Por Mireya Cabrera Galán

Entre el último cuarto del siglo XIX e inicios del XX, la escena del teatro Esteban (hoy Sauto) acogió a tres importantes mexicanas. Mujeres de su tiempo, no solo fueron el rostro que salía a escena, sino además empresarias cuyos nombres identificaban a sus respectivas compañías. Vitoreadas en diversas partes del mundo, Ángela Peralta, Virginia Fábregas y Esperanza Iris fueron aplaudidas también por los matanceros en 1867 y en los albores de la siguiente centuria.

Mexicanas en la escena del Teatro Sauto

 

Conocida como “el ruiseñor mexicano”, Ángela Peralta (Ciudad de México, 1845– Mazatlán, Sinaloa, 1883) alcanzó con su talento la fama mundial y conquistó desde muy joven los principales escenarios del Viejo Mundo. Proveniente de una familia humilde de la capital, mostró habilidades para el canto desde la niñez (1). Ejecutaba, además, varios instrumentos musicales y fue una prolífica compositora.

En mayo de 1862 inició la primera de tres giras que llevaría a cabo por Europa, debutando nada menos que en la Scala de Milán con Lucía di Lammermoor de Gaetano Donizetti. Precedida por la acogida que tuviera en tan exigente escenario, Peralta fue aplaudida en otras ciudades italianas (Roma, Florencia, Génova, Nápoles, Turín) con un fervor pocas veces profesado a cantantes de otras latitudes. En Turín por ejemplo, cantó La sonámbula de Bellini ante Víctor Manuel II y su esposa y cuenta la leyenda que la ovación fue tan prolongada que debió salir a saludar al público en más de treinta ocasiones. A Italia le sucedieron Lisboa, Alejandría, San Petersburgo, Madrid (aquí es bautizada como el “ruiseñor mexicano”), Barcelona y El Cairo.

Tras este éxito, el emperador Maximiliano I de México le pidió regresar al país para actuar en el Teatro Imperial (antes Nacional) y en octubre de 1865 ella aceptó la invitación. Esto le granjeó detractores entre los opositores de la invasión francesa y fue la razón por la que muchos de sus antiguos seguidores comenzaron a rechazarla a pesar de sus innegables cualidades vocales.

Trataba de recobrar los viejos lauros, cuando arribó al puerto de Mazatlán, la llamada “Perla del Pacífico”, en 1883. En el barco que la trasladaba junto a su compañía se contagió con la fiebre amarilla y apenas le dio tiempo para ofrecer en esa ciudad una función el 23 de agosto, muriendo el 30, víctima de la enfermedad. Semejante suerte tuvieron los cerca de ochenta artistas que formaban parte del grupo (2). En esta localidad y en San Miguel Allende dos teatros llevan el nombre de la icónica cantante.

Matanzas recibió al “ruiseñor mexicano” a finales de marzo de 1867. El 27 de ese mes, en la escena del teatro Esteban interpretó el rol protagónico de Lucía di Lammermoor, una de sus óperas favoritas. La prensa local se hizo eco de su excelente interpretación vocal ponderando su amplio registro y su fraseo intachable. Después de esta entrega, encarnó La Traviata, de Giussepe Verdi, en la segunda y cuarta funciones, celebradas el jueves 28 y el domingo 31.

A inicios de abril, en función extraordinaria deleitó al público con un programa que incluía La sonámbula y La paloma, habanera que cantó en el intermedio entre el segundo y el tercer acto. En una de estas convocatorias se hallaba la poetisa romántica Catalina Rodríguez (Madruga, antes provincia de La Habana, 1835–Las Villas, 1884) avecindada por esta época en Matanzas y quien le dedicó unos versos a la artista. Otra de las representaciones líricas de la mexicana fue Poliuto, también de Donizzeti.

Escrita y musicalizada hacia 1863 por el compositor español Sebastian de Iradier y Salaverri (Álava, 1809–1865) La paloma es una de las canciones más populares que se han escrito, habiendo sido interpretada a lo largo de siglo y medio en cientos de escenarios y por decenas de cantantes. Algunos la consideran la más famosa y versionada, solo precedida por Yesterday, de  los Beatles (3). Con esta canción Ángela Peralta conmovió al público matancero que la vitoreó y le lanzó flores y palomas, a lo que ella respondió repitiendo la pegajosa y melódica letra. 

Cuando salí de la Habana,
¡Válgame Dios!
Nadie me ha visto salir
si no fui yo,
y una linda Guachinanga
Sí, allá voy yo,
que se vino tras de mí,
¡Que sí, señor!
Coro:
Si a tu ventana llega
una Paloma,
trátala con cariño
que es mi persona.
Cuéntale tus amores,
bien de mi vida,
corónala de flores
que es cosa mía.
¡Ay! ¡Chinita que sí!
¡Ay! ¡Que dame tu amor!
¡Ay! Que vente conmigo,
chinita, a donde vivo yo! (4)

Al nacer la república burguesa, en 1902, Matanzas –otrora sostén económico del conflicto independentista cubano– presentaba un panorama desolador, situación que condujo a que algunos historiadores la tildaran de “ciudad dormida”. Un estudio profundo de la época nos lleva a disentir de tan extremo epíteto. Resulta notorio que desde los mismos inicios de siglo cientos de yumurinos, de forma individual o colectiva, apostaron por mantener viva la herencia cultural e intelectual del siglo XIX. Y, aunque la urbe distaba de semejarse a aquella Atenas cubana que se proclamara en 1860, continuó, como en los viejos tiempos, aportando a la cultura nacional emblemáticos poetas, músicos, pedagogos, médicos e intelectuales en general. De igual manera, acogió a un número considerable de los artistas internacionales que debutaban en la capital.

En los albores de la pasada centuria pasaron por el escenario del teatro Sauto Virginia Fábregas y Esperanza Iris, quienes con Ángela Peralta completan la trilogía de mexicanas que engalanaron con su fuerte presencia artística el escenario de este coliseo. A la actriz Virginia Fábregas García (Yautepec, Morelos, 1871–Ciudad de México, 1950), se le conoció como la "Sarah Bernhardt mexicana". Tras una infancia vivida en Campeche, se trasladó con sus padres a la capital, donde ingresó a la Escuela Normal, graduándose como profesora.

Sus consustanciales dotes artísticas la condujeron a la Academia Nacional de Bellas Artes, debutando a los veintiún años. Pronto destacó como actriz, alcanzando gran popularidad en su país y emprendiendo, posteriormente, exitosas giras por América Latina y Europa (5). Entre sus interpretaciones más sobresalientes se cuentan La dama de las camelias, Fedora, La mujer X, Doña Diabla y Quo vadis?  Intervino además en el séptimo arte, en pleno apogeo de la llamada época de oro del cine mexicano (6). Mujer de amplia cultura y sensibilidad entabló amistad con algunos de los poetas mexicanos más destacados de finales del siglo XIX y principios del XX, entre otros Luis G. Urbina, Justo Sierra y Amado Nervo.

Murió a los 79 años en la Ciudad de México y sus restos fueron inhumados en la rotonda de las Personas Ilustres. En tributo a su legado un teatro de ese país lleva su nombre  y la  Asociación Nacional de Actores (ANDA) instituyó la  Medalla Virginia Fábregas, con la que se reconoce la obra de los mejores actores de esa nación (7).

Esta notoria actriz debutó en Sauto a finales del año 1911. En este escenario interpretó algunas de las obras antes mencionadas, entre ellas Quo vadis?, La mujer X y La noche del sábado, esta última de Jacinto Benavente. El diario El Moderado siguió detenidamente su periplo por la “ciudad de los puentes”, donde cada actuación suya era correspondida con el aplauso total. Así se expresó el crítico y escritor José Quirós tras la escenificación de Mujer X.

Despiadadamente, ella nos tortura el alma y como en lo sublime se confunde lo plácido con lo doloroso, el público tiene sus momentos de arrebato que los expresa con incesante chocar de manos.
A Virginia Fábregas se le aplaudió anoche de un modo inusitado
Cada acto terminaba con delirantes ovaciones que vertiginosamente se repetían.
¡Que triunfo tan ruidoso y tan merecido! (8).

Esperanza Iris (Villahermosa, Tabasco, 1888– Ciudad de México, 1962), acaso la más reconocida y agasajada artista mexicana de su tiempo. Inició su carrera en una compañía de teatro infantil y posteriormente, en los albores de siglo, intervino en el teatro Principal en la obra La cuarta plana, mereciendo el respeto y el cariño del público. A partir de entonces emprendió innumerables giras, primero por Latinoamérica y después por España, donde fue nombrada “Emperatriz de la Gracia” (9) y condecorada por el Rey Alfonso XIII. Además, el afamado pintor Joaquín Sorolla le realizó un estupendo retrato en su estudio de Madrid.

En 1918 construyó su propio teatro, el “Iris” y unos años después, en 1922,  fue declarada “Hija Predilecta de México” (10). En la década del treinta se vinculó con significativos músicos como su paisano Manuel M. Ponce y Ernesto Lecuona, quien la acompañó en varios conciertos a través de la isla.

Para esta época ya había enamorado al público cubano. Su debut en la isla databa de 1903, si bien el éxito le llegó cuando en 1909 se presentó en el teatro Payret. Allí pudo ser escuchada en la más célebre de sus interpretaciones: La viuda alegre, de Franz Lehar (11).  A partir de entonces no cesó de visitar Cuba hasta mediados de la década de 1950, considerando la isla como su segunda patria. A  su debut se asocia el auge de la opereta en el país, donde solía presentarse dos veces al año, en temporadas que duraban tres y hasta cuatro meses. Testigos del éxito y de la popularidad que alcanzó en nuestra isla, son las magníficas portadas, reportajes y crónicas que le dedicaban El Fígaro y otras publicaciones, en cada reencuentro con el público del país.

Una de las primeras referencias de su paso por Matanzas es precisamente una portada, correspondiente a la revista El Estudiante, del domingo 7 de agosto de 1910. Órgano del Instituto de Segunda Enseñanza para esta fecha, la publicación se había erigido en portavoz del movimiento posmodernista en esta ciudad, contando entre sus principales colaboradores a Agustín Acosta. Con cientos de lectores, amantes de la poesía y el arte, el retrato de la Iris y la noticia de su pronta presentación en el Sauto debieron propagarse de inmediato, por toda la urbe. Al año siguiente retornó a esta plaza.

 “Ya está Esperanza entre nosotros, ya el Arte irradia, ya el alma sonríe, como al desgranarse al oído una promesa de amor”, publicará El Moderado en agosto de 1911. La tiple es para entonces favorita del público matancero, no solo por su voz, sino por su gracia interpretativa. Conocedora de su medio, Iris no dejaba ningún detalle al azar. Su bien escogido repertorio, así como su voz y su histrionismo eran tan cuidados como su elegante vestuario y maquillaje. Decorado, coreografías, orquesta y coros –impecables también–, hacían de estas representaciones, páginas imborrables. La fastuosidad de sus puestas, propia del género y los personajes que interpretaba, contrastaban con la acendrada humildad que la caracterizaba fuera de los escenarios. A estas funciones acudía con alborozo tanto el público femenino, como el masculino, cuidándose José Quirós, en sus Crónicas de Sauto, de relacionar a algunas de las damas de la sociedad que allí llegaban expectantes y entre las que se contaban Dolores Figueroa, viuda del farmacéutico Ernesto Triolet y su hija, la pintora Celia Triolet Figueroa (12).

Entre las operetas con que deleitó a los matanceros aquel 1911 se distinguieron La viuda alegre, El Conde de Luxemburgo, Aires de primavera, Sangre vienesa y Juan Segundo. En 1914 “la emperatriz de la gracia” y “la soberana de la opereta”, es recibida nuevamente en la ciudad de los ríos y los poetas. “Suyos son los públicos y el de Matanzas tiene para ella su más profunda devoción” asegura El Moderado, que sigue con denuedo sus interpretaciones de Eva, Geisha y otras, en las que su contraparte Josefina Peral fue también muy aplaudida.

Queda aún por profundizar en la huella matancera de Esperanza Iris. En los años sucesivos siguió presentándose en La Habana, publicando El Fígaro noticias y fotos, entre los que se destaca un artístico retrato de la cantante y actriz aparecido en la portada del número correspondiente al 19 de febrero de 1922. Alternaba sus giras cubanas con otras por España, donde era igualmente aclamada. Con motivo de su muerte el 7 de noviembre de 1962 el diario español ABC del día del mismo mes y año publicó el siguiente elogio:

 […] agasajada y galardonada por monarcas y jefes de estado, aplaudida por el público de la “Belle Époque”, de Europa y América, Esperanza Iris figuró a la cabeza de elencos de opereta en los principales teatros del género en todas las capitales del mundo occidental, durante el primer tercio de siglo.

[…] Una banda que formaba parte de la comitiva [fúnebre], interpretó una selección de la famosa opereta de Franz Lehar “La viuda alegre” que constituyera uno de los mayores éxitos de la difunta actriz.

 […] Durante uno de sus viajes artísticos por España fue condecorada por don Alfonso XII que la felicitó personalmente.

Don Jacinto Benavente le hizo grandes encomios y un periodista español escribió de ella: “Hernán Cortés conquistó México para España, Esperanza Iris ha conquistado a los españoles para el arte mexicano” […] (13).

Revelador fue el paso de Esperanza Iris por Matanzas y por toda Cuba. Muy conocida es la historia de la emigración temprana de cubanos a México. Allí, en sitios como Mérida, Campeche, Veracruz y Ciudad de México, patriotas, poetas, escritores, maestros, periodistas y familias enteras de cubanos hicieron de aquel suelo, el propio. A su vez, incontables mexicanos dejaron su impronta en nuestras tierras. Menos estudiada su presencia en la isla, pretendemos tributar a través de estas cuartillas a todos los que dejaron su huella en ella: trabajadores yucatecos, luchadores independentistas, poetas, músicos, compositores, cantantes, actores…

Ejemplo mayor de esta historia de hermandad entre dos patrias que suelen confundirse en una, Esperanza Iris mantuvo durante toda su vida una entrañable relación con Cuba, que en correspondencia a su entrega y a su arte la declaró Hija Adoptiva de La Habana, en 1954.  Y de cierto, fue ella una de las mexicanas, más auténticamente cubanas. La historia es testigo de esta verdad

 

Citas y notas

  • Recorte de prensa, cortesía del investigador y escritor cardenense Ernesto Álvarez Blanco.
  1. Fue discípula de Agustín Balderas, quien fuera miembro del jurado del concurso para musicalizar el Himno Nacional de México y a los ocho años fue aclamada al cantar la Cavatina de Belisario de Gaetano Donizetti. A los quince personificó a Eleonora de Il trovatore de Giuseppe Verdi, rol con el que debutó en el Teatro Nacional.
  2. Entre los sobrevivientes se hallaba el excelso violinista Juventino Rosas, quien en posterior visita a Cuba actuó en Matanzas y en otras ciudades de la isla. A semejanza de su compatriota Ignacio Rodríguez Galván aquí se ganó la admiración y el afecto de muchos. Murió en Batabanó el 9 de julio de 1894.
  3. Según los Records Guinness Yesterday es la canción más grabada de la historia discográfica, con cerca de mil seiscientas grabaciones, si bien otras fuentes estiman que La paloma lo ha sido alrededor de dos mil ocasiones. Información detallada de Iradier y de la cantante nos fue localizada por el investigador y escritor cardenense Ernesto Álvarez Blanco.
  4. La paloma (canción) - Wikipedia, la enciclopedia libre Disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/La_paloma_(canción) (Revisada en febrero de 2018).
  5. En reconocimiento a sus cualidades histriónicas el gobierno francés la condecoró con el Premio de las Palmas Académicas, así como el Reconocimiento al Mérito Civil.
  6. Las películas en que actuó fueron La fruta amarga y La sangre manda.
  7. Los actores Manolo Fábregas y Rafael Sánchez Navarro, nieto y bisnieto de la "Sarah Bernhardt mexicana" han sido condecorados con esta medalla.
  8. José “Pepe”, Quirós: “Crónicas de Sauto”, en El Moderado, Matanzas, 6 de diciembre de 1911, p2.
  9. Antes, en Brasil, había sido bautizada con el sobrenombre de “la soberana de la opereta”.
  10. A semejanza de su coterránea Virginia Fábregas, Iris también tuvo dos participaciones en el cine de su país.
  11. La Viuda alegre se representó más de ciento cincuenta noches consecutivas. Además de Esperanza Iris en el papel de Ana de Glavary intervenían Josefina Peral (Valencienne), Modesto Cid (Danilo) y Amadeo Llauradó (Camilo de Rosillón).
  12. Ambas ignoraban que con el paso del tiempo su residencia y farmacia sería preservada como museo para orgullo de los matanceros. La Farmacia Triolet, fundada en 1882, es hoy uno de los pocos museos de su tipo en el mundo y según los entendidos, el más completo de ellos, con una colección de miles de piezas consistente en objetos decorativos, frascos, utensilios, libros de recetas, cientos de etiquetas y medicamentos, provenientes la mayoría de finales del siglo XIX. Dolores Fuigueroa fue la primera mujer farmacéutica de Cuba.