Los rostros de Juan Rulfo, cien años después

Por: Mireya Cabrera Galán                                                                                                                            

                                                     A Serapio Jesús, mi padre

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera”. Con esta reflexión inicia la novela que inauguró nuevos caminos en la literatura hispanoamericana. El epicentro de los hechos: Comala(1), está ubicado geográficamente en México, pero bien pudiera ser cualquier pueblo abandonado de Hispanoamérica, del mundo. Se trata de un nuevo y enrarecido universo literario en el que vida y muerte, verdad y ficción, brevedad y eternidad se entretejen por filosos hilos que a menudo se difuminan.   

Pedro Páramo. Portada de 1955

Este año se cumplió el centenario del nacimiento de Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo, la novela cuyas verdades universales no dejan de revelarse en medio de sus localismos y de la latente presencia y entrecruzamiento de realidad e imaginario del país que arropó la existencia de Rulfo (Sayula, Jalisco, 1917–Ciudad de México, 1986), un hombre cuya  esencia vital se alejó de los resortes mediáticos que han intervenido, para bien o para mal, en la evolución profesional e intimista de no pocos autores universales.

El estreno de la serie de siete capítulos 100 años con Juan Rulfo, realizada por su hijo, el cineasta Juan Carlos Rulfo, la reedición de la antología Juan Rulfo, otras miradas (con textos e imágenes sobre el autor) y  otros homenajes en su México natal, así como la publicación española de un volumen con una selección de sus cien mejores fotografías (a partir de un total de 6.000), el estreno de la ópera Viaje a Comala, en una ciudad tan alejada del peculiar ambiente hispanoamericano como Zurich (2) y nuevas ediciones de sus dos libros fundamentales, son solo algunos de los pretextos con los que se han convocado la obra y el nombre del autor más reconocido y traducido del México contemporáneo. ¿Pero, más allá de este fervor publicitario que el buen Rulfo no alcanzó a imaginar, quien fue realmente el ser humano que concibió El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), dos títulos que pese a marcar un giro de renovación en la literatura iberoamericana no le valieron (muchos aseguran que por la brevedad de esta obra total) ni el Premio Nobel, ni el Cervantes?

Foto de Juan Rulfo

Menos divulgada ha sido su faceta como fotógrafo, anterior a la de su ejercicio escritural. Cientos de imágenes, impecables en su factura, grandes en su concepción fueron captadas de la cotidianidad campesina y de la monumentalidad paisajística de su México entrañable para develar mucho de este Rulfo “desconocido”, que desarrolló asimismo una significativa obra como guionista de cine.

Concluía la revolución armada (1910–1917) y se iniciaba la constitucional, cuando él, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (3), nació como se ha referido en Sayula, al sur de Jalisco, si bien la mayor parte de su infancia  transcurrió entre las localidades de San Gabriel y Apulco (en más de una ocasión aseguró haber nacido en este último pueblo) escuchando las anécdotas de la recién concluida contienda, la misma que devino tema central de decenas de narraciones, no pocas de ellas de carácter testimonial. El caso más significativo quizás sea Los de abajo (1916), de Mariano Azuela, estimada la primera entre las cientos de novelas mexicanas que se tejieron a partir de ese motivo. De hecho la revolución mexicana, bajo sus disimiles rostros removió no solo la sociedad del país, sino su  arte  y su literatura, en otras palabras su historia. Esta, inevitablemente marcó huellas en la escritura rulfiana y en la de la mayoría de los escritores de su generación, quienes crecieron en un México humeante todavía y en el que los nuevos conflictos de poder mantuvieron excluidos a indios, campesinos y obreros.

Foto tomada por Juan Rulfo

En un hogar acomodado creció Juan al lado de sus padres: Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, administrador de fincas y María Vizcaíno Arias, quienes se habían casado en 1914, el mismo año en que luego naciera el primero de los hijos: Severiano. Después llegarían María de los Ángeles (1916), quien sobrevivió poco tiempo, el futuro escritor, Francisco (1919) y Eva (1922) y tal vez la prole hubiera aumentado si no hubiera sido por el asesinato del padre, en junio de 1923. Huyendo de las balas, en esta etapa la familia se muda en varias ocasiones y de todos los lugares posibles será San Gabriel el que Rulfo recordará con más claridad. “Viví en un pueblo llamado San Gabriel” (habla del viento, del polvo, de las arenas. Incluye la erosión entre las causas de la catástrofe). Con las tormentas del desierto y las crisis del comercio el pueblo se arruinó. La gente de allá –añade– se ve taciturna, hermética, casi no habla” (4).

A la atmósfera de pérdidas dejadas por la revolución se sumarían las secuelas de la guerra cristera (1926–1929) que había surgido como respuesta a las leyes anti eclesiásticas que promulgara el presidente Plutarco Elías Calles, en contra de las manifestaciones públicas del culto católico y de sus practicantes y con el definido propósito de subordinar la Iglesia al Estado. A semejanza de la revolución de la que escuchó un sinfín de anécdotas, para Juan Rulfo la rebelión de los cristeros marcaría huellas definitorias en su vida y en su obra. Durante ella, y por razones varias, quedó sumido en la orfandad y en el ambiente de terror y prohibiciones que experimentó todo el país y que devino, a la postre, material de referencia para su obra. En este período asiste a las muertes de otros familiares cercanos, a la vez que es testigo del éxodo de campesinos. Este tema está presente, por ejemplo, en el cuento   Nos han dado la tierra, donde cuatro hombres –de los más de veinte que fueron pereciendo en el penoso trayecto–, desandan un llano yermo y caliente en busca de los terrenos “prometidos” por el gobierno para su labranza.

A la vez, como consecuencia de la guerra cristera Irineo Monroy, sacerdote de San Gabriel, en su afán por preservar la biblioteca parroquial, trasladó esta a la casa de la familia Pérez Rulfo. Pudo entonces el niño de ocho años, beber de aquellas fuentes, exponentes de la literatura universal y acrecentar en ese ámbito su atracción por la lectura.

Era el año de 1927 y la muerte de la madre acrecentó en el pequeño Juan el sentimiento de soledad y su retraimiento. Quedó por un tiempo bajo la tutela de la abuela materna en San Gabriel, pasando después a ser internado durante cuatro años en el orfanato Luis Silva de Guadalajara (capital del estado de Jalisco), cuya estricta disciplina influiría también en la formación de su personalidad. Poco después ingresa al Seminario Católico de San José de la misma ciudad, si bien no concluyó el sacerdocio (5).

En 1933 trató de iniciar estudios superiores, pero al hallarse en huelga el alumnado de la Universidad de Guadalajara se trasladó a la capital con la intención de cursar la carrera de Leyes y de Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de México (UNAM). Finalmente asistió como oyente a clases de Historia del Arte de la UNAM y al Colegio de San Ildefonso, a la par que leía incansablemente tanto narrativa, como literatura histórica, entre otros géneros.

Por este tiempo trabó amistad con Efrén Hernández (6), quien lo invitó a inicios de la década del cuarenta a colaborar con la revista América y que sería el encargado de llevar a Romance (publicación regenteada por Juan Rejano) algunos fragmentos de la novela de Rulfo El hijo del desaliento(7). Estos, sin embargo, no fueron publicados, conservándose solamente el fragmento que lleva por título Un pedazo de noche.

Escribe en 1943 el relato La vida no es muy seria en sus cosas que sería publicado en 1945 en el número 10 de la referida América, donde además colaboraban José Gorostiza, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Rosario Castellanos, Jaime Sabines, el dramaturgo Emilio Carballido y el chileno Pablo Neruda. Suscrito como becario en el Centro Mexicano de Escritores publica fragmentos de obras que destruye posteriormente, así como cuentos en otras revistas. Tal fue el caso de Pan (1945), editada en Guadalajara por el notable cuentista Juan José Arreola y por Antonio Alatorre. Así por ejemplo, Macario seria impreso casi al unísono por Pan y por América en los números 2 y 42, correspondientes respectivamente a julio y agosto de 1945. Este antológico cuento abrirá en 1953 su conjunto de relatos El llano en llamas.

Fotógrafo Juan Rulfo

Por estos años se desempeña como empleado de la Secretaría de Gobernación y viaja por toda la nación. A lo largo de su vida desempeñó diferentes trabajos que combinaba con su ejercicio de la literatura y la fotografía. Fue archivista, agente de inmigración (1936–1946), empleado de la fábrica de neumáticos  Goodrich–Euzkadi (1946–1952), colaborador de la Comisión del Papaloapan (1954–1957) y editor en el Instituto Nacional Indigenista, donde se mantuvo cerca de quince años trabajando (1962–1986) en íntima interrelación con las culturas originarias que tanto ponderaba. Aquí asumiría la edición de una de las colecciones más importantes de antropología mexicana. Su faena intelectual incluye su  desempeño ocasional como profesor de la UNAM.

Rulfo se había casado en 1948 con Clara Aparicio de cuya unión nacieron cuatro hijos: Claudia Berenice, Juan Francisco, Juan Pablo y Juan Carlos(8). El libro Aire de colinas recoge las cartas que el escritor envió a la novia–esposa entre 1944 y 1950. Estas epístolas, suerte de confesiones, no se publicaron, sino hasta el año 2000, casi medio siglo después. Fruto de la distancia y la añoranza fueron escritas cuando Rulfo se hallaba lejos de Guadalajara y de la amada, haciendo frente a sus diferentes ocupaciones.

Las [ochenta y una] cartas que escribe [a] Clara pueden constituirse como una primera gesta en su escritura posterior, porque no solo le habla al amor, a su soledad, a su obsesión por la literatura, sino que habla de esos universos convulsionados por una modernización insuficiente que infertiliza a la humanidad y a la tierra. […] 

[…] en Cartas a Clara se puede vislumbrar, primero, una expresión de la nostalgia de tanto sufrimiento por el lugar de origen; una orfandad que padece Rulfo y que reemplaza simbólicamente por la madre y las hermanas de Clara. ¿Podría decirse que el escritor mexicano emprende un viaje como Ulises hacia Ítaca con la escritura? ¿Acaso hay una relación temprana con lo femenino y la tierra en sus obras? […] Rulfo se liga al mito de lo femenino con la presencia de las mujeres que lo rodean y también con las mujeres que más tarde van a ser voces fuera de este mundo como Susana San Juan o la Caponera (9) .

El llano en llamas (Fondo de Cultura Económica, 1953), fue conformado inicialmente con quince cuentos, siete de ellos se habían dado a conocer por las referidas revistas Pan y América y ocho fueron escritos durante el paso de Rulfo como becario del Centro Mexicano de Escritores. En 1955 publicó en un suplemento cultural dos más (El día del derrumbe y La herencia de Matilde Arcángel), que integrarán más tarde la reedición del libro, en 1970.

Un suceso mayor tiene lugar aquel 1955, cuando  sale de las prensas la novela Pedro Páramo, que no pocos estudiosos estiman una suerte de continuación del anterior, aunque en el primero predomina el realismo y en el segundo lo que algunos estudiosos han acuñado como realismo mágico y del cual es estimado uno de los más notables exponentes en Hispanoamérica. La primera edición de Pedro Páramo, a cargo también del Fondo de Cultura Económica, contó en la portada con un dibujo a tinta del artista Ricardo Martínez (10). Impactante por lo insólita y extraña y por la manera en que esta fue construida, la obra narra la historia de Juan Preciado y la del pueblo fantasmagórico de Comala sometido en otro tiempo por su padre, el cacique Pedro Páramo, a quien pretende conocer. Pero, en lugar del pueblo y de su progenitor, el protagonista se adentra en un mundo preso de la aridez y el desamparo. Los personajes están muertos sin saberlo y Juan Preciado se vale de sus murmullos para hilvanar una historia de lamentaciones de la que ya no podrá escapar. No es por ello casual que inicialmente el titulo escogido para nombrar la novela fuera Los murmullos.

En relación con la novedosa obra de Rulfo, el intelectual chileno Volodia Teitelboin, quien coincidió con el escritor mexicano en Venecia y en otras ciudades europeas, ha señalado:

Aunque este hombre se ha convertido en una referencia casi clásica sobre su país, su ser y no ser, su luz y su sombra, la verdad es que en el orden cultural allí hay un antes y un después de El llano en llamas y, sobre todo, de Pedro Páramo. […]

No es la Atlántida, sino el pueblo de silencio y de fantasmas bajo el absurdo y la polvareda que llamó Comala […] 

La obra rulfiana […] posee un clima sui generis, un atmósfera real o irreal, un aire surcado por las ánimas, donde algunos hombres martirizan a otros y de paso también se condenan a sí mismos. En lo rulfiano se hace una  la vida y la muerte […] La palabra rulfiano no existía antes de la obra de ese hombre modesto y sustantivo, de ese Juan Rulfo experto en descubrir en detalle “los andrajos del alma”, generador de un clima complejo. Se trata de una realidad plural, poliédrica, dotada de muchas acepciones. Trata la desventura de vivir y de perecer, una especie de epopeya o contraepopeya de los pobres (11).

A propósito del referido tratamiento de la mujer en la poética rulfiana, Elena Poniatowska en una ocasión le preguntó la razón por la que todos sus personajes femeninos son encarnaciones de alguna debilidad humana (chismosas, enajenadas,  adúlteras, estériles, “bigotonas”,…). Y tiempo después la Premio Cervantes 2013 se responde a si misma: “No sería temerario afirmar que Pedro Páramo y muchos de los cuentos de El  llano en llamas parten del rencor. […] La tierra solo entrega un pellejo de vaca, el sol calcina, tatema los llanos pelones y las cabezas alucinadas, las mujeres son comales ardiendo cuya carne se calienta enseguida con el calor de la tierra. Los hombres de Rulfo, mejor dicho, sus ánimas en pena van por llanos en llamas buscando a un padre que los deshijó en el momento de concebirlos, son solo hijos de una madre que les dejó el encargo de vengarlas […]” (12) .

Los personajes de Rulfo se mueven en universos hostiles, en un páramo áspero y desamparado. Actúan en una época que le es harto conocida al escritor, la posrevolución con sus promesas traicionadas  y la guerra de los cristeros, durante la cual el mismo quedó sumido en la desprotección y la inseguridad. El reparto de tierras a cambio de la devolución de las armas, el bandolerismo, la violencia generada por este, el caudillismo, el incesto, el adulterio, el éxodo hacia las grandes ciudades, las primeras migraciones a Estados Unidos y otros temas irrevocablemente ligados al resentimiento de “los de abajo”, encuentran su intérprete mayor en Rulfo. Se trata, pudiera afirmarse, de retratos de aquellos que nada ganaron con la revolución, sino una falsa y efímera ilusión de obtener lo que por derecho natural les pertenecía.

Entre las influencias narrativas presentes en la obra de Rulfo los críticos literarios enfatizan en William Faulkner, si bien durante algún tiempo aquel aseguró haber conocido  al autor de Mientras agonizo tardíamente. Ávido lector de la literatura de su tiempo, durante su juventud solía llevar a Guadalajara decenas de títulos que adquiría en Ciudad de México y que compartía con cofrades como Arreola. Lo cierto es que era un ferviente seguidor de la literatura norteamericana, comenzando por el propio Faulkner, de quien pueden hallarse marcadas influencias en Macario y en toda su obra. En esta, con frecuencia prescinde del narrador omnisciente y son los propios personajes o sus “conciencias”, los que develan sus historias. Nombres como los de John Dos Passos, Willa Cather, distinguida por sus narraciones de personajes comunes que se expresan con un lenguaje igualmente común, cotidiano; John Steinbeck (Las uvas de la ira) y el muy reconocido Ernest Hemingway llenaban parte considerable de sus estantes, si bien autores de otras latitudes marcaron en mayor o menor medida sus preferencias e influencias literarias.

A la vez, consumió horas interminables leyendo las fuentes históricas, antropológicas y culturales de su país, deviniendo uno de los más agudos conocedores del México prehispánico y campesino, saberes que no dejan de manifestarse a lo largo de su quehacer intelectual. Generacionalmente es estimado uno de los herederos de la novelística de la Revolución mexicana, admirando de forma particular a Martín Luis Guzmán y Rafael L. Muñoz. Y aunque la revolución como presencia histórica está latente en una parte importante de su obra él, sin embargo, transgrede la tradición las épocas y hasta el tiempo, inaugurando un nuevo lenguaje, una nueva manera de narrar y de mostrar las esencias humanas, naturales y sociales de su nación.

La obra de Juan Rulfo ha sido traducida a cerca de cincuenta idiomas y es conocida y estudiada en el mundo entero. Recientemente, con motivo del centenario del escritor,  Pedro Páramo ha sido trasladado por el lingüista Victoriano de la Cruz al náhuatl que es hablado en México por más de millón y medio de personas. Uno de los rasgos distintivos de la novela es justamente el magistral empleo del lenguaje sin artificios en que suele comunicarse el pueblo mexicano, en particular el campesino. Es posible “escuchar” a través de su lectura la voz y  las expresiones propias del hombre que está en constante maridaje con la tierra, con lo más amable de ella y también con lo más temible. En el español mexicano más de cuatro mil palabras provienen de esta lengua prehispánica; algunas de ellas están presentes en la novela de Rulfo. La acuñada influencia del ambiente y el habla rurales en su poética es algo indiscutible. “Y es que cuando se compara el texto original con el náhuatl se ven coincidencias en la forma de expresarse y de hacer poesía, como ocurre con la reiteración de las frases y las palabras o con la relación que se traza entre ciertos animales o plantas con lo humano” (13).

En el prólogo a la edición cubana de El llano en llamas y Pedro Páramo (Casa de Las Américas, 1968) el ensayista y narrador Antonio Benítez Rojo subraya la importancia del lenguaje en la obra rulfiana, así como otros valores formales que sitúan a este autor  como un exponente sobresaliente de la narrativa contemporánea. La oralidad de sus personajes y la definición del mundo a partir de la cosmovisión de estos constituyen dos de los recursos literarios mejor logrados por Rulfo. Benítez no escatima elogios que suele respaldar con fragmentos de ambos títulos. De esta forma relaciona técnicas narrativas con las que Rulfo sorprende a sus lectores. Estas son, además de la magistral recreación del lenguaje campesino, el uso del monólogo interior de honda introspección, la ruptura del tiempo y el espacio, las alternancias en el tiempo narrativo, el paso lento, la ausencia de desenlace y el diálogo de múltiples propósitos (14). En su esclarecedora valoración, Benítez agrega:

El artificio de El llano en llamas consiste en perseguir la sencillez a ultranza, a punto de lograr que el lector crea que está al margen de la literatura. Rulfo se esfuerza por evadir los revuelos retóricos y suministra una vigorosa ingenuidad rural llena de poesía […] Rulfo en El llano en llamas mete al lector de cabeza en la vida seca y dura de las gentes del campo mexicano. Pero en Pedro Páramo el enfoque se invierte, poco  a poco uno va muriendo con Juan Preciado y de pronto se está sumergido en la muerte y se mira desde abajo, el pensamiento detenido en una reflexión eterna sobre la vida acabada  (15).

La poética de Rulfo generó, desde el principio, decenas de reseñas y estudios tanto en México como en el universo literario de otras regiones. Entre los innumerables elogios recibidos recordemos el de su paisano: el notable narrador, historiador y ensayista Carlos Fuentes quien considerara que Pedro Páramo es una de las mayores obras del siglo XX escrita en cualquier lengua y la mejor novela mexicana de todos los tiempos.

Otras facetas de la creación rulfiana

El escritor mexicano viajó por un sinnúmero de países. En España  y en todo el sur de América fue acogido varias veces, como también lo fue en la entonces Europa socialista, en ciudades como Praga, Sofía o Bucarest. En todas ellas su obra era reclamada y unánimemente aplaudida. Entonces su faena visual era escasamente conocida y ante la magnitud de su narrativa innovadora quedaba relegada a un segundo plano o sencillamente ignorada.

Las primeras fotografías artísticas de Rulfo se remontan a finales de la década de 1930 e inicios de la siguiente, cuando la cámara devino su compañera constante (16).  No pocas de ellas están firmadas por el reverso y generalmente delatan las profundas inquietudes antropológicas, culturales y estéticas que le generaban al autor la naturaleza mexicana, el hombre de campo y sobre todo el estrecho vínculo entre este y aquella. Algunas captan lo monumental del paisaje, los volcanes de eternas nieves, pero especialmente las grandes llanuras y la aridez persistente del desierto, donde las plantas espinosas se yerguen contra cualquier pronóstico. Otras (la mayoría) inmortaliza detalles del campesino: rostros, posturas, indumentaria, ídolos indígenas, mujeres en su faena diaria, en esencia el hombre y la madre tierra unidos en un solo elemento. Debe acotarse que no escaparon de su interés la obra construida, con lo cual, la arquitectura o los ferrocarriles forman parte de ese importante acervo visual que nos legó.

Cámara en mano recorre México desde finales de los treinta hasta 1962, aproximadamente, cuando sus biógrafos coinciden en señalar que para esa fecha dejó de forma definitiva la fotografía. Su primera muestra data de 1960, fecha en que el público de Guadalajara pudo apreciar veintitrés impresiones originales y un facsímil de la revista América donde publicó por vez primera fotografías. Lustros más tarde, en 1980 se inauguró una exposición más amplia en el Palacio Nacional de Bellas Artes durante el homenaje que le organizó el gobierno y toda la nación. Recientemente, en abril de este año y con motivo de su centenario el Museo Amparo de la ciudad de Puebla abrió sus puertas para mostrar 150 fotografías y documentos relacionados con esta faceta creativa. Muestras fotográficas de  Rulfo han sido exhibidas no solo en los principales museos y galerías de México, sino además en países como Francia, Estados Unidos, China, Rusia, Grecia, España, Bélgica, Austria, Reino Unido, Brasil y Alemania, entre otros.

En su periplo retrató los monumentos del pasado indígena y del español, dispersos por todo el territorio. Entre esas ruinas zapotecas y barrocas hay arquitectura colonial de iglesias y ermitas junto a tumbas, ídolos y templos precolombinos. Conventos y haciendas que un día fueron señoriales. Edificios decadentes, melancólicos, abandonados, ruinas de un antiguo esplendor. Playas desiertas sobre las que se ciernen nubes inquietantes. Ríos y lagos de aguas estancadas. Paisajes […], montañas y planicies bajo un cielo protector. Cactus de formas caprichosas, árboles desnudos y pueblos solitarios de calles vacías bajo el sol ardiente del mediodía.

Mercados con vendedoras refugiadas del calor bajo toldos exiguos que apenas las protegen. Campesinos entregados a sus labores bajo un sol implacable. Mujeres enlutadas o vestidas con trajes tradicionales. Ancianos que esperan sentados la muerte en días interminables. Danzantes y músicos con instrumentos gastados, llevando la fiesta a los pueblos. Niños harapientos de miradas tristes y perdidas.

[…] Por el objetivo de Juan Rulfo pasan pueblos abandonados, casas en ruinas con puertas desvencijadas, parajes calcinados, árboles solitarios, cementerios, sepulturas, cruces artesanales confeccionadas con los más variados materiales, murales de Orozco y de Diego Rivera… un México que sólo retrataron con esa atmósfera poética Juan Rulfo y su amigo y maestro, el gran fotógrafo Manuel Álvarez Bravo. Hay también retratos de amigos, artistas, escritores, gentes del teatro […]: Pedro Armendáriz, María Félix. […]

La fotografía de Juan Rulfo combina luces y sombras en una estética que recuerda a la Nueva Objetividad alemana y remite a la obra paisajística de Ansel Adams y de Edward Weston y a los retratos de Stieglitz y Paul Strand, al tiempo que reescribe en imágenes la misma realidad de su literatura: la épica y la tragedia, el sufrimiento y el dolor, la desgracia que se ensaña con los débiles y provoca la pérdida de la fe y de la esperanza. La utilización del contrapicado en muchas de ellas enaltece el abandono y la miseria del mundo que retrata, introduciendo un cierto aire de nobleza (17).

La iconografía poética del mexicano es portadora de un altísimo nivel artístico, razón por la que personalidades como la escritora y directora de cine norteamericana Susan Sontag llegó a considerarlo uno de los mejores fotógrafos de Latinoamérica. Su legado fotográfico consta de alrededor de cuatro mil fotografías impresas y seis mil negativos.

Algunos años más tarde se vincula al cine. Según algunas fuentes, en 1956 el icónico director Emilio "el Indio" Fernández le solicitó varios textos, tarea que Rulfo emprendió de conjunto con Juan José Arreola. En 1959 colaboró con Antonio Reynoso en la realización del cortometraje El despojo y unos años después, en 1964, tuvo lugar el estreno de El gallo de oro, dirigida por Roberto Gavaldón a partir  un cuento de su autoría, adaptado al lenguaje cinematográfico por Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Esta historia inspiraría también a Arturo Ripstein, quien bajo el título de El imperio de la fortuna, estrenó su versión del relato, en 1986. Otros cuentos e ideas de Rulfo trasladados al lenguaje cinematográfico fueron La fórmula secreta (1964), dirigida por Rubén Gámez y El Rincón de las Vírgenes (1972), realizada por Alberto Isaac, a partir de los cuentos Anacleto Morones y El día del derrumbe, ambos incluidos en El Llano en llamas.

Trascendencia

No obstante la breve pero significativa participación de Rulfo en el cine mexicano y los múltiples valores documentales y formales de su obra fotográfica, es indiscutible que su trascendencia universal es consecuencia de su poética narrativa. Como colofón de su escritura en 1980 fue publicado El gallo de oro y otros textos para cine que incluye el relato que da título al libro. Sin embargo, para despecho de los editores y de sus millones de seguidores nunca entregó a la imprenta La cordillera, novela que presumiblemente tenía casi terminada y que él aseguraba haber destruido.

Entre los galardones que recibió por su obra se cuentan el Premio Xavier Villarrutia (1955), el Premio Nacional de Literatura  (1970), el Premio Príncipe de Asturias (1983),  el Premio Manuel Gamio al mérito indigenista (1985) y este mismo año el nombramiento de Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Pero el mayor homenaje que pudo recibir ha sido, tal vez, la acogida que su obra tuvo por parte de algunos de los escritores más emblemáticos de la literatura universal contemporánea: Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Mario Benedetti, José María Arguedas, Julio Cortázar, Pablo Neruda,  Günter Grass, Susan Sontag, Enrique Vila-Matas, Sergio Pitol y muchos otros. El primero de ellos menciona su “descubrimiento” de Pedro Páramo con evidente admiración, después que su amigo Álvaro Mutis lo motivara a leer la novela. Para entonces (1961), el futuro Premio Nobel de Literatura, recién llegado a México, había publicado su primera novela La hojarasca y  tenía tres títulos inéditos, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la Mamá Grande, a la vez que era un fecundo periodista. Pese a su contacto con la narrativa más contemporánea e innovadora, hasta entonces García Márquez no había leído a Rulfo, cuya poética habría de influir en su escritura posterior:

Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá –casi diez años atrás–, había sufrido una conmoción semejante. AI día siguiente leí el Llano en llamas, y el asombro permaneció intacto. Mucho después, en la antesala de un consultorio, encontré una revista médica con otra obra maestra desbalagada: La herencia de Matilde Arcángel. El resto de aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos me parecían menores.

No había acabado de escapar al deslumbramiento, cuando alguien le dijo a Carlos Velo que yo era capaz de recitar de memoria párrafos completos de Pedro Páramo. La verdad iba más lejos: podía recitar el libro completo, al derecho y al revés, sin una falta apreciable, y podía decir en qué página de mi edición se encontraba cada episodio, y no había un solo rasgo del carácter de un personaje que no conociera a fondo  (18).

Poniatowska recuerda al escritor y al ser humano de esta manera: “Como Pedro Páramo, Rulfo camina entre la sequía y es hombre de pocas palabras, árido, hosco, desalentado. Porque a Rulfo todo parece desalentarlo, la vida, los honores, el trato con los demás y sobre todo las entrevistas. Yo creo que desde siempre se siente extraño, no sólo en la capital sino en el mundo (19).” Por su parte, el escritor y pintor Fernando del Paso,  escribe al amigo varias décadas después de su partida:

Oye Juan […], para escribir esto me puse ayer a releer Pedro Páramo y El Llano en llamas. Tus libros son flacos como tú, Juan, que siempre fuiste medio encanijado. Pero una vez más, me di cuenta de que uno no acaba nunca de leerlos. Ayer me llené la boca con la tierra de Comala, ese pueblo todo untado de desdicha como dices tú, Juan. Ayer, Juan, vi al caballo de Miguel Páramo galopando enloquecido por el camino de la Media Luna. Escuché la voz de Eduviges Dyada, descolorida por la distancia, y ese silencio de Luvina que hay en todas las soledades, como tú dices, Juan(20).

En su espacio cotidiano, familia y amigos coinciden en retratar a un hombre de escasas palabras y largos silencios. Tenía una magnífica colección de discos, era amante de la música clásica y de otras sonoridades contemporáneas. Entre sus preferencias musicales se incluían las rancheras y el cantautor brasileño Chico Buarque. Gustaba de dialogar con la gente sencilla. En contraposición rehuía  los grandes banquetes y los auditorios, donde la tribuna, fría y distante, le estaba predestinada.

El músico, matemático y poeta Mariano Azuela, nieto del autor de Los de abajo y amigo suyo lo recordaba fumando cigarros Delicados, envueltos en papel de arroz y tomando agua de Tehuacán (21), de fabricación nacional. Ambos recorrieron juntos varios países y visitaban casi a diario la librería El Ágora, en la capital mexicana. El autor de Pedro Páramo sentía una gran angustia por su México natal, tan esplendido y rico como maltratado por el hombre y los poderes de turno. “El país fue una de sus grandes obsesiones hasta el último día de su vida. No era un hombre de extrema izquierda, ni mucho menos; pero sí participó en algunas marchas en 1968  [fue el año de las manifestaciones estudiantiles y la matanza de Tlatelolco]. Hizo declaraciones contra de los militares y éstos lo amenazaron. Estaba muy preocupado. Pero con su presencia y su prestigio siempre salía adelante” (22).

Cien años después del primer llanto, nada mejor que tributar al más grande  narrador mexicano del siglo XX. Con la alquimia de su verbo, Rulfo parió un mundo que nos resulta tan ajeno, como propio. Todas las debilidades humanas se convocan en él. La muerte parodia la vida y los personajes nos introducen, sin mucho preámbulo, en sus historias, sus angustias y sus esperanzas. Son historias tristes, la mayoría; “delgadas” y sin más aderezo que el golpe seco y elocuente de las frases y de las palabras justas, que el autor trajo consigo del mismo inicio de los tiempos y de la  existencia. Hoy, esos personajes se levantan del inframundo y la esperanza se rebela contra el pesimismo, cuando todos escuchan, desde la lejanía, cómo ladran los perros.

 

 

Citas y notas

  1. Comala es una localidad mexicana perteneciente al estado de Colima. El nombre significa “lugar de comales”, siendo el comal (proveniente del náhuatl comalli), en principio una pieza plana de alfarería colocada sobre tres o cuatro piedras o patas que le sirven de soporte y permiten encender brazas para la cocción de la tortilla de maíz y otros alimentos tradicionales en México y Centroamérica. La Comala de Rulfo es pura creación del autor y está más bien ambientada en los paisajes áridos de su Jalisco natal e inspirada en sus experiencias existenciales en esa región. A semejanza de un comal, la Comala de Pedro Páramo es caliente. De ahí a menudo se haga referencia a lo inhóspito del lugar, a propósito del calor, la aridez y el consecuente pesimismo de los personajes.
  2. Viaje a Comala fue estrenada recientemente en el Teatro de las Artes de Zurich. Dirigida por Stefan Nolte y con música del colombiano German Toro Pérez (director del Instituto de Música por Computadora y Tecnología Sonora de la Universidad de las Artes de Zurich) contó con un montaje singular en el que los actores van narrando los distintos pasajes de Pedro Páramo, realzados por la recreación musical de susurros y otros sonidos que remedan el ambiente y los constantes cambios narrativos de este clásico de las letras iberoamericanas. La ópera fue cantada en alemán, si bien algunos fragmentos se interpretaron en español. Véase “Suiza celebra 100 años del autor con ópera Viaje a Comala”. Disponible en www.eluniversal.com.mx›Cultura›Artes escénicas Revisado en junio del 2017. Ya en México la obra se había adaptado musicalmente en 1992, cuando fue estrenada, el 20 de enero, la ópera radial Pedro Páramo con música y libreto de Julio Estrada.
  3. Con posterioridad prescindió del primer apellido para conocerse en el ambiente literario como Juan Rulfo.
  4. Tomado de Volodia Teitelboin: “Por ahí anda Rulfo”, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2008, p.17.
  5.  Antonio Alatorre: “La persona de Juan Rulfo”. Disponible en www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/82_nov.../casa_del_tiempo_num82_45_52.pdf Revisado en junio del 2017.
  6. El escritor, poeta, dramaturgo y guionista mexicano Efrén Hernández Hernández, (León, Guanajuato 1904–Ciudad de México, 1958) desarrolló su obra en la primera mitad del siglo XX.  Considerado uno de los cuentistas más grandes de México guió los pasos de  Rulfo durante su etapa de iniciación.
  7.  De temática urbana y autobiográfico, Rulfo destruyó esta obra por estimarla "una novela […]  llena de divagaciones personales, sin ningún interés literario".
  8. A semejanza de Juan Carlos Rulfo, cineasta y documentalista, su hermano Juan Pablo, pintor y grabador ha intervenido activamente en las celebraciones por el centenario del escritor.
  9. Carlos Julio Ayram Chede: “Escribir para resistir la soledad: nostalgia, confesión y amor en Cartas a Clara de Juan Rulfo”. Disponible en www.redalyc.org/articulo.oa?id=451544861005 Revisado en marzo del 2017.
  10. Entre 1945 y 1959 las viñetas de Ricardo Martínez ilustraron la obra de importantes autores mexicanos, contribuyendo entonces y de forma prácticamente artesanal a difundir la literatura nacional. Sus trazos sencillos están presentes en la emblemática portada de Pedro Páramo. Posteriormente, recreó motivos más elaborados e incluso abstractos. Entre sus viñetas se destacan también las que realizó para la Nueva Revista de Filología Hispánica de El Colegio de México en 1947; el maguey de la primera edición de esta publicación es hasta hoy su sello distintivo.
  11. Volodia Teitelboin, Ob. Cit., pp. 7, 47 y 108–109.
  12. Elena Poniatowska: “Las mujeres a Juan Rulfo”. Disponible en www.jornada.unam.mx/2017/05/14/opinion/a03a1cul Revisado en junio del 2017.
  13. “Versión al náhuatl de "Pedro Páramo" aporta nueva dimensión al texto de Rulfo”. Disponible en www.eldiario.es/cultura/Version-Pedro-Paramo-dimension-Rulfo_0_643236053.html. Revisado en junio del 2017.
  14. Antonio Benítez: Prólogo a la edición cubana de El llano en llamas y Pedro Páramo, Casa de las Américas, La Habana, 1968, pp. X-XIII.
  15. Ibídem, p. XIV.
  16. Autodidacta, sus primeras fotos, tomadas con una cámara Rolleiflex, fueron de  paisajes de su natal Jalisco y aparecen a finales de los años treinta bajo distintas firmas: Pérez Vizcaíno, Juan Pérez Vizcaíno, Juan Pérez Rulfo.
  17. Francisco R. Pastoriza: “En el centenario del nacimiento Juan Rulfo”. Disponible periodistas-es.com› BLOGS  Revisado en julio del 2017.
  18. Juan Rulfo, influencia importante en García Márquez”. Disponible en www.informador.com.mx/.../juan-rulfo-influencia-importante-en-garcia-marquez.htm Revisado en junio del 2017.
  19. Elena Poniatowska: “En el centenario natal de Juan Rulfo: homenaje de la Filey en Yucatán”. Disponible en www.jornada.unam.mx/2017/03/19/opinion/a03a1cul Revisado en julio del 2017.
  20. “Carta a Juan Rulfo: Fernando del Paso en la Revista de la Universidad”. Disponible en http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=17980&sec=Rulfo. Revisado en julio del 2017
  21. Arturo Azuela: “Juan Rulfo, una “biografía cálida” de 29 años de amistad”. Disponible en www.excelsior.com.mx Revisado en julio del 2017.
  22. Ídem.