Digo rinoceronte y no hay que ir más allá, pienso en la silueta, “maravillosamente mal ejecutada en todas sus partes”, del famoso grabado de Alberto Durero: AD (1515), que descansa en el British Museum.

Sin que los viera venir, como la pezuña armada de un rinoceronte (hincando en la cama donde escribo sin postura, justo cuando el calor comienza su carabineo pastoso, en paralelo –si no es que haciéndome entrechocar– con una sinusitis real), llegaron los audiotextos de Las deyecciones (autoedición, 2017).

Las deyecciones de Youre Merino o Un rinoceronte en mi cam/ra

Hecha en xilografía y no en calcografía –cosa de ser masivamente diseminable…–, la “mala” representación de un ejemplar indio que tocó tierras de Lisboa, dizque siquiera entrevisto en vivo por AD, se las agenció para navegar en nuestro imaginario, icon-izándolo, colon-izándolo hasta erigirse en el rinoceronte par excellence.

Así –y no con más ni menos brío–, propulsado por la voz (entremezclada, progresivamente, al teclado electrónico de Isao Tomita y al rock, just British, de King Crimson, Pink Floyd o Peter Gabriel…, cuando no al villaclareño de Naurea), pasó Youre Merino: YM (Banes, 1975) a plantárseme sin miramientos, tête à tête: como una ventosa entre boca y nariz, como una malla no tan in/accidental, una tangente o cuerno, una fuga de gas que des-auto-matizara el ciclo de la respiración –que es decir de la escucha, de la efusión verbal y corporal, de la mirada.

Sobre el rinoceronte de AD, declaró de suyo Umberto Eco que no era su ser como portador de “verdad” lo ad-mirable, sino su modo de insuflar en el destinatario la decodificación del signo, ya que las escamas y las placas que ahuecó el buril del grabador en la madera… habrían pasado a ser indicios inalienables de la representación (y de la identificación, por tanto) de ese perisodáctilo.

En cuanto al rinoceronte de YM, ¿cuál sería la función desestabilizadora –mas conductiva– que le infiero a su audiolibro, como portador de “verdades” en (de)construcción, también grabadas? Al contrario de AD –aunque bajo la influenza asimismo de bocetos, de “lo justo como literatura”/ y aunque polinizada en abrevaderos como los de Stéphane Mallarmé, Paul Celan, Lorenzo García Vega, Juan Carlos Flores…–, esta quimera no procede queriéndonos pasar gato por joven liebre, sino que se desplaza tentada por desenmascarar, que es a/esgarrar las “flemas” que acordonan el signo, entendido signo como poema. Se acerca pues a su materia, simbolismo, polifonía, estructura, referencialidad, misterio…, a su sistema en colisión (como reunión de palabras, o resonando a contrapelo en diasistema), a sus tensiones entre concepto y visualidad/ entre eufonía y tipografía, a su bulimia: su peligrosafasia. Donde AD da por sentado al rinoceronte, YM polemiza por desmontar la arquitectura de lo que nos ha sido dado como poético y (est)ético en nuestro arte.    

Si la piel de un rinoceronte es más rugosa al tacto de lo que parece a la vista, las escamosas láminas de Durero no habrían mentido per se, sino que retrataban a aquel sensorialmente, trasladando así, más que una imagen... una presencia, facilitando la inmersión del receptor en el besti/uario –lo que se dice: dejándolo estar/entrar en su pellejo.

Con la tachadura de lo gráfico y la reconcentración en el scratch del poema, sin hacer por debilitar lo semántico, sino realzándolo al subrayarlo con la euforia o disforia (expansión, caída, burla, incertidumbre, suspense…) de los acordes que tan bien le van, el escritor (devenido performer, disc-jockey, speaker) re/xpone sus textos y propulsa el ritmo de un puñado, al (com)probar su mis/cción, su r/labia como fonogramas de sensibilidad (y sensorialidad) contemporáneas. Pienso, por ejemplo –sin agotar el son de los que son–, en “celan” (de paradigmática “coloratura”); en las similicadencias de “spoken word poetry”; en las aliteraciones, anáforas y concatenaciones de “unidad de contrarios”; o en los cierres (remache, broche de oro inves/rtido en “bolo fecal” o “de trapo”) de “tramo de ratas” y “mallarmé”. Del escamoteo del soporte escrito dimana la conmoción/el reciclado del regodeo auditivo. Si en AD la representación visual nos pone por sinestesia ante las texturas del rinoceronte, en YM la ceguera quiere espole(aguz)ar el oído, expoliándonos (a la par que haciéndonos re-i-ma[r]ginar todo el arte otra vez, entre armonías y discordancias) tanto de la gestualidad a lo Marcel Marceau como de la mudez ventrílocua de los Milli Vanilli. ¿Vacu-na/oción o limosna con escopeta? Salvam(i)ento contrahecho boca a boca de jarro: siguiendo las medidas predictivas del correspon-diente aro naranjáceo (bolla, sol, “uni-verso azafrán”, vinilo mohoso, gargajo al que nos agarramos por bogar), flotador que se me antoja ouroboros y boa constri/uctor (al exterior: 73 cm, al interior: 44 cm, para un peso de 2,5 kg). Se trata, pues (infinito-infierno aparte) de una invitación a ser todo lengua y garganta, todo oídos: ¿retrospectiva o anábasis?, más bien inmer/trospec/ción en la oralitura. Dilatación de un sentido que, mientras nos deja indefensamente aferrados por la oreja al salvavidas de la boca, nos pone en situación de disfrutar más con menos.  

Según Jorge Luis Borges se dice que “el cuerno del rinoceronte, partido en dos, muestra la figura de un hombre”, incluso “la de un hombre a caballo”, mientras otros hablan de pájaros y peces. A pesar de que el grabado de AD exhibía un rinoceronte bicorne, tocado en frente y lomo por sus astas, sabemos –ya llegados hasta aquí– que la escisión que Borges dibuja (medialuna) se habría de presenciar solo en las narices del animal “real”, allí donde casi no la podría enfocar. (Bajo tal dictum, a más de estar en el pueblo y no ver las casas, nuestro héroe salvaría su pellejo liberándose de ser el signo y, con suerte, se desdoblaría presunta, indefiniblemente –fuera como estaríamos de dominar su campo de visión–, en un futuro de metamorfosis sucesivas. Al rebasarse, poniendo fuera de sí un plus de significado, el rinoceronte lograría reivindicar en potencia (el desplazamiento que conlleva, entre enajenamiento y empatía) el acto de interpretación.

Si bien la mitad de Las deyecciones pudieran ser ojeadas, efectivamente, en Flemas (Chuleta de cerdo, Quetzaltenango, 2013) –id est: “cinema”, “celan (Todesfugue)”, “conforme que marcel marceau no es milli vanilli”, “verde magnético”, “tramo de ratas”, “mallarmé”, “lento y real el poema”–, y siendo que los audiotextos no acompañan impresos la emisión del CD, enfrentada –como me hallo– a su concreción sonora en solitario, confieso que me ganan/vencen los hábitos de lectura y que apuntan a escapárseme sutilezas semio-lógicas sobre las que este compacto incita a meditar, al abrirnos a su meta-poética: un work in progress más que un ars. Pienso –sin ahogar otras voces– en algunos mantras lanzados por YM en “no es el poema”, “unidad de contrarios” o “las deyecciones”; y no me revuelco con rabia contra mi hipoacusia ni lo acuso de impiedad manifiesta. La puesta en aviso –dicha y hecha así– de nuestra casi imposibilidad de ser/entender en el vacío y de pensar clara-mente por la oreja acerca de filol/sog/fía, teoría y sociología literarias es una ganancia, porque insta a solventar o intentar entender las (manqu)edades actuales, su/nuestra sordomuda propensión audiovisual. 

La visión de los rinocerontes –ojos a ambos lados de la cabeza– es poco menos que escasa, y su oído, afinado –orejas tubulares, que mueven como tiovivos en dirección del megáfono–; entretanto, la cantidad de tejido olfativo de su hocico supera el monto cerebral. Sorpresiva, penosamente, ni AD ni YM os(tent)aron capitalizar esa habilidad mayor.

La medicina china confiere al cuerno del rinoceronte un poder afrodisíaco y lo busca (con la fruición de los comedores de mango) para domesticarlo en mangos de dagas con que palear convulsiones y fiebres oníricas. Después de columbrar con ojo, oído y tacto lo venido hasta mí, me sumo en una cura cabal(lar), no sin antes apostar por “el poema-turbera” de YM (uno que remede, en su proceso de significación, la doble articulación de la lengua). Descargando la frente sobre un mar de romerillo, bebo y “mallar-meo”: hago unas aguas de las que suben emanaciones evaporadas. Como buena alumna, atempero otros sentidos para curarme en salud y poder recibir el aluvión de mayo, desp/hojando la lengua de sus yelmos. Deyecto e inhalo, inspiro y es/xpiro… procurando dragar mis desembocaduras, los tentáculos que me anillan al mundo. Sí, nada puro coexiste con la vida, Valéry; y para nadie es secreto que no hay mejor antídoto que la dosis perfecta de veneno. Un rinoceronte apostado de súbito en la almohada puede volverse muy bien un cataplasma de “agujas de jade” sobre el pecho, un té de menta, el amuleto de quien lo sepa dormir con el sereno silbo de la respiración.

Jamila M. Ríos