Si esos millares de alumnos desparramados por el mundo que alguna vez han recibido una clase suya supieran de su timidez, seguramente les resultarían menos ríspidas sus frases cortantes o aceptarían de antemano el rigor que terminan agradeciendo. En otras palabras, estarían menos desarmados para enfrentar la autoridad que a veces asusta.

En la Doctora Adelaida de Juan la lectura, el afán investigativo y la intención analítica, cuestionadora y luminosa, se complementan con el quehacer académico. No es fortuito que la Universidad de La Habana la distinguiera hace mucho como Profesora Emérita. Entró en ella a sus 17 años, en octubre de 1948, y este 27 de julio cumplió 85 de edad, lo cual quiere decir que más de las tres cuartas partes de su existencia han transcurrido en torno al Alma Máter. Con este pretexto, relajada en su mecedora preferida, concedió esta entrevista.

Adelaida de Juan

—La Doctora Rosario Novoa solía referirse a Adelaida de Juan como su alumna más antigua. ¿Cuánto de la profesora bien amada pervive en su memoria y cotidianidad?

—Toda ella pervive. Diariamente sus enseñanzas me iluminan ante cualquier problema, profesional o personal. He dedicado mi vida a los estudios de la historia del arte, y la causa de ello se llamó Rosario Novoa, pues el primer año de Filosofía y Letras me decepcionó tanto que estuve a punto de dejarlo. Y un día, a eso de las dos de la tarde llegué a la Biblioteca Central a consultar unos libros, con tan mala suerte que estaba cerrada porque habían fumigado. Entonces me propusieron entrar a un cursillo de Estilografía que impartía la Novoa. Yo no sabía quién era ella y mucho menos qué cosa era Estilografía. Pero ¡ay!, mijo: había un sol que rajaba las piedras y como no tenía más sitio para guarecerme, pensé que al menos estaría sentada a la sombra. Cuando terminó, 50 minutos después, tuve el pensamiento firme de que para eso yo había llegado a la Universidad de La Habana.

«Ese sería mi bautismo en el Departamento de Historia del Arte, donde conocí al fundador, el Doctor Luis de Soto, quien —como suele suceder con los grandes maestros— me enseñó lecciones fuera del aula. Tras su muerte, Rosario asume plenamente la dirección durante años. Tuve la inmensa suerte de poder trabajar con ella y además, lo cual me enorgullece, merecer su amistad y su cariño».

—¿Cómo eran las materias, el claustro docente, sus condiscípulos…, al margen de esa decepción inicial?

—En general, la Facultad ostentaba un nivel aceptable, con altibajos. Había asignaturas tal vez fascinantes, pero que me aburrían enormemente y a las que asistía por obligación. Pienso en Geografía, por ejemplo. Algunos profesores tampoco llenaban mis expectativas, por así decirlo, aunque fueran muy ilustres en otro sentido, como sucede con Jorge Mañach. Honestamente, no pienso que la Historia de la Filosofía haya sido su espacio mejor, y mucho menos los presocráticos, tema que le correspondió a mi año. Pero que no me interesaran determinadas asignaturas, ciertos temas ineludibles, debe haber sido un defecto mío.

«El alumnado era numeroso: grupos de entre 50 y 60, con sobreabundancia de lo que llamábamos “pepilla”; quería decir, muchacha frívola, que realmente estaba en la Universidad por dos razones: la primera, que Filosofía y Letras era considerada por ellas una carrera “bonita”; la segunda, para relacionarse y conseguir novio… Por comunión de intereses y un poco por atracción mutua, se fue creando un pequeño grupito, al que el resto tildaba, según un término que se usaba en la época, de “filomáticos”, por estar pegados a los libros, tomar en serio las clases y dedicar horas al estudio. ¿Quiénes lo integraban? Bueno, estaban Graziella Pogolotti, Marta Vesa, Marta Terry, María Elena Jubrías, Elisa Tamames, Roberto Fernández Retamar y yo.

«Aunque nos despreciaban un poco, nos divertíamos muchísimo. Hacíamos reuniones en nuestras casas, intercambiábamos libros… Me acuerdo de unos carnavales en los que alquilamos un camión, nos disfrazamos y fuimos a bailar. Éramos como un mundito aparte. Muchos hemos conservado esa amistad hasta hoy».

—La profesora Luz Merino Acosta estima que gran parte de su obra está atravesada por una suerte de «sentido inaugural». ¿Obedeció esto a la intuición, al azar, o deliberadamente se propuso centrarse en zonas inexploradas?

—Un poco de las tres, pero no quiero entrar en un sicologismo barato y afirmar que es mi carácter buscar incesantemente, ni cosa por el estilo. Creo que son las circunstancias las que me han entreabierto la puerta que yo haya podido abrir, aunque efectivamente pienso que tengo un interés, una curiosidad que me ha llevado hasta rincones no explorados antes, aunque ello tenga sus cosas buenas y malas. Hay que saber lidiar tanto con unas como con otras.

—¿Comprendió que ensancharía nuestra cultura visual?

—Realmente la que se ensanchaba era yo, al satisfacer mi curiosidad. Y cuando se me revelaba un dato me entraba un regocijo enorme, una fuerza que me impelía, casi que me obligaba a seguir, a averiguar más. Quizá ese es el motivo de que no haya sido muy persistente en una sola línea.

—Martí advirtió que el crítico no debe «morder», sino educar. En su opinión, ¿cuál es el límite que se precisa respetar para no caer en elogios o ataques desmesurados, a la larga, autodestructivos?

—Me has tocado un punto muy sensible. Martí define la crítica como el ejercicio del criterio. Fíjate bien en los dos términos de esa breve enunciación: ejercicio, por una parte; es decir, no se trata de algo volandero, no es un impulso ni es fruto de lo festinado. Es algo continuo, serio, en lo cual se aplica toda la fuerza y el conocimiento disponibles. Se indaga, se procura… Y por otra parte, está el criterio. Por mucho que uno quiera eludir, hay —llamémosle así—, un gusto personal que interviene. Ojo: interviene, no domina. No debe dominar.

«En lo que a mí respecta, trato de seguir sus enseñanzas, y ante algo que considero negativo, francamente malo o que no me atrae, prefiero que el silencio hable por mí. La ausencia de la atención es también una postura; manifestación silente pero, al cabo, una posición».

—¿Existe en la Cuba actual una crítica de arte, o acaso meros acercamientos de tipo impresionista, epidérmicos y complacientes en su mayoría?

—Empleas la palabra crítica en el sentido usual del verbo criticar. Una crítica de arte necesariamente no tiene por qué ser negativa. Y habría que definir para qué órganos de difusión se trabaja. En los habituales, ¿existe espacio para la crítica, sea o no de arte? ¿Cuál es el terreno de acción? ¿Dónde está el espacio para la polémica?

«Hace años logré instaurar en el currículo de la Licenciatura en Historia del Arte una asignatura singular que se llama Taller de Crítica de Arte, en la que el profesor indica una exposición que esté abierta para su escrutinio. Los alumnos tienen varias semanas para visitarla y escribir lo que pueden ser las palabras al catálogo, un artículo para una publicación masiva, o tal vez un ensayo para una revista especializada. Esos materiales se entregan y los debatimos en el aula. Algunos de los que han participado, ejercen hoy profesionalmente la crítica. Para mi satisfacción todavía leo y aprendo de lo que esforzadamente generan, y tengo el anhelo de que sean válidos aportes a la cultura cubana».

—Tras la reforma universitaria en 1962 echó a andar la carrera de Historia del Arte, empeño en el que usted desempeñó un papel precursor junto a la Doctora Novoa. ¿Por qué el afán de oficializar dicha disciplina, al independizarla de otros saberes cuyo tronco es común?

—En primer lugar no es tan autónoma: sigue estando en el mismo edificio; en segundo, porque fue un momento de especialización. No fuimos los únicos. Hubo también una Licenciatura en Letras clásicas, en Literatura Hispanoamericana… Cada una abrió camino en una rama en especial. Lo único que implica es la profundización de un conocimiento. No quiere decir que nos demos la espalda, no. De hecho, existen materias afines, relaciones en común.

—Por estos días se conmemora medio siglo de la primera promoción. ¿Considera que el actual plan de estudios contempla los tópicos imprescindibles para la formación de un profesional competente en los tiempos que corren?

—Te ofrezco un dato: varios de nuestros egresados han sido invitados a ofrecer cursos en universidades de alto nivel, en América y Europa. En todos los casos, según he tenido noticia, su labor ha sido muy bien recibida. Luego eso quiere decir que no solo según los parámetros nuestros, sino también por aquellos que internacionalmente rigen la enseñanza de la historia del arte, aportan una visión propia y, para usar la frase en inglés, very up to date: muy al día.

—¿Qué reflexión le provoca la inclusión en el currículo de la temática audiovisual, cuyos códigos se renuevan velozmente, el propio video arte, etc.?

—El papel que yo desempeñé al introducir nuevas materias, como es lógico y natural, hoy en día recae en otros profesores más jóvenes, para quienes esas manifestaciones forman parte de su vida cotidiana, mucho más que lo que pueden serlo para la mía. Francamente no las he analizado a fondo. Sí me he acercado y he escrito sobre otras, como pueden ser las instalaciones, los performances… De hecho, una crítica mexicana ha dicho que hoy en día se hace un arte VIP: Video, Instalación y Performance. Habría que indagar sobre su auge, porque si existen es por un motivo válido y, por consiguiente, hay que aceptarlos con respeto. Después, si nos gusta o no, esa es otra cuestión.

—Este 27 de julio usted cumplió 85 años de vida. ¿Qué sensaciones experimenta al pasar frente a la Facultad donde transcurrieron su juventud, adultez y ancianidad?

—Cometes un error, querido. Yo no paso por la Facultad: yo entro, yo estoy, porque me mantengo ahí. Los que ahora dirigen, me malcrían mucho; las condiciones son propicias para hacer lo que yo quiera.

—¿Y qué es lo que usted quiere?

—¿En este momento?, mantener el Taller de Crítica de Arte. ¡Ay!, a veces me aburro cuando leo y califico, porque cuando tienes 35 o 40 trabajos sobre la misma exposición, llega el momento en que te entran ganas de ir a la galería y cerrarla. Pero me da una visión fresca, la de tu generación, sobre algo de lo cual a lo mejor escribiré, si pica mi interés.

—¿Cómo es un primer día de clases suyo en ese taller?; el próximo septiembre, por ejemplo.

—Yo no duermo la noche anterior. Quizá no lo vayas a creer, pero en el fondo soy una persona muy tímida. Entonces, me pongo muy seria, puedo resultar huraña… Y entro en el aula temerosa. Solo la experiencia me permite hablar. Si quieres lo escribes o no, pero es una confesión; una más.

—De su impronta como eminente profesora, crítica, historiadora, ensayista… ¿qué preferiría fuese conservado?

—Si es que me van a recordar, quisiera que lo hicieran como quien se sintió privilegiada de trabajar con dos personas extraordinarias, fundadores de un departamento que ha sido el núcleo del cual han nacido los estudios académicos de alto nivel sobre la historia del arte en nuestro país. Y que me recordaran como alguien que hizo su mejor esfuerzo…

—¿Y qué podríamos disculparle?

—Mi mal genio.


Entrevistador: Mario Cremata Ferrán

(Tomado de Juventud Rebelde. 6 de Agosto del 2016)