Portada de Los azules desconocidos del polvoLos azules desconocidos del polvo: libro de viajes: Hispania[1], de Teresita Burgos, es un texto de atmósfera memorable, como todos los libros que se escriben con la emoción y el temblor del poeta que percibe por primera vez sitios o paisajes desconocidos, lugares que se habían visitado solo en los sueños o con el poder inagotable de la imaginación. La autora nos ofrece, desde su exquisita sensibilidad, un conjunto de textos que devienen crónicas, testimonios de su estancia en diversos sitios de la geografía española. Escritos a partir de 1984, los poemas están dedicados a su padre, a su abuela María y a los cipreses, esos árboles majestuosos y enigmáticos que han servido de inspiración a tantos poetas y cantores.

Los azules desconocidos del polvo está compuesto por dos secciones: Tinte de los páramos y Por las soleadas estancias; esta última constituye una remembranza de algunos sitios del sur de España visitados por la poeta y que despiertan en ella profunda evocación. Sus versos ofrecen una originalísima impresión de la naturaleza española, vista con los ojos de quien está acostumbrado a esa luz en demasía que se derrama sobre nuestra isla. Aquí aparece un sentimiento de exaltación al paisaje, pero no solo como presencia material, sino que la poeta se sitúa en el centro de este y nos lo devuelve vivo también como espíritu y esencia:
 

Las rojísimas hojas del otoño, sublime espectáculo de las hojas puras muriendo. Las santas hojas del espacio; las distantes soledades de la viajera de paso que se pregunta sobre la perdurabilidad de sus huellas en los sitios ajenos, queriendo rescatar su piedra con alas de tórtola, amándolos desde la pobreza, desde la impotencia o los miedos que la rigen.

 
Tienen los poemas de este libro la capacidad de ejercer fascinación por lo desconocido. La autora describe estos sitios de una manera que solo le es dada a la poesía: de una forma casi etérea, intangible, dejándonos entrever más que las cualidades externas de los lugares, sus atmósferas y esencias; substancia que la poeta sabe trazar con palabras precisas, con elegancia y sobriedad, donde nada sobra o falta. Esta delicadeza a la hora de concebir el verso, el ritmo y el uso cuidadoso del lenguaje, las metáforas certeras y precisan son, a mi modo de ver, algunas de las características esenciales de Los azules desconocidos del polvo. Entre líneas percibimos la quietud, el silencio que también nos habla, las transparencias, las cosas, en apariencia insignificantes, como una vieja torre caída, herida, tan parecida a la soledad. Las llanuras, los perales, el trigo, los huertos, palabras que más que objetos o sitios tangibles devienen símbolos del país de muchos de nuestros antepasados.
 
Hay también música en estos poemas, suave, humilde, y a la vez majestuosa, de las palabras precisas y sinceras; esas tonadillas de antaño, cuando los hontanares reunían sus lánguidos espejos a merced de aquellos hombres, inertes hoy bajo los cipreses, que vuelven a sus pasos, al encuentro de los silbos.

Tengo sed de lo límpido, del aire que no lastime, nos dice la autora en su poema “Humildes músicas”; sed de lo contrapuesto a la vorágine y el vértigo que nos produce la realidad, sed de lo percibido fugazmente: Dulzainas que la siguieron al mar como si la amaran y a las que escucha junto a las cigarras y la noche.
 
Hay mucho de enigmático en Los azules desconocidos del polvo, una aureola de misterio, casi mística, que consigue transmitirnos paz y belleza en medio del torbellino de estos tiempos. La poeta ha sabido mantenerse lo más intocada posible por este vértigo, y desde su quietud nos hace partícipes, como lectores, de estas entrañables contemplaciones y sus ecos, que se han hecho voz propia, imaginario personalísimo. Sutil la piedra inicia su travesía. Los ojos van quedando en la increíble vestimenta de los arcos. Estamos a bordo de un sueño único: el claustro de san Gregorio, donde su atmósfera diluida fenece con estas palabras, la casa de Cervantes y el concierto del azar con el misterio, el agua que sigue siendo el agua que amamanta el linaje humilde de los puentes; la piedra y el ciprés, las lentas estaciones.
 
Los azules desconocidos del polvo es un libro –remanso, que tiene la virtud de devolver paz y quietud a nuestros espíritus, rara virtud en estos tiempos veloces de angustia y desencanto. Nuestras sensibilidades agradecen infinitamente estas fugas que nos regala Teresita Burgos en forma de versos.


[1] Ediciones Vigía, Colección del San Juan. Diciembre del 2012. Matanzas. Cuba.
 

Por: Yanira Marimón