Lourdes GonzálezNo ser feliz debiera considerarse “el peor de los pecados que un hombre puede cometer”, según estima Jorge Luis Borges en el conmovedor poema “El arrepentimiento”. No ser feliz implica para él traiciones esenciales a la condición humana: haberse fallado a sí mismo, a los padres, a la sociedad, a la naturaleza... El desasosiego que se desprende de estos versos del importante escritor argentino, tiene evidentes puntos de contactos con la situación espiritual en que se encuentran los personajes de La mirada del siervo, libro de cuentos de Lourdes González (Holguín, 1952), que Ediciones Matanzas acaba de publicar. Apenas los diferencia una cuestión de matices, de tonos. El sujeto lírico-Jorge Luis Borges comunica, asume sus desajustes con una especie de melancólica mesura, hay dolor en su voz, desencanto, frustración, pero no es asfixia, desequilibrio, pataleo. Tal vez porque evalúa cuando ya lo pasado es pasado y se puede meditar con más calma, con objetividad. No sucede lo mismo con los personajes de La mirada del siervo, la perspectiva es distinta, no se enfrentan a lo ya transcurrido, sino al presente, al ahora mismo, en torno a cuyo vórtice giran, desesperados, agobiados.
 

No logran salirse, sobreponerse a ese huracán en que pueden constituirse los dilemas cotidianos desde sus engañosas insignificancias. No se quedan con los brazos cruzados, luchan, tratan de dar lo mejor de sí para salir adelante frente a las circunstancias que le impiden ser felices y ser, por tanto, plenos. Pero hagan lo que hagan los propósitos se les escurren como agua entre las manos, nunca los materializan, y queda la angustia, el sinsentido.

El hastío, los convencionalismos sociales, la familia, la soledad, el amor, el sexo, la muerte, la vejez, la demencia, las múltiples personalidades del ser humano... tejen sus redes sobre los protagonistas de las diecisiete historias que conforman este libro. Ellos se debaten, luchan, como ya he dicho, pero todo queda ahí. Como ocurría en la tragedia griega los destinos se han definido de antemano, no lo podrán burlar. En el cuento “Efecto dicotómico”, aquella mujer compra un vestido listeado de colores malva y rojo, una bata de dormir estampada en azul, unos zapatos modernos y un creyón de labios brillante, carmelita, pero ninguna de esas cosas le sirve ya a su cuerpo, la hacen parecer ridícula y no tiene más remedio que prescindir de ellas. En el cuento “El regreso a la Casa Amarilla”, otro personaje femenino encuentra una intensa motivación existencial tras la visita a un lugar donde ha descubierto placeres múltiples, pero esto no puede repetirse, tiene que volver a su hijo pequeño, a su marido, a los convencionalismos sociales. En el cuento “La mirada del siervo”, un hombre coloca afiches sobre las paredes de su casa, establece una realidad paralela, un universo recortado y pegado a su gusto, pero en las mañanas sube a la azotea a contemplar el sol, lo que significa que algo le falta, que no es pleno.
 
Este último texto Lourdes González lo coloca como cierre del volumen, decisión que puede considerarse un acierto. El texto desempeña una función dramatúrgica esencial. Dada su alta carga simbólica, esta historia se convierte en resumen y en conclusión natural del libro. Luego del enfrentamiento con la realidad entablado por los personajes de los diversos cuentos, “La mirada...” aporta una tesis: no se puede crear el mundo perfecto, el mundo ajustado exactamente a nuestra medida, siempre habrá algo que falte, una salida de sol que estimulará nuestras ansias. Habría que entender esto, adaptarse a tal ‘imperfección’, si se quiere ser feliz. Resultaría difícil pero habría posibilidades de ser feliz, al menos de esta forma parcial. Podría ser esta la tesis o ‘moraleja’ del cuento, con lo que el libro en su conjunto toma un sabor, menos amargo, menos pesimista. Es necesario aclarar que este texto final, aparte de su papel fundamental en la dramaturgia del volumen, tiene valores propios que lo hacen ser recordable, antológico.
 
Habría que pensar en la precisión con que esta pieza es contada, la síntesis, la plasticidad —que de hecho lo lleva convertirse en el punto de partida del interesante diseño de cubierta de Johann E. Trujillo—, el hábil uso del narrador que se mantiene en una tercera persona hasta que ya en el último momento, en las últimas líneas, asume la primera persona, sale de su anonimato, y se convierte en el vecino que testimonia la manera en que el personaje central muestra interés por el mundo real. Por cierto, el trabajo con el narrador y la contundencia de los finales de los cuentos pudieran considerarse entre las más llamativas virtudes técnicas a las que ha echado mano Lourdes González en esta oportunidad. Asume el narrador desde la primera persona en singular y en plural, desde la segunda, la tercera, y siempre logra que cumpla su función de modo efectivo. Desde esas voces hace crecer las historias, en las que se presenta como artífice del cuento.
 
Lourdes González muestra capacidad para conciliar los elementos que asume en las historias, de forma que resulten atractivas y en medio de su encadenamiento lógico mantengan el interés. Conoce el tempo de este género, el alcance de sus movimientos interiores y, muy especialmente, las peculiaridades de su estructura, que encamina siempre hacia finales impactantes. Finales que son llamativos e inolvidables para quien los lee, pero que no son solo eso. Sucede que aportan una vuelta de tuerca, tras su lectura los sucesos cobran nuevas dimensiones. Ocurre en casi todas las narraciones, con particular intensidad en las tres a las que ya nos habíamos referido: “La mirada...”, “El regreso a la Casa Amarilla” y “Efecto dicotómico”, y también en otras como “El plagio”, “La capa de agua”, “Rap y Boleros contra el tedio”, “Angélica”, “El entierro”... Ampliando uno solo de estos ejemplos, habría que decir que las interpretaciones existenciales y filosóficas de “El plagio” se amplían notablemente después que llega el final, hasta ese momento la protagonista solo parece ser una escritora frustrada, despechada, pero su conflicto adquiere un carácter más amplio cuando se produce el instante decisivo en que aquel custodio va hasta el interior de la tienda y... El final del cuento es para Lourdes González algo así como lo que los fotógrafos llaman el punto muerto. El punto en que se detiene un movimiento, se congela, y se sabe que empezará otro. Es ese habitual salto de la bailarina captado por el lente cuando ella está en el aire. Con paciencia la autora ha llevado sus historias hasta ese estado definitorio, las impulsa, las coloca en estado de levitación e imperceptiblemente —gracias a las mañas del oficio— se retira, deja que la otra parte del desplazamiento la añadamos nosotros.
 
En su novela Otra vez el mar, Reynaldo Arenas le reprochaba a la literatura que fuera una especie de refugio desde el cual abordar tópicos que por diversas circunstancias se hacía difícil conversar con toda la naturalidad del mundo, como si se tomara un refresco. “¿Toda obra de arte es (...) el pago de una antigua deuda que sostiene el hombre con la verdad (...)?”, se preguntaba el novelista. Si esto fuera cierto, no habría que reprocharle nada entonces. Al contrario, habría que agradecerle que fuera un instrumento más para conocernos. Habría que agradecer la entrega de libros como Las miradas del siervo en el que se analiza la condición humana, sus aciertos, sus tensiones, su inconformidad constante que lo lleva, en una batalla que pudiera considerarse utópica, a tratar de no cometer “el peor de los pecados que un hombre puede cometer”: no ser feliz.
 

Por: Norge Céspedes