Por: Amarilys Ribot

Aunque quizás falte todo un año para la reapertura del teatro Sauto, la ceremonia de culminación e izado de su gran lámpara de araña al techo de las Musas, este 1 de diciembre, constituyó un luminoso anticipo del fin del intermezzo constructivo que ha mantenido “apagada” su escena desde 2010.

Luces sobre el Sauto

Enormes o pequeños, pero siempre singulares, son los elementos restaurados, construidos e incluso descubiertos durante este proceso que busca respetar las exigencias de un edificio de tal historicidad: las lunetas, el empapelado de los palcos, el telón de boca, los marcos dorados en pan de oro, el mecanismo que eleva la platea… Entre ellos, resucitar la lámpara aportó un momento de dulce emoción, quizás por ese “algo” divino que viene con la luz, desvelo de diseñadores y arquitectos desde el Gótico.

La araña de Sauto desveló a un hombre en particular: Miguel Ojito, quien le dedicó cada día del último año... y no pocas noches. Antes había montado algunas –como otras más pequeñas del teatro– pero esta vez su juventud se vio agobiada por grandes cifras: un siglo de historia, millares de gemas, cientos de miles de personas iluminadas por ella, tanto porvenir.

Esta, la mayor y más lujosa lámpara Trianon de Cuba –asevera Leonel Pérez Orozco, Conservador de la ciudad–, fue encargada a las factorías de la ciudad francesa de Baccarat por el dueño del Hotel Nacional. Tras la inauguración del mismo en 1930, la araña formó parte de la decoración de su famoso casino, por donde desfilaron monarcas, estrellas de cine, premios Nobel y hasta connotados mafiosos  de la época. En 1967, fue donada al teatro Sauto –por entonces en reparación– y reconstruida en los patios del Palacio de Junco, según recuerda Marcia Brito, directora del Museo Farmacéutico. Fue en esa etapa que se le agregaron las vestiduras conocidas como “manto” y cocuyera” para aumentar su suntuosidad –agrega Orozco.

En 2011, el equipo de conservación del teatro procedió a un desmontaje parcial de esos y otros adornos externos por el avanzado deterioro de la estructura. El óxido típico de una zona costera había desgastado los engarces, de modo que en ocasiones las “lágrimas” caían sobre la platea. Tres años después se retiró todo lo demás.

El primer desafío que encontró el restaurador fue la propia lámpara, disfuncional desde el punto de vista eléctrico. Esto conllevó a un nuevo cableado, que Ojito rediseñó en tres circuitos para optimizar el servicio a sus 64 bombillas. También perfeccionó conexiones, identificó cada elemento y confeccionó el primer plano técnico de la lámpara con vistas a futuras intervenciones. Siempre con ayuda de su padre, devolvió su encanto a la estructura de bronce, que lucía ennegrecida por décadas de óxido.

A esta la visten diez mil piedras rigurosamente calibradas a mano, clasificadas y engarzadas por Miguel Ojito. Durante dos meses se le vio ante una gran mesa improvisada al centro de la platea, con mandil, pinzas y paciencia de joyero. Con fino alambre de cobre ensartó gemas y tejió cadenetas que, puestas en fila, abarcarían más de tres cuadras. Durante la última semana trabajó hasta la madrugada junto a un chandelier de lujo que brillaba solo para él. De jueves para viernes no durmió. Y a las 10:35 de la mañana fijada, un aplauso de los trabajadores del teatro coronó la instalación de la última pieza.

Luce muy distinta la araña desde cerca: su gran cuerpo que no podemos abarcar entre varios, la diversidad de cristales cuyo juego de luces refracta cada tono alrededor: rojos, dorados, blanquiazules, de plata… Tanta fragilidad pesa una tonelada, imposible de concebir cuando se la contempla desde abajo.

Cerca del mediodía del viernes 1 comenzó el sellado de la lámpara. Se llama así a la colocación de la esfera que remata la araña por debajo, tradicionalmente acompañada por una ceremonia de consagración. El público pudo contemplar de cerca –y por única vez en su vida– la simbólica pieza de vidrio soplado, tallada luego a mano para formar una estrella interior, y a la cual se le añadió en el pasado otra estrella, de plata dorada, con ocho puntas en combinación con las Musas que la rodean en el techo del Sauto.

En voz muy baja de padre que se despide, el restaurador encomendó la esfera en manos del director del teatro, Kalec Acosta quien, con otros dirigentes de la cultura, la colgaron en su sitio antes que el Conservador de la ciudad –asistido por Rolando Quintana– comenzara su izado desde el ático. Para ello se emplea un güinche instalado en la década del 70, que sustituyó al mecanismo original de madera.

Es raro que no bauticen las lámparas. Un cuerpo tan original, irrepetible, compañero de tantas vidas, merecería también un nombre propio que lo distinga entre los suyos, como las naves. Cuando esta emprendió al fin su vuelo con un balanceo suave, como el más bello globo aerostático, las imágenes empezaron a surgir entre los espectadores: reina de las nieves, bailarina, medusa, ojo de luz…

A las 12:30, la lámpara alcanzó su cenit. Sobrevino entonces un momento de emociones: el encendido, a cargo de René Almendariz, “Pirolo”, quien se inició como luminotécnico en Sauto en la reapertura de 1969, al mismo tiempo que la lámpara. Desde entonces, ha sido su operador principal, quien ha obrado el tradicional apagado por pasos al toque de cada campanada.

Siguiendo el mismo principio, un golpe leve de voltaje convirtió la “medusa” en una constelación. Y luego fue la luz total, y la belleza total, la vuelta a un mundo que añorábamos tanto. Quedaba roto un largo apagón escénico que acabará por fin cuando reabra el teatro.