La publicación del poemario LAS COSAS INOCENTES, de Jacqueline Font, es un acto de justicia. Cuando a finales de los años 80 y principios del 90 comenzó la verdadera crisis editorial en Cuba, y en Matanzas nacieron alternativas que plantearon un modo de renacer, como Vigía, y hasta de modo irregular por aquellos años hubo algún atisbo de florecimiento en Ediciones Matanzas, se suponía que parte de este libro, o un buen fragmento de él, hubiera formado parte del catálogo de esos sellos.

Las cosas inocentes

Un poco por Jacqueline (tan ajena a los cenáculos como bien se dice en la nota de contracubierta), y otro por el modo en que va transcurriendo la vida, el libro fue pospuesto sin siquiera haber entrado en las colas de los planes editoriales.

La autora comenzó a vivir un largo retiro espiritual, poético y letárgico a la vez, un retiro que dura hasta hoy. De pronto ya habían pasado muchos años. Sin embargo, Jacqueline no es una autora desconocida. Su nombre aparece en importantes antologías cubanas. Estuvo sí, bastante tiempo, involucrada en la vida literaria de la ciudad. Cuando la conocí era una especie de niña-genio de la escritura en Matanzas, de pronto esa perspectiva quizás la asustó, o la paralizó, o la hizo esperar sentada, como dice en uno de sus versos del poema titulado “Poetas”: “yo me quedé por ver qué sucedía”.

De cualquier modo, creo que fue una espera fértil. La escritura pasó por un fecundo proceso de revaloración, de miradas múltiples y decantación. Lo cierto es que las cosas en el libro y en la vida dejaron de ser inocentes.

Creció el libro en sustancia, en secciones que son los cuadernos que le habrían sucedido a Las cosas inocentes. Y esta selección, ahora marcada por la misma voz en diferentes circunstancias, alcanzó como punto intermedio un signo que lo acerca a lo tradicional-matancero, incluso justificado pues si no me equivoco hay un vínculo de sangre (y si me invento el vínculo es por la gran afinidad que detecto en ellos), un vínculo de sangre decía, con la literatura de las familias de bien de la ciudad.

Creo que quizás es esa tradición la que hace que respiremos en estos textos del libro, bien estructurado y sin obediencia real al ritmo de la fecha que propone, la prestancia y el espíritu de Lola María Ximeno (en este caso, a partir de un código poético). Espontánea e inconscientemente, la voz poética es una especie de alter ego, salvando distancias, escrituras, tiempos... Aquí están, en “Retazos finos”, por ejemplo, como en las memorias de Lola María: la necesidad de testimoniar el entorno y la más auténtica necesidad de hablar consigo misma y con quienes conforman las experiencias y perspectivas del mundo y sus absurdos.

Lo que en un principio brotó de la oscuridad, de la inocencia, de los ojos cerrados, de la inspiración pura durante la época en que, junto a otra joven llamada Ligdana, cantaba La gota de rocío en los teatros de la universidad y entre los círculos de estudiantes se comentaba (quizás exageradamente, quizás no) que Silvio Rodríguez había dicho que aquellas jóvenes dignificaban esa breve y hermosa canción; lo que nació de su inspiración mientras asistía y participaba de la vida cultural del país en los años 80, y le brotaba como ser humano lleno de proyectos e ilusiones, como todos lo estábamos entonces, así mismo transitaron ella y su escritura hacia la moderación intelectiva. Este libro es, pues, el resultado pleno de ese proceso.

Siendo su amiga desde entonces, tengo en mi recuerdo fragmentos de conversaciones acerca de su trabajo como excelente y prestigiosa abogada de la defensa, experiencias difíciles que también muchas desatan el hilo de la escritura pero en sentido totalmente contrario al de las cosas que ella llama inocentes. Es quizás por eso que uno de los sujetos líricos de la autora pueda decir, en “Poema del hijo” algo tan duro como: “Sufre nuestra inconstancia,/ desprecia nuestro odio,/ para eso te hemos traído./ Te haremos adoptar nuestros modales,/ ayunarás en nuestra mesa/ desearás nuestra muerte”…

El dato (1980-2003) no es solo una precisión formal, no es solo el afán de marcar la época en que fue escrito el libro. Yo creo que es un lapso que marca la vida personal de Jacqueline, que este libro es un testimonio muy apegado a su vida, verdad de Perogrullo en tanto quizás lo sean todos los libros de todos los poetas del mundo, porque la poesía tiene el privilegio de esconder las claves de lo íntimo-inmediato. Y luego, contradictoriamente, solo el autor puede pretender develarlo con suerte (si transcribe a tiempo los sucesos porque, con el tiempo, también los códigos se modifican, se distorsiona, cambian, adquieren su independencia, y se desvirtúan siempre).

En Las cosas inocentes, Jacqueline va del candor de la juventud hasta la vida más cercana, para cuestionar, mirar, denunciar, exigir poéticamente una respuesta a lo que nunca pudo imaginar: la pérdida de la inocencia y de los ángeles tutelares a quienes nos aferramos creyendo que siempre estarán ahí para nosotros.

Y, como un recorrido circular, finaliza prácticamente el poemario con un discurso de simpatía hacia Tina Modotti, la mujer que quizás alguna vez fue su modelo, versos que no han perdido frescura, y siguen latiendo en quienes aprendimos de memoria la oración caprichosa y perfecta, la imagen inocente del atrevimiento femenino: “Tina Modotti se abre los vestidos”.

Esta es una edición que tuvo el privilegio de contar con el cuidado editorial de Alfredo Zaldívar, el diseño de Johann Trujillo, los hermosos dibujos de Sergio Roque, y un grupo mayor de profesionales que, una vez más con este libro, enaltecen el trabajo de Ediciones Matanzas.


Por: Charo Guerra