómeno de la parametración.  Durante estas cuatro décadas René Fernández crea una obra dramática prolífica, diversa, en la que Matanzas reaparece muchas veces como un sustrato antropológico, psicológico, social, que fusiona imágenes diversas de  nuestra cultura con la herencia hispana y  universal.  

Crear desde Daoiz, en pleno corazón del barrio La Marina, incide en una  zona de su dramaturgia donde las herencias de origen negro que han sobrevivido en Matanzas, como las culturas yoruba, congo, lucumí, alcanzan desde el teatro de títeres una connotación artística jamás conseguida que rebasa fronteras nacionales para insertarse en el panorama internacional. Fernández Santana, persistió en su creación, como las culturas marginadas del hombre negro  que abordó en sus puestas, y alcanzó los reconocimientos que merecía, en Cuba y en el extranjero.

La mayoría de los autores nacidos en esta tierra escaparon espantados o no,  de esta ciudad o de sus municipio colindantes, por motivos diversos, o al menos, al descubrir oportunidades propicias,  como pudo ser las del triunfo revolucionario de 1959, buscando una ciudad OTRA.  Esa ciudad otra fue La Habana. Algunos, al quedarse,  han vivido un trauma visible, al menos uno, perceptible e incurable. Un trauma que me está asustando, por  no haberme marchado a los veinte y cinco años.   

Es cierto que muchos se marcharon siendo muy pequeños o que más bien se los llevaron sus padres, como es el caso del mismo Virgilio o Nilo Cruz (1960), el importante dramaturgo cubano ganador del Pulitzer de Drama, a quien  llevaron a vivir a los Estados Unidos a finales de los sesenta, que es otra variante de los que se van a otro lugar, además de La Habana.

Pero otros lo hicieron por decisión propia, luego de  encontrarse con la ciudad OTRA,  a la que llegaron por diferentes motivos.

La Habana para nosotros, los matanceros, es cercana, unos 198 km de distancia, lo que te hace viajar en menos de dos horas en sentidos contrarios, pero aún así, hay una diferencia entre estar cerca o vivirla.  

En Matanzas o sus predios nacieron, con diferentes logros en su obra, por ejemplo, entre los que se fueron y no profundizo en ellos: Federico Villoch, Nora Carvajal, Nora Badía, Gerardo Fernández, Dora Alonso. Entre los que se quedaron: Rolando Arencibia, Dania Rodríguez García, Hugo Araña, Gilberto Subiaurt, María Laura Germán, Laura Ruiz, José Manuel Espino,  Jesús del Castillo, y quien escribe. También están algunos, como José María Heredia, que escribió sus obras dramáticas en Matanzas y tuvo que salir hacia al destierro por esta ciudad.

Preguntarnos hasta donde son matanceros en esencia  y en qué rasgos de su obra permanecen tipologicamente elementos de  esa permanencia o desacralización perpetua que deja en algunos el haber nacido y especialmente haber vivido en un lugar determinado, es una tarea compleja.

Algunas claves de esa relación las he referido brevemente.

De alguna manera resulta muy interesante seguir profundizando en esa correspondencia entre la ciudad maldita y sus dramaturgos,  en cada  lectura.  Lo que solo abre nuevas interrogantes.


* El siguiente ensayo fue escrito en Matanzas, por un dramaturgo matancero Ulises Rodríguez Febles (Cárdenas, 1968) y  sucede en Matanzas y tres de sus municipios. Los dramaturgos tratados son José Jacinto Milanés, Abelardo Estorino, Virgilio Piñera, José Milián, José Ramón Brene y René Fernández Santana.

Por: Ulises Rodríguez Febles