Mis dedos son extremadamente delgados. Comencé a poner las manos en la guitarra a los once años; no aprendí a hacer punteos, arpegios, ejercicio alguno para adornar los acompañamientos sino solo el esquema necesario para que los dedos dejaran claro si se trataba de un bolero, una criolla u otra modalidad del cancionero que abordábamos en el grupo conformado por niños y adolescentes, que comandado por mi entrañable vecina, la guitarrista Francisqueta Vallalta,  se presentaba en instituciones benéficas, religiosas y culturales.

Marta Valdés

El asunto del aprendizaje y la ejecución de un instrumento es algo complicado de explicar y puede resultar aburrido si pretendemos ilustrarlo con palabras. El encuentro de una mano con el mástil de la guitarra mientras la otra trata de hacer que esas cuerdas pisadas suenen a música, mucho más en aquella época, entre 1945 y 1947, cuando las tres cuerdas más agudas eran de “tripa de pato” mientras que las otras tres eran “entorchadas” (lenguaje enigmático para una niña de once años) es un episodio inolvidable en la vida de cualquier ser humano anterior a la era de la “cuerda de nylon”.

Paciente, la profesora recomendaba practicar mucho en casa, y era cierto que ese era el único camino para arribar al ansiado momento en que el corazón, los oídos, la mente, se darían cuenta de que estaban haciendo música. Nunca tuve juguete mejor que mi primera guitarra, por más que se me quedara grabado para siempre el dolor que sentía mi mano izquierda cuando trataba de colocar y hacer sonar las posiciones abiertas. La primera de ellas, el Mi7ª,que abarca tres trastes, se me hizo tan difícil y dolorosa de atrapar en los primeros tiempos que, más de una vez, vi rodar alguna lagrimita por el rostro de mi maestra, en los momentos en que, al dedicarme alguna clase individual,  me veía enfrentar aquel esfuerzo descomunal sin emitir una queja.

En los diez años justos que transcurrieron desde el primer día que puse las manos en la guitarra, hasta el momento en que, en 1955, compuse mi primera canción, fueron muchos los tumbos que di. La vida me regaló la posibilidad de conocer otra visión  cuando, en 1956, entré en contacto con el mundo de quien fuera mi segunda maestra: Leopoldina Núñez. Alumna de Guyún en su juventud, estrechamente identificada con la estética del malogrado músico Orlando Llerena, Leopoldina me ayudó a captar el poder de la guitarra para abrirse a los misterios de la música valiéndose de recursos afines a mi sensibilidad y abonando el camino para que el instrumento fuera, hasta siempre, el más sólido aliado en mi quehacer como creadora. Así, en mis diálogos secretos en busca de la atmósfera justa para una canción, fue como descubrí el sublime poder de una sonoridad lograda cuando es posible la utilización de la cuerda no pisada, es decir, “al aire”. Muy por el contrario de lo que algunos suponen al escuchar algunos pasajes de canciones mías, en ellas es frecuente advertir el carácter nada complicado de una digitación capaz de lograr la más alta expresividad, gracias a esa misteriosa plenitud de la cuerda “al aire”.

Toda una filosofía, a la cual decidí afiliarme de por vida.


Maestros de guitarra (*)

 Marta ValdésMiren si he pensado en ellos que, dándole vueltas desde hace tiempo a la idea de dedicarles este escrito --y sin ser yo dibujante ni mucho menos-- agarré el bolígrafo, y en una hoja de mi block de trabajo improvisé una figura que tengo fija en la memoria: el maestro siempre apurado, cargando con su instrumento. Se me quedó incompleto porque empecé a garabatear la figura desde abajo y, cuando llegué a lo más alto, no había espacio para pintar esa cabeza que tanto me importaba, esa cabeza siempre cubierta por un sombrero que, invariablemente, era retirado al llegar a la puerta de algún recinto. A lo mejor la vida misma me llevó la mano para que configurara esta imagen que podría haber dado origen al elocuente dicho (“sin pies ni cabeza”) y es que ese maestro de guitarra que, en ciertos momentos de la historia, pasaba por el frente de la casa o casi nos rozaba cuando coincidíamos en la acera, iba  volando pero no precisamente por el apuro de quien siempre tiene de guardia una excusa por haber llegado tarde sino porque, al igual que oficiaba el ritual de descubrirse para saludar desde la puerta misma, profesaba hacia la puntualidad un fervor casi religioso.

Como ven, el personaje de mi historia no lleva papeles ni mochila; es un afortunado hombre de bien que pudo reunir para darle estuche a su guitarra, y protegerla así contra los riesgos de la calle. Un sentido tan exacto como el de la medida y la afinación, lo hace portador de lo esencial, que guarda en una especie de cofre mágico insertado en el interior del estuche: pequeños artefactos como la cejilla o el diapasón , el lápiz y la goma, una regla pequeñita y, entre las cuerdas de la guitarra y la parte interior de la tapa, bien colocada sobre una pequeña bayeta protectora contra arañazos, esa especie de biblia con letras y diagramas de acordes para las canciones, de la que los discípulos se irán sirviendo poco a poco al ritmo de las clases para confeccionar cada única, insustituible libreta propia,  capaz de sobrevivir a todos los episodios sentimentales de la vida, a todas las mudadas, a las más feroces o agresivas limpiezas.

Qué privilegio haberle dado alguna vez los buenos días, haberle brindado un vaso de agua fresca o una tacita de café, haberle mandado a tomar asiento, haberle puesto oído, a uno de esos maestros cuyos nombres no suelen aparecer en los tratados de orden académico. Ellos son, en el paisaje humano,  ese canto de los pajaritos del vecindario que ninguna disciplina o tecnología son capaces de registrar; esa gran pirámide hecha a mano que ningún arrebato generado por la modorra o la inconciencia será capaz de someter a la demolición o borrar del mapa.


Por: Marta Valdés

(*)Estos textos y dibujos de hondo carácter personal, gentilmente cedidos por su autora a Mar Desnudo, forman parte de un cuerpo escritural titulado La cuerda al aire, que la compositora e intelectual Marta Valdés pone a disposición de sus colaboradores y amigos con cierta asiduidad.