Por: Jessica Mesa Duarte

Merecedora de los premios Hermanos Saíz, Pinos Nuevos, La puerta de papel, Julián del Casal, el de crítica de arte y el de crítica literaria, Laura Ruiz Montes ha recorrido un impresionante trayecto por el universo de las letras en Cuba.

El Premio Nacional de Traducción Literaria José Rodríguez Feo le llegó a finales del 2017 en un momento de madurez, cuando su talento se expande por áreas tan apasionantes para ella como la escritura y la edición. Se convierte así en la segunda matancera (antes fue Juan Luis Hernández Milián) en alcanzar dicho reconocimiento, el cual demuestra la preparación intelectual de los artistas cubanos, a pesar de no ser (el pemio) todo lo difundido y conocido que debería.Según especificó el jurado, Ruiz Montes “logra un trabajo esmerado con abundancia de aportes e información que enriquecen el contenido de una exquisita novela desarrollada en habla francesa”.

Laura Ruiz Montes

En su poesía, Laura deja entrever a una mujer profundamente sensible y amante de su ciudad natal, Matanzas, cuya fuerza identitaria se refleja en cada uno de sus proyectos artísticos.

Autora de una reconocida obra lírica en la que, mediante un diáfano y fluido discurso, aborda realidades, preocupaciones y esperanzas del hombre contemporáneo, ha escrito también teatro, narrativa para niños y crítica de arte.

Durante más de dos décadas ha desarrollado un encomiable trabajo con la editorial matancera Vigía y, más recientemente, con El Fortín. Ha trabajado como editora en Ediciones Matanzas y otras casas productoras del país. Su impronta, iniciada a mediados de los años 80, ha enriquecido la cultura de la Atenas de Cuba.¿Cómo se produjo tu incursión en la literatura?

Para comenzar a hablar de mis inicios en la literatura debo referirme a la etapa en la que escribía poemas en las taquillas del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Carlos Marx o al final de las libretas. Era muy informal pero de alguna forma todo comenzó así.

Luego, en el año 1986, gané por primera vez el concurso Bonifacio Byrne, de poesía. Desde entonces nunca más dejé de escribir y han venido los libros, los concursos, los premios. Ese certamen fue definitorio para mí porque entonces entendí que yo quería dedicarme a la literatura y, aunque llevaba muchísimo esfuerzo, trabajo y dedicación, ese fue el camino que elegí.

Según comentó Alfredo Zaldívar en una actividad, llegaste a Ediciones Vigía como mecanógrafa, una mecanógrafa muy especial, diría él en ese momento. ¿Cómo se produce la transformación entre mecanógrafa, poeta ya reconocida y editora?

Yo empecé como mecanógrafa en Vigía porque no había terminado la carrera universitaria y no podía ser editora sin el título, pero a mí me interesaba muchísimo estar dentro de la editorial por su importancia como una de las más singulares que conozco y porque en aquel momento era el proyecto más apegado a lo poético que yo había encontrado en la vida.

Creo que lo que Zaldívar decía de mecanógrafa especial se debe a que yo tenía una formación cultural, había leído mucho, podía leer y teclear los textos del inglés y tenía muy buena ortografía. Cuando terminé de estudiar Historia en la universidad ocupé la plaza como editora.

Al leer cada tus poemas se encuentran referencias que conducen a un acentuado sentido de pertenencia a esta ciudad. De hecho, en uno de ellos apuntabas, y cito, “el vicio de haberme quedado aquí, la enfermedad mortal de seguir quedándome”. ¿Por qué no te has podido separar de Matanzas y hasta qué punto ella aparece en cada una de tus obras?

Matanzas está permanentemente en mis obras, lo mismo cuando la quiero que cuando la odio, esa relación de amor-odio que todos establecemos con la ciudad natal para siempre. No podré nunca desligar esos sentimientos dentro de lo que escribo.

En principio, soy una persona que prefiere las ciudades chicas, las grandes me aturden y en ellas creo que se me están escapando cosas constantemente. Esa es una de las razones por las que me inclino tanto por Matanzas, es que me permite conentrarme en mí, en mis libros, en lo profesional. También porque es una ciudad de mar, aunque parezca un mito, no puedo negarlo.

Lo cierto es que ha estado muy presente en mi obra desde los inicios hasta los últimos libros, no siempre diciendo directamente que es Matanzas, pero todo el que lo lee se percata de que me refiero a la ciudad. Aquí ha transcurrido toda mi vida, con entradas y salidas. He estado varias veces de viaje pero siempre regreso. Quiero pensar, me gusta pensar que esta es la ciudad a la que siempre volveré.

¿Cuáles rasgos, se puede decir que distinguen tu obra desde los contenidos, las estéticas y los conceptos que manejas usualmente?

Es muy difícil para un escritor hablar sobre su propia obra. De alguna manera creo que voy a repetir lo que han dicho otros y que se aplica a mis experiencias. Hay un antes y un después si me refiero a mi obra.

Existe toda una primera etapa más intimista, centrada en el yo, más egocéntrica por llamarla de alguna manera, preocupada por las emociones personales y, a partir del libro Los frutos ácidos, se observa una obra más volcada hacia lo social, la cotidianidad.

Hubo un tránsito entre el yo y el nosotros, entre una muchacha tímida, centrada solo en sus problemas y que, después de un proceso, se abrió paso hacia una actitud de más empatía por lo que le sucede al de al lado. Eso también estuvo acompañado por grandes cambios que ha tenido el país, Cuba no es la misma hoy que la que fue en los años 80.

Entonces prevalecen dos momentos en los que enmarcaría mi obra: uno de poesía más intimista y ligada a mis sentimientos y otro de una poesía en función de lo que a diario vivimos.

Precisamente, Los frutos ácidos y Otro retorno al país natal merecieron Premios de la Crítica Literaria. También has alcanzado los premios Hermanos Saíz, José Jacinto Milanés, Pinos Nuevos, La puerta de papel, el de crítica de arte. ¿Trabaja Laura para los premios?

No, incluso es curioso porque probablemente yo sea de los escritores cubanos que menos produce, mientras la gente es capaz de escribir más de un libro al año o está escribiendo varios libros simultáneamente, yo soy más lenta. Someto a los libros después de escritos a un proceso de decantación bastante profundo, voy eliminando muchísimo, mis libros son verdaderamente breves.

A veces termino alguno y coincide que hay abierta una convocatoria a algún concurso que me interesa y mando el libro al concurso porque esa es la forma más rápida y fácil para acceder a su publicación. Hay muchísimos buenos escritores con excelentes libros y, aunque el número de las editoriales ha aumentado en el país, no dan abasto.

Por otra parte, considero que he tenido también un poco de suerte porque, si bien un concurso es puramente subjetivo, en el caso de ser otros los jurados que premiaron mi libro podrían no haberlo hecho.

Laura, eres la segunda traductora matancera en merecer el Premio de Traducción Literaria y te llega con la traducción al español de una novela de habla francesa titulada El exilio según Julia.

La labor del traductor se parece, en algún sentido, a la labor del editor. Es una labor de humildad porque siempre aparecerá el nombre del autor. Todos dicen ¡qué libro tan bien escrito!, pero rara vez alguien dice, ¡qué libro tan bien editado! o ¡qué libro tan bien traducido!

Sin embargo, según lo valoro, la labor de traducción es la que permite el diálogo del mundo. Si no existieran los traductores no tendríamos la más remota idea de las literaturas clásicas, antiguas ni en otras lenguas. A mí lo que me fascina de la traducción es la posibilidad del diálogo entre un idioma y otro.

Abel (González Fagundo) recordaba en las redes sociales aquellos años en los que salías apurada del trabajo para las clases en la escuela de idiomas.

Efectivamente, inicié mis estudios en la escuela de idiomas. Después estuve en un curso sobre la literatura del Caribe francófono en la Universidad de Montreal, Canadá durante varios meses.

La implicación de este reconocimiento es que lanza la novela a una plataforma mucho más amplia, donde la gente la buscará más. La autora es de Guadalupe, es decir que es una novela caribeña. La peculiaridad de su traducción es que está escrita en francés pero con fragmentos en creole. Lo más difícil fue llevar dos idiomas a uno solo; hubo que buscar niveles de lectura, en algunos casos poner muchas notas aclaratorias al pie de página.

Creo que valió la pena, es una gran novela que saldrá publicada por la editorial Oriente, específicamente la colección Mariposa, en la venidera edición de la Feria internacional del Libro de La Habana. Su autora, Gisele Pineau, nos acompañará durante la presentación en febrero próximo.

Es un premio que no es tan valorado a nivel nacional pero que tiene grandes implicaciones…

Este premio se encuentra bastante desatendido, no ha tenido la promoción que merece y creo que es hora de que nos demos cuenta de que sin los traductores más allá de la mitad del mundo no nos conoceríamos, no podríamos leernos unos a otros. No seré hipócrita ni mentirosa, estoy muy feliz por mí en principio, pero me satisface que una novela de un calibre mayor pueda ser leída y consultada en Cuba.

Esa decantación de las obras que conforman un libro bajo tu firma podría deberse también a tu trabajo como editora, que desempeñas tanto en Vigía como en otro proyecto muy similar, pero con concepciones muy diferentes al mismo tiempo. El Fortín. ¿Cómo logras entregarte por completo a estos dos proyectos editoriales sin repetirte?

No es ningún secreto, es algo orgánico. Yo siempre fui una niña hiperquinética con lo cual soy una adulta con un trastorno de atención pronunciado. No puedo dedicar más de una hora de concentración a ninguna actividad, por es generalmente estoy en varios proyectos a la vez y es como si la persona que participa en ellos fuera diferente en cada uno.

El tiempo de entrenamiento como editora en Vigía, que es una labor sui géneris, ha sido fuerte y profesional y me ha permitido trabajar con varios libros a la vez. He estado editando un texto de poemas y a la par asumo uno de narrativa o ensayo. Eso me ha brindado las herramientas para enfrentarme a diferentes proyectos sin repetirme.

En ese caso también se puede señalar la revista digital Mar desnudo, una pionera de su tipo en el país, de la cual eres fundadora y editora…

Mar desnudo nació en el año 2007, recién cumplimos la primera década. Para mí fue muy inquietante desde el principio. No soy enemiga de las nuevas tecnologías, le encuentro sus aciertos y desventajas, pero creo que hay que valerse de lo positivo que tiene. Por nuestros problemas de distribución dentro y, mucho más, fuera de Cuba, a veces el mundo no sabe qué está pasando.

Sucede que Elena Poniatowska visitó Matanzas y nadie sabía de ello. Me pareció importante que el mundo supiera que Matanzas existía y que esa prestigiosa intelectual estaba aquí. Entonces fue que se me ocurrió, junto al peta, editor y web master Abel González Fagundo, crear la publicación.

El reto mayor es insertarnos en las redes porque existe un sinnúmero de páginas web, revistas digitales, blogs y sitios, pero es la manera de lograr la visibilidad de cuanto de hace en la provincia para que los escritores matanceros y cubanos sean conocidos más allá de las fronteras nacionales. La literatura cubana hoy está dondequiera y, si nosotros estamos tratando de consumir lo que producen los escritores cubanos fuera de Cuba pues también abogo porque, fuera de Cuba, se sepa lo que se está haciendo dentro de la literatura cubana de los que vivimos dentro del país.

Si tuvieras que hacer un inventario de tus principales logros, satisfacciones y premios del 2017, ¿qué resumirías?

Lo más importante ha sido la traducción de esta novela, a la que dediqué un año buscando muchas notas y libros, realicé consultas y establecimos, la autora y yo, una relación exquisita y eso me enriquece sobremanera porque es un trabajo muy en solitario y cerrado, sin dejar de realizar mis trabajos de edición.

Estuve también tres meses en una beca de escritores en los Estados Unidos en la que conocí sobre esa maravillosa cultura y de su literatura. Creo que es un año que cerró con muchísimo trabajo y esfuerzos que nos son más para mí que un impulso, un estímulo a seguir trabajando y, de alguna manera, sentir que está bien el camino que elegí y que quiero seguir en él.


Tomado de: https://palabrassinmordaza.wordpress.com/