cuando el tiempo está inmóvil
las hojas redondean su trébol y su esquina

Sueño, Lina de Feria

Lina de Feria

La poesía es un simulacro. Una máscara de lenguaje. La identidad de la palabra probada en el sonido de la isla. Si el rostro que muestra es de una rara blancura, como de porcelana, abrillantada, suaviza la mirada hasta deslizarse por sobre su superficie. Si, por otro lado, áspero el bifronte, roca dura, diorita, de vetas, es tan oscura que la ausencia cobra todo su sentido en la amalgama, como si en ello le fuera la existencia, aprieta su pasión frente al ocaso.

La poesía adquiere, cuando delata, empina, sacude, una potencia desmedida mientras repasa lo que por dentro hace de mar y de abalorio. Por sobre la intensidad está. Y por sobre las cosas que participan de la intensidad.

Para Lina de Feria, la poesía es constitutiva y con La belleza de lo entendible (Unión 2016), antología que “reúne algunos de los textos más notables de su ya extensa trayectoria, parte de los cuales se mantuvo inédita hasta ahora”, aumenta considerablemente el acercamiento que se puede tener sobre la voz que despedaza hasta los “trozos de pan tatuándose de hormigas”1.

Los poemas aquí son potencia, no como lo que puede ser y aún no ha sido, no como la posibilidad del poema en su realización, sino un territorio de ánimas colgadas en ramas profusas de su historia. Para el lector que rehúye de antologías totalizadoras, porque la mirada del otro vacila en incluir lo que uno en verdad anhela, esta pudiese parecer una más pero no es así. Esta antología busca repartirse la experiencia de todos sus poemas.

Es muy difícil imaginarse la Isla sin esta pulsión poética. Donde la mano que acciona la palabra no busca desencajar, y no desencaja: como escribe Lina de Feria: “desprendido del proyecto/el espejo proyecta una luz inventada”2. Una luz, es solo la luz que disfruta recordando todo lo que detrás de esa ficción (el espejo) se repite.

En “proyección”, o en una bandera —señal liberadora— que le arropa el cuello, he leído la fisonomía de su palabra. Clara, vasta, amplísima en cuanto al desarrollo de una energía que no le alcanza en los versos. La belleza de lo entendible reacciona como una identidad. No importa que la noche amague en contracturas, si el rompimiento de Lina de Feria se produce en cada fracción de segundo.

Apenas la palabra se vuelve poesía —simulacro— se destrenzan las imágenes. Cortas, con firmeza, expansivas, resolviendo en versos la realidad que declina cuando se le escapa. Para Lina de Feria, que tiene un aguijón almidonado y efervescente, cuando la palabra regresa a su sentido, ha quedado prendada en las huellas de una isla muy marina y solitaria.

Además, esta antología tiene su búsqueda prologada. Pablo Armando Fernández, suma voces a su voz citando. Toma prestado para lograr la unión. Así, conviene que un coro de lo más pulcro de la literatura cubana hable de Lina de Feria. Trae opiniones a la antesala, o sala de estar. Y es buena compañía cuando la memoria parpadea y tenemos por delante versos inolvidables.

Identidad. No identidades manifestadas en la poeta cuando se lee lo que escribe. Cada palabra tiene su pertenencia. Cada semblanza: cubanía. Y eso no es potencia. Porque en la actualidad, la poesía (los poemas) cuando parecen acercarse y casi tocar con las llagas que traen y no curan, se percibe una hazaña comedida, un fotutazo; una impresión que bien sale de la sombra de un naranjo o de una sequoia. Y en la autora, está la certeza de la Isla.

Lina de Feria escribe: “quiero calar el hueso de la vida/ y olvidarme de almendras/ de sustancias alimenticias/ que conducen al sosiego y al soborno”3. Allí está la esencia: “olvidar” todo lo que produce vida, sociedad, comunidad, para dirigirse a un sitio vigoroso. Sitio que viene en el simulacro, pero —y quizá por ello— no deja de ser cierto.

Cada vez que leo un poema de La belleza de lo entendible logro una especie de verdad. Es como si no hubiera otro modo de acercarse a eso que tenemos delante de la vidriera. Algo que está para tocar y no para ser admirado. Algo para observar con detenimiento, manipularlo, envilecerlo con nuestro tacto/lectura/mirada.

No podía otra pieza plástica hacer de portón. El libro, que es morado, alberga bajo los rótulos del título y la autora, un florero hecho como de vitrales. Tan estáticos en todo su conjunto, que aleja la posibilidad de despegarlo, desmontarlo. Es sencillo, pero de trazos como versos. La autora de este florero (y de las flores), milimétricamente, no se vuelve llamativa. La obra es de Amelia Peláez y regresa al libro la belleza sin lenguaje que siempre regalan los pétalos de las flores.

Asimismo, Lina de Feria tiene por versos sus realidades. Mostradas en un antología atornilladora. Con La belleza de lo entendible no hay que construir estructuras previas para desmontar el lenguaje del poeta y luego, arriesgarse con todo su sentido. Menos, hay que romper los poemas (o su sucesión en las páginas) cuando están “curados” con esa agonía cuando la obra es buena —y humana.  


1 de Feria, L. (2016). La belleza de lo entendible. En IV (pág. 16). La Habana: Unión.

2 de Feria, L. (2016). La belleza de lo entendible. En II (pág. 119). La Habana: Unión.

3 de Feria, L. (2016). La belleza de lo entendible. En IX (pág. 139). La Habana: Unión.


Por: Ricardo L. Lorente

Tomado de: http://www.uneac.org.cu/