Luis Yuseff«Esta es la hora de defender la soledad donde se está», diría el insomne. Tal voluntad, ejercida por quien valora las circunstancias de la vida e intuye un posible crecimiento espiritual, unido a los valores estético-artísticos en la victoria sobre sus versos, sabe a la experiencia poética, reflejo de una profundidad reflexiva e imaginativa desde la franqueza de sus impresiones. Es necesario el aislamiento para sopesar la verdad.

El distanciamiento de Luis Yuseff (Holguín, 1975) ha sido franco. También él revela hondas esencias en el poemario La rosa en su jaula (Editorial Oriente 2010), con el cual obtuvo el Premio José Manuel Poveda en 2009. La lectura de este volumen manifiesta reminiscencias del temperamento lírico de Rimbaud, Baudelaire, Vallejo, Borges, y de la peculiar sensibilidad con la cual, en su día, Miguel Barnet definiera a Dulce María Loynaz: la poetisa cubana que llevaba en sus manos una rosa y un látigo, y en los últimos días de su vida ofreciera la rosa.He aquí que Luis Yuseff se nos presenta como el portador de una rosa, cuya fragancia se eleva en los textos escritos bajo la herida de las espinas. Yuseff no es el hombre que padece, sereno, sus llagas, sino el que experimenta fortaleza a través de las circunstancias del vivir, donde los depredadores son las huestes del instinto y él, un enjuiciador triunfante de su entorno.

¿Por qué es duradera la mirada de Yuseff? ¿Por qué sobrecogen sus versos al primer instante de alumbramiento? ¿Por qué se avista como en entresijos la gran mesa blanca de este poeta?

Porque verifica —entiéndase aquel que comprueba por sí mismo la verdad de algo— sus emociones, conflictos, ideas, realidades… valiéndose de la potencia, salvadora e indestructible, de las palabras. Su mirada pasa por el tamiz de lo acontecido, fuerzas que pernoctan mediante el símbolo, fustigan y se vuelven crueles cicatrices ante el tono tristísimo, pero a veces esperanzador, de una voz cuyo ejercicio es la resistencia frente a lo que, de incoherente, ve, palpa y juzga, el sujeto lírico.

Entre los motivos que La rosa en su jaula aborda, se distinguen la belleza, el amor, la muerte, la vigilia, la soledad, el poeta, las palabras... Pero este libro guarda una diversidad de planos que, desde la semántica, encuentra corpus en la pluralidad de sentidos en los que se suceden temas descifrados por el talante filosófico de su creador.

Reflejar una idea, una emoción, un recuerdo, contenidos en la experiencia de quien explora la belleza, alumbra la inquietud que nace de la intuición por apresarla, máxime cuando se anuncia la sentencia: «Será porque algo lleva de muerte implícita».1 Sin embargo, el poeta no participa de la jaula con que los hombres creen conquistar la beldad, sino que desde sus emociones errantes es testigo de lo inabarcable, de una sabiduría necesaria para iluminar el oscuro universo que habitamos. Por fortuna, él construye la salvación en otros mundos:

Detrás de los barrotes vive un jardín que escribe cartas de amor.
La rosa en su jaula.
2

Este breve texto que da título al poemario, cobra sentido por la virtud esperanzadora y no por la contemplación caótica de lo efímero. Hay vida detrás de esos barrotes en la personificación de un jardín que, descontaminado de esfuerzos vencidos, conoce el amor, una rosa entre las hojas nuevas… Del diálogo con sus más hondas esencias, el poeta permite preguntarse en otra de sus composiciones: «¿Existe dentro de mí un jardín? ¿Existe el jardín?». Sin duda, allí la rosa es hechizo, sueño, encantamiento.

Una preocupación por las palabras hay en este libro —como reo de falsación, en el sentido que el teórico de la ciencia de origen austriaco Pooper, daba a lo erróneo—, y son consideradas una hierba amarga. Únicamente el poeta es libre del excluso, pues siendo celador de revelaciones, su decir contiene valor:

Que el hombre escuche el poema cada mañana.
Y que vivir sea un ofrecimiento de palabras
con formas humanas. Palabras como arena.
Palabras cálidas como un veranillo de San Juan.

Esta verdad es reto para el ser poético que desea profetizar como buen salmista: crédulo casi siempre, escéptico a veces y cándido siempre… Mas todo profeta consigue retener solo una porción de la multitud:

Me estoy quedando sordo para la voz del mundo.
—¿Dónde está la Dama Bella?
Quiero llamarla pero la voz es un vacío
en la boca de los muertos.
En el oído de los sordos es una mueca.
Solo se entona un himno que me asusta.
Una invitación a la entropía.
5

El desorden y la incertidumbre no articulan, contradicen cualquier teoría; ni siquiera un esbozo, esos límites confusos entre el poeta y el hombre que va contra el silencio, distinguiendo las ventanas altas, centelleantes, y anhela el recogimiento de su luz.

La rosa en su jaula de Luis Yuseff surge de la fe, de la claridad obtenida mediante su afán por comunicar la soledad del hombre y la nostalgia impresentida. Este poemario no se agota por la multiplicidad de lecturas, ahí reside el misterio del autor y su mirada duradera.

Citas y Notas

1 Luis Yuseff: “I” en La rosa en su jaula. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2010, p. 11.
2 “XX” en ob. cit., p. 45.
3 “XI” en ob. cit., p. 31.
4 “otra canción posible” en ob. cit., p. 52.
5 “la palabra es extraña” en ob. cit., p. 67.


Por: Osmán Avilés