*Palabras de presentación de la exposición inaugurada en el Museo Provincial Palacio de Junco, el 19 de septiembre de 2018 con motivo del 325 aniversario de la ciudad y de Taller Nacional Museología y Sociedad.

Por: Mireya Cabrera Galán

¿Qué hace de esta ciudad ni joven, ni remota, un sitio que magnetiza a propios y a viajeros? Una de las razones de este acertijo es, indudablemente, su emplazamiento geográfico. Tras las solicitudes de las máximas autoridades de la ínsula (Francisco Xelder, en 1653 y José Fernández de Córdoba, en 1681, respectivamente), la urbe es fundada, por autorización de Carlos II, el 12 de octubre de 1693  (1). Atrás quedaban casi dos siglos de anonimato y del asedio frecuente de corsos y piratas que recalaban en la desprotegida rada (2) con el fin de abastecerse de carne y de otros productos elaborados, básicamente, para el autoconsumo de los escasos pobladores que aquí habitaban.

Matanzas en el tiempo… *

Distintos motivos dilataron el momento de la fundación (aprobada desde 1682) y no serían ni Xelder, ni Fernández de Córdoba los encargados de consumar la regia aprobación, sino el nuevo gobernador Severino de Manzaneda. A inicios de aquel octubre, este se presentó en el lugar designado, junto al ingeniero Juan Herrera Sotomayor para protagonizar los diferentes eventos que acompañaron a la fundación. El día 12 Diego Evelino de Compostela, obispo de Cuba bendijo la primera piedra de la iglesia, aclamando a San Carlos Borromeo como patrono de la nueva población. Manzaneda, por su parte,  oficializó, el nacimiento de la urbe bautizada con el nombre San Carlos y San Severino de Matanzas, en franca alusión a Carlos II y al propio gobernador.

A semejanza de un anfiteatro, la ciudad se trazó frente a la espléndida bahía de Matanzas (3) (Guanima para los aborígenes) y entre los pequeños ríos San Juan y Yumurí. A escasos kilómetros del sitio fundacional, se localiza el valle del Yumurí y pequeñas elevaciones que la circundan, a la vez que complementan el magnífico escenario natural –de tonalidades verdes y azules– que acunará a los hijos de la que con el tiempo sería rebautizada como la “ciudad de los puentes”. Entre los varios epítetos con los que ha sido cantada, este se debe  a las  numerosas “pasarelas” que se construyeron sobre el caudal de sus ríos y que fueron sucesivamente derribadas por tormentas y huracanes, hasta que los ingenieros vinculados a su crecimiento urbanístico diseñaron artificios más duraderos, avanzados los siglos XIX y XX (4).

Un momento significativo durante el nacimiento de la ciudad fue la delineación de la Plaza de Armas, conocida hoy por “La Vigía” (5), así como de las tres primeras calles. Estas fueron denominadas Río (después “Tello Lamar”), por ser la más próxima al San Juan, Ciénaga (hoy Milanés), ubicada en la zona cenagosa de la localidad y Medio (Ricla e Independencia), que se situó entre las dos mencionadas. El diseño de la ciudad se concibió  a partir de la cuadrícula española. El respeto por el trazado simétrico se patentiza en la posterior construcción —desde el punto focal de la plaza—de otras arterias integradas a lo que hoy se reconoce como centro histórico urbano.

Lento fue el crecimiento de la localidad a lo largo del siglo XVIII. En las postrimerías de este, un conjunto de sucesos nacionales y extranjeros, tales como la habilitación del puerto para el comercio directo con España, la introducción de maquinarias y avances tecnológicos y la independencia de Haití, entre otros, alentaron de forma decisiva el crecimiento económico de Matanzas. A la vuelta de unos lustros, la región asumiría el rol desempeñado antes por Haití como enclave productivo y comercial de café y de azúcar.

El surgimiento de la imprenta, de las primeras publicaciones, el florecimiento de la educación, el teatro y la música y, el fomento de los barrios de Pueblo Nuevo y Versalles, allende la zona intrapuentes definen la presencia de la región en la geografía material e intelectual del país. Para entonces, Matanzas reporta cuantiosos ingresos a España y el cabildo estima pertinente solicitar un escudo de armas para la ciudad, concedido por Fernando VII. Puentes, aguas, torre (supuestamente de San Severino) y una elevación (el Pan) se encuentran en este símbolo que capta la esencia de la localidad. Completaban la divisa ornamentos representativos de las hojas de caña de azúcar y de café, los dos productos que propiciaron la consolidación económica de la región.

El siglo XIX marca el período de mayor esplendor urbanístico. Dos artífices, Jules Sagebien y Pedro Celestino del Pandal, dotan a la ciudad de sus inmuebles y obras de ingeniería más importantes, el primero después de su arribo al puerto, en 1822, y el segundo, avanzada la centuria. De su rústica fisonomía, el “villorrio” se transforma en una localidad que a su singular naturaleza, suma ahora exponentes de referencia, tanto en la arquitectura oficial como en la doméstica. Las casonas de la calle de Río y de otras arterias son ejemplo de ello. Construidas al ras y siguiendo los códigos del neoclasicismo, estos inmuebles tendrán su exponente mayor en el teatro Esteban (1863), hoy Sauto, diseñado por el arquitecto italiano Daniel Dall´Aglio, a quien los yumurinos debemos también la iglesia San Pedro Apóstol, en la barriada de Versalles.

Hacia 1855 el territorio que conforman las tres jurisdicciones yumurinas, produce en su conjunto más de la mitad del azúcar que exporta el país. La “azucarera del mundo” como llega  a ser llamado, basa su riqueza en la explotación del trabajo esclavo de las plantaciones. Mientras en las distantes fincas estos son sometidos a extenuantes jornadas de trabajo y a cruentas torturas, la ciudad se afianza como la segunda plaza económica y cultural del país. Intelectualmente, la distinguen la fundación de colegios como La Empresa, considerado “el mejor de España y sus colonias”, de instituciones como la Diputación Patriótica, o de instrucción y recreo como la Sociedad Filarmónica y el Liceo Artístico y Literario, por citar solo algunas. Fue durante la inauguración de este, el 17 de febrero de 1860, que uno de sus directivos, Rafael del Villar proclamó a Matanzas la “Atenas de Cuba”.

En relación con la peculiar atmósfera local y con la preeminente posición de esta plaza dentro de las poblaciones del archipiélago, la memorialista Dolores María Ximeno refirió:

 

Que atmósfera tan cordial y tan especial era entonces la de Matanzas, de ciudad pequeña, sí, pero que sola se bastaba! Regida la sociedad por aquel elemento serio, interrégimo (sic), retraído, casi austero, que en sí mismo […] encontraba el apoyo y la fuerza siendo suficientes para la obra de adelanto y de cultura emprendidas en solo poco más de centuria y media de fundada la población. En aquel núcleo de hombres sanos, de honradez acrisolada, trascendía de ella un algo indefinible séase por el natural encanto del lugar, o por el propio civismo, conquistando por ello el calificativo muy justo, de Atenas de Cuba (6).

 

Otro rasgo que define el influjo de Matanzas es, justamente, su gente y su predisposición por las artes y la elevación espiritual. Desde la propia centuria decimonovena bardos, dramaturgos y ensayistas crean al amparo de las tertulias de Domingo Del Monte o de Pedro José Guiteras. José Jacinto Milanés uno de los máximos cultores de la literatura romántica, encarnó lo que Cintio Vitier acuñó como “matanceridad”. Fortaleza poética hasta hoy, la música es, asimismo, parte inseparable de la atmósfera yumurina. Ya sea en las noches musicales de los palacetes criollos o en el seno de la Filarmónica y el Liceo, la música matancera aportará a la cultura cubana ritmos como el danzón  —nuestro baile nacional—, la rumba, el danzonete y el mambo. “No hay ciudad que tenga un aire como Matanzas […] en ninguna parte se escucha tanta música”, aseguraba la escritora sueca Fredrika Bremer en sus Cartas desde Cuba (1851).

En 1868, jóvenes educados en el Colegio La Empresa y en otros protestan contra el poder colonial. Durante el reinicio de la gesta, en 1895, incontables matanceros pierden la vida en la manigua o son fusilados en el Castillo de San Severino. Todos luchaban por el sueño de José Martí de ver la patria libre. En 1902 nace la República sujeta a los intereses neocoloniales de Estados Unidos. En medio de las persecuciones de los gobiernos entreguistas, los yumurinos se empeñan por revitalizar el lustre que distinguió a la cultura decimonónica y lo logran en alguna  medida  a través de instituciones como el legendario Ateneo de Matanzas, la Asociación Amigos de la Cultura Cubana o la Escuela Provincial de Artes Plásticas. Más allá de los hechos históricos, la ciudad  –protagonista de la exposición que hoy inauguramos– vivió en la primera mitad del siglo XX momentos de oscuridad y de esplendor, siendo la labor desarrollada por el Patronato Pro Calles uno de los momentos más significativos en lo relativo a su desarrollo urbano.

Al calor de las luchas sindicales son perseguidos o asesinados los más destacados líderes obreros. Los años de terror vividos durante la etapa insurreccional (1952–1958) concluyeron con el triunfo de la Revolución, lograda tras la fuerte lucha que se protagonizó en las montañas y en las ciudades. Con un saldo de miles de jóvenes torturados y asesinados, por la búsqueda de un mundo mejor y más justo y tras las victorias sucesivas de la lucha guerrillera, se consumó el movimiento de liberación, liderado por Fidel Castro desde el asalto al ataque al Cuartel Moncada. Con júbilo, el pueblo matancero fue testigo del paso de columna libertadora de Camilo Cienfuegos y poco después, el 7 de enero, de la Caravana de la Libertad comandada por el propio Fidel, guía de la revolución que iniciaba su marcha y quien por primera vez intervenía públicamente ante los hijos de esta tierra de  próceres e hidalguía.

La Revolución trajo un mundo nuevo y por vez primera en más de cuatro centurias pudo experimentarse la justicia y la armonía social. Centenares de viviendas, en repartos creados para los obreros, conjuntamente con la entrega de la tierra a los campesinos y de otros logros sociales como la enseñanza y la salud gratuitas, la incorporación masiva de la mujer al universo laboral y la creación de las escuelas de nuevo tipo, elevaron la condición social del matancero. 

Por sus valores paisajísticos y patrimoniales, en el 2012 la Comisión Nacional de Monumentos declaró a Matanzas Monumento Nacional. A partir de este momento se articuló el programa de habilitación y conservación de la ciudad. Hoy, la urbe se empina nuevamente, al calor de las obras desarrolladas por el Plan 325, guiado de conjunto por la Oficina del Conservador, la Dirección Provincial de Patrimonio y el Gobierno Provincial. La quietud  de otro tiempo se ha transformado en agitación constructiva, ante el paso de los constructores que devuelven a plazas y edificios emblemáticos su mejor presencia.

Yailet Burgos Expósito, especialista del Museo Provincial y el diseñador gráfico Miguel Ángel Albuerne han sido artífices fundamentales de la exposición que se presenta hoy. Concebida como una línea del tiempo, la misma abarca en estupendas imágenes reproducidas (mapas, planos, retratos, elementos lúdicos, cartelas) la historia de la urbe desde el período aborigen hasta hoy. De tal manera constituye el mayor repertorio visual de esa historia y su compendio más exhaustivo.

Muchos reconocerán sitios, hoy desaparecidos del entorno urbano o descubrirán los rasgos de nuestros mayores patriotas, poetas, músicos, artistas, deportistas, líderes obreros, científicos y urbanistas. Y en ese recorrido hacia la esencia no podrán evitar el orgullo de saberse parte de la ciudad de hoy, heredera del sueño que en otro tiempo materializaron sus antepasados.                                                                                                      

Citas y notas

1-Además de la fundación oficial, otros sucesos acontecen a partir del día 10 y durante casi todo el mes de octubre.  El primer cabildo o ayuntamiento se constituye un año más tarde, el 8 de diciembre de 1694, fecha en que son electos los alcaldes de primer y segundo votos, los regidores y otros funcionarios gubernamentales.

2-Alicia García Santana señala que “La bahía matancera —ubicada en la embocadura de los canales Viejo y Nuevo de Bahamas, ruta de los barcos que regresaban a España guiados por [el] Pan de Matanzas— se transformó en refugio seguro del comercio de contrabando y lugar de recalada de los barcos del tráfico marítimo entre España y América. También su cercanía a la península de la Florida —territorio de confrontación entre los intereses de España, Francia e Inglaterra durante los siglos siguientes— le concedió valor geoestratégico: hacia 1561, en un informe enviado por Pedro de Esplugal a Felipe II se mencionan las ventajas de las tierras cercanas a la bahía de Matanzas”. Tomado de Matanzas. La Atenas de Cuba, Ediciones Polymita, Ciudad de Guatemala, 2009. Fotografías de Julio Larramendi, p. 18.

3-Este topónimo se divulgó tras la matanza (1510) en ese sitio de un grupo de náufragos españoles por parte de los aborígenes del poblado quienes, bajo el liderazgo del cacique Guayucayex, protagonizaron el primer acto de rebeldía de los habitantes autóctonos de la isla contra los conquistadores.

4-El primer puente registrado fue el levantado sobre el San Juan en 1722. Hoy se cuentan más de veinte entre los límites de la ensanchada ciudad: los centenarios “General José Lacret Morlot” (“La Concordia”), “Mayor General Calixto García” o puente de hierro, Giratorio, “General Silverio Sánchez Figueras” (primero de hormigón armado en la ciudad), además de los erigidos en distintos momentos del siglo XX. Entre estos se destacan el “Antonio Guiteras Holmes” (en la desembocadura del río Canímar), el de la Circunvalación, el del Viaducto y varios peatonales.

5-Calificativo que tomó del fuerte San José de La Vigía, concluido  en 1748  en la desembocadura del San Juan y derribado a finales de la década de 1850.

6-Dolores María de Ximeno y Cruz: Aquellos tiempo… Memorias de Lola María, Imprenta y Papelería El Universo, La Habana, 1928, Tomo II, p.315.