Domingo del MonteSegún cuenta la historia, la Tertulia debe su nombre a un prolífico escritor latino llamado Tertuliano, nacido en Cartago,  que conquistó a todas  las personas ilustradas de la Corte de Felipe IV de España, alrededor de  1621, hace  aproximadamente 390 años. A partir de ahí, todas las reuniones y sociedades, donde se leían, citaba, o comentaban las obras de Tertuliano, se les llamaba en España, tertulias.
 
Entre otras acepciones, tertulia se denominaba a  un corredor que había en los teatros antiguos, también  al asiento de la primera fila de los palcos y en Cuba, hasta a la cazuela de esta instalación escénica. Con el devenir de los tiempos, se ha llamado tertulia a todas las reuniones literarias y hasta cuando las personas simplemente  se jreúnen para conversar y distraerse en ambiente sano y bullicioso, donde se encuentran  los amigos,  con amplios matices de buen humor.  Las tertulias, se hacían en un principio,  en espacios cerrados y eran bien selectivas. Sin embargo, las llamadas peñas, preferían los espacios abiertos, casi siempre en bares o cafés. Las primeras tertulias literarias en La Habana, fueron las de Domingo del Monte,  acontecidas desde el año 1830 y hasta el  40. Fue una época luminosa dentro de  la cultura cubana. A través de esos encuentros,  llegó a Cuba el movimiento ideológico y estético del Romanticismo.

Algunos investigadores comentan que las tertulias delmontinas,  tuvieron una gran influencia de las tertulias francesas.Desde el XVII, se hablaba de los salones de Francia, pertenecientes a la burguesía que se manifestada en contra de la aristocracia. Por ejemplo, el Salón Azul de Catalina de Vivonne,  Marquesa de Rambouillet, fue muy célebre, y el más famoso del siglo. Después los  salones  franceses  se fueron asociando aún más a las ideas políticas y en ellos,  se reunían los enciclopedistas franceses Diderot y D’Alembert. Esas  reuniones, al decir de muchos investigadores,  recordaban los banquetes de Pericles más que las cenas de la decadencia en Roma, debido a que el espíritus  francés engalanaba la prosaica glotonería.
 
Una de las reuniones  más exquisitas de su tiempo,  fue la del Salón de una cubana: la Condesa de Merlín, una joven llamada María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo quien casada con el Conde de Merlín, Capitán de la Guardia Real Francesa, fijó su residencia en Paris en 1813. A su tertulia asistían los más afamados artistas, poetas y literatos de la época. Era este salón “un pasaporte para la fama” y la Condesa,  una mujer, que sabía combinar la gracia española  con la distinción de la francesa, así  lo veía, su amiga  la Condesa de Bassonville.
 
Pienso en la genialidad de Víctor Hugo como anfitrión de su tertulia; todo un pontífice suntuoso y magnánimo. Sus encuentros eran extraordinarios, no podía ser de otra manera, en medio de su Salón Rojo de su casa de Notre Dame des Champs, reinaba la gran expresión verbal de su francés. Así  cautivó a los  intelectuales que como Lamartine,  Vigny, Saint Beuve, Dumas, Musset,  Balzac, Delacroix, entre otros, no  dejaban de asistir.
 
Cuentan que la primera tertulia en España, fue  en la fonda San Sebastián,  allá por el año de 1765 y en la cual,  se polemizaba sobre el teatro clásico español.
 
Hay un  pintor y escritor  español llamado José Gutiérrez Solana, nacido por el año de 1886 y que murió en 1945, que es el autor de un conocida obra: La Tertulia de Pombo, el cual  representa una reunión  de amigos en el famoso Café Pombo de Madrid.
 
Aquel lugar era tan famoso, que todo artista o escritor que residiera o pasara por   España no podía dejar de visitarlo. Era sin dudas, un lugar de espiritualidad y talento. Alfonso Reyes y Diego Rivera,  no perdieron la oportunidad de participar en aquellos encuentros. 
 
En el caso de la novela La Espuma de Afrodita, Felipe Sassone, se recuerdan las veladas madrileñas de El Fornos. En este lugar, llamado también El Gran Café, se realizaban unas aparatosas peñas de jóvenes escritores,  que según cuenta la historia, muchas de ellas, perdían un poco el control y no terminaban con muy buenos resultados.
 
Domingo del Monte, conocía muy bien de estos antecedentes. De familia de ascendencia dominicana, había nacido  en Maracaibo, Venezuela, en 1804. A los seis años llegó a Cuba. Martí, lo llamó “el cubano más real y útil de su tiempo” y mi profesor Elías Entralgo: “la significación más comprensiva y expresiva de las letras cubanas”, y agregaba, “humanista para la literatura y humanista para la Historia”.
 
Figuras importantes de las letras cubanas eran asiduos asistentes a las tertulias delmontinas: José María Heredia, Plácido Milanés y la Avellaneda; el Dr. Felipe Poey, el Conde de Pozos Dulces, José Victoriano Betancourt, Nicolás Escobedo, Ramón Azcárate, Cirilo Villaverde, solo para mencionar algunos.
 
Ambrosio Fornet,  en su El Libro en Cuba,   comenta:  “cuando Domingo  del Monte  inicia en La Habana, sus famosas tertulias, el mayor de sus discípulos, Echeverría, tiene  veinticinco años; Valle y Suárez Romero, son  todavía adolescentes. El propio Domingo  no tiene más que treinta y dos años, y es el único con una profesión y una sólida renta”. Es bueno recordar, que las Tertulias delmontinas comenzaron en Matanzas, donde él vivía, cuando se casó en 1834,  con la hija de don Domingo Aldama. Fueron estos encuentros, no sólo de gran relevancia para las letras cubanas, sino que permitían una amplia libertad de expresión y análisis y en diálogo ameno, abordar temas de carácter político y social.
 
Del Monte irradiaba  cultura y era  muy respetado, sobre todo, por los escritores más jóvenes,  Fue un verdadero Maestro y un gran conversador  y además muy simpático. A veces quizás un poco moralizante, cuestión que no le resta ni un ápice a su magisterio que aún ilumina nuestra historia. Estudió en el Seminario de San Carlos, y la  disciplina jurídica  en la Universidad de la Habana. Fue eminente discípulo de Félix Varela y amigo entrañable de José María Heredia. En un trabajo que Domingo del Monte presentó en la publicación El Revisor político y Literario presentó al joven poeta cubano, como un gran valor que descollaba en las letras cubanas.
 
Sus viajes por Europa y Estados Unidos enriquecieron aún más su cultura. Dominaba varios idiomas, el inglés, el francés, el portugués, el italiano y el latín, esto unido a su gran afición por las Letras españolas,  lo situaba en la cima de la intelectualidad de su tiempo.
 
Fue el primero que nos habló de Lord Byron, de Goethe,  Balzac, Víctor Hugo, Walter Scott y de los clásicos españoles y hasta de las más modernas creaciones. Como Secretario de Literatura de la entonces Real Sociedad Patriótica (Económica), convierte la Revista Cubana en su órgano divulgativo.
 
Fue tan gran crítico, que los jóvenes creadores le pedían consejos, y él los ofrecía, y los alentaba, y a muchos le abrió el camino. A veces su crítica fue acertada, otras veces, pudo equivocarse, pero mucho más fue, lo que legó a nuestra espiritualidad.
 
Colaboró en muchas publicaciones de su tiempo cubanas y extranjeras. Tuvo que abandonar la Isla, Las autoridades españolas lo veían con desconfianza. Corría el año de 1842.  Viajó a Estados Unidos, Francia y España. Dejó una amplia correspondencia que fue recogida en varios tomos.
 
Era  un hombre comprensivo, que sabía escuchar, y además,  de muy buen humor. Aunque nacido en otras tierras, resultó un típico cubano. Los que  acudían a sus cubanísimas tertulias,  se sentían bien, aprendían, salían fortalecidos. Nunca dejó de atender alguna obra que le leía un autor, a muchos les prestaba libros, le incitaba a nuevas creaciones, le sugería temas, frenaba influencias individualistas del romanticismo en boga, e inclinaba a los creadores hacia temas criollos de interés colectivo.
 
De esta manera,  influyó por ejemplo, en Milanés y en muchos otros. Insistía en la necesidad de lograr una identidad en nuestras letras y no sólo de nuestros país, iba más allá, y esto indiscutiblemente le da un matiz de modernidad a su pensamiento; para él, había que lograr una literatura americana y  mirar el campo cubano, al indígena  americano, a sus leyendas y su historia, es decir, era necesario crear bases fuertes para la formación de una sociedad nueva, auténtica, propia  y digna de sus propias tradiciones.
 
Resultaba  de suma importancia distanciarse del romanticismo del viejo continente y hallar las grandes diferencias del romanticismo hispanoamericano y luchar por ellas. De todo esto se hablaba en sus  tertulias. Las ideas que venían de lejos,  podían hacer mucho daño a una nacionalidad que se gestaba. Permanecía Domingo, muy atento a la explosiva  realidad colonial que lo rodeaba.
 
Como  verdadero humanista y a través de sus escritos en diversas publicaciones y  en sus tertulias, como ya hemos expresado, profesó una autoridad muy estimable en las letras cubanas.
 
Su obra, variada, dispersa y  útil. Incursionó en la poesía con sus Romances Cubanos. Cultivó la prosa, con profundo empeño. Sabía cuánto podrían ayudar sus escritos a sedimentar el pensamiento cubano dentro del coloniaje opresor. Sus trabajos sobre la poética del siglo XIX, sus  múltiples estudios críticos, su  bosquejo sobre los Estados Unidos del año 40, además de otros trabajos de carácter histórico, reflejan a un hombre que estaba convencido, de la necesidad de contribuir al  desarrollo de la nacionalidad cubana. Para él, el  arte debía estar al servicio del hombre y de la sociedad.
 
Allá por el año 1848 al 49, Domingo del Monte, estaba en España. En la capital española también realizaba las tertulias. No gustaba para nada de burlas o conversaciones picarescas. Disfrutaba recibir a sus amigos en su casa madrileña, para conversar y para que se deleitaran, en  su mesa de gourmet, con platos y bebidas exquisitas.
 
En el  Madrid de 1853, lo sorprende la muerte,  justamente el año en que nació Martí. Al morir tenía 49 años y sus restos fueron trasladados posteriormente a Cuba.
 
En las tertulias delmontinas,  tanto las de Matanzas, La Habana, como  las de Madrid, se respiraba una magia, con  toda la dosis de encantamiento, que sólo estos grandes hombres de las artes y de las letras han sabido ofrecer.


Por: Juanita Conejero