Por: Erian Peña Pupo

Hace varios años Eduard Encina leyó los versos de “Remanganaguas” en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) holguinera. Esa mañana leyó también otros textos inéditos, pero “Remanganaguas”, nombre de un lugar mítico en parte del imaginario popular de la región oriental, asociado a la muerte y los entierros de José Martí, es uno de esos poemas–disparos que se quedan impregnados en la cabeza por un buen tiempo dando volteretas indóciles y agresivas. Creo fue durante la Feria del Libro en Holguín o en los días de la Fiesta de la Cultura Iberoamericana, no podría precisarlo bien, pero sí recuerdo que junto al poeta santiaguero compartía lectura su gran amigo, el holguinero José Luis Serrano, a cuya petición Encina leyó “Remanganaguas” aquella mañana:

La manigua poética de Eduard Encina

Está turbio el Contramaestre/ Mayo viene arrastrando estatuas que sacaron el pie de la piedra/ en otra margen los niños ven pasar pedazos de héroes/ lanzan flores, pero allá abajo lo que hace falta es un poco de silencio/ para que se escuche la violencia del agua crecida/ Remanganaguas/ Aquí está. Nadie lo sabe/ El gallo se nos muere pero el oído insiste/ sobre ese grano de maíz que altera el paisaje.

Eduard Encina (Baire, 1973) falleció el pasado 7 de septiembre en Santiago de Cuba, un día antes de la Fiesta Patronal en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre. No fue una noticia sorpresiva, muchos esperábamos el desenlace de una enfermedad cancerígena que corroía su interior —esta sí sorpresivamente— y seguíamos el estado del reconocido poeta por las noticias que en las redes sociales hacían públicas desde Claustrofobias, Yunier Riquenes y Nasquiset Domínguez, quienes, junto a otros escritores santiagueros, cuidaban en el hospital de la cabecera provincial, aunque primero estuvo ingresado en Contramaestre, al autor de Golpes bajos (Ed. Abril, 2004), Lectura de Patmos (Ed. Oriente, 2011) y Lupus (Ed. Loynaz, 2016).

En Golpes bajos, uno de los poemarios ganadores del Premio Calendario en 2003, con un jurado compuesto por Basilia Papastamatiú, Marilyn Bobes y Reynaldo García Blanco, el poeta escribió los siguientes versos:

Hijos míos/ la mano derecha es la mano de traicionar/ dejar el café/ asomarse a los trozos de alcohol/ que reverdecen afuera/ mira esos negros traficando la tarde/ su diente asustador traspasa el orden/ dejar café y espejo/ asomarse al silencio de los tatuajes/ al pájaro violeta/ en el ojo amargo del ojo/ sostén el golpe/ mi padre descargó su hambre de vacas/ lucha adentro dejó unas fotografías/ por si el hambre retorna nos acordemos/ que tuvimos un padre que nos repetía/ hijos míos/ la mano derecha es la mano de traicionar/ dejar el café/ asomarse a las palabras

Las lluvias y los vientos del huracán Irma azotaban ese día buena parte del oriente cubano. Aunque no se hicieron sentir con tanta fuerza en Santiago de Cuba y Granma, la costa norte del país sí sufrió los enérgicos embates de uno de los peores huracanes que ha asolado el Atlántico norte en mucho tiempo: Guantánamo, Holguín, Las Tunas… y así hasta La Habana, quedaban incomunicados y sin fluido eléctrico por varios días. Aun hoy, parte del país sigue sin electricidad y no sé si la noticia de su fallecimiento fue reflejada en algún medio noticioso o quedó sumergida en el maremágnum periodístico que trajo Irma. En esas condiciones y aun con el huracán asolando la parte norte de la provincia de Holguín, recibí en el celular —entonces casi sin batería pues funcionaba además como radio FM— el siguiente SMS del narrador y crítico cinematográfico Antonio Enrique González Rojas: “Mano, acaba de fallecer el poeta y gran amigo Eduard Encina. Abrazos. Tony”.

Apenas dos días antes un grupo de amigos escritores —Luis Yuseff, Yunior Fernández, Zulema González, Frank Alejandro Cuesta y yo— conversábamos, en la sede de Ediciones La Luz, sobre el estado de salud de Eduard Encina sin saber que apenas unas jornadas después el desenlace de ese estado sería inevitable y conllevaría al fallecimiento del poeta. Incluso Yuseff nos comentó que Encina tenía aprobado un poemario en el próximo plan editorial de La Luz.

Al saber la noticia por medio del mensaje de Tony —y sin poder decirlo entonces a otros amigos del poeta— recordé algunos momentos en que compartí con Encina y otros en que leí su obra poética. Hace unos años compartimos habitación durante la Feria Internacional del Libro en La Habana, invitados por la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Allí, en el último piso de un local de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) que muchos conocemos sencillamente como “Fe del Valle”, pues en varias ocasiones ha servido como dormitorio y aula en los cursos del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”, a unas dos cuadras de la calle Línea en el Vedado capitalino, Encina me mostró la reciente edición de su libro para niños Ñámpiti, publicado en 2012. Para ellos había escrito, además, Las caravanas (2013) y El silencio de los peces (2004), poemario que recibió el Premio Calendario Infantil en 2002, con un jurado integrado por Luis Cabrera Delgado y Ramón Luis Herrera. De este libro son los siguientes versos titulados “Partida de ajedrez”:

Claudia juega con la luna/ la partida de ajedrez/ La luna dice que es reina/ Claudia quiere ser el rey/ Luna blanca, Claudia negra/ ¿Se llegarán a entender? Mientras en el poema “Atardecer”, del mismo libro, escribe: Las hojas pierden el brillo/ cuando se hace la tarde/ los pájaros en el cielo/ emprenden un largo viaje/ En la casa hay un silencio/ hay un silencio en el aire/ entonces tomo la hoja/ observo bien esa imagen/ dibujo un sol que se hunde/ en el fondo del paisaje.

Después Encina, miembro de la UNEAC como lo fue anteriormente de la AHS, estuvo en Holguín como jurado del Premio de Poesía “Adelaida del Mármol”. Y hace apenas unos meses, la casualidad —quizá el azar lezamiano— me hizo estar en la entrega del XXII Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, en la Sede Nacional de la UNEAC, donde Encina resultó ganador del Premio con el conjunto de poemas titulado “Manigua”, en el que el jurado, compuesto por Enrique Saínz, Julio Mitjans y Edel Morales, destacó la “atención a las búsquedas del cuerpo central de sus ideas y del discurso lírico que el autor nos entrega en sus poemas”. Coincidentemente, su amigo José Luis Serrano obtuvo el Premio “Ilse Erythropel” que otorga la propia revista en coauspicio con la Corporación de Arte y Poesía Prometeo de Medellín, Colombia, y la Fundación Nicolás Guillén, en representación de las herederas de Ilse Erythropel y Julio Girona. Entonces envié un SMS a Serrano contándoles las buenas nuevas suyas y de Encina, y partí luego hacia Holguín con una selección de libros de UNIÓN que Norberto Codina, escritor, revistero nato y director de La Gaceta, enviaba al poeta holguinero como parte del Premio. Después de varios días me encontré con Serrano en la sede de Ediciones La Luz y le entregué sus libros; entonces lo acompañaba Encina y pude felicitarlos personalmente a ambos. Después supe que Eduard viajó al Festival de Poesía de Medellín, uno de los más prestigiosos de la región, gracias al propio Premio de Poesía La Gaceta de Cuba.

El siguiente número de La Gaceta de Cuba, especial para mí pues la revista abre con una entrevista que le realicé al escritor Alberto Garrandés, publicó los poemas ganadores del Premio de Poesía. Además de “Manigua”, el lector puede encontrar una voz segura, consistente y experimental respecto al lenguaje, pero conocedora, al mismo tiempo, de la tradición poética universal y de sus contemporáneos, en los poemas “Anatomía patológica”, “El leñador”, “Las masas”, “El hacha”, “Dos p eme”, “El desbroce”, “Los ambidiestros” y el antes mencionado “Remanganaguas”.

Con el fallecimiento de Eduard Encina la poesía cubana pierde unas de las voces más originales, inteligentes y conmovedoras de una generación poética que aún tiene mucho que decir en el panorama de las letras insulares. Y además, a una tremenda persona, un tipo campechano como pocos que desde el dolor y la cotidianidad de su Contramaestre supo elevarse en el complejo camino de la poesía y la creación literaria. Como dijo hace poco un amigo: “Todo el mundo concuerda en una cosa: Encina es un gran poeta y una gran persona”.

De “El desbroce” son los siguientes versos que nos recuerdan que Eduard Encina, poeta completo y sincero, sencillo y complejo al mismo tiempo, como sus versos y su vida misma, inmerso en la manigua poética de los campos cubanos, dio “pisón, repello y lechada” para bien de la poesía en Cuba:

Solo con el machete se aclara el camino/ de un lado arde la zarza/ del otro el marabú se repite/ de boca en boca/ como los malos poetas que vienen del Oriente/ cargados de odio, silencio y mierda/ Vienen a caballo/ Maceo, Guillermón, Rabí, un bulto de negros/ que no entiende la abulia, los mercados/ la libra de corruptos en pie/ Siguen su estrella y avanzan/ poetas vivos sobre poetas muertos/ un combate desigual pero no importa, nunca importan los caídos/ sino los que dieron pisón, repello y lechada.


Tomado de:

http://www.uneac.org.cu/noticias/la-manigua-poetica-de-eduard-encina